El imperio del pesimismo

Permalink 19.10.09 @ 14:59:05. Archivado en Pensamientos, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

Artículo publicado en el número 123 (junio de 2009) de Nueva Revista de política cultura y arte.

Hay muchas cosas de nuestra época que, aun siendo habituales, son difíciles de comprender. Una de ellas es el significado del siguiente argumento: “Las mujeres desde siempre han abortado. Con ley o sin ley, seguirán abortando. Como en todo caso lo van a seguir haciendo, legalicemos el aborto para que al menos lo hagan con garantías sanitarias”. En otras cuestiones, como por ejemplo la prostitución, se argumenta de manera semejante, a saber: “Es imposible acabar con la prostitución, así pues hagámosla legal para que las mujeres la ejerzan al menos con garantías laborales”. Según esta peculiar manera de argumentar, parece que hay que legalizar cualquier cosa por el mero hecho de que existe, de que es una “realidad”, en cierta medida inevitable.

Pero que algo exista, que sea una “realidad”, no significa que deba ser legal. ¿Acaso no han existido desde siempre los delitos? ¿No ha habido también desde siempre latrocinio, asesinato, pederastia, estupro, explotación laboral o injusticias sociales? Los ha habido y los seguirá habiendo mientras haya humanidad sobre la faz de la tierra. ¿Significa eso que debemos legalizar esos y otros delitos parecidos? No lo creo. Si persistimos en nuestra actual tendencia y continuamos legislando “realidades”, corremos el riesgo de dejar lisiado el mismo concepto de delito, y aun de eliminarlo. Pero obviamente no tiene sentido una ley que no distingue lo bueno de lo malo, que lo permite todo porque no prohíbe nada. ¿Alguien se puede imaginar una indefensión jurídica más grande que ésta? Suena a salmo bíblico: nadie, ni siquiera la ley, será capaz de distinguir entre el delincuente y el justo, entre el honrado y el tramposo. Ciertamente, es difícil sostener todo esto.

Está claro que la solución a un problema político o social nunca puede ser la legalización. Si Eta es un problema, ¿lo solucionaríamos acaso legalizando el terrorismo? ¿Legalizaríamos los malos tratos porque “desde siempre” los hombres han pegado a las mujeres? Sin embargo, eso es exactamente lo que hacemos (o queremos hacer) con otras cuestiones como el aborto, la eutanasia, la prostitución, las descargas ilegales, las drogas, etc. Se pretende acabar con el corazón del problema sencillamente negando su existencia como problema, verbigracia: la prostitución no es un delito, sino una profesión como otra cualquiera; el aborto no es un delito, sino un derecho de la mujer; la pederastia no es un delito, sino una opción sexual saludable; el robo no es un delito, sino un ejercicio de libertad económica. Desde un punto de vista estrictamente retórico, cualquier problema deja de serlo si ya no lo consideramos como tal. Aunque, ciertamente, un problema no desaparece porque ya no lo llamemos por su verdadero nombre, del mismo modo que el avestruz no se salva del peligro por más que esconda la cabeza en un agujero.

En este punto, alguien podría objetar, llevándose las manos a la cabeza, que “no es lo mismo” el aborto que la pederastia, que “no es lo mismo” el robo que la prostitución. En efecto, estamos todos de acuerdo en que hoy nuestra sociedad muestra cierta tolerancia por algunas cuestiones (aborto, consumo de drogas, eutanasia, prostitución, etc.), pero no por otras (malos tratos, robo, terrorismo, etc.). Sin embargo, todo esto es contingente, porque lo que ahora toleramos podemos dejar de tolerarlo y lo que hoy nos parece horrible, nos puede parecer maravilloso en el futuro. Es una mera cuestión de opinión pública. Si, por medio de una acción propagandística prolongada en el tiempo, alguien consigue hacernos plásticos a la idea de que el incesto o la poligamia son una opción, ¿por qué no legalizaríamos también esas “realidades”?

En el fondo de esta desconcertante legislación de “realidades” está naturalmente el relativismo, ese joven, nuevo y desenfadado amigo nuestro. La consideración posmoderna de que no hay una verdad, sino tantas como personas, el pensamiento que subraya que la ética es una cosa de curas, ha restado autoridad moral a la ley. Si no hay una verdad, si no hay una ética común, ¿con qué legitimidad puede la ley (emanada de la sociedad) juzgar al que ha decidido “libremente” prostituirse, drogarse, suicidarse, robar o acabar con la vida de su propio hijo?

El filósofo Fernando Savater ha manifestado muchas veces su preocupación porque en la legislación se confundan delitos y pecados. Su preocupación procede de un principio ilustrado que comparto: en democracia, atendiendo al principio de la libertad religiosa e ideológica del ciudadano, no es bueno que la ley se entremeta en la conciencia individual de cada uno. Resumiendo, la legislación debe reflejar que es el ciudadano particular el que tiene conciencia, y no el Estado. Pero eso no significa que la ley y la moral no estén relacionadas. El error surge de creer, a impulsos de una laicidad desenfocada, que la ley no debe ser moral en absoluto.

Algún ingenuo puede pensar que la función de la ley es regular la realidad o, por mejor decir, “las realidades” que forman parte de una sociedad, sin tomar partido por ninguna. Pero esto es imposible, porque en todo caso la ley no puede ser aséptica. Si algo es legal, automáticamente se convierte en moral, es decir, en aceptable desde el punto de vista de la conducta social. Algunos juristas llaman a esto la pedagogía de la ley. En efecto, si rebajamos la edad de las relaciones sexuales consentidas hasta los 5 años, por ejemplo, ¿no estaría la ley tomando partido por la pederastia? O si, compadecidos por quienes no tienen dinero para comer, permitiéramos hurtar impunemente alimentos de un supermercado, ¿no estaría la ley diciendo a los ciudadanos: “robad, estúpidos”? Dice un conocido principio jurídico que “la costumbre hace la ley”. Pero con la actual legislación de “realidades”, toma cuerpo la consideración de la política como un acto de adoctrinamiento: ahora es la ley la que hace la costumbre.

La relación entre moral y ley es compleja, y ha dado lugar recientemente a una intensa discusión pública entre los partidarios de la laicidad y los del laicismo. A mi modo de ver, sí existe una relación necesaria entre lo ético y lo legal, que se resume así: todo lo legal debe ser moral, aunque no todo lo moral debe ser ley. Quiere esto decir que una ley no puede ser inmoral de suyo porque será una ley injusta. Pero al mismo no se puede caer en la tentación de elevar toda la moral a la categoría de ley, porque sería una intromisión directa e inaceptable del Estado en la conciencia de cada ciudadano.

En cierto modo, la actual legalización de “realidades” procede de una interpretación extremada del principio del “mal menor”, doctrina enunciada primitivamente por San Agustín en De ordine. Ante la existencia de un mal social persistente e irresoluble (como la prostitución), se debe o se puede aplicar una cierta tolerancia, ya que acabar totalmente con ese mal es imposible. Por otra parte, la doctrina del mal menor se debe aplicar sólo en los casos en los que el “culpable” es al mismo tiempo una víctima, como sucede con la prostitución y el aborto. Pero una cosa es que las autoridades se “hagan las tontas” ante un delito de raíz compleja, y otra muy distinta es que lo legalicen y lo incorporen al tejido social, normalizándolo. Realmente, hacer legal la excepción es convertirla en regla.

En rigor, la doctrina del mal menor es una doctrina pesimista. San Agustín, en el siglo V, no tenía lógicamente una concepción moderna de la acción social y política, por eso podía permitirse el lujo de considerar que la prostitución era un mal que incluso cumplía una cierta función social. Sin embargo, nosotros, desde la ilustración, hemos tomado conciencia de que la sociedad es algo que podemos moldear, al menos en cierta medida. Sabemos que somos y seremos lo que queramos ser. La forma de ser específica de una sociedad no es algo que venga impuesto por la naturaleza, sino que es fruto de una interacción entre las personas que la componen, es decir, siguiendo a Rousseau, es un contrato social. En otra época, ante un problema, se hubieran encogido de hombros y lo hubieran atribuido a un castigo divino o algo parecido. En la modernidad, sin embargo, aplicamos nuestra inteligencia para intentar modificar el estado de las cosas que no nos gustan. Así pues, el pesimismo no es precisamente un valor ilustrado ni moderno, por más que hoy, quienes se dicen a sí mismos herederos de la ilustración, habiten en un mundo interior sin esperanza. Lo propio del pensamiento moderno es tener fe, a veces incluso demasiada, en la fuerza de la acción social de los hombres.

Dijo Felipe González a propósito de José Luis Rodríguez Zapatero que nuestro presidente es un “optimista profesional”. El mismo PSOE en su propaganda atribuye constantemente a Zapatero el valor del optimismo. Nada más lejos de la realidad. La visión social de la actual “izquierda” es tan profundamente pesimista, que sorprende que alguien pueda confundirla con el optimismo. En todo caso, yo la calificaría de “pesimismo sonriente”. Según el PSOE, la solución a los problemas está en negar su existencia, porque de hecho son imposibles de resolver. Es aliarse con el mal en vez de intentar derrotarlo. Es una solución simple para ganar la batalla a la existencia de un problema: lo mejor es dejar de llamarlo problema y llamarlo opción; lo mejor es dejar de llamarlo delito y empezar a llamarlo derecho. Es brillante.

Hace ya mucho tiempo que la actual “izquierda” abandera la blandura posmoderna en su acción política, y es la primera en legalizar aquellas “realidades” que ya están maduras para su aprobación en las Cortes. Baila así al son que mejor suena, mecido por la brisa de la opinión pública, con la seguridad de que siempre va a acertar, como “acierta” siempre el César cuando reparte pan al populacho. Y lo peor de todo es que la derecha también ha iniciado esa misma carrera, algunas veces disimulando y otras liderando este alucinante pesimismo. ¿No hay ahora ningún político que se atreva a defender los sólidos principios ilustrados de la modernidad, frente a los volátiles contravalores de la posmodernidad? ¿Tanto vale un cargo?

Personalmente, comparto la posición de Séneca sobre estas famosas “realidades”. Escribe el filósofo hispano romano en De Ira: “Contra los males continuos y prolijos se ha de trabajar tenazmente, no para que deje de haberlos, sino para que no venzan”. El pobre Séneca no sabía que en el siglo XXI íbamos a transformar su aforismo en este otro: “Contra los males continuos y prolijos no se ha de perder el tiempo; para que deje de haberlos basta con dejar que venzan”. El problema de la posmodernidad no es que no seamos capaces de resistir al lodazal del mal, sino que directamente nos arrojamos en él.

Cabeza de Vaca en La estrella polar, de COPE

Permalink 16.10.09 @ 10:44:03. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "Naufragios" de Álvar Nuñéz Cabeza de Vaca en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 26. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa (http://www.cope.es/la-estrella-polar).

La Eneida en La estrella polar, de COPE

Permalink 09.10.09 @ 10:38:43. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "La Eneida" de Virgilio en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 25. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa (http://www.cope.es/la-estrella-polar).

La Odisea en La estrella polar, de COPE

Permalink 02.10.09 @ 11:31:59. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "La Odisea" de Homero en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 25. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa (http://www.cope.es/la-estrella-polar).

La patinada del programa es ésta: en un momento dado, Esparza habla del Cancerbero (o Can Cerbero) y yo digo que ese bicho no sale en la Odisea. Él dice que sí, que estaba guardando la puerta del infierno. En el trepidante directo, me hace dudar y, dado que Ulises va a la puerta del infierno, pienso que quizá venga mencionado, por más que a mí no me suene. Y entonces, concedo que "ahí" me ha pillado.

La realidad es que el Can Cerbero no sale en la Odisea, ni siquiera mencionado, sino en la Eneida. La Sibila le da al chucho carne con adormidera para que Eneas pueda entrar al infierno. Donde el Cancerbero tiene mucha más importancia es en realidad en el mito de Hércules, de hecho capturar a ese perro de tres cabezas es el último de los famosos doce trabajos de Hércules. En fin, cosas del directo.

La Iliada en La estrella polar, de COPE

Permalink 24.09.09 @ 11:27:37. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "La Iliada" de Homero en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 14. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa (http://www.cope.es/la-estrella-polar).

A sangre fría en La estrella polar, de COPE

Permalink 18.09.09 @ 11:18:04. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "A sangre fría" de Truman Capote en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 1. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa (http://www.cope.es/la-estrella-polar).

La patinada del programa es que digo que es Jane Fonda quien protagoniza "Desayuno con diamantes" y naturalmente es Audrey Hepburn. En fin cosas del directo.

Julio Verne en La estrella polar, de COPE

Permalink 11.09.09 @ 11:09:33. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "De la tierra a la luna" y "Viaje alrededor de la luna" de Julio Verne en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 18. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa.

Esparza me llama varias veces antes de que yo conteste. No es porque estuviera en las nubes, sino porque se les pasó enchufarme el audio del estudio y no le oía.

Mi presentación en La estrella polar, de COPE

Permalink 04.09.09 @ 10:55:05. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi presentación como colaborador en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 15. Mi impresión, al escucharme, es que tengo todos los defectos posibles para la radio: coletillas, navarrismos y una voz desagradablemente eléctrica. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa.

Prometeo encadenado, de Esquilo

Permalink 28.06.09 @ 14:51:58. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Hay al menos dos tipos de malos lectores. El primer tipo es el de aquellos que consideran que una obra es mala porque “no pasa nada”, es decir, porque no hay acción. El segundo tipo de malos lectores es el de aquellos que piensan que una obra es mala porque, aunque pasen cosas, la obra es “demasiado profunda”, es decir, que las cosas que pasan no son de índole primaria, a saber, no son algo como matar, enamorar, perseguir, besar, luchar, comer, dormir, etc. Digo que ambos son malos lectores, no porque quiera establecer aquí un juicio sumario sobre el bien y el mal aplicado al proceloso y subjetivo mundo de la lectura, sino porque un lector que se aburra porque no pasa nada o porque pasa demasiado se está perdiendo un buen número de obras magníficas de las que no va a poder disfrutar nunca.

¡Ojo! No estoy diciendo que no haya muchas obras pretenciosas, plomizas y conceptuales que aburren al mismo aburrimiento. Las hay. Proliferaron sobre todo en los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando el único afán del escritor era romper los cánones de los géneros y aventajar en originalidad a todo lo precedente. Vivimos en aquella época la literatura de experimentación, esa manía literaria que le entró a todo el mundo por escribir ladrillos infumables, sin sentido ni significación, sin comas, sin puntos, sin personajes, sin palabras. La literatura se obstinaba en imitar a la pintura, que andaba en aquél entonces por los andurriales del vanguardismo, considerado como una religión. Hoy todos esos libros-experimento han caído en el más atornillado de los olvidos. Bien está.

Yo me refiero más bien a quienes dicen que La muerte de Ivan Ilich, de Tolstoi, es un tostón porque no pasa nada. O a quienes dicen que Hamlet, de Shakespeare, es demasiado profundo, porque parece que pasa algo más de lo que es evidente. Ambos dos se están perdiendo lo más placentero de la buena lectura, que no es otra cosa que la iluminación intelectual, la comprensión profunda, y simple al mismo tiempo, de una verdad que de suyo es difícil e inagotable. Yo llamo clásico de la literatura, en realidad, a cualquier obra que conjugue el entretenimiento con la mística.

Sirva esta prolija y (seguramente) aburrida introducción como prólogo de la obra que voy a recordarles hoy. Se trata de Prometeo encadenado, del dramaturgo griego Esquilo. Si usted pertenece a cualquiera de los dos tipos de lector que he mencionado, pierda toda esperanza: esta obra no es para usted. Ahora bien, si usted sí es de los que disfrutan con la acción de la inacción o con la acción más allá de la acción, entonces, adelante. Sígame.

Esquilo nació en Eleusis, Ática, en el 525 a. C. y murió en el 456 a. C. Fue cocinero antes que fraile, lo que en el caso de los griegos significa que fue soldado antes que escritor. Peleó contra los persas en la batalla de Maratón, Salamina y Platea. Escribió cerca de 90 tragedias, de las cuales se conservan sólo siete: Los persas, Los siete contra Tebas, Las suplicantes, Agamenón, Las coéforas, Las euménides y Prometeo encadenado, obra ésta, por cierto, de la que se duda sobre su autoría. Esquilo es considerado el padre de la tragedia griega y fue el primero en introducir más de un personaje en los dramas, haciendo posible así el diálogo y la acción dramática. Esquilo murió de un modo trágico, haciendo honor a su condición de tal. El oráculo le vaticinó que moriría aplastado por una casa, así que nuestro dramaturgo decidió vivir en el campo. Pero entonces le cayó en la cabeza un caparazón de tortuga que un quebrantahuesos soltó desde el aire. ¡Oh dioses! Y se murió efectivamente aplastado por una casa.

Prometeo encadenado, sea o no realmente de Esquilo, es una obra de gran intensidad dramática. Obviamente, estamos hablando de una tragedia griega de la época arcaica, por lo tanto no podemos esperar una acción trepidante. Lo que se representa es más bien una acción interior. Lo que interesa no es lo que pasa o lo que va a pasar, sino lo que está pasando, es decir, lo que viven y sienten los personajes mientras la acción está sucediendo. Es como si hiciéramos toda una obra de teatro sobre lo que siente una persona mientras cae al vacío. Creo que ésa es una buena aproximación conceptual a lo que es el “tiempo dramático” en la tragedia griega.

El mito de Prometeo es uno de los más logrados de la antigüedad. Prometeo roba el fuego a los dioses y se lo entrega a los hombres, por lo cual es castigado por Zeus, que lo encadena a una roca y manda a un águila que se coma su hígado una y otra vez. Prometeo es el gran benefactor de la humanidad, y muchos han visto una cierta analogía con Jesucristo. Prometeo perpetra una donación, se gana la ira de Zeus por amor a los hombres. El fuego además simboliza todo lo que hace humanos a los humanos, todo lo que nos hace distintos a los animales. La luz de la inteligencia, la imaginación, el genio, la industria, la ciencia, la civilización, el sedentarismo, etc. El calor de la pasión, del amor, de la conciencia. El mito es fuerte, es palpitante. De la mano de Esquilo, sentimos la cólera de Zeus, indignado con Prometeo por haber dado luz al mundo. Vemos la resignación de Prometeo, digno, firme, desafiante. El dolor no asusta a Prometeo, porque el amor da sentido a sus padecimientos. Y le hace más fuerte, más poderoso aún que el primero de los dioses.

Esquilo, con su lenguaje grave, su discurso inquietante, la vibrante tensión de su voz desesperada, canta el agradecimiento de los hombres por ése dios que nos hizo humanos. Escalofriante.

Prometeo encadenado, de Esquilo. Una tragedia sobre la compasión.

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 08.06.09.

El aborto es de derechas

Permalink 27.06.09 @ 17:08:10. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

Hace unos meses, en un debate en Popular Televisión Navarra, defendí que el aborto, en los términos en que se plantea en nuestra sociedad, es en realidad una política de derechas, aunque se la encubra con un velo izquierdista. Esta opinión suscitó algún desconcierto entre los políticos que participaban en la tertulia, así que parece preciso explicar más esta idea. No voy a abundar en las nociones de izquierda y derecha, pues excede las posibilidades de este artículo. Me centraré en un par de tópicos usualmente aceptados sobre la idea de izquierda, aun a costa de perder precisión conceptual.

Esos tópicos son: 1) La izquierda defiende al débil frente al fuerte (v.gr. defiende al trabajador frente al empresario); 2) La izquierda prefiere la iniciativa pública a la privada (v.gr. prefiere impulsar la enseñanza pública en vez de la concertada). La derecha, según esto, sería lo contrario.

1) Si la izquierda defiende al débil frente al fuerte, debería defender al no nacido frente a los ya nacidos que hacemos las leyes. A esto se suele replicar que el no nacido no es humano aún. No voy a discutirlo, aunque es aquí donde se cuece el asunto. Me limitaré a subrayar que no hay acuerdo social sobre cuándo un ser humano empieza a serlo. Esto es suficiente para que el legislador no tome decisiones arriesgadas.

Si la izquierda defiende al débil frente al fuerte, debería defender a la mujer frente al abuso de quienes la pueden presionar para abortar, a saber, su jefe, su marido, su novio, sus padres, la sociedad y hasta la misma clase política que parece empeñada en considerar el aborto como una opción liberadora. Cualquiera puede darse cuenta de que, en el debate público, hoy se ha sustituido el “ninguna mujer quiere abortar” por el “la mujer tiene derecho a decidir”. La primera frase asume la doctrina del mal menor: el aborto es la última salida ante una situación de injusticia irresoluble. La ley actual (que no se cumple) materializa esta doctrina en los famosos supuestos para abortar. La segunda frase, en cambio, es un dogma liberal, pues mi derecho simplemente y sin discusión vale más que el del otro. Esta doctrina es asquerosamente de derechas, y es la misma que justifica el derecho de EE.UU. a invadir Iraq si le viene en gana o el de un aristócrata a mantener oprimida a la clase trabajadora, sencillamente porque puede hacerlo. Es el triunfo de la ley del más fuerte, disfrazada de “derechos de la mujer”.

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El Tartufo, de Moliere

Permalink 14.06.09 @ 16:55:03. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 25.05.09.

Algo deben tener los carpinteros para que de su linaje salgan de vez en cuando figuras relevantes para la historia de la Humanidad. Acaso sea fruto de ese trabajo minucioso, creativo, síntesis perfecta del arte y la técnica, de la laboriosidad y del talento. En fin, todos conocemos a uno bastante famoso que escribió con sangre una deliciosa historia de amor, probablemente el mito más redondo que se ha escrito nunca. Que no cunda el pánico: no voy a convertir este programa en una vaporosa catequesis, por más que a alguno pudiera venirle bien. Estoy aquí para hablarles de literatura, lo que bien pensado es casi lo mismo que dar una catequesis, porque la literatura siempre habla de Dios, incluso aunque no lo mencione. Ea, pues, hablemos de literatura.

Otro hijo ilustre de un carpintero es Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por el sobrenombre de Moliere. Nació en París, el 15 de enero de 1622 y murió en la misma ciudad el 17 de febrero de 1673. Es considerado el padre de la Comedia Francesa y uno de los autores dramáticos más importantes y representados de la literatura universal. En España, donde nuestros abundantes complejos de inferioridad nos impiden valorar adecuadamente lo propio, goza Moliere de gran prestigio. Sucede en este caso algo parecido con Shakespeare. Ambos autores son citados y manejados como si fueran el no va más de lo profundo y de lo culto. Mientras medio mundo versiona y envidia a nuestros dramaturgos clásicos, nosotros los despreciamos y sólo sabemos pasearnos con Moliere o Shakespeare en la mano, dándonos aires de grande cultura. No quiero decir con esto que Moliere o Shakespeare no sean grandes autores, sino que Calderón, Lope, Tirso, Ruiz de Alarcón y otros semejantes no les tienen nada que envidiar. Es cosa clara.

Moliere fue un hombre orquesta, un auténtico hombre de teatro: además de autor, fue director y actor de sus propias obras. En su época fue muy valorado como intérprete cómico. Tenía una capacidad especial para hacer reír, y eso es algo muy valioso, porque es más fácil hacer llorar que hacer reír, y esto es un tópico que siempre se cumple. Moliere fue un autor exitoso. Tras darse grandes batacazos intentando hacer tragedias, sus primeras obras cómicas le hicieron auparse rápidamente al bastión de la fama. El rey Luis XIV le acogió bajo su protección, lo que en aquella época de reverencias y besamanos era una garantía de libertad creadora. Moliere era una versión refinada del bufón real, y podía permitirse meter el dedo en el ojo de su Real Majestad, porque al monarca le resultaba gracioso y no impertinente. Ésta es la prerrogativa del bufón: puede decir la verdad sin excesivo temor a ser castigado.

Pero incluso la jácara del alegre bufón tiene sus límites. Estos límites los descubrió Moliere cuando intentó estrenar el Tartufo. La obra pretendía zaherir a los falsos devotos, a los hipócritas, a esos que tienen la boca llena de virtud y las obras llenas de vicios y maldades. Moliere pinchó hueso, y suscitó una airada reacción. Muchos hombres de bien pidieron al Rey que impidiera su representación. Al rey no le parecía mal la obra, pero temió la reacción de la carcunda cortesana, y la prohibió. Moliere reformó su comedia una y otra vez, recortando sus aristas, hasta que finalmente se le permitió estrenarla. Moliere le dejó el alma al drama, pero tuvo que destrozar su cuerpo. Hoy podemos leer sólo la versión autocensurada. Y es una lástima.

Siempre me había parecido que el Tartufo de Moliere no era una obra con la suficiente fuerza como para lograr la total empatía del espectador, es decir, eso que Aristóteles llamaba catarsis. Comprendí por qué el mismo día que descubrí que había sido sometida a las tijeras de la autocensura. Probablemente por esta causa, a mi modo de ver, la obra cojea o renquea, pues parece como si fuera un borrador. La trama tarda mucho en arrancar y finaliza de una manera abrupta. El Tartufo, personaje principal y villano, no aparece hasta el tercer acto y en seguida es desenmascarado. Estimo que hubiera sido más prudente habernos hecho ver su hipocresía en la acción, pero sólo sabemos que es un hipócrita por lo que dicen los demás personajes de él. El mito está, pues, esbozado, pero no termina de ser lo suficientemente redondo. Aún así, teniendo en cuenta el genio literario de Moliere, es posible entrever una obra con grandes posibilidades. Fue la política la que la hizo peor, y no la incompetencia de su autor.

El Tartufo es, en resumen, una obra puntiaguda sobre la hipocresía. Una reflexión sobre lo falsa que es la sentencia que dicta que “la mujer del César no sólo debe ser buena, sino también parecerlo”. Siempre he estado en desacuerdo con esta máxima, que pone en manos de la opinión, de la apariencia, la naturaleza misma del bien. Al contrario, yo pienso con Moliere que el bien y el mal no dependen de lo que opinen los demás, sino exclusivamente de lo que nosotros hacemos y pensamos.

El Tartufo, de Moliere. Una obra que quiso ser y sólo pudo parecer, precisamente por denunciar que parecer no es lo mismo que ser.

La llamada de la selva, de Jack London

Permalink 13.06.09 @ 16:21:20. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 04.05.09.

Jack London es uno de los autores que más ha contribuido a la creación del mito de los buscadores de oro, esos locos aventureros, supervivientes y buscavidas que lo arriesgaron todo por alcanzar el sueño de enriquecerse. A finales del siglo XIX, en 1897, se descubrió oro en el río Klondike, pequeño afluente del Yukón, en la frontera entre Canadá y Alaska. En aquella época, la vida en Estados Unidos no era fácil. El desempleo, la pobreza y la explotación laboral de los trabajadores hacían la vida muy poco apetecible. Encontrar un filón de oro en Alaska se convirtió en la única esperanza de la gente desesperada, en una nueva versión del sueño americano.

El mito del oro sirvió de turbina para los parias de la tierra. Todos los indeseables de la tierra pusieron rumbo al norte. Muchos murieron, algunos sobrevivieron y muy pocos encontraron en el oro la solución a sus problemas. El terreno salvaje, la dureza de las condiciones, la lucha por la supervivencia y la competitividad con otros seres humanos abonan el terreno para la verdadera explotación de este subgénero del western, donde el drama está servido aún antes de barajar los naipes. ¿Qué más se necesita para contar una buena historia? En el filo de la navaja, entre la vida y la muerte, entre el vicio y la virtud, está siempre acampando la literatura.

Jack London vivió personalmente esa aventura. Durante algún tiempo, con 21 años de edad, buscó el preciado mineral en las orillas del Klondike y lo único que sacó en claro fue un escorbuto galopante que le acompañó durante toda su corta vida. De sus entrañas podridas, de sus manos endurecidas por 18 horas de trabajo, sacó London la áspera lección que anima sus relatos. Por eso quizá son tan verosímiles sus historias, por eso quizá son tan brutales. Vemos a un hombre moribundo, apostado con un rifle en el camino, esperando a que pase alguien para volarle la cabeza y robarle el equipo. Es una cuestión de brutal supervivencia. No hay oraciones, ni feminidad, ni cortesía, ni compasión, ni servicios dominicales. No hay esperanza. Porque London es un convencido darwinista que piensa que la vida es sólo una cuestión de supervivencia. Y el más fuerte es el que no tiene moral. El más fuerte es el que ha abandonado todos los melindres de la civilización y ha sustituido la ética por un revólver cargado.

Me hace gracia que la gente crea que las novelas de Jack London son para adolescentes. Eso es como decir que la Biblia es para adolescentes porque hay guerras y mucha acción. No es así. Jack London es un viaje a un mundo sin cultura, a una humanidad sin humanidad. Es la puesta en drama del aforismo que dice que el hombre es un lobo para el hombre.

Todas estas ideas están presentes en “La llamada de la selva”, traducido también y de un modo más exacto como “La llamada de lo salvaje”. El relato, corto, ágil y entretenido, cuenta la historia de un perro sureño que es arrebatado de la comodidad de un hogar civilizado y es arrojado en la crueldad del norte salvaje. Jack London, llamativamente pudoroso, cuenta la historia de un perro, pero en realidad cuenta la historia de un hombre, de alguien como tú y como yo, perfectamente capaces de comernos crudas a nuestras víctimas, en cuanto nos arrabatan nuestra humanidad. Una visión escalofriante y real de cómo es el mundo sin el amor que Dios se inventó.

La llamada de la selva, de Jack London. Un ataque seco a la yugular del optimismo.

La anábasis de Jenofonte

Permalink 12.06.09 @ 16:59:58. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 20.04.09.

De entre todos los historiadores de la antigüedad, uno de los más admirados fue siempre Jenofonte. Nació en Atenas en el año 431 antes de Cristo. Durante su juventud fue discípulo de Sócrates y participó en la Guerra del Peloponeso. Posteriormente, se unió a la famosa Expedición de los Diez Mil, con motivo de la cual escribió su Anábasis. Al regresar a Grecia, Jenofonte, que siempre había sido un admirador del sistema político espartano, combatió en la batalla de Coronea junto con los lacedemonios contra una liga de ciudades griegas, entre las que estaba su ciudad natal, motivo por el que fue declarado persona non grata en Atenas. Los espartanos para recompensarle por sus servicios le dieron una finca en su territorio, en Escilunte, cerca de Olimpia. Ahí fue donde Jenofonte empezó a escribir sus obras. Tiempo después, Esparta y Atenas volvieron a aliarse para contrarrestar el poder de la emergente Tebas, y a Jenofonte le fue permitido volver a su patria, aunque no se sabe si lo hizo. Jenofonte cruzó la laguna estigia, en compañía del alado Hermes, en el año 354 antes de Cristo.

Entre sus obras destacan una Apología de Sócrates, las Helénicas, que son una continuación de la inacabada historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, la Ciropedia, una semblanza del rey persa Ciro II, y por supuesto la Anábasis, también conocida como La expedición de los 10.000. Es de esta obra de la que voy a hablar ahora.

En el año 401 antes de Cristo, el príncipe Ciro el joven se rebeló contra su hermano mayor Artajerjes. Contrató un ejército de mercenarios griegos, comandados por el espartano Clearco, y se adentró en el reino persa hasta llegar a las proximidades de Babilonia. Allí tuvo lugar la batalla de Cunaxa, que terminó con la derrota y muerte de Ciro. En esa difícil situación, los mercenarios griegos iniciaron una prudente retirada, amenazados constantemente por el ejército victorioso de Artajerjes. Asesinados Clearco y los demás generales griegos, los soldados se vieron en la obligación de nombrar nuevos jefes, entre ellos al propio Jenofonte. De este modo, manteniéndose unido y bajo el yugo de una férrea disciplina, el ejército recorrió 4.000 kilómetros hasta la colonia griega de Trapezunte, a orillas del mar negro, donde consiguieron ponerse a salvo. La Anábasis relata todos estos sucesos.

El libro está escrito en tercera persona, a pesar de que el tipo que lo escribe es a la vez juez y parte, ya que Jenofonte se atribuye un papel muy importante en la expedición a partir del asesinato de Clearco. Esta fórmula objetivista es relativamente habitual en los escritos históricos de la antigüedad, como sucede también en el caso de Julio César. Es una forma interesante de abanicarse el ego, pues se trata de relatar con la asepsia de un historiador imparcial los gloriosos hechos de armas de los que uno mismo es protagonista. De alguna manera, es crearse un mito propio, automitificarse, como hace ahora el calculado marketing político con un candidato. Es crearse un personaje que vivirá para siempre en la inmortalidad, por los siglos de los siglos.

La historia de la Anábasis es una demostración de que se puede perder una guerra sin perder la dignidad, y esto es aplicable a la vida. El ejército de mercenarios, gracias en gran medida a las prudentes decisiones de sus jefes, a su superioridad militar y a la inteligencia de su tácticas, permanece invicto durante toda la expedición. Si se quiere, la Anábasis es la historia de una huida victoriosa, que hizo ganar gloria a los soldados que se paseaban por una Persia plagada de enemigos que les rehuían el combate.

Pero además, la Anábasis es una historia divertida, entretenida, didáctica, trepidante, que hará las delicias de aquellos a los que les guste saber que hace 2500 años éramos tan humanos como ahora.

Anábasis, de Jenofonte. Una lección de estrategia, de honor y de dignidad.

A sangre fría, de Truman Capote

Permalink 11.06.09 @ 16:00:24. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 30.03.09.

Cuando Truman Capote escribió a Sangre fría, ya era un autor consagrado. Había pegado un importante pelotazo editorial con “Desayuno en Tiffany’s”, historia que luego llevó al cine Blake Edwards, con la irresistible Audrey Hepburn en el papel protagonista. Otras novelas de Capote (como “El arpa de hierba” y “Se oyen las musas”) habían tenido también una buena acogida entre el público. Pero todo esto hubiera sido en vano, si el autor estadounidense no hubiera decidido realizar un experimento periodístico-novelesco con la familia Clutter.

Truman Streckfus Persons, verdadero nombre de Capote, nació en Nueva Orleans el 30 de septiembre de 1924 y murió en Los Ángeles el 25 de agosto de 1984. Fue sobre todo un periodista, un periodista con todas las letras, y no pudo ni supo desprenderse nunca de esa escasa imaginación que caracteriza a los que se dedican profesionalmente a consignar los hechos relevantes. Así pues, como buen periodista, era incapaz de ver más allá de lo obvio, su capacidad para la poesía, para la mística en definitiva, era muy limitada. No nos engañemos: Truman Capote no puede ofrecernos más que los trazos rápidos y secos de un lapicero romo sobre una libreta mugrienta.

Bien, ¿y qué? Ésa es precisamente su mayor virtud. Nosce te ipsum, que decían los clásicos. ¿Se imaginan a Capote intentando trascender, intentando cargar de lirismo lo que no es más que polvo seco y carretera? ¿Hay algo más desagradable que la retórica forzada de un notario o de un leguleyo? A cada cual hay que pedirle solo lo que es capaz de dar. Un periodista, para ser bueno en su oficio, no debe intentar ser Onetti o Pablo Neruda. Y además, nadie se lo pide.

Truman Capote consigue, en “A sangre fría”, elevar el periodismo a categoría de arte. Es lo mismo que hicieron con la Historia Heródoto, Tácito o Jenofonte. Después de cinco años de investigación, Capote se acerca a los hechos que rodearon el asesinato de la familia Clutter con precisión periodística, recreando la gran red de rumores, de bulos, de informaciones, de datos, de impresiones… Capote Hace lo que todo periodista querría hacer si tuviera un tiempo que el día a día no le concede.

Por otra parte, la historia es escalofriante. Su sequedad y su dureza, no exenta de cierta compasión, la hacen retumbar durante mucho tiempo en los cristales de tu conciencia. Es un libro muy recomendable, eso sí, para estómagos resistentes.

Truman Caporte. A sangre fría. Un escalofriante y valioso reportaje de 200 páginas.

Yo creo en Europa

Permalink 07.06.09 @ 16:58:42. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en el Diario de Navarra el pasado viernes 5 de junio de 2009, con el título "Nuestra mejor invención política").

Cada vez que hay elecciones europeas, se habla en los medios de la abstención, de la falta de debate sobre asuntos europeos, de que se vota sólo en clave nacional, etc. Todo esto, aunque cierto, no hace sino contribuir aún más a desviar la atención del auténtico asunto: Europa.

La Unión Europea es una de las mejores ideas que ha tenido la humanidad en toda su historia. Surgida del dolor de la II Guerra Mundial, representa un sueño recurrente de Occidente. Desde el imperio romano, siempre ha existido la tendencia histórica a una Europa unida. Ése era el sueño megalómano de Napoleón y – triste es decirlo – hasta de Hitler. La idea de la unión no es original, pues. Lo novedoso es que, a diferencia de los antiguos mitos políticos, la UE no es una unión basada en la fuerza de uno, sino en la solidaridad de todos. La idea fue de Jean Monnet: ¿Por qué no cooperamos entre nosotros, en vez de matarnos una y otra vez, como hemos venido haciendo desde hace siglos? Cuando en 1951 se puso en marcha la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, a propuesta de Robert Schuman, lo que se pretendía era imposibilitar de hecho que una nueva guerra tiñera de sangre el viejo continente.

La utopía de Europa es muy interesante, un experimento preliminar para lo que podría ser un nuevo orden mundial, basado en la cooperación y no en el enfrentamiento. Pero está paralizada por culpa de la falta de miras, el populismo y la desidia de los políticos de los últimos años. Para ellos, Europa es un cementerio de elefantes, una barra libre para la corrupción y la tediosa burocracia. Los eurócratas han fabricado una costosa maquinaria de comisiones inútiles, de sueldos, de subvenciones, de prebendas. Su pobreza intelectual y moral ha acabado por agotar a los ciudadanos, llevando a vía muerta nuestra mejor invención política. La UE tiene hoy un grave déficit democrático. Muchas de las normativas que se aprueban en el Parlamento tienen un origen interesado y opaco. Sólo los que tienen dinero para organizarse están presentes en esta Europa de los lobbies, porque los parlamentarios, única representación que tienen los ciudadanos europeos, están demasiado “ocupados” como para asistir a los plenos. Uno de los padres de la unión, el entusiasta democristiano Konrad Adenauer, dijo: “Cuando los políticos no tienen la capacidad de gobernar, crean las comisiones”. Es toda una profecía.

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El invierno intelectual

Permalink 13.05.09 @ 22:13:23. Archivado en Pensamientos, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

Artículo publicado en el número 121 (febrero de 2009) de Nueva Revista de política cultura y arte

Es difícil legislar acertadamente en materia de educación, porque cuando se pone en marcha un nuevo sistema educativo, se hace pensando en los problemas de hoy, no en los problemas de mañana. Si ahora necesitamos un mayor nivel en matemáticas, por ejemplo, y cambiamos el sistema educativo para reforzar esa materia, no veremos los efectos de nuestra acción política hasta pasados veinte años, como mínimo. Supongo que es por esto por lo que nadie quiere ser Ministro de Educación. En efecto, aunque es una cartera de gran responsabilidad, es muy poco vistosa. Hay pocas cosas que “inaugurar”, pocas cintas que cortar y pocos aplausos que recibir, al menos en el lapso de una legislatura.

Por este mismo motivo, también es complicado hacer previsiones acertadas en el terreno de la enseñanza. Al ser una política de tan largo plazo, cuyos efectos tardan mucho tiempo en manifestarse, no hay casi capacidad de maniobra ni de rectificación. Cuando se empiezan a ver los primeros resultados de una decisión errónea, ya se han intoxicado como mínimo treinta generaciones de ciudadanos (es a esa edad más o menos cuando puede hacerse una valoración del nivel educativo global de un alumno). Y lo peor es que el responsable de la situación probablemente ya no está en la vida política y quizá está incluso durmiendo para siempre debajo de la tierra. La ausencia de un responsable inmediato hace que las decisiones en materia educativa se tomen ligeramente. Por eso es tan importante que la educación sea una cuestión de Estado, fruto de una decisión reflexiva, consensuada y prudente. Y no que sea, como pasa en España, una cuestión de partido. Hay que velar para que ninguna facción política intente arrimar el ascua a su sardina. Los representantes públicos deben ser conscientes de que, en el tema de la educación, no se trata de generar votantes, sino ciudadanos libres, virtuosos y capaces de afrontar la realidad responsablemente cuando su tiempo llegue. Ello exige de nuestros políticos generosidad y altura de miras. Quizá por eso se haga esperar tanto una reforma seria del modo en que nos planteamos la educación en España.

Hoy existe la convicción general, compartida por la mayor parte de los ciudadanos españoles y aún más por aquellos que se dedican profesionalmente a la tarea de formar a nuestros hijos, de que la preparación de los españoles es deficiente, y cada vez más. Esto es bien visible desde hace tiempo en la universidad, que es en última instancia en donde desembocan –supuestamente- los mejores y más selectos frutos de la escuela y del instituto. Los académicos con más experiencia no dejan de lamentarse de la actual situación: “Si se mantuviera el mismo nivel que hace treinta años, no aprobaría ni un solo alumno”. “Estoy harto de corregir exámenes plagados de faltas de ortografía”. “Mis alumnos son incapaces de elaborar un pensamiento por escrito, ¿pero qué les enseñan en el colegio?”. “A los jóvenes no les interesa nada de lo que les contamos, sólo quieren aprobar y sacarse un título”. “Los alumnos sólo se implican con las prácticas, la teoría les parece superflua”. Estas son algunas de las quejas que se repiten con frecuencia entre los profesores universitarios. Pero este análisis pesimista de la situación no se sustenta sólo en una sensación subjetiva y opinable de los maestros, sino que viene avalada por datos como los del Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos de la OCDE (el famoso informe PISA), que sitúa a España en la parte baja en el ranking de países, a una significativa distancia de las naciones industrializadas de la Unión Europea y del mundo occidental.

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El aborto contra la razón

Permalink 26.03.09 @ 11:57:57. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

La postura que un ciudadano tenga sobre el tema del aborto depende básicamente de la respuesta que dé a esta pregunta: ¿Es el no nacido un ser humano? Si lo es, lo es, y debe gozar de la misma protección de la que gozamos todos. Si no lo es, no lo es, y no debe tener ninguna protección. Esto último sería algo tan moralmente aséptico como sacarse un moco, extirparse un cáncer o alguna otra cosa semejante.

De esto se deduce que defender una ley de plazos es la cosa más incoherente e hipócrita del mundo. ¿Es que el ser humano empieza a serlo en el momento de la concepción si la mujer “lo desea”, en la semana 12 si el feto está sano pero la mujer no “lo desea” y en la semana 22 si el bebé está enfermo o tiene malformaciones?

No me gusta la hipocresía. Y aún menos la hipocresía intelectual. Creo en la Razón como herramienta básica del entendimiento humano y, por ende, de la legislación; y la Razón no soporta la incoherencia, naturalmente.

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El regalo de los Reyes Magos, de O. Henry

Permalink 23.03.09 @ 21:44:29. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 16.03.09.

¿Se puede escribir una obra maestra del relato corto en sólo tres horas, acuciado por un imperioso plazo de entrega? Se puede. ¿Se puede escribir uno de los cuentos más románticos de la historia de la literatura bajo los mórbidos influjos de una botella de whiskey? Sí, también se puede. Eso es lo que hizo el escritor estadounidense O. Henry cuando escribió a principios del siglo XX su relato titulado “El regalo de los Reyes Magos”.

O. Henry fue el seudónimo que utilizó el escritor, farmacéutico, ranchero, periodista, banquero, desfalcador, aventurero, presidiario y sobre todo alcohólico estadounidense William Sydney Porter, a quien se considera un maestro del relato corto y el creador de la fórmula – hoy tan manida - del final inesperado y sorprendente.

De él diría el biógrafo: no vivió, sino bebió 48 años. Nació el 11 de septiembre de 1862. Se arrojó a la bebida a la temprana edad de 22 años y la bebida le arrojó a él al fango de una vida frustrada y sombría. Las cosas le fueron mal hasta que, trabajando como cajero en el First National Bank, le fueron todavía peor. Fue acusado de desfalco y, aunque no está claro que fuera culpable, decidió darse a la fuga, por si las moscas. Anduvo durante un tiempo perdido por Honduras, pero el destino le reservaba una vida diferente. Al volver a Estados Unidos para acompañar a su esposa en el lecho de muerte, fue apresado y condenado a cinco años de prisión.

Allí, como tantos otros presos vocacionales, comenzó O. Henry a escribir relatos. La cárcel fue para él una liberación espiritual, una redención para su vida opaca y bebediza. El arte le hizo libre, sí, pero no le hizo rico. O. Henry murió el 5 de junio de 1910, de una cirrosis hepática, como no podía ser de otra manera. Sus únicas posesiones en ese momento fueron una botella de whiskey y veintitrés centavos de dólar.

“El regalo de los Reyes Magos” es un relato lleno de lirismo realista, de trágico humor, de esa dulce poesía amarga de la que está llena la vida. Más allá de la última sorpresa, del impactante final a lo O. Henry, este cuento está contado con fluida precisión, sin redondeos retóricos ni profusión de subordinadas. Quizá es el escritor más puro, más seco, más cinematográfico, que he leído nunca. No hay artificio en él, todo es un suave riachuelo de sujeto/verbo/predicado que nos conducen hacia el inimaginable fin. 100% lengua inglesa, como bien puede esperarse de un farmacéutico de Carolina del Norte. Lo interesante de O. Henry es el qué, la historia, no el cómo, el lenguaje. Es la premonición del pragmatismo literario que inundará el siglo XX. Contradiciendo a Oscar Wilde, O. Henry es perfectamente capaz de llamarle pala a una pala, e incluso a usarla si se tercia.

De “El regalo de los Reyes Magos” se han hecho adaptaciones al cine, lo que está muy puesto en razón, ya que – como he dicho – la escritura de O. Henry es casi de guión de película. No quiero contarles muchas cosas más de este relato para no destrozarlo. Sólo diré que, a mi modo de ver, es una síntesis magnífica de eso que ha dado en llamarse el “amor verdadero”. Pero contado por O. Henry, ese concepto ni es cursi, ni es pegajoso ni da repelús. Es simplemente real y apetecible, como la vida misma.
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“El regalo de los Reyes Magos”, de O. Henry. Una poesía en prosa con final sorprendente.

Niebla, de Miguel de Unamuno.

Permalink 13.03.09 @ 19:59:42. Archivado en Cuestión de fe, Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 24.02.09.

Es inútil tratar de presentar aquí, en las serenas olas de la radio, a don Miguel de Unamuno. Es inútil porque ese señor no necesita presentación. Se presenta él solo, solo como quien solo se presenta ante la muerte. Pero, quién sabe, quizá haya quien conozca demasiado bien a Vanessa de Gran Hermano 82, y no sepa una palabra de Unamuno. Vayamos, pues, al caso.

Miguel de Unamuno nació en Bilbao el 29 de septiembre de 1864 y murió a disgustos en Salamanca el 31 de diciembre de 1936, fecha aciaga y afilada. Fue un grave escritor, un digno universitario y un filósofo trágico y humano, que quiso sacarle todo el jugo a la vida. Entre sus más importantes obras destacan, en el campo de la narrativa, “Amor y pedagogía”, “Niebla”, “La tía Tula” y esa bellísima tragedia en un acto titulada “San Manuel Bueno, mártir”. En el campo del ensayo, escribió una magnífica “Vida de Don Quijote y Sancho” y una incómoda reflexión sobre “el sentimiento trágico de la vida”. Cultivó todos los géneros con mucha dignidad. También el teatro y la poesía, en cuyo repertorio figura el memorable “Rosario de sonetos líricos” y sus “Andanzas y visiones españolas”.

Unamuno es en realidad un pensador: todo lo que toca lo convierte en filosofía. Es el Midas de la reflexión, el profeta de la tragedia, bisagra en un mundo que se dispone a cerrar la puerta de la esperanza cristiana para abrir la claraboya del existencialismo melancólico. Unamuno cabalga a lomos de la fina línea divisoria entre lo que fue y lo que será, de lo que supimos y de lo que ignoramos, en fin, de la certeza y de la duda. Ahí está don Miguel, tan pequeño y a la vez tan enorme, pidiéndole a Dios que exista.

Ese grito desgarrado es Niebla, novela publicada en 1914 y considerada, sin serlo, como la obra más importante de Unamuno. Perdón, ¿dije novela? Quise decir “nivola”, pues así la bautizó el propio autor, queriendo inventar un nuevo género que distinguiese su obra de la novela realista que estaba en boga por aquel entonces. Niebla es una invención, más que una novela, es un diálogo entre el autor y sus personajes, pobres almas solitarias que deambulan por el absurdo de unas vidas que alguien soñó. Así es, los personajes de ficción sólo viven en la imaginación del autor y en la actualización de cada lector que los resucita. Aunque, como dice el protagonista de Niebla, un ente de ficción, en realidad, no muere nunca.

A mi modo de ver, Niebla es una novela enternecedora. No la encuentro trágica, ni tampoco cómica. La encuentro simplemente desnuda. Claro, amigos, claro; porque es la oración de don Miguel de Unamuno a Dios.
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Niebla. Miguel de Unamuno. Un clamor perplejo que exige ser oído.

El agnosticismo es racional

Permalink 12.03.09 @ 11:12:59. Archivado en Pensamientos, Cuestión de fe

Hubo ríos de tinta durante el pasado mes de enero sobre el tema de Dios, motivado por la campaña atea en los autobuses de varias ciudades españolas. En el blog "Del oscurantismo a la salvación" (que defiende el ateísmo desde postulados vagamente nietzschianos), alguien escribió como comentario el artículo que yo publiqué en Diario de Navarra titulado "La fe del ateo". El autor del blog, que firma como Zaratustra, contestó a mi artículo poniendo en duda las siguientes dos frases de mi artículo: 1) "No hay nadie más religioso que un ateo militante"; y 2) "La existencia de Dios es la chispa que enciende el pensamiento humano". Para general solaz de mis fieles lectores (y para aplacar sus airadas recriminaciones), adjunto a continuación la aclaración que hice a sus observaciones:

Soy el periodista que publicó en Diario de Navarra el artículo "La fe del ateo". Sólo voy a comentar dos cosas:

1) Lo racional en todo caso no es ser ateo, sino agnóstico, lo cual es impecable desde el punto de vista de la lógica. El agnóstico es el que dice que no sabe, porque su sola razón o la experiencia no le habilitan para responder a la pregunta de si Dios existe o no.

De hecho, está demostrado que la existencia (o no) de Dios no se puede demostrar. Si se pudiera demostrar la existencia de Dios, no habría ateos. Si se pudiera demostrar la no existencia de Dios, no habría creyentes. La gente es tonta, pero hasta cierto punto.

Por eso, los que sólo piensan se declaran agnósticos. Los que, además de pensar, sienten, se declaran ateos o creyentes, según sus formas de "sentir el mundo" (aquí entra la ideología o la fe, según casos).

Es decir, ante una pregunta que no puede ser contestada con el solo concurso de la razón o de la experiencia, el agnóstico reconoce su limitación humana y suspende su juicio, mientras que el creyente (en Dios o en no Dios) OPTA por una respuesta "a ciegas".

Es por eso que digo que el lema de la campaña empieza siendo agnóstico (es decir, racional) y acaba siendo ateo (es decir, irracional), puesto que atribuye a un ser que probablemente no existe una cualidad, que es la de hacernos infelices. Deja de preguntarse sobre si Dios existe o no para preguntarse por cómo es Dios.

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La enciclopedia como arma arrojadiza

Permalink 09.03.09 @ 14:42:21. Archivado en Pensamientos, Artículos publicados en otros medios

El pasado 12 de febrero se cumplieron 200 años del nacimiento de Charles Darwin. Ello ha dado lugar a la publicación, durante todos estos días, de un buen número de artículos y reportajes en los medios de comunicación, siguiendo la arbitraria costumbre que han adquirido nuestros periódicos y revistas de tratar un tema sólo cuando hay un aniversario a la vista, lo cual es moderadamente absurdo.

Está claro que también los periodistas padecemos la “enfermedad” social de la mimesis, por la cual preferimos “equivocarnos” con la masa en lugar de “acertar” en nuestra solitaria individualidad. Si todo el mundo habla de lo mismo, de Darwin por ejemplo, ¿a qué santo viene que, en nuestro medio de comunicación, tratemos el siempre pertinente tema de la situación política en la España del siglo XVII o que rescatemos a Maximilian Weber, que no viene al caso hasta que en 2020 se cumpla el centenario de su muerte o en 2064 el segundo centenario de su nacimiento?

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Jiménez Losantos confunde a Tántalo con Sísifo

Permalink 04.03.09 @ 14:37:11. Archivado en Comunicación, Epigramas

Federico Jiménez Losantos ha confundido en el programa La Mañana de hoy (4 de marzo de 2009) a Tántalo con Sísifo. Al filo de las 8:30 de la mañana, Jiménez Losantos ha dicho:

"Bueno, pero eso, como parece un trabajo, no de Hércules, sino el suplicio de Tántalo... Además, el suplicio de Tántalo es el del contribuyente español pagando el estado autonómico: sube la piedra y... ¡hala otra vez abajo y otra vez a subir"

El suplicio de Tántalo consistía en permanecer en un lago con el agua hasta la barbilla y debajo de un árbol con frutos. Cada vez que intentaba beber el agua o comer la fruta, estos se retiraban de su alcance, pero siempre por un pelo, dejando a Tántalo en la permanente insatisfacción y en la permanente esperanza. Sobre su cabeza también pendía una piedra titubeante que amenazaba con caer sobre él, sin llegar nunca a hacerlo, pero dejando a nuestro héroe sumido en un terror persistente.

Sísifo es el que fue castigado a subir una gran piedra por una colina y cuando casi había llegado a la cima, la piedra volvía a caer y Sísifo tenía que empezar de nuevo.

En descargo del locutor, hay que decir:
1) La causa del error ha podido ser la trepidante irreflexión del directo.
2) En todo caso, ni los tertulianos se han dado cuenta ni (me imagino) la inmensa mayoría de sus oyentes.

Para concluir, déjenme parafrasear libremente un soneto de Góngora: "Manzanas son de Tántalo, y no piedras".

Claro que esto es para Matrícula.

* * *

Pinche aquí para oír el corte de audio.

Resultados de las elecciones vascas si hubiera una única circunscripción

Permalink 03.03.09 @ 11:49:31. Archivado en Análisis de actualidad

Estos hubieran sido los resultados de las elecciones vascas si hubiera una única circunscripción:

- PNV (38.6%): 31
- PSE (30.7%): 24
- PP (14.1%): 11
- ARALAR (6.1%): 4
- EA (3.7%): 2
- IU-EBB (3.5%): 2
- UPD (2.1%): 1

Las novedades hubieran sido:

- El PNV tendría 1 escaño más (31 en vez de 30).
- El PP tendría 2 escaños menos (11 en vez de 13).
- IU tendría 1 escaño más (2 en vez de 1).

Lo demás sigue todo igual.

Por lo tanto, el gran perjudicado habría sido el PP y el gran beneficiado el PNV, que de esta manera hubiera podido sumar una mayoría nacionalista (con el apoyo de EBB-IU): 39 escaños de cuatripartito: PNV+Aralar+EA+EBB-IU) frente a 37 de los opositores "autonomistas" PSE+PP+UPD, que serían los grandes perjudicados de este sistema, en estas elecciones autonómicas de 2009.

Esto sucede porque las provincias vascas tienen cada una 25 escaños para asignar, lo que no se corresponde con su porcentaje de población. Así, el voto de Álava es mucho más "barato" que el de Vizcaya, lo cual en este caso beneficia a los "autonomistas".

En mi opinión, y aunque en este caso no me haga especial gracia, como ya defendí para las elecciones generales al parlamento español, creo que el sistema de una sola circunscripción es más representativo y facilita la aparición de partidos nuevos de ámbito estatal (en este caso autonómico).

Marianela, Benito Pérez Galdós

Permalink 28.02.09 @ 20:57:57. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 16.02.09.

Galdós. Decía de él el Paco Umbral que no le gustaba. Y eso, para algún crítico que vaya de moderno, puede ser motivo suficiente para despreciar al autor tinarfeño, pero lo cierto es que Benito Pérez Galdós pasa por ser uno de los mejores escritores de la historia en lengua castellana. Y me temo que es tan bueno como dicen, lo cual no impide naturalmente que a Umbral no le gustara nada.

Pero ciertamente, no es fácil escribir como Galdós, con esa riqueza expresiva de vocabulario, esa atinada caracterización de personajes, tan justa, tan voluminosa, tan sutil. Galdós teje una red de relaciones personales, de pensamientos y diálogos vivos y verdaderos; y todo ello de un modo natural, sin estridencias, sin incoherencias, sin apenas concesiones a esa digresión que es vanidad en el autor con talento. En Galdós las tramas, las historias, se van desarrollando como si la misma vida estuviera viendo pasar sus días y sus noches. Galdós es un fragmento de la vida encerrado entre las cuatro paredes de un libro.

Supongo que por este motivo se ha catalogado siempre a Galdós dentro de la novela realista, esa gran corriente literaria que imperó en el siglo XIX. La obsesión de Galdós es la de acertar con la perfecta descripción de cada personaje, como si tuviera que cumplir con sus creaciones un deber de justicia. A veces, vuelve una y otra vez sobre un personaje, añadiendo, quitando, matizando, limando los flecos que pudieran haberse dejado a la libre interpretación del lector, tal como si estuviera Galdós describiendo a personas reales en vez de a simples monigotes literarios salidos de la imaginación de su autor. En ocasiones puede resultar algo repetitivo, pero no hay nada que moleste en su prosa. Todo en su escritura sabe a actual, como si hubiera pasado ayer, como si fuera a pasar mañana. Sí, Galdós es grande, pues no hay cosa más difícil que hacer que leer un libro sea tan insultantemente fácil.

Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843 y murió en Madrid el 4 de enero de 1920. Fue un autor prolífico. Escribió un buen montón de novelas, obras de teatro y crónicas periodísticas. De su ingenio salieron los célebres Episodios Nacionales, conjunto de novelas históricas sobre la españa del siglo XIX, y otras obras como Fortunata y Jacinta, Miau, Doña perfecta y Marianela, obra ésta en la que me detendré.

Marianela es una novela llena de trágica ternura, que cuenta la historia de amor imposible entre Nela, una joven fea, deforme, huérfana y pobre; y Pablo, un muchacho guapo, rico, de buena familia y ciego de nacimiento. Si les digo la verdad, a mí la historia me parece más bien cursi, tirando a lacrimosa, digamos que carece de sentido del humor, que es demasiado “inglesa”, si ustedes me entienden. De haberla escrito Cervantes o Lope de Vega, le habrían dado un toquecito patrio, convirtiéndola en una brillante tragicomedia, que es ese género tan español, tan genuino y tan genial. Pero, en fin, Galdós no da para tanto.

Que la historia me parezca cursi, no significa que no merezca la pena leerse. Al contrario, si omitimos ese cierto tono pastoso y nos centramos en su prosa, veremos al mejor Galdós, cuyo lenguaje es como un caramelo que se deshace en nuestra boca. Así es la literatura de Galdós, agradable, fácil, divertida y serena. Nada traumática, apta para golosos de las buenas descripciones, de la buena escritura en prosa moderna. Todo un dechado de virtuosismo literario puesto al servicio de una historia con alma de mantequilla.

* * *

Marianela, de Benito Pérez Galdós. Un vendaval de vida y un átomo de crueldad.

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry

Permalink 27.02.09 @ 20:52:28. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 02.02.09.

Antoine de Saint-Exupéry nació en Lyon, Francia, en el año 1900. Durante toda su vida estuvo dedicado a la aviación, aunque compaginó su actividad profesional con la literatura. Escribió varias novelas relacionadas con la aviación, como “Vuelo nocturno” o “Correo del Sur”. Sólo me he leído “Vuelo nocturno”, y aunque no está mal del todo, no deja de ser una novela comercial. Correcta, pero sin alardes.

La vida del aviador Saint-Exupéry tuvo un final dramático y misterioso: en plena Guerra Mundial, el 31 de julio de 1944, durante una misión de reconocimiento, el Lightning P38 que pilotaba Saint-Exupéry desapareció para siempre en el mar. Éste podría haber sido el final de un entusiasta pionero de la aviación y de un aprendiz de novelista, pero el escritor francés había publicado un año antes, en 1943, el relato titulado en francés “Le Petit Prince”, El Principito, que le ha valido como pasaporte para entrar en el Parnaso y gozar de la eternidad del arte bueno. Esta pequeña novela ha sido traducida a ciento ochenta lenguas y es un libro de los que merece la pena leer de vez en cuando.

El Principito es una fábula escrita en lenguaje infantil. Puede parecer un cuento para niños, pero no lo es en absoluto. Como buena fábula, trata temas esenciales de manera alegórica y eso le confiere un volumen intenso, prismático, que le hace gozar de la prerrogativa de un verdadero clásico, ya que cada vez que el lector se acerca al texto, éste parece decir nuevas y sorprendentes cosas. El Principito es un acercamiento al mundo real, al mundo de las personas mayores, desde la perspectiva de la inocencia, de la infancia. Las cosas que nos parecen lógicas y naturales en el mundo de los adultos se vuelven incomprensibles para un niño. Las preguntas que consideraríamos estúpidas se vuelven importantes en labios de ese pequeño príncipe peregrino.

El Principito viaja por el universo en busca de respuestas. En su camino, se encuentra con el rey, el vanidoso, el geógrafo, el borracho, el hombre de negocios, el farolero. Todos ellos están encerrados en su pequeño planeta, en su mundo infímo, llenos de afanes que, puesto a la luz de la soledad en la que viven, resultan ridículos. ¿Qué sentido tiene un rey que no tiene ni un súbdito, o un vanidoso que no tiene quien le alabe sus magníficas cualidades personales, o un borracho que bebe para olvidar que bebe, o un hombre de negocios que no tiene quien compre lo que vende, o un geógrafo que elabora mapas de sitios a los que no ha ido y a los que no piensa ir, o un farolero que vive esclavizado, encendiendo y apagando su farol en un planeta donde el día sólo dura un minuto? El principito inspira una reflexión sobre lo que hacemos, y en definitiva sobre lo que somos: nuestra vida tiene que tener un sentido en sí misma, o corremos el riesgo de convertirnos en ridículos esclavos de nuestros afanes mundanos, absurdos, de nuestra falta de miras.

Al contrario de lo que pasa en el mundo real, la verdad es obvia en El Principito. Lo difícil es fácil, tan fácil y tan obvio como meter el cordero que necesitas en una pequeña caja dibujada. El príncipito es una suerte de Evangelio, donde las cosas parecen lo que son y son exactamente lo que parecen.

* * *

El principito. Antoine de Saint-Exupéry. Un libro para recordar que estamos construyendo nuestro mundo al revés de como lo imaginamos.

El Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Permalink 26.02.09 @ 21:13:12. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 20.01.09.

No es la primera vez que hablo de Robert Louis Stevenson en este programa. Y espero que tampoco sea la última. Se lo diré con claridad. Este autor escocés es una de mis debilidades. Hay dos obras suyas que están sin duda entre las mejores creaciones de la literatura universal. Dejaré para otro día “El diablo de la botella”, que es sin duda uno de los mejores cuentos que se han escrito nunca. Ahora os voy a hablar de “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, que fue ya en su época uno de los libros más populares de Stevenson.

Hablando con propiedad, “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” no es una novela desde el punto de vista del género, sino más bien un relato largo. ¡Y qué magníficos relatos se escribieron en el siglo XIX, con esa atmósfera cargada y ese terror psicológico, sutil, dibujado en trazos finos. Qué pena que ese género, que alcanzó tan gloriosas cumbres, abandonara la senda de la inteligencia para vagar por el lodazal de lo explícito, de lo sangriento, del marciano verde, del zombi, del vampiro. Relatos como el de Stevenson sostienen bien la mirada a los años que galopan a nuestro alrededor, porque se fundamentan en un conocimiento sigiloso del género humano, en toda su soledad contemporánea. No hay mayor miedo que el que se conoce bien, ése terror que habita en nosotros mismos, bien capaces de todo lo peor.

Jekyll y Hyde es un viaje hacia ese miedo. La niebla espesa de Londres, las callejuelas húmedas y sombrías por las que deambula Mr. Hyde, son una representación atinada de la fría nebulosa que oscurece nuestra conciencia. ¿Quién soy yo en realidad? ¿Soy el doctor Jeckyll, con su traje bien planchado, su sombrero de copa, su trato cortés, su disposición hacia lo justo, hacia lo bueno, hacia lo bello? Sí. Soy quien saluda, soy quien camina, quien sonríe, quien acredita, quien firma, quien atiende. ¿O no? ¿Soy el señor Hyde, con su traje demasiado grande, su deformidad imprecisa, su trato repulsivo, habitante natural de lo injusto, lo malvado y lo feo? Sí. Soy quien gruñe, soy quien vaga, quien odia, quien se esconde, quien anula, quien desprecia, quien ignora. ¿O no?

El doctor Jeckyll cargaba con la contradicción permanente, con la ascética, de ser un simple hombre. Y como tal, el bueno de Jeckyll no soportaba al malvado Jeckyll. Y para el malo de Jeckyll el buen Jeckyll era un estorbo. Sentía que su vida era un completo ejercicio de hipocresía. Mientras daba limosna a los pobres, su conciencia se burlaba de él: “Jeckyll, -le decía con sorna- hipócrita, di a estos pobres, a los que tanto amas, qué estuviste haciendo anoche...” Y cuando se entregaba a sus turbios placeres inconfesos, en la nocturnidad de su alma, su conciencia le gritaba: “¡Jeckyll, hipócrita. Dile al cómplice de tu crimen que en realidad eres un hombre respetable”.

Jeckyll no disfrutaba ni del bien que hacía ni del mal que cometía. Y, por eso, como tantas veces hemos deseado tú y yo, quiso separar de su naturaleza humana el Bien y el Mal. Pero se equivocó. Y todo lo que quedó fue naturaleza muerta.

* * *

Robert Louis Stevenson. “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”. Una alegoría de la niebla que somos y de lo que nunca podremos ser.

El náufrago desnaufragado

Permalink 05.02.09 @ 20:59:55. Archivado en Crónica provinciana, Cuestión de fe

A veces, en medio de esa viscosidad de lo cotidiano que mece nuestra alma provinciana, se escucha el eco de lo inesperado. Algo grande amanece en la tierra de lo nimio, mientras un aspirante a autor alza la mano y se significa entre una muchedumbre de normalidad. “¿No es éste el hijo del carpintero?”, se pregunta algún caminante con una media sonrisa de ironía o escepticismo, signos ambos de una mediocridad que se ha convertido ya en un modo de vida. Es fácil aplaudir a alguien que viene de las Ramblas o del Soho. Y es demasiado fácil aplaudir a un triunfador. Lo arriesgado es hacerlo aquí, en Navarra, y antes, cuando no es más que un joven desperillado, un proyecto, un esbozo, un ademán. Todos los hombres valiosos fueron alguna vez desconocidos. Todos fueron una cara más en la foto de su licenciatura, una voz más en el coro de su colegio, uno más de esos que pasean por los bulevares o visitan al médico de cabecera.

Pues bien, hoy, en esta tierra Hobbit que es Navarra, en la que es tan difícil ser profeta, hay alguien que está golpeando con fuerza las puertas del Parnaso. Se trata del joven escritor pamplonés Eduardo Laporte, que presentó el 22 de diciembre en Pamplona su primer libro, Postales del náufrago digital, editado por la editorial Prames con la colaboración del Gobierno de Navarra. El libro es una recopilación de los mejores artículos que el escritor novel ha publicado en su blog desde 2004. Está prologado por Miguel Sánchez-Ostiz e ilustrado muy brillantemente por Valero Doval.

En realidad, este libro es una puesta de largo literaria, el salto al papel de quien ya ha demostrado suficientemente su talento, náufrago en un océano de unos y ceros. Con constancia y convicción fue lanzando sus postales, sus mensajes embotellados, al mar de la red global, sin saber realmente si los iba a leer alguien. El Primer Premio en los Encuentros de Jóvenes Artistas de Navarra en 2006 fue la confirmación de lo que hasta entonces sólo sabíamos sus lectores y amigos. El talento literario en la Navarra del siglo XXI tiene un nombre propio: Eduardo Laporte.

Laporte es un autor nítidamente contemporáneo. De algún modo, toma el testigo de Umbral y de Pla, de Trapiello y del mismo Sánchez-Ostiz. Es ese tipo de escritura muy difícil de catalogar pero fácil de identificar, porque es como mirar el mundo a través de las vallas electrificadas de un campo de concentración, en el que el escritor ve más y siente más y grita más bajo la lluvia huidiza de la vida. En fin, literatura solitaria, naufrágica, inofensiva y perpleja. No es pesimista, pero tampoco entusiasta; no es moralizante, pero tampoco neutral. En fin, es literatura divertida aunque no es ligera.

Pero, sobre todas las cosas, lo que Eduardo Laporte tiene es algo llamado “estilo”. El estilo es el objeto de deseo de cualquiera que escriba o que quiera escribir. Muchos autores triunfantes han muerto sin tenerlo. Porque el estilo es la clave de bóveda del arte, que conecta el qué con el quién. Es importante tener cosas que decir, pero también es importante quién las dice y cómo se dicen. No es sólo el autor el que escoge lo que dice. También lo que se dice elige un autor para que lo diga. Y hay cosas que quieren ser dichas por Eduardo Laporte.

Este libro no es el final, sino el principio de un largo camino. Quienes se arrimen a la buena sombra de sus hojas descubrirán por qué, bajo la hipérbole que me permite la amistad, auguro al pamplonés Eduardo Laporte un contrato indefinido en el Parnaso.

+ + +

Enlaces de interés:

- Blog de Eduardo Laporte en Blogspot.
- Blog de Eduardo Laporte en wordpress
- Para comprar el libro de E. Laporte, Postales del Naúfrago digital
- Noticia de la presentación en Diario de Navarra
- Noticia de la presentación en Diario de Noticias
- Entrevista a Eduardo Laporte en Diario de Navarra

La fe del ateo

Permalink 29.01.09 @ 11:15:00. Archivado en Cuestión de fe, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en el Diario de Navarra el pasado lunes 26 de enero de 2008)

Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida". Éste es el lema de la campaña publicitaria que desde el pasado 12 de enero se está llevando a cabo en los autobuses de Barcelona y que amenaza con extenderse a otras ciudades españolas. Según parece, hoy empezará también en Madrid y Valencia, y posteriormente en Bilbao, Zaragoza y Sevilla. La iniciativa original surgió en Reino Unido, en donde ya circulan desde principios de mes 200 autobuses en Londres y otros 600 en el resto del país.

En general, tanto los creyentes como los representantes autorizados de las diversas confesiones han reaccionado sin acritud a esta campaña, muy a pesar de sus promotores, que han venido caldeando el ambiente para intentar forzar una respuesta amarga o visceral de los diferentes grupos religiosos. Salvo excepciones deshonrosas y muy puntuales, o no ha habido ninguna reacción o ésta ha sido más bien favorable. No podía ser de otra manera, ya que en última instancia no hay nadie más religioso que un ateo militante. El debate sobre la existencia de Dios está en el mismo corazón de la fe, de cualquier fe, y por lo tanto nunca puede ser negativo para una religión.

En este contexto hay que situar la iniciativa de una iglesia evangélica de Fuenlabrada, que ha replicado a los ateos con un anuncio en otro autobús de Madrid, esta vez con el lema "Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo". Los evangélicos tratan de aprovechar inteligentemente la inercia informativa de la campaña atea para contraatacar, poniendo el lema conceptualmente del revés. Una maniobra hábil, que intenta sacar partido del punto débil de una campaña en la que no se ofrece un producto (Dios), sino un contraproducto (No Dios). Los ateístas no ofrecen una alternativa, sólo intentan provocar el descrédito de la competencia. A eso se le llama publicidad desleal y está prohibida en España, salvo que el anuncio se apoye "en alegaciones que sean exactas, verdaderas y pertinentes".

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Los libros de autoayuda.

Permalink 19.01.09 @ 22:51:37. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 13.01.09.

Hoy hace demasiado frío para recomendar un libro cálido. Enero es un mes al que le cuesta avanzar, porque aunque sus pies son navideños, vienen cargados de melancolía. El 10 de enero eres incapaz de recordar ya aquellos propósitos o promesas que te hiciste entre champán y turrón al abrigo de fin de año. Aquello de “en 2009 dejaré de fumar” ya se ha diluido en la uniformidad ocre de lo cotidiano. El curso sigue su curso inexorable y conduce al incauto estudiante directamente hacia septiembre. Diciembre es el mes de la esperanza y enero el de la tristeza: la realidad ha irrumpido violentamente en el cuarto de nuestras ilusiones y los buenos propósitos duermen ya el sueño de los justos.

Vayamos al caso. Es probable que alguien nos haya regalado un libro esta Navidad. Con suerte, será un manjar que devoraremos inmediatamente o un tesoro que guardaremos en la recámara hasta que el momento sea propicio. Pero también es probable que hayamos recibido algún libro en forma de patata o de salchicha. Con seguridad, esto será obra de una tía o una amable cuñada, que no nos conoce lo suficiente para regalarnos un Chéjov o un Voltaire, pero sí sabe que lo nuestro no es - ni puede ser - el último de Dan Brown. Supongamos que ha elegido para nosotros generosamente un libro de autoayuda.

Bien. Seamos serios. Ya has pasado lo peor. Recibiste el regalo cuidadosamente envuelto con su pegatina que deseaba gustarte. Si lo tuyo son los libros habrás sufrido una arritmia casi imperceptible; tus pupilas se habrán dilatado un poco, con el brillo ambicioso de Gollum. Habrás desenvuelto el regalo de un modo muy cuidadoso, sin romper el papel, mientras te preguntas con lujuria literaria si será una edición de bolsillo de El extranjero de Camus o de El jugador de Dostoyevski. De pronto, tus preguntas tienen una respuesta cruel: Has visto la primera palabra del título, y esa palabra es “Cómo…”. Pero “cómo” con acento. Y ahora ya ves también una banda roja que anuncia que ésta es la décima edición y que se han vendido ya 150.000 ejemplares.

Tu desgracia adquiere su dimensión total cuando constatas que estás ante un “Cómo encontrar la paz”, “Cómo ser feliz sin morir en el intento”, “Cómo hacerte rico sin esfuerzo” o algún otro cómo semejante. Esbozas una sonrisa e impostas unas palabras de agradecimiento. Tus manos se han vuelto tan frías como tu sonrisa. Ahora sí que necesitarías un libro que te diga “cómo sonreir cuando te hacen un regalo horrendo”.

Los libros de autoayuda: tan vendidos, tan publicitados y… tan malos. Decía Lázaro de Tormes, citando a algún sabio romano: “No hay libro por malo que sea que no tenga algo bueno”. Supongo que es en los libros de autoayuda donde hay que hay que hacer un esfuerzo de humildad y aplicar toda la inteligencia para intentar descubrir cuál es esa parte buena que se nos esconde. Los libros de autoayuda son el emblema del pensamiento positivo (dicho muy peyorativamente), es decir, de ese “buenismo” que tan de moda se ha puesto, una suerte de sincretismo esotérico y laico, edulcorado, que intenta borrar cualquier atisbo de culpa de nuestra conciencia. Los libros de autoayuda envuelven nuestra alma en papel celofán, y son signo visible de un pensamiento que no es ni siquiera pensamiento débil, sino ausencia de pensamiento.

Ésta es la premisa de los libros de autoayuda: No importa lo que pienses ni lo que hagas, la felicidad no está reñida con tu vida lamentable. No, el secreto de la felicidad está en tu energía, en tu aura, en mandarte mensajes positivos y adoctrinarte repitiéndote lo bueno que eres y lo maravilloso que es todo en tu vida.

Los libros de autoayuda riegan la semilla de la autocomplacencia, de la autocompasión, de la autoestima, e incluso del automóvil. Son para corazones blandos y mentes vegetales. No son la cura contra los males endémicos de nuestra sociedad, sino sólo un síntoma médico de nuestro desconcierto posmoderno. Quien lee buenos libros, quien piensa, quien se atreve a ser y a vivir no necesita de la palabrería sonriente de los libros de autoayuda. Eso es para quien vegeta, para quien padece la vida o la ve pasar, para quien centra su mirada en el ombligo que somos, para el cobarde que llora cuando piensa en sí mismo, cada vez más pequeño, cada vez más disminuido, más pobre, más insignificante. Los libros de autoayuda son como una tirita para el mal del egoísmo. Y me temo que lo convierten en crónico.

Reunión de bachilleres

Permalink 14.01.09 @ 18:20:17. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 27.10.08.

Dicen que decía Cervantes que la poesía abunda en tiempo de crisis. Es un dicho muy bien dicho. Porque la humanidad necesita doble ración de verdad cuando todo se tambalea. Supongo que esto forma parte de la paradoja de ser hombre, ése curioso ser vivo capaz de lo mejor y de lo peor a un mismo tiempo, que desafía el principio de no contradicción aristotélico.

Así pues, no es casualidad que el primer tercio del siglo XX nos haya dejado un formidable legado intelectual. Mientras el mundo vivía dos terribles guerras mundiales, mientras sociedades y personas se veían enfrascadas en revoluciones y enfrentamientos que no dejaban resquicio para la neutralidad ni la moderación, en fin, en esa época convulsa con olor a túmulo oxidado, años 20, años 30, numerosos grandes intelectuales hacían circular por el mundo sus escritos, sus pensamientos, sus narraciones a cada cual más sorprendente, más eléctrica, más llena de esa verdad de la que hablaba Cervantes. Lo dicho: poesía para tiempos de crisis.

Franz Werfel es uno de esos grandes escritores que sangraron tinta a principios del siglo XX. Nacido en 1890 en Praga (entonces parte del Imperio Austrohúngaro), escribió toda su obra en alemán. Naturalmente, era judío, y naturalmente tuvo que escapar de Austria tras la anexión alemana de 1938. Tras algunas peripecias por Europa, llegó a Estados Unidos, donde murió en 1945.

De Franz Werfel quizá puedan sonarnos títulos como “Los Cuarenta Días de Musa Dagh”, “Una letra femenina azul pálido” o “La canción de Bernadette”.

Una novela de Werfel menos conocida es “Reunión de bachilleres”, que el autor austro-checo escribió en 1928. Como reza el propio subtítulo de esta novela, “Reunión de bachilleres” es la historia de una culpa juvenil. Pero es algo más, es un viaje a través de la memoria para rescatar esos recuerdos olvidados que hicieron de nuestros años colegiales una aventura épico-trágica, en la que todo, hasta el más nimio detalle, se vivía con gravedad adolescente, con radicalidad. Cada gesto del profesor, cada carcajada, cada pelea, cada rivalidad, cada amistad tenían un volumen, un cuerpo, una viscosidad, que se ha quedado adherida a la piel de nuestros recuerdos de un modo apenas consciente para acabar configurando lo que somos ahora. Werfel, a quien suele situarse en la corriente literaria expresionista, lo expresa mejor con la frase: “el aire parecía grasa sólida”.

La rivalidad freudiana entre adolescentes en “Reunión de bachilleres” es algo más que un estudio psicológico. Es un viaje de vuelta a un tiempo que alegra nuestro corazón y lo ensombrece con el cuchillo afilado de una culpa, que de alguna manera todos podemos sentir, apretando levemente las fibras de un corazón ya maduro. Los errores que hemos cometido en una adolescencia semiinconsciente nos persiguen hasta el día de nuestra muerte. Y como bien apunta Werfel en su narración, lo peor de todo es que esa culpa no se puede redimir ya en la madurez.

Franz Werfel. Reunión de bachilleres. Editorial Minúscula, 2005; 207 páginas. Un viaje de vuelta a lo que fuimos.

El pequeño Ratzinger

Permalink 08.01.09 @ 22:48:00. Archivado en Comunicación, Epigramas

Leo en una noticia publicada en El Mundo hoy, jueves, 8 de enero de 2009, titulada “El entorno de Rouco, molesto por la foto de Cañizares con Zapatero” y firmada por el ínclito JOSE MANUEL VIDAL:

“La propia De la Vega quiso quitar hierro, desde La India, a la cumbre Cañizares-Zapatero. «Es una simple visita de cortesía», dijo. Pero fue mucho más. Porque el encuentro entre el pequeño Ratzinger, como se conoce al cardenal Cañizares, y el presidente del Gobierno duró más de una hora, en la que se repasaron los principales contenciosos Iglesia-Estado” (la negrita es mía).

Glosa: Curioso y divertido ha sido encontrarse en El Mundo este genial ejercicio periodístico, que consiste en dar entidad factual a la rumorología popular, al qué dicen y al qué dirán, al mote, a la portera, al pasillo y la maledicencia. Algunos lo llaman “periodismo calificativo”, yo prefiero encuadrarlo dentro del “periodismo de autor” o del “periodismo jacarandoso”.

Escríbase, pues, en lo sucesivo de esta manera: “Ha habido una reunión entre Cañizares y el masón sonriente, como se le llama a Zapatero”. O también “El Papa ha recibido en audiencia privada a la Vicepresidenta de La Vega, también conocida en su círculo más próximo como la anciana víbora". Ídem: “El pusilánime advenedizo, como se conoce a Mariano Rajoy, afirmó que del Prestige sólo salían unos hilillos como de plastilina”.

No me digan que esto no es un periodismo divertido. Es una síntesis de buena práctica profesional, la perfecta combinación de las tres funciones básicas de los medios de comunicación: formación, información y... entretenimiento. Vamos, periodismo del siglo XXI. Olé.

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