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La Constitución acatarrada

Permalink 06.12.08 @ 14:56:57. Archivado en Análisis de actualidad

Desde hace algunos años, coincidiendo con la primera legislatura del Presidente José Luis Rodríguez, ha ido creciendo de modo significativo el número de gente empeñada en abrir el debate sobre la reforma constitucional. Según una reciente encuesta del CIS, el 52,7% de los españoles piensan que habría que modificar nuestra Constitución. Al parecer de estos ciudadanos, tiene defectos lo suficientemente graves como para que merezca la pena abrir los siete sellos que protegen a nuestra norma común de las veleidades del turnismo y del ajedrez partidista o electoralista.

En líneas generales, la situación es la siguiente: a los diversos nacionalismos españoles el Estado de las Autonomías se les ha quedado corto y piensan que la nueva constitución debería empezar por reconocer aún más competencias a las Comunidades Autónomas. Definir España como un Estado Federal sería un buen principio para ellos. Pero no sería suficiente. Desde la óptica nacionalista, lo óptimo sería el reconocimiento explícito del derecho de independencia. Gracias a los diversos estatutos de autonomía que se han desarrollado en la anterior legislatura, cunde entre los nacionalistas la sensación de que se ha agotado nuestro peculiar modelo de autogobierno, tan alabado siempre por los observadores internacionales. Ya no hay mucho más que rascar por ahí. Las pocas competencias que aún permanecen sin transferir (tras los nuevos desarrollos estatutarios) son prácticamente las que distinguen a un Estado federal de una federación de Estados independientes.

Por otra parte, desde el ala izquierda, se oyen cada vez más voces que reclaman una constitución “adaptada a los tiempos modernos”. Según un análisis muy extendido, la Constitución del 78 habría sido para la izquierda la aceptación de un mal menor, fruto de un momento histórico en el que “el ruido de sables” y el desmesurado poder de ciertas instituciones obligó a aceptar una Carta Magna tibia y con amplias concesiones a la Iglesia, a la monarquía y a la derecha, de quienes se temía que rompieran la baraja de la negociación. Así, la Constitución no era un punto de llegada, sino de partida. Como suele escucharse, fue “todo lo que entonces se pudo conseguir”. Pero no era ni mucho menos satisfactoria para el ala más extremada de la izquierda ni tampoco para el nacionalismo.

Cuando se habla de adaptar la constitución a los nuevos tiempos, resulta difícil comprender exactamente a qué se refiere esa pretendida modernidad, pero parece que se trataría, por un lado, de consagrar constitucionalmente el laicismo del Estado frente a la actual aconfesionalidad, imitando en esto el modelo de Francia. Por otro lado, parece defenderse que la constitución debería reconocer “realidades modernas” como el derecho al aborto, el matrimonio homosexual y otras cosas semejantes. Otro tema en el que se insiste periódicamente es en la naturaleza antidemocrática de nuestra monarquía parlamentaria. Algunos apuestan directamente por instaurar la tercera República, mientras que otros, más realistas, ven prudente eliminar la prevalencia del varón sobre la mujer en la sucesión al trono, por ser contrario a los derechos humanos y a los mismos principios reconocidos en nuestra Constitución.

La abundancia de críticas que, de un tiempo a esta parte, se vierten sobre nuestra Constitución han acabado inyectando en el ciudadano incauto la impresión de que nuestra Carta Magna no goza de buena salud. Esta sensación se ve multiplicada, cuando se percibe que muchas de esas críticas proceden de personas y medios de comunicación que respiran el mismo aire que el Gobierno. A veces no son tanto feroces improperios, sino una cierta melancólica mirada “a lo que pudo ser”, es decir, no es tanto afirmar que nuestra constitución es mala, sino que hubiera podido ser mucho mejor. Tanto da. A fin de cuentas, la conclusión es la misma: tenemos una constitución acatarrada.

¿Es realmente así? ¿Realmente necesitamos llevar la Constitución al hospital para que el cirujano de la soberanía popular cure su cáncer galopante o su vértigo psicosomático? Yo no lo creo. Nuestra ley de leyes ha cumplido treinta años sin despeinarse. Nos ha regalado, en cómputo global, las tres mejores décadas de nuestra historia. Es garantía eficaz de derechos y libertades que nuestros antepasados sólo pudieron soñar.

Se equivocan gravemente quienes piensan que es una buena idea incluir en la Constitución cuestiones que están socialmente en debate o que no forman parte de los derechos fundamentales. Una constitución, por naturaleza, es y debe ser indeterminada, por cuanto refleja, siguiendo a Rousseau, el contrato social, es decir, las reglas de juego, el mínimo común denominador. Son esas normas, principios y derechos con los que la sociedad está de acuerdo de manera casi unánime. Lo contrario no sería una constitución de Estado, sino una constitución de partido, es decir, una especie de totalitarismo de guante blanco. Las leyes ordinarias son las que deben determinar y concretar lo que la Constitución deja abierto.

Por otra parte, los sables ya no cimbrean en los cuarteles de invierno, la separación Iglesia-Estado consagrada en el artículo 16 de la Constitución es una realidad palpable y el papel que ha tenido la Monarquía a lo largo de estos años es más que positivo, muy especialmente en las relaciones internacionales. Si el único motivo serio para reformar la constitución es eliminar la preferencia sucesoria del varón sobre la mujer o reformar la ley electoral, me temo que no merece la pena tocar ni una coma. Doctores hay que resolverán estos inconvenientes sin tener que abrir la caja de Pandora. Cada vez estoy más convencido de que, tanto los políticos como la sociedad española actual, están cada día más alejados del ejemplar espíritu de consenso que iluminó el amanecer de nuestra democracia. Y es una pena.

No sé qué querían conseguir esas ideologías melancólicas que hoy ven la historia pasar. Sólo sé que la Constitución de 1978 fue un auténtico milagro. Como ciudadano español, estoy orgulloso de nuestra Carta Magna y muy agradecido a todos los que la hicieron posible, dejando de lado sus diferencias, sus enemistades milenarias y sangrientas. Nuestra Constitución simboliza todo aquello que los españoles somos capaces de hacer cuando actuamos unidos. Larga vida, pues.


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