Werther, de Goethe
27.11.08 @ 15:14:17. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca
Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 03.11.08.
A finales del siglo XVIII, en plena época ilustrada, triunfaba la razón. Y su manifestación artística era el clasicismo, un engendro donde la imitación y el virtuosismo habían relegado el alma del arte al desván de las matemáticas. La pasión del arte, esa pasión desbordante del barroco, se había visto desacreditada por numerosos intelectuales que pedían un regreso nada original a la sequedad grecorromana. Fruto de esa actitud arrogante y despectiva fue, por poner un ejemplo cercano, la construcción de la fachada de la Catedral de Pamplona, para cuya erección se destruyó una auténtica joya del románico.
Hablando de arte, hay poco que rascar en el siglo XVIII. Las aportaciones de este venturoso siglo fueron espléndidas en las ciencias, pero nimias en las artes, exceptuando la música. Admiramos a un Rousseau, a un Newton, a un Montesquieu, pero raramente encontramos a un literato o a un pintor cuyo nombre merezca la pena recordar entre los grandes gigantes de la historia de la humanidad.
La reacción no se hizo esperar. En esa época de acordes geométricos, insultantemente fríos y repetitivos, miles de corazones aburridos se lanzaron súbitamente a la aventura de palpitar. El romanticismo inundó siglo. El hombre joven, que nacía azotado por el vaivén de las revoluciones, encontró un nuevo, extraño y agridulce placer en sufrir desmedidamente. En sufrir sin esperanza. En amar la infelicidad y la tragedia. Es complicado de explicar, pero ese hombre nuevo tenía la agradable sensación de que el destino implacable se cernía sobre su cabeza. Era algo así como la venganza de un renacimiento. El hombre nuevo era un hombre solo. Y la soledad es la antesala de la muerte.
Todo este volcán de amor a la tristeza halló un signo visible en “Las desventuras del joven Werther”, una pequeña novela escrita por Johann Wolfgang von Goethe, que entonces era un desconocido dramaturgo alemán de 24 años.
La novela, en cierta medida autobiográfica, narra las cuitas amorosas del joven Werther, preso en las redes de un amor imposible. Una explosión de sentimientos, de cuitas, de dolorosos razonamientos, de exageraciones, de amores y desamores descentrados, adolescentes, impetuosos. El amor platónico ya no es un amor contemplativo, gustoso y cómodo en cuanto que es inalcanzable, sino un amor activo, frustrado y patológico. La tragedia es el destino de esta historia. Y el destino es aceptado como una nueva e implacable ley natural. No hay lugar para la esperanza porque la misma muerte viaja en nuestro corazón.
Werther causó una oleada de suicidios amorosos y apasionados en Europa. Los jóvenes gritaban que querían amar y ser amados, que querían sentir y ser sentidos, más allá de las gélidas estancias sociales trazadas con el tiralíneas de la ciencia. La sangre volvía a calentar unos cuerpos demasiado templados y el sol volvía a colorear un mundo en blanco lapidario. Hoy somos herederos de esa sangre, hijos de ese color y nietos de esa tragedia, de esa soledad, de ese destino.
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Las desventuras del joven Werther, de Goethe. Una tragedia en clave de sol.
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Gabriel de Pablo
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