El Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde
26.02.09 @ 21:13:12. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca
Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 20.01.09.
No es la primera vez que hablo de Robert Louis Stevenson en este programa. Y espero que tampoco sea la última. Se lo diré con claridad. Este autor escocés es una de mis debilidades. Hay dos obras suyas que están sin duda entre las mejores creaciones de la literatura universal. Dejaré para otro día “El diablo de la botella”, que es sin duda uno de los mejores cuentos que se han escrito nunca. Ahora os voy a hablar de “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, que fue ya en su época uno de los libros más populares de Stevenson.
Hablando con propiedad, “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” no es una novela desde el punto de vista del género, sino más bien un relato largo. ¡Y qué magníficos relatos se escribieron en el siglo XIX, con esa atmósfera cargada y ese terror psicológico, sutil, dibujado en trazos finos. Qué pena que ese género, que alcanzó tan gloriosas cumbres, abandonara la senda de la inteligencia para vagar por el lodazal de lo explícito, de lo sangriento, del marciano verde, del zombi, del vampiro. Relatos como el de Stevenson sostienen bien la mirada a los años que galopan a nuestro alrededor, porque se fundamentan en un conocimiento sigiloso del género humano, en toda su soledad contemporánea. No hay mayor miedo que el que se conoce bien, ése terror que habita en nosotros mismos, bien capaces de todo lo peor.
Jekyll y Hyde es un viaje hacia ese miedo. La niebla espesa de Londres, las callejuelas húmedas y sombrías por las que deambula Mr. Hyde, son una representación atinada de la fría nebulosa que oscurece nuestra conciencia. ¿Quién soy yo en realidad? ¿Soy el doctor Jeckyll, con su traje bien planchado, su sombrero de copa, su trato cortés, su disposición hacia lo justo, hacia lo bueno, hacia lo bello? Sí. Soy quien saluda, soy quien camina, quien sonríe, quien acredita, quien firma, quien atiende. ¿O no? ¿Soy el señor Hyde, con su traje demasiado grande, su deformidad imprecisa, su trato repulsivo, habitante natural de lo injusto, lo malvado y lo feo? Sí. Soy quien gruñe, soy quien vaga, quien odia, quien se esconde, quien anula, quien desprecia, quien ignora. ¿O no?
El doctor Jeckyll cargaba con la contradicción permanente, con la ascética, de ser un simple hombre. Y como tal, el bueno de Jeckyll no soportaba al malvado Jeckyll. Y para el malo de Jeckyll el buen Jeckyll era un estorbo. Sentía que su vida era un completo ejercicio de hipocresía. Mientras daba limosna a los pobres, su conciencia se burlaba de él: “Jeckyll, -le decía con sorna- hipócrita, di a estos pobres, a los que tanto amas, qué estuviste haciendo anoche...” Y cuando se entregaba a sus turbios placeres inconfesos, en la nocturnidad de su alma, su conciencia le gritaba: “¡Jeckyll, hipócrita. Dile al cómplice de tu crimen que en realidad eres un hombre respetable”.
Jeckyll no disfrutaba ni del bien que hacía ni del mal que cometía. Y, por eso, como tantas veces hemos deseado tú y yo, quiso separar de su naturaleza humana el Bien y el Mal. Pero se equivocó. Y todo lo que quedó fue naturaleza muerta.
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Robert Louis Stevenson. “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”. Una alegoría de la niebla que somos y de lo que nunca podremos ser.
Gabriel de Pablo
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