
Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 10.11.08.
Como estamos en noviembre y la melancolía inunda nuestros corazones, también el mío naturalmente, permítanme una licencia. Hoy en La Biblioteca no les voy a hablar de un libro concreto, sino de un género de la literatura. Se trata de la mal llamada literatura juvenil, género en el que han sido catalogados, me temo que despectivamente, un gran número de buenos autores y un número aún mayor de excelentes novelas. Por enunciar rápidamente a algunos autores, podemos recordar aquí a Julio Verne, Jack London, Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle y Alejandro Dumas. Y por mencionar algunas obras, podríamos citar maravillas de la buena literatura como “Los tres mosqueteros”, “Asesinatos S.L.”, “La isla del tesoro”, “La llamada de la selva”, “El signo de los cuatro”, “El conde de Montecristo” o “La vuelta al mundo en 80 días”.
Supongo que basta con que usted haya leído alguna vez alguno de estos libros, o alguno de esos autores que he citado, para comprender mi estupefacción nada disimulada hacia ese género inventado por libreros y editores con muchas ganas de vender libros, cosa muy legítima, por cierto. Pero una cosa es que un editor catalogue un libro en “novela juvenil” y otra muy distinta es que ése libro lo sea. Porque en efecto, ¿qué diablos es eso de literatura juvenil? ¿Por qué es literatura juvenil “La flecha negra” o “Las aventuras de Sherlock Holmes” y no “El lazarillo de Tormes”, “El diablo cojuelo” o el mismo “Don Quijote”? ¿Es juvenil “El diablo de la botella” o “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” de Stevenson y no “La Odisea” de Homero, “A sangre fría” de Truman Capote, “Guerra y paz” de Tolstoi o “Diario de a bordo”, de Cristóbal Colón? En definitiva, ¿qué hace que un libro sea considerado juvenil y sea, por tanto, tildado de literatura poco seria, literatura de consumo, literatura ligera como un refresco Light? Porque esto es lo grave. Si la literatura juvenil es la que gusta al público joven, ¿significa eso que no vaya a gustar al público adulto? ¿Significa eso que la literatura juvenil es lectura vergonzosa para un lector maduro? ¿Han oído alguna vez a algún intelectual citar “Los tres mosqueteros” o “De la Tierra a la luna? No, no, señores, para ser un erudito hay que parafrasear a Borges o a Unamuno, pero nunca, nunca, nunca a Edgar Allan Poe.
El inventado género juvenil, como tal, es oportunista y falaz. Es juvenil porque sale un pirata, es juvenil porque el protagonista es un chaval, es juvenil porque es una historia de aventuras, de espadas, de tierras lejanas, es juvenil porque gusta a los jóvenes... Amigos, todo esto es humo. Puro marketing. Puro catálogo de editorial. Puro etiquetado de librería. En definitiva, un insulto a la inteligencia del buen lector.
Hay auténticas joyas literarias en eso que ha dado en llamarse “literatura juvenil”, para desgracia de la humanidad. Cualquiera de los libros que he mencionado antes, más otros cien títulos que podría traer aquí a colación, bastarían por sí mismos para satisfacer las inquietudes intelectuales de un lector ávido de buena literatura.
Por el contrario, un lector que no manifieste interés por estas obras clásicas es un lector disminuido. Y lo es más aún, si no las lee con la excusa de que son para quinceañeros. Lástima.
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Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 03.11.08.
A finales del siglo XVIII, en plena época ilustrada, triunfaba la razón. Y su manifestación artística era el clasicismo, un engendro donde la imitación y el virtuosismo habían relegado el alma del arte al desván de las matemáticas. La pasión del arte, esa pasión desbordante del barroco, se había visto desacreditada por numerosos intelectuales que pedían un regreso nada original a la sequedad grecorromana. Fruto de esa actitud arrogante y despectiva fue, por poner un ejemplo cercano, la construcción de la fachada de la Catedral de Pamplona, para cuya erección se destruyó una auténtica joya del románico.
Hablando de arte, hay poco que rascar en el siglo XVIII. Las aportaciones de este venturoso siglo fueron espléndidas en las ciencias, pero nimias en las artes, exceptuando la música. Admiramos a un Rousseau, a un Newton, a un Montesquieu, pero raramente encontramos a un literato o a un pintor cuyo nombre merezca la pena recordar entre los grandes gigantes de la historia de la humanidad.
La reacción no se hizo esperar. En esa época de acordes geométricos, insultantemente fríos y repetitivos, miles de corazones aburridos se lanzaron súbitamente a la aventura de palpitar. El romanticismo inundó siglo. El hombre joven, que nacía azotado por el vaivén de las revoluciones, encontró un nuevo, extraño y agridulce placer en sufrir desmedidamente. En sufrir sin esperanza. En amar la infelicidad y la tragedia. Es complicado de explicar, pero ese hombre nuevo tenía la agradable sensación de que el destino implacable se cernía sobre su cabeza. Era algo así como la venganza de un renacimiento. El hombre nuevo era un hombre solo. Y la soledad es la antesala de la muerte.
Todo este volcán de amor a la tristeza halló un signo visible en “Las desventuras del joven Werther”, una pequeña novela escrita por Johann Wolfgang von Goethe, que entonces era un desconocido dramaturgo alemán de 24 años.
La novela, en cierta medida autobiográfica, narra las cuitas amorosas del joven Werther, preso en las redes de un amor imposible. Una explosión de sentimientos, de cuitas, de dolorosos razonamientos, de exageraciones, de amores y desamores descentrados, adolescentes, impetuosos. El amor platónico ya no es un amor contemplativo, gustoso y cómodo en cuanto que es inalcanzable, sino un amor activo, frustrado y patológico. La tragedia es el destino de esta historia. Y el destino es aceptado como una nueva e implacable ley natural. No hay lugar para la esperanza porque la misma muerte viaja en nuestro corazón.
Werther causó una oleada de suicidios amorosos y apasionados en Europa. Los jóvenes gritaban que querían amar y ser amados, que querían sentir y ser sentidos, más allá de las gélidas estancias sociales trazadas con el tiralíneas de la ciencia. La sangre volvía a calentar unos cuerpos demasiado templados y el sol volvía a colorear un mundo en blanco lapidario. Hoy somos herederos de esa sangre, hijos de ese color y nietos de esa tragedia, de esa soledad, de ese destino.
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Las desventuras del joven Werther, de Goethe. Una tragedia en clave de sol.
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Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 20.10.08.
Una vez hubo un hombre en el que se unieron las destrezas intelectuales más sórdidas, más agudas, más astutas, y el espiritualismo más intenso, una conjunción paradójica entre el mismo demonio y el mismo Dios. Ese hombre es Chesterton.
En este autor no hay nada de esa mojigatería beata que tanto daño ha hecho a la literatura de raigambre cristiana. Hubo un tiempo en que escribir desde la fe significaba entregarse a una blandura exagerada, a veces tan fanática como cursi, que resultaba artificial incluso para los lectores ávidos de historias de sacristía. A finales del XIX y principios del siglo XX, al amparo de los embates de un tiempo convulso, hubo quien se refugiaba en una lectura de índices y de capilla. Decir autor cristiano era entonces decir pesimismo edulcorado, derrotismo envuelto en el velo de la Misa dominical.
Pero no hay nada de estampas perfumadas en Chesterton. Procedente de un agnosticismo militante e inquieto, buscó con toda honestidad la verdad de las cosas, insaciable en el conocimiento y la diligencia intelectual de un hombre con mayúsculas. En el meollo de su siglo, Chesterton, el príncipe de la paradoja, alza la voz para decir llanamente lo que ha descubierto en su búsqueda. Y lo dice con la llaneza, la franqueza y el ingenio de quien sabe que no tiene ya nada que perder. Chesterton es, sin duda, un autor indómito, capaz de desubicar a quien se tenga por muy bien ubicado, en todos los sentidos. La honestidad tiene estas cosas, oiga. La honestidad no busca acariciar el oído de nadie, sino exponer de forma directa y adusta la verdad que se ha descubierto.
El hombre que fue jueves, novela publicada en 1907, expresa bien esa fortaleza interior de Gilbert Keith Chesterton, al que podemos considerar, sin temor a equivocarnos, como un filósofo metido a novelista o, si a usted le da lo mismo, como un novelista metido a filósofo.
El hombre que fue jueves ha sido catalogada con acierto dentro de un género inventado por el propio Chesterton, que podríamos denominar “novela de suspense metafísica”. En una trama de acción detectivesca, a veces trepidante, circulamos por un Londres surrealista, de la mano de un poeta que trabaja para Scotland Yard. El objetivo es desbaratar un complot anarquista que pretende hacerse con el control del mundo. Personajes humanos, con inquietudes humanas que van más allá de lo aparente, nos introducen en una historia trepidante, plagada de reflexiones sobre Dios y sobre el hombre, cuya conclusión inesperada nos dejará algo más pensativos que de costumbre.
En conclusión, una novela apta para quienes aún se pregunten qué demonios hacemos aquí. Y aún más apta para quienes crean saberlo ya.
Gilbert Keith Chesterton. El hombre que fue jueves. Una extraña alegoría repleta de humor inglés y acción policíaca.
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Ya es un tópico comúnmente aceptado: un clásico es un libro aburrido, complejo y pesado como el llanto de un bebé a las cuatro de la madrugada o el irritante sonido de un cláxon un domingo al amanecer. Bien. No es cierto.
Nadie a quien le guste leer, pero leer de verdad, no pasear libros o imposturas para quedar de culto. Nadie, digo, a quien le guste leer verdaderamente dirá que un clásico es un libro aburrido. Los grandes libros tienen que soportar a demasiados analistas rigurosos que hablan sobre ellos con una gravedad que no les es propia. Los libros son para leerlos y no para hablar de ellos, aunque a veces, como en este programa, tengamos que hacerlo para cumplir la misión que se nos ha asignado. Si hablamos demasiado de un libro, si lo sobreabundamos de notas al pie, si obligamos al libro a cargar con análisis sesudos, a veces tan psicológicos, tan eruditos, tan pedantes, que resultan imposibles de entender incluso por quien se tiene por leído, ¿cómo nos quejaremos después de que nadie se atreve a leerlo? O en el mejor de los casos, qué haremos si una vez leído el libro nos queda esa insufrible sensación de estar perdiéndonos casi todo, de no estar entendiendo sus oscuras y esotéricas esencias, ésas cuyo néctar nos prometía algún intelectual de relumbre en el preludio, o quizá en el epílogo, o quizá en esas notas irritantes de letra pequeña que ocupan más espacio que el propio texto. No, no, amigos, no hay que hablar demasiado de un libro. Hay que leerlo.
La Ilíada, de Homero, es uno de esos libros que la ortodoxia de la crítica nos presenta como insufribles. Mitos que no conocemos, dioses en los que no creemos, personajes que encarnan valores antiguos y mistéricos que nos resulta difícil reconocer. ¡Pobre Homero, convertido por los pedantes en autor de culto, en autor de estantería, en autor inalcanzable para el común de los mortales! Pobre Homero. Él escribió – supongo – para que alguien como tú le leyera.
En realidad, no está claro ni siquiera que Homero existiera ni que escribiera nada. Parece ser, y este es viejo debate entre estudiosos, que el célebre poeta griego fue algo así como un compilador de una tradición épica oral que le precedía desde hacía bastantes siglos. Pudiera ser. No me detendré en esto, pues real o no, nos han llegado bajo el nombre de Homero obras que merece la pena leer. Entre ellas, la Ilíada, que relata la guerra entre los griegos y los troyanos. Es una historia de dimensiones hollywoodienses, épica en estado puro, con todos los componentes canónicos de un género: virtud y vicio, amor y odio que desembocan en un enfrentamiento total, del que no pueden salvarse ni los dioses del Olimpo.
La Ilíada es una historia de héroes. Aquiles y Héctor, Ulises, Agamenón, Ayax, Menelao… Todos luciendo su mayor grandeza y capaces también de descender al infierno de sus propios defectos. Épica en estado puro, cinematografía del siglo VIII antes de Cristo, que está ahí, escrita, esperando a un lector que, como tú, está deseando encontrarse con una buena historia.
Y no hay nada más en la Ilíada. No tengas miedo. Súbete a la nave de la buena lectura e invade junto al hijo de Peleo las playas de Troya. Y que les zurzan a los eruditos.
HOMERO. La Ilíada. En cualquier de sus numerosas ediciones, sus 24 rapsodias le harán vivir una de las mayores aventuras de la historia.
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Es aforismo viejo entre los que se dedican a esto de recomendar libros, que uno no es un crítico con todas las letras hasta que no ha establecido su propia definición de lo que es un clásico. Yo, que trato de ser más complaciente que crítico, me dispongo a cumplir este penoso deber en mi primer programa. Porque se supone que aquí vamos a hablar de libros que merece la pena leer. Pero no de cualquier libro, sino sólo de aquéllos libros antiguos, olvidados y enmohecidos, que reposan cubiertos de polvo en el fondo de la estantería. Libros de esos que, cuando uno coge, dice: “qué interesante, algún día lo leeré”, aunque en realidad no se lo vaya a leer nunca.
Vayamos al caso. ¿Qué es un clásico? Esta pregunta, que tantas veces ha sido formulada, tiene en realidad una respuesta difusa, al menos tan difusa como la mente de quienes se la han formulado. Para intentar definir a los clásicos, sin duda lo mejor es acudir a los propios clásicos. Lo admito: no sé si se puede considerar un clásico a Italo Calvino, pero lo que sí sé es que dejó escritas varias claves para definir una obra clásica. Vamos a recitarlas, con el debido respeto por quien ha sido más sabio que nosotros:
- Dice Calvino: "Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir". Y digo yo: un clásico es inagotable.
- Dice Calvino: "Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento, como la primera". Y yo digo: un clásico es siempre novedoso.
- Dice Calvino: "Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad". Y resumo yo: un clásico es fascinante.
- Dice Calvino: "Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima". Y yo gloso: un clásico no se puede encasillar.
- Dice Calvino: "Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía". Y traduzco yo: un clásico nos marca, nos influye.
- Y finalmente, dice Calvino: Un clásico es un libro “que se configura como equivalente del universo”. Y digo yo: un clásico es verdadero.
Todas estas claves de Calvino son, por supuesto, interesantes y puede que hasta sean verdaderas. En todo caso, son ideas que hay que tener presentes en lo sucesivo. Sobre todo, esa última y radical afirmación: un clásico es un átomo de la Verdad, del Bien y la Belleza.
Ahora, voy a ser honesto y voy a decirles mi propia definición: “un clásico es un libro que todo el mundo cita, sin que nadie piense seriamente en leerlo”. En este programa intentaré demostrar que estoy equivocado.
Italo Calvino. Por qué leer los clásicos. Editorial Tusquets, 1992.
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