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Marianela, Benito Pérez Galdós

Permalink 28.02.09 @ 20:57:57. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 16.02.09.

Galdós. Decía de él el Paco Umbral que no le gustaba. Y eso, para algún crítico que vaya de moderno, puede ser motivo suficiente para despreciar al autor tinarfeño, pero lo cierto es que Benito Pérez Galdós pasa por ser uno de los mejores escritores de la historia en lengua castellana. Y me temo que es tan bueno como dicen, lo cual no impide naturalmente que a Umbral no le gustara nada.

Pero ciertamente, no es fácil escribir como Galdós, con esa riqueza expresiva de vocabulario, esa atinada caracterización de personajes, tan justa, tan voluminosa, tan sutil. Galdós teje una red de relaciones personales, de pensamientos y diálogos vivos y verdaderos; y todo ello de un modo natural, sin estridencias, sin incoherencias, sin apenas concesiones a esa digresión que es vanidad en el autor con talento. En Galdós las tramas, las historias, se van desarrollando como si la misma vida estuviera viendo pasar sus días y sus noches. Galdós es un fragmento de la vida encerrado entre las cuatro paredes de un libro.

Supongo que por este motivo se ha catalogado siempre a Galdós dentro de la novela realista, esa gran corriente literaria que imperó en el siglo XIX. La obsesión de Galdós es la de acertar con la perfecta descripción de cada personaje, como si tuviera que cumplir con sus creaciones un deber de justicia. A veces, vuelve una y otra vez sobre un personaje, añadiendo, quitando, matizando, limando los flecos que pudieran haberse dejado a la libre interpretación del lector, tal como si estuviera Galdós describiendo a personas reales en vez de a simples monigotes literarios salidos de la imaginación de su autor. En ocasiones puede resultar algo repetitivo, pero no hay nada que moleste en su prosa. Todo en su escritura sabe a actual, como si hubiera pasado ayer, como si fuera a pasar mañana. Sí, Galdós es grande, pues no hay cosa más difícil que hacer que leer un libro sea tan insultantemente fácil.

Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843 y murió en Madrid el 4 de enero de 1920. Fue un autor prolífico. Escribió un buen montón de novelas, obras de teatro y crónicas periodísticas. De su ingenio salieron los célebres Episodios Nacionales, conjunto de novelas históricas sobre la españa del siglo XIX, y otras obras como Fortunata y Jacinta, Miau, Doña perfecta y Marianela, obra ésta en la que me detendré.

Marianela es una novela llena de trágica ternura, que cuenta la historia de amor imposible entre Nela, una joven fea, deforme, huérfana y pobre; y Pablo, un muchacho guapo, rico, de buena familia y ciego de nacimiento. Si les digo la verdad, a mí la historia me parece más bien cursi, tirando a lacrimosa, digamos que carece de sentido del humor, que es demasiado “inglesa”, si ustedes me entienden. De haberla escrito Cervantes o Lope de Vega, le habrían dado un toquecito patrio, convirtiéndola en una brillante tragicomedia, que es ese género tan español, tan genuino y tan genial. Pero, en fin, Galdós no da para tanto.

Que la historia me parezca cursi, no significa que no merezca la pena leerse. Al contrario, si omitimos ese cierto tono pastoso y nos centramos en su prosa, veremos al mejor Galdós, cuyo lenguaje es como un caramelo que se deshace en nuestra boca. Así es la literatura de Galdós, agradable, fácil, divertida y serena. Nada traumática, apta para golosos de las buenas descripciones, de la buena escritura en prosa moderna. Todo un dechado de virtuosismo literario puesto al servicio de una historia con alma de mantequilla.

* * *

Marianela, de Benito Pérez Galdós. Un vendaval de vida y un átomo de crueldad.

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry

Permalink 27.02.09 @ 20:52:28. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 02.02.09.

Antoine de Saint-Exupéry nació en Lyon, Francia, en el año 1900. Durante toda su vida estuvo dedicado a la aviación, aunque compaginó su actividad profesional con la literatura. Escribió varias novelas relacionadas con la aviación, como “Vuelo nocturno” o “Correo del Sur”. Sólo me he leído “Vuelo nocturno”, y aunque no está mal del todo, no deja de ser una novela comercial. Correcta, pero sin alardes.

La vida del aviador Saint-Exupéry tuvo un final dramático y misterioso: en plena Guerra Mundial, el 31 de julio de 1944, durante una misión de reconocimiento, el Lightning P38 que pilotaba Saint-Exupéry desapareció para siempre en el mar. Éste podría haber sido el final de un entusiasta pionero de la aviación y de un aprendiz de novelista, pero el escritor francés había publicado un año antes, en 1943, el relato titulado en francés “Le Petit Prince”, El Principito, que le ha valido como pasaporte para entrar en el Parnaso y gozar de la eternidad del arte bueno. Esta pequeña novela ha sido traducida a ciento ochenta lenguas y es un libro de los que merece la pena leer de vez en cuando.

El Principito es una fábula escrita en lenguaje infantil. Puede parecer un cuento para niños, pero no lo es en absoluto. Como buena fábula, trata temas esenciales de manera alegórica y eso le confiere un volumen intenso, prismático, que le hace gozar de la prerrogativa de un verdadero clásico, ya que cada vez que el lector se acerca al texto, éste parece decir nuevas y sorprendentes cosas. El Principito es un acercamiento al mundo real, al mundo de las personas mayores, desde la perspectiva de la inocencia, de la infancia. Las cosas que nos parecen lógicas y naturales en el mundo de los adultos se vuelven incomprensibles para un niño. Las preguntas que consideraríamos estúpidas se vuelven importantes en labios de ese pequeño príncipe peregrino.

El Principito viaja por el universo en busca de respuestas. En su camino, se encuentra con el rey, el vanidoso, el geógrafo, el borracho, el hombre de negocios, el farolero. Todos ellos están encerrados en su pequeño planeta, en su mundo infímo, llenos de afanes que, puesto a la luz de la soledad en la que viven, resultan ridículos. ¿Qué sentido tiene un rey que no tiene ni un súbdito, o un vanidoso que no tiene quien le alabe sus magníficas cualidades personales, o un borracho que bebe para olvidar que bebe, o un hombre de negocios que no tiene quien compre lo que vende, o un geógrafo que elabora mapas de sitios a los que no ha ido y a los que no piensa ir, o un farolero que vive esclavizado, encendiendo y apagando su farol en un planeta donde el día sólo dura un minuto? El principito inspira una reflexión sobre lo que hacemos, y en definitiva sobre lo que somos: nuestra vida tiene que tener un sentido en sí misma, o corremos el riesgo de convertirnos en ridículos esclavos de nuestros afanes mundanos, absurdos, de nuestra falta de miras.

Al contrario de lo que pasa en el mundo real, la verdad es obvia en El Principito. Lo difícil es fácil, tan fácil y tan obvio como meter el cordero que necesitas en una pequeña caja dibujada. El príncipito es una suerte de Evangelio, donde las cosas parecen lo que son y son exactamente lo que parecen.

* * *

El principito. Antoine de Saint-Exupéry. Un libro para recordar que estamos construyendo nuestro mundo al revés de como lo imaginamos.

El Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Permalink 26.02.09 @ 21:13:12. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 20.01.09.

No es la primera vez que hablo de Robert Louis Stevenson en este programa. Y espero que tampoco sea la última. Se lo diré con claridad. Este autor escocés es una de mis debilidades. Hay dos obras suyas que están sin duda entre las mejores creaciones de la literatura universal. Dejaré para otro día “El diablo de la botella”, que es sin duda uno de los mejores cuentos que se han escrito nunca. Ahora os voy a hablar de “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, que fue ya en su época uno de los libros más populares de Stevenson.

Hablando con propiedad, “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” no es una novela desde el punto de vista del género, sino más bien un relato largo. ¡Y qué magníficos relatos se escribieron en el siglo XIX, con esa atmósfera cargada y ese terror psicológico, sutil, dibujado en trazos finos. Qué pena que ese género, que alcanzó tan gloriosas cumbres, abandonara la senda de la inteligencia para vagar por el lodazal de lo explícito, de lo sangriento, del marciano verde, del zombi, del vampiro. Relatos como el de Stevenson sostienen bien la mirada a los años que galopan a nuestro alrededor, porque se fundamentan en un conocimiento sigiloso del género humano, en toda su soledad contemporánea. No hay mayor miedo que el que se conoce bien, ése terror que habita en nosotros mismos, bien capaces de todo lo peor.

Jekyll y Hyde es un viaje hacia ese miedo. La niebla espesa de Londres, las callejuelas húmedas y sombrías por las que deambula Mr. Hyde, son una representación atinada de la fría nebulosa que oscurece nuestra conciencia. ¿Quién soy yo en realidad? ¿Soy el doctor Jeckyll, con su traje bien planchado, su sombrero de copa, su trato cortés, su disposición hacia lo justo, hacia lo bueno, hacia lo bello? Sí. Soy quien saluda, soy quien camina, quien sonríe, quien acredita, quien firma, quien atiende. ¿O no? ¿Soy el señor Hyde, con su traje demasiado grande, su deformidad imprecisa, su trato repulsivo, habitante natural de lo injusto, lo malvado y lo feo? Sí. Soy quien gruñe, soy quien vaga, quien odia, quien se esconde, quien anula, quien desprecia, quien ignora. ¿O no?

El doctor Jeckyll cargaba con la contradicción permanente, con la ascética, de ser un simple hombre. Y como tal, el bueno de Jeckyll no soportaba al malvado Jeckyll. Y para el malo de Jeckyll el buen Jeckyll era un estorbo. Sentía que su vida era un completo ejercicio de hipocresía. Mientras daba limosna a los pobres, su conciencia se burlaba de él: “Jeckyll, -le decía con sorna- hipócrita, di a estos pobres, a los que tanto amas, qué estuviste haciendo anoche...” Y cuando se entregaba a sus turbios placeres inconfesos, en la nocturnidad de su alma, su conciencia le gritaba: “¡Jeckyll, hipócrita. Dile al cómplice de tu crimen que en realidad eres un hombre respetable”.

Jeckyll no disfrutaba ni del bien que hacía ni del mal que cometía. Y, por eso, como tantas veces hemos deseado tú y yo, quiso separar de su naturaleza humana el Bien y el Mal. Pero se equivocó. Y todo lo que quedó fue naturaleza muerta.

* * *

Robert Louis Stevenson. “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”. Una alegoría de la niebla que somos y de lo que nunca podremos ser.

El náufrago desnaufragado

Permalink 05.02.09 @ 20:59:55. Archivado en Crónica provinciana, Cuestión de fe

A veces, en medio de esa viscosidad de lo cotidiano que mece nuestra alma provinciana, se escucha el eco de lo inesperado. Algo grande amanece en la tierra de lo nimio, mientras un aspirante a autor alza la mano y se significa entre una muchedumbre de normalidad. “¿No es éste el hijo del carpintero?”, se pregunta algún caminante con una media sonrisa de ironía o escepticismo, signos ambos de una mediocridad que se ha convertido ya en un modo de vida. Es fácil aplaudir a alguien que viene de las Ramblas o del Soho. Y es demasiado fácil aplaudir a un triunfador. Lo arriesgado es hacerlo aquí, en Navarra, y antes, cuando no es más que un joven desperillado, un proyecto, un esbozo, un ademán. Todos los hombres valiosos fueron alguna vez desconocidos. Todos fueron una cara más en la foto de su licenciatura, una voz más en el coro de su colegio, uno más de esos que pasean por los bulevares o visitan al médico de cabecera.

Pues bien, hoy, en esta tierra Hobbit que es Navarra, en la que es tan difícil ser profeta, hay alguien que está golpeando con fuerza las puertas del Parnaso. Se trata del joven escritor pamplonés Eduardo Laporte, que presentó el 22 de diciembre en Pamplona su primer libro, Postales del náufrago digital, editado por la editorial Prames con la colaboración del Gobierno de Navarra. El libro es una recopilación de los mejores artículos que el escritor novel ha publicado en su blog desde 2004. Está prologado por Miguel Sánchez-Ostiz e ilustrado muy brillantemente por Valero Doval.

En realidad, este libro es una puesta de largo literaria, el salto al papel de quien ya ha demostrado suficientemente su talento, náufrago en un océano de unos y ceros. Con constancia y convicción fue lanzando sus postales, sus mensajes embotellados, al mar de la red global, sin saber realmente si los iba a leer alguien. El Primer Premio en los Encuentros de Jóvenes Artistas de Navarra en 2006 fue la confirmación de lo que hasta entonces sólo sabíamos sus lectores y amigos. El talento literario en la Navarra del siglo XXI tiene un nombre propio: Eduardo Laporte.

Laporte es un autor nítidamente contemporáneo. De algún modo, toma el testigo de Umbral y de Pla, de Trapiello y del mismo Sánchez-Ostiz. Es ese tipo de escritura muy difícil de catalogar pero fácil de identificar, porque es como mirar el mundo a través de las vallas electrificadas de un campo de concentración, en el que el escritor ve más y siente más y grita más bajo la lluvia huidiza de la vida. En fin, literatura solitaria, naufrágica, inofensiva y perpleja. No es pesimista, pero tampoco entusiasta; no es moralizante, pero tampoco neutral. En fin, es literatura divertida aunque no es ligera.

Pero, sobre todas las cosas, lo que Eduardo Laporte tiene es algo llamado “estilo”. El estilo es el objeto de deseo de cualquiera que escriba o que quiera escribir. Muchos autores triunfantes han muerto sin tenerlo. Porque el estilo es la clave de bóveda del arte, que conecta el qué con el quién. Es importante tener cosas que decir, pero también es importante quién las dice y cómo se dicen. No es sólo el autor el que escoge lo que dice. También lo que se dice elige un autor para que lo diga. Y hay cosas que quieren ser dichas por Eduardo Laporte.

Este libro no es el final, sino el principio de un largo camino. Quienes se arrimen a la buena sombra de sus hojas descubrirán por qué, bajo la hipérbole que me permite la amistad, auguro al pamplonés Eduardo Laporte un contrato indefinido en el Parnaso.

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Enlaces de interés:

- Blog de Eduardo Laporte en Blogspot.
- Blog de Eduardo Laporte en wordpress
- Para comprar el libro de E. Laporte, Postales del Naúfrago digital
- Noticia de la presentación en Diario de Navarra
- Noticia de la presentación en Diario de Noticias
- Entrevista a Eduardo Laporte en Diario de Navarra

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