
(Artículo publicado en el Diario de Navarra el pasado lunes 26 de enero de 2008)
Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida". Éste es el lema de la campaña publicitaria que desde el pasado 12 de enero se está llevando a cabo en los autobuses de Barcelona y que amenaza con extenderse a otras ciudades españolas. Según parece, hoy empezará también en Madrid y Valencia, y posteriormente en Bilbao, Zaragoza y Sevilla. La iniciativa original surgió en Reino Unido, en donde ya circulan desde principios de mes 200 autobuses en Londres y otros 600 en el resto del país.
En general, tanto los creyentes como los representantes autorizados de las diversas confesiones han reaccionado sin acritud a esta campaña, muy a pesar de sus promotores, que han venido caldeando el ambiente para intentar forzar una respuesta amarga o visceral de los diferentes grupos religiosos. Salvo excepciones deshonrosas y muy puntuales, o no ha habido ninguna reacción o ésta ha sido más bien favorable. No podía ser de otra manera, ya que en última instancia no hay nadie más religioso que un ateo militante. El debate sobre la existencia de Dios está en el mismo corazón de la fe, de cualquier fe, y por lo tanto nunca puede ser negativo para una religión.
En este contexto hay que situar la iniciativa de una iglesia evangélica de Fuenlabrada, que ha replicado a los ateos con un anuncio en otro autobús de Madrid, esta vez con el lema "Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo". Los evangélicos tratan de aprovechar inteligentemente la inercia informativa de la campaña atea para contraatacar, poniendo el lema conceptualmente del revés. Una maniobra hábil, que intenta sacar partido del punto débil de una campaña en la que no se ofrece un producto (Dios), sino un contraproducto (No Dios). Los ateístas no ofrecen una alternativa, sólo intentan provocar el descrédito de la competencia. A eso se le llama publicidad desleal y está prohibida en España, salvo que el anuncio se apoye "en alegaciones que sean exactas, verdaderas y pertinentes".
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Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 13.01.09.
Hoy hace demasiado frío para recomendar un libro cálido. Enero es un mes al que le cuesta avanzar, porque aunque sus pies son navideños, vienen cargados de melancolía. El 10 de enero eres incapaz de recordar ya aquellos propósitos o promesas que te hiciste entre champán y turrón al abrigo de fin de año. Aquello de “en 2009 dejaré de fumar” ya se ha diluido en la uniformidad ocre de lo cotidiano. El curso sigue su curso inexorable y conduce al incauto estudiante directamente hacia septiembre. Diciembre es el mes de la esperanza y enero el de la tristeza: la realidad ha irrumpido violentamente en el cuarto de nuestras ilusiones y los buenos propósitos duermen ya el sueño de los justos.
Vayamos al caso. Es probable que alguien nos haya regalado un libro esta Navidad. Con suerte, será un manjar que devoraremos inmediatamente o un tesoro que guardaremos en la recámara hasta que el momento sea propicio. Pero también es probable que hayamos recibido algún libro en forma de patata o de salchicha. Con seguridad, esto será obra de una tía o una amable cuñada, que no nos conoce lo suficiente para regalarnos un Chéjov o un Voltaire, pero sí sabe que lo nuestro no es - ni puede ser - el último de Dan Brown. Supongamos que ha elegido para nosotros generosamente un libro de autoayuda.
Bien. Seamos serios. Ya has pasado lo peor. Recibiste el regalo cuidadosamente envuelto con su pegatina que deseaba gustarte. Si lo tuyo son los libros habrás sufrido una arritmia casi imperceptible; tus pupilas se habrán dilatado un poco, con el brillo ambicioso de Gollum. Habrás desenvuelto el regalo de un modo muy cuidadoso, sin romper el papel, mientras te preguntas con lujuria literaria si será una edición de bolsillo de El extranjero de Camus o de El jugador de Dostoyevski. De pronto, tus preguntas tienen una respuesta cruel: Has visto la primera palabra del título, y esa palabra es “Cómo…”. Pero “cómo” con acento. Y ahora ya ves también una banda roja que anuncia que ésta es la décima edición y que se han vendido ya 150.000 ejemplares.
Tu desgracia adquiere su dimensión total cuando constatas que estás ante un “Cómo encontrar la paz”, “Cómo ser feliz sin morir en el intento”, “Cómo hacerte rico sin esfuerzo” o algún otro cómo semejante. Esbozas una sonrisa e impostas unas palabras de agradecimiento. Tus manos se han vuelto tan frías como tu sonrisa. Ahora sí que necesitarías un libro que te diga “cómo sonreir cuando te hacen un regalo horrendo”.
Los libros de autoayuda: tan vendidos, tan publicitados y… tan malos. Decía Lázaro de Tormes, citando a algún sabio romano: “No hay libro por malo que sea que no tenga algo bueno”. Supongo que es en los libros de autoayuda donde hay que hay que hacer un esfuerzo de humildad y aplicar toda la inteligencia para intentar descubrir cuál es esa parte buena que se nos esconde. Los libros de autoayuda son el emblema del pensamiento positivo (dicho muy peyorativamente), es decir, de ese “buenismo” que tan de moda se ha puesto, una suerte de sincretismo esotérico y laico, edulcorado, que intenta borrar cualquier atisbo de culpa de nuestra conciencia. Los libros de autoayuda envuelven nuestra alma en papel celofán, y son signo visible de un pensamiento que no es ni siquiera pensamiento débil, sino ausencia de pensamiento.
Ésta es la premisa de los libros de autoayuda: No importa lo que pienses ni lo que hagas, la felicidad no está reñida con tu vida lamentable. No, el secreto de la felicidad está en tu energía, en tu aura, en mandarte mensajes positivos y adoctrinarte repitiéndote lo bueno que eres y lo maravilloso que es todo en tu vida.
Los libros de autoayuda riegan la semilla de la autocomplacencia, de la autocompasión, de la autoestima, e incluso del automóvil. Son para corazones blandos y mentes vegetales. No son la cura contra los males endémicos de nuestra sociedad, sino sólo un síntoma médico de nuestro desconcierto posmoderno. Quien lee buenos libros, quien piensa, quien se atreve a ser y a vivir no necesita de la palabrería sonriente de los libros de autoayuda. Eso es para quien vegeta, para quien padece la vida o la ve pasar, para quien centra su mirada en el ombligo que somos, para el cobarde que llora cuando piensa en sí mismo, cada vez más pequeño, cada vez más disminuido, más pobre, más insignificante. Los libros de autoayuda son como una tirita para el mal del egoísmo. Y me temo que lo convierten en crónico.
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Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 27.10.08.
Dicen que decía Cervantes que la poesía abunda en tiempo de crisis. Es un dicho muy bien dicho. Porque la humanidad necesita doble ración de verdad cuando todo se tambalea. Supongo que esto forma parte de la paradoja de ser hombre, ése curioso ser vivo capaz de lo mejor y de lo peor a un mismo tiempo, que desafía el principio de no contradicción aristotélico.
Así pues, no es casualidad que el primer tercio del siglo XX nos haya dejado un formidable legado intelectual. Mientras el mundo vivía dos terribles guerras mundiales, mientras sociedades y personas se veían enfrascadas en revoluciones y enfrentamientos que no dejaban resquicio para la neutralidad ni la moderación, en fin, en esa época convulsa con olor a túmulo oxidado, años 20, años 30, numerosos grandes intelectuales hacían circular por el mundo sus escritos, sus pensamientos, sus narraciones a cada cual más sorprendente, más eléctrica, más llena de esa verdad de la que hablaba Cervantes. Lo dicho: poesía para tiempos de crisis.
Franz Werfel es uno de esos grandes escritores que sangraron tinta a principios del siglo XX. Nacido en 1890 en Praga (entonces parte del Imperio Austrohúngaro), escribió toda su obra en alemán. Naturalmente, era judío, y naturalmente tuvo que escapar de Austria tras la anexión alemana de 1938. Tras algunas peripecias por Europa, llegó a Estados Unidos, donde murió en 1945.
De Franz Werfel quizá puedan sonarnos títulos como “Los Cuarenta Días de Musa Dagh”, “Una letra femenina azul pálido” o “La canción de Bernadette”.
Una novela de Werfel menos conocida es “Reunión de bachilleres”, que el autor austro-checo escribió en 1928. Como reza el propio subtítulo de esta novela, “Reunión de bachilleres” es la historia de una culpa juvenil. Pero es algo más, es un viaje a través de la memoria para rescatar esos recuerdos olvidados que hicieron de nuestros años colegiales una aventura épico-trágica, en la que todo, hasta el más nimio detalle, se vivía con gravedad adolescente, con radicalidad. Cada gesto del profesor, cada carcajada, cada pelea, cada rivalidad, cada amistad tenían un volumen, un cuerpo, una viscosidad, que se ha quedado adherida a la piel de nuestros recuerdos de un modo apenas consciente para acabar configurando lo que somos ahora. Werfel, a quien suele situarse en la corriente literaria expresionista, lo expresa mejor con la frase: “el aire parecía grasa sólida”.
La rivalidad freudiana entre adolescentes en “Reunión de bachilleres” es algo más que un estudio psicológico. Es un viaje de vuelta a un tiempo que alegra nuestro corazón y lo ensombrece con el cuchillo afilado de una culpa, que de alguna manera todos podemos sentir, apretando levemente las fibras de un corazón ya maduro. Los errores que hemos cometido en una adolescencia semiinconsciente nos persiguen hasta el día de nuestra muerte. Y como bien apunta Werfel en su narración, lo peor de todo es que esa culpa no se puede redimir ya en la madurez.
Franz Werfel. Reunión de bachilleres. Editorial Minúscula, 2005; 207 páginas. Un viaje de vuelta a lo que fuimos.
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Leo en una noticia publicada en El Mundo hoy, jueves, 8 de enero de 2009, titulada “El entorno de Rouco, molesto por la foto de Cañizares con Zapatero” y firmada por el ínclito JOSE MANUEL VIDAL:
“La propia De la Vega quiso quitar hierro, desde La India, a la cumbre Cañizares-Zapatero. «Es una simple visita de cortesía», dijo. Pero fue mucho más. Porque el encuentro entre el pequeño Ratzinger, como se conoce al cardenal Cañizares, y el presidente del Gobierno duró más de una hora, en la que se repasaron los principales contenciosos Iglesia-Estado” (la negrita es mía).
Glosa: Curioso y divertido ha sido encontrarse en El Mundo este genial ejercicio periodístico, que consiste en dar entidad factual a la rumorología popular, al qué dicen y al qué dirán, al mote, a la portera, al pasillo y la maledicencia. Algunos lo llaman “periodismo calificativo”, yo prefiero encuadrarlo dentro del “periodismo de autor” o del “periodismo jacarandoso”.
Escríbase, pues, en lo sucesivo de esta manera: “Ha habido una reunión entre Cañizares y el masón sonriente, como se le llama a Zapatero”. O también “El Papa ha recibido en audiencia privada a la Vicepresidenta de La Vega, también conocida en su círculo más próximo como la anciana víbora". Ídem: “El pusilánime advenedizo, como se conoce a Mariano Rajoy, afirmó que del Prestige sólo salían unos hilillos como de plastilina”.
No me digan que esto no es un periodismo divertido. Es una síntesis de buena práctica profesional, la perfecta combinación de las tres funciones básicas de los medios de comunicación: formación, información y... entretenimiento. Vamos, periodismo del siglo XXI. Olé.
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