Editado por

Gabriel de PabloGabriel de Pablo

Buscar
Temas
Archivos
Hemeroteca
Octubre 2017
LMXJVSD
<<  <   >  >>
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031     
Sindicación
PARTICIPACIÓN
SERVICIOS



Dylan contra Dylan: Contradicción y genio de un músico en busca de Certeza

Permalink 17.04.08 @ 14:59:58. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Música en el silencio

(Artículo publicado por el autor en la revista cultural Nuestro Tiempo, en el número de noviembre de 2007)

Corría el año 1963 cuando Bob Dylan publicó su segundo álbum, “The Freewheelin' Bob Dylan”, que contenía la famosa “Blowin' in the Wind”, canción que le lanzó al estrellato y le postuló rápidamente como el gran profeta del movimiento pacifista. Sus preguntas retóricas encadenadas se convirtieron en el himno de la revolución juvenil de los sesenta: “¿Cuánto tiempo tienen que volar las balas de cañón antes de que sean prohibidas para siempre? ¿Cuántas muertes se aceptarán, hasta que se sepa que ya ha muerto demasiada gente? La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento”, decía la voz desgarrada de Dylan. Su tercer disco, “The Times They Are A-Changin'” (1964), que seguía abundando en la canción protesta, le consolidó como un músico de prestigio y fama internacional. Bob Dylan se acababa de convertir en un icono.

Pero ser un profeta o un símbolo no estaba en los planes de Dylan. Asqueado, se revolvió contra aquellos que pretendían utilizarlo como una marioneta de la política. Así lo manifestó en “My Back Pages” una canción de su siguiente disco, “Another Side of Bob Dylan” (1964): “Mis guardias permanecieron fuertes cuando las amenazas abstractas, demasiado nobles para descuidarlas, me engañaron para que pensara que tenía algo que proteger, el bien y el mal, yo definí estos términos”. A partir de ese momento, Dylan pensó en escapar del destino prefijado por quienes decían admirarle.

Ya entonces Dylan se mostraba receloso ante la prensa, consciente de su desmedida capacidad para inventar, estigmatizar, simplificar y, en definitiva, limitar su libertad creativa. Ejemplo de la actitud hostil de Dylan ante los medios de comunicación es la entrevista concedida a Laurie Henshaw para el semanario Disc Weekly, durante la gira inglesa de la primavera de 1965, reflejada en el documental “Dont Look Back”: “Usted me está usando. Soy un objeto para usted. Ya he pasado por esto antes en los Estados Unidos, ¿sabe? No es nada personal. ¿Por qué voy a tener que seguir la corriente a cualquier cosa sólo para que otra persona pueda comer? ¿Por qué no se limita a decir que mi nombre es Kissenovitch y que soy de Acapulco, México? Puede decir lo que quiera”. Y más adelante, añade Dylan: “No quiero que me entreviste su periódico. No lo necesito. Ustedes tampoco lo necesitan. Pueden ustedes montarse su propia estrella. ¿Por qué no se hacen con un montón de dinero y se traen aquí a algún chico del norte de Inglaterra y le dicen: '¡Vamos a convertirte en estrella!? Tú sólo haz todo, todo lo que se te diga. Cada vez que quieras una entrevista, sólo tendrás que firmar un papel que significa que podemos hacer una entrevista y escribir lo que queramos escribir. ¡Y tú serás una estrella y ganarás mucho dinero!' ¿Por qué no hacen eso? Yo no lo voy a hacer por ustedes”.

Por eso, dos meses después de la publicación del álbum “Blonde on blonde” (1966), aprovechando un sospechoso y oportuno accidente de moto, el músico se retiró a su casa de Woodstock para huir de sus acosadores, quitarse de encima el peso de ser considerado el mesías de los 60 y fundar una familia. Años después, el propio Dylan declaró: “Cuando vivía en Woodstock, me di cuenta con claridad de que toda la contracultura no era más que un espantapájaros cubierto de hojas secas”.

En realidad, de muy poco le ha servido a Bob Dylan renegar en repetidas ocasiones de su condición de profeta. La mayor parte del público y de la crítica le ha seguido considerando hasta hoy como el icono de los sesenta, de la contracultura, el pacifismo, la revolución de 1968, el movimiento hippy, e incluso del comunismo. Para mucha gente, Dylan no es ya nada más que una vieja gloria del rock and roll. Pero esta visión, simplista, desinformada y cargada de prejuicios no hace justicia a la obra de Dylan. Bob Dylan es probablemente el mejor y más influyente trovador de las últimas décadas.

Dylan y la poesía

Varias veces durante los últimos años ha sonado el nombre de Bob Dylan como candidato a recibir el Premio Nobel de literatura, aunque nunca se lo han concedido. El motivo es evidente: Dylan es un músico, un excelente músico si se quiere, pero no es un escritor.

Nada más lejos de la realidad. Ciertamente, el mundo se divide entre quienes piensan que lo mejor de Dylan es su música y quienes piensan que lo mejor son sus letras. En realidad, ambos ámbitos no son incompatibles. Se pueden ver las cosas de dos modos, aunque esencialmente sigan siendo lo mismo: Dylan pone música a la poesía o Dylan pone poesía a la música.

Ávido lector de poesía durante su juventud, especialmente durante su época universitaria (1959-1960), Bob Dylan ha bebido de las fuentes tradicionales de la literatura, y eso es algo que se percibe en toda su obra. Sin ir más lejos, su propio nombre artístico, Bob Dylan, está tomado del poeta galés Dylan Thomas (1914 – 1953). Además, han ejercido una notable influencia en su obra literaria los poetas malditos franceses (Rimbaud, Baudelaire, Verlaine) y la generación beat estadounidense (Jack Kerouac, Neal Cassady, William Burroughs, Herbert Huncke, John Clellon Holmes y Allen Ginsberg). Especialmente, durante los primeros sesenta, fue amigo personal y compañero de “experimentos” del descarnado Ginsberg, aquel poeta que había escandalizado a EEUU con su “Howl” (“Aullido”), en 1956. Sin embargo, no es justo asociar a Dylan sólo con la perplejidad existencial postmoderna y con la experimentación literaria y artística (a veces, tan snob) que se puso de moda en los sesenta. Su obra poética está plagada de referencias, de guiños y de evocaciones literarias que traen a colación los más variados autores clásicos anglosajones: Shelley, Byron, Keats, Poe, Faulkner, Milton, Dickens, Twain, Shakespeare... Y cómo no, también la Biblia.

Ésa es sin duda una de las cosas que atrajeron la atención y despertaron la sorpresa en el público cuando el joven Dylan compuso y publicó sus primeras canciones. En general, hasta ese momento, la música y la literatura circulaban por carriles distintos. Las letras, para la música popular, eran una mera excusa y era rara la canción que indagaba más allá del clásico “I love you”. Dylan convirtió en parientes a dos disciplinas que tenían fama de enemigas irreconciliables. Simplemente, en aquel momento era impensable que ese tipo de música pudiera ser un transmisor de la Cultura con mayúsculas. Se veía más bien como un pasatiempo para la masa. Dylan consiguió, por tanto, que la música popular dejara de hablar de cuestiones banales. Como bien dijo Bruce Springsteen: “En la música, Frank Sinatra puso la voz, Elvis Presley puso el cuerpo... Bob Dylan puso el cerebro”.

No se imaginen, sin embargo, al joven Dylan como un intelectual metido a cantante. Por el contrario, más bien fue un músico metido a intelectual. Y además autodidacta. No fue nunca un buen estudiante, aunque sí inquieto. Él mismo explicó en una ocasión cómo fue este proceso: “Lo hice por libre. Estaba muy metido en el lenguaje de la canción tradicional, y de forma intuitiva, supe que todos esos libros podían enriquecer la mente humana. La gente que conocí a finales de los cincuenta era mucho mayor que yo. Tenían libros en sus estanterías. Hasta entonces, probablemente yo no había visto más que tebeos. En secundaria, había leído a Sir Walter Scott y mis libros favoritos eran 'La cabaña del Tío Tom' y 'Ben Hur'. Las canciones folk iban todas de cerveza, Biblias y alcohol. Me pareció que todas esas palabras de las estanterías llevaban a una gloria de un tipo diferente”.

“Esas palabras de las estanterías” que Dylan leyó por su cuenta y riesgo, hicieron de él el rey contemporáneo de la metáfora y de la alegoría. Dylan trata de expresar las cosas usando imágenes o pequeñas historias, que nunca son exactamente lo que aparentan. Son escasas las canciones de Dylan cuyo significado es obvio. Como escribió en 2004 Robert Hilburn, en Los Ángeles Times: “A lo largo de los años, algunos oyentes se han quejado de que las canciones de Dylan son demasiado ambiguas, que parecen ser simplemente un ejercicio narcisista a base de juegos de palabras. Pero la mayoría de los críticos afirman que el auténtico punto fuerte de Dylan son las imágenes ocasionalmente contrapuestas”.

En efecto, en sus letras, Dylan descarga un aluvión de imágenes, evocaciones, impactos literarios que van construyendo a lo largo de la canción un sentido inacabado, que sólo es capaz de completar la imaginación del lector. Lo dijo el mismo Dylan cuando le preguntaron por el significado de Just like a Woman (1966): “Aunque pudiera decirte de qué trata la canción, no lo haría. Es el oyente el que tiene que averiguar lo que significa para él”. Por eso, el torrente literario de Bob Dylan reclama obligatoriamente la participación de sus oyentes, apela a su inteligencia tanto como a su sensibilidad. Frecuentemente, música y letra van tan de la mano que es imposible separar la una de la otra sin que el conjunto pierda su mágico y misterioso sentido.

Pese a todo, Dylan nunca pensó que su obra estuviera dirigida a las elites, a los intelectuales, a los académicos. Al contrario, quiso desde el principio ser un poeta de lo ordinario. Admirado por el estilo directo y brutal de Ginsberg y Kerouac, consideró un reto personal hacer arte digerible para la gente corriente. Quiso vestir la poesía con ropa de calle, como hacían antiguamente los juglares. Imaginarse a Dylan de castillo en castillo vestido con cascabeles es un buen modo de acercarse a su verdadera filosofía literaria y musical.

Interpretar las letras de Dylan

Las metáforas y alegorías que usa Dylan convierten automáticamente las letras de sus canciones en un misterio que hay que desentrañar. Esto atrae a un buen número de “analistas”, que al modo detectivesco intentan buscar en ellas la piedra filosofal, a veces forzando el texto hasta extremos tan agudos que dejan de ser análisis razonables para caer en lo grotesco, en lo humorístico o sencillamente en lo estúpido. Entre los estudiosos, abundan los que intentar hacer interpretaciones estructuralistas, marxistas e incluso freudianas de la obra de Dylan. Hasta el propio Bob ha manifestado en multitud de ocasiones, con su acostumbrada ironía, el hastío y la irritación que le provocan ese tipo de análisis: “Mi obra se entiende con la sangre, con el corazón. Lo que lía a toda esa gente es intentar analizarla, porque no pueden hacerlo: lo más que consiguen hacer es ponerle etiquetas”. Otros comentaristas, algo más simples, se empeñan en ver drogas por todas partes. Tanto es así que el mismo Bob Dylan, durante un concierto en 1966, antes de tocar la enigmática canción Visions of Johanna, tuvo que aclarar: “Todo está equivocado. Éste es el típico ejemplo de una canción que, probablemente, vuestros periódicos musicales llamarían 'canción sobre drogas', ya sabéis que yo nunca he... Ésta no es una canción sobre drogas. No estoy diciendo esto por defenderme o algo así, no es una canción sobre drogas, es vulgar pensar así”.

A Dylan hay que leerle/escucharle sin ninguna idea preconcebida. Como ya se ha explicado, el sentido de sus letras surge naturalmente de la triple interacción música/letra/oyente. Es muy comentado entre los críticos de Dylan la gran plasticidad de sus canciones, que suscitan en el que las escucha sensaciones y pensamientos voluminosos, polivalentes y distintos en cada ocasión. Esto, que en mayor o menor medida sucede con cualquier tipo de música, se acentúa en Dylan, probablemente debido al carácter abierto y bidireccional de sus letras y a una cierta contradicción musical de la que hablaremos más adelante. Así lo admitió el propio Bob: “Para mí, las canciones están vivas. No están basadas en ninguna falsa apariencia, en ningún engaño o truco. Son canciones reales, y lo son ahora mismo. No son canciones de las que pueda decir la gente 'Ay, me acuerdo de dónde estaba cuando oí esto por primera vez'”. Por eso, aunque pueda parecer un axioma, ante una buena canción de Dylan, el oyente tiene la sensación de estar escuchando su propia conciencia.

Si hacemos caso de sus declaraciones, ni el propio Dylan sabe en realidad cuál es el significado de sus letras. Ésta es su explicación de cómo surgió la famosa canción Like a rolling stone (1965): “Cuando trabajaba con Llike a rolling stone” no estaba pensando en lo que quería decir, sólo pensaba: ¿queda esto bien para la rima? Pero es innegable que hay un elemento de misterio. Es como si un fantasma estuviera escribiendo la canción. Te da la canción y desaparece, se va. Tú no sabes lo que significa. Sólo que el fantasma te ha elegido para escribir la canción”. No crean, no es que Dylan sea un fan de la escritura mecánica o que sea un poeta psicotrópico, tan al gusto de los nuevos tiempos. Parece que, simplemente, libera al genio que lleva dentro. O fotocopiando aquello que dice Umberto Eco acerca de la novela: “Es la propia canción quien se escribe a sí misma”.

Dylan, un músico americano

Si algo se puede decir de Dylan es que es un músico netamente estadounidense. Además del rock, ha tocado todos los palos que componen la música tradicional americana: el folk, el country y el blues (también en su versión religiosa, el gospel). Por otra parte, la mayor parte de sus discos son incatalogables dentro de una categoría estricta. Más bien, son una refundición, una reelaboración, una derivación, de todos esos géneros tradicionales. Dylan ha ido evolucionando en sus estilos musicales sin preocuparse demasiado por el purismo del género. Se puede decir que Bob Dylan ha ido creando un estilo propio, que bebe de todos ellos y no se atiene exactamente a ninguno.

Bob Dylan ha sido también un iconoclasta musical. Fue Dylan quien universalizó el folk en la década de los sesenta, no sin levantar las iras de los folkers cuando electrizó su sonido a principios de 1965. Fue también el estandarte de la canción protesta, aunque no fuera ésa su intención.

Entre sus variados méritos musicales, está el de haber universalizado la figura del tipo con guitarra que canta y compone. Con raras excepciones, hasta la llegada de Bob Dylan, la composición musical estaba en manos de profesionales anónimos asociados a las grandes discográficas (Tin pan Alley). El cantante sólo ponía la cara y la voz. Ni Sinatra ni Elvis componían nada. Dylan generalizó que los cantantes o los grupos fueran a la vez los compositores de sus propias canciones.

Bob Dylan es un autor extremadamente prolífico. Desde que sacara su primer disco en 1962, ha publicado oficialmente más de 40 álbumes. Siempre ha gozado de gran éxito, rompiendo el mito del artista bohemio y pobre, como él mismo explicó en 1978: “El rollo del artista que pasa hambre es un mito. Lo iniciaron los grandes banqueros y las jóvenes damas prominentes que compran arte. Ellos quieren simplemente mantener al artista bajo su dominio. No tienes que morirte de hambre para ser un buen artista. Sólo tienes que sentir amor y tener un punto de vista claro. Y tienes que combatir la depravación. El no transigir, eso es lo que forma a un buen artista. No importa si se tiene dinero o no”. Desde luego, Bob Dylan hace mucho tiempo que no pasa hambre. Muchos de sus discos han sido número uno en EEUU, Reino Unido y gran parte de Europa. También ha obtenido numerosos premios Grammy a lo largo de su carrera y un Oscar por la banda sonora de la película “Jóvenes prodigiosos”. En 1990, recibió la distinción de Caballero de la Orden de las Artes y Letras, premio concedido por el Ministerio de Cultura de Francia. En el año 2000 se le concedió el Premio de Música Polar de la Real Academia Sueca de Música (considerado el Nobel de la música). Finalmente, en 2007 ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Cuando en agosto de 2006 salió a la venta Modern Times, Dylan se convirtió en el único solista de la historia que ha conseguido ser de nuevo número uno en Estados Unidos tras 46 años de carrera musical. La canción "Like a Rolling Stone" (Highway 61 Revisited, 1965) figura en la primera posición de la lista de las mejores canciones de todos los tiempos confeccionada por la revista musical Rolling Stone. Asimismo, el álbum “Blonde on blonde” (1966) está considerado por los expertos musicales como uno de los mejores discos de música pop-rock de toda la historia.

Dylan contra Dylan

Sin embargo, no hay que dejarse apabullar por su éxito. De hecho, la música de Bob Dylan es difícil. La primera vez que oyes una canción, te tortura el tímpano. Luego, te cautiva. Este peculiar fenómeno lo explica muy bien Eric Clapton en una entrevista para el libro “Bob Dylan, se busca”: “Su manera de tocar es totalmente híbrida. Musicalmente no tiene sentido para el erudito. Cuando toca el piano, sólo tiene sentido para el que lo oye. Si fueras músico dirías: pero ¿qué estás haciendo? No tiene sentido. Y lo mismo cuando toca la guitarra. Haga lo que haga, es como si tuvieras que esperar un año o dos para coger el punto de poder escucharlo. La primera vez que lo oyes, es inútil. Después reflexionas y te das cuenta de que es perfecto”.

Pero, ¿qué hace sobre todo que la música de Dylan sea tan difícil? Sin duda, su voz. Truman Capote dijo: “Siempre he pensado que Dylan era un farsante. Desde luego no es un muchachito que canta canciones líricas. Es un oportunista que quiere hacer carrera y sabe muy bien dónde va. Además, es un hipócrita. Nunca he comprendido por qué le gusta a la gente. No sabe cantar”. Aunque no es cierto que fuera un oportunista, Capote tenía razón: Dylan no sabe cantar, no tiene la voz bonita. El mismo Bob lo ha reconocido: “Me resulta insoportable oír algunos de mis discos. Cuando los oigo, quiero quitarlos de inmediato. El sonido de mi voz, no consigo acostumbrarme a él, nunca lo he logrado. Me entran ganas de esconderme...”.

La mejor explicación a este asunto me la dio Ruth Gutiérrez, profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra y admiradora de la obra de Dylan. “La voz de Bob Dylan lucha contra su música”, dijo. Y así es, ciertamente. Su voz ofende al oído, es inarmónica, mientras que su música es perfecta, transparente, fluida, equilibrada. Esto explica por qué una gran cantidad de canciones suyas han triunfado de la mano de otros cantantes y de otros grupos. De hecho, Bob Dylan es uno de los tipos más versionados de la historia de la música moderna. Mucha gente ha hecho dinero a costa de su talento...

Pero, ¿cómo es posible entonces que haya tenido éxito un tipo que no sabe cantar? La razón nos la da Frank Sinatra, quien dijo: “Me impresiona su tono de voz. Es como un cello”. Exacto. La voz de Dylan es carismática, desgarrada, áspera, y en ello reside su mayor atractivo. El espíritu de la contradicción emerge en todas sus canciones: la armonía pelea con la disonancia, la musicalidad con la estridencia, caminando la mayor parte del tiempo juntas por el borde de un precipicio, haciendo extravagantes e inesperados equilibrios musicales. El oyente se desconcierta, o incluso se contraría, como cuando desafina una orquesta o hay un perro ladrando en una noche oscura y silenciosa. Cuando uno escucha una canción de Bob Dylan, no se sabe si lo que se desea es que se detenga la música o que se calle la voz.

Dejemos que Leonard Cohen nos lo explique mejor: “La mayor parte de la crítica musical está en el siglo XIX. Está muy por detrás de, pongamos por caso, la crítica de pintura. Todavía se basa en el arte del siglo XIX: vacas junto a un riachuelo y árboles y "yo sé lo que me gusta". No se concibe el hecho de que Dylan quizá sea un cantante más sofisticado que Whitney Houston, de que él es seguramente el cantante más sofisticado que hemos tenido en una generación. Nadie identifica a nuestros cantantes populares como a Matisse o Picasso. Dylan es un Picasso, con esa exuberancia, variedad y asimilación de la historia entera de la música”. Picasso no “pinta bien” y sin embargo es un buen pintor. Dylan no “canta bien”, y sin embargo es un buen cantante. Es un hecho.

Dylan y la religión

Dijo una vez un atinado analista: “A Dylan sólo se le puede entender con una Biblia en la mano”. Y es cierto. Es rara la canción de Dylan que no contiene referencias religiosas. Las razones son obvias: por una parte, su origen familiar judío; por otra, su formación musical en el folk (que se nutre en gran medida de historias y personajes bíblicos). La obra de Dylan está, pues, salpicada de guiños y citas a la “mayor historia jamás contada”.

Hay además varios momentos en la vida de Dylan que ponen de manifiesto su estrecha conexión con la fe religiosa, pero quizá el más significativo fue su conversión al cristianismo, no exenta de ciertas dosis de extravagancia, sucedida a finales de los años 70, poco después de la ruptura definitiva de su matrimonio, y que dio lugar a tres discos netamente religiosos: Slow train coming (1979), Saved (1980) y Shot of love (1981).

Todo el proceso de su conversión lo explicó en una entrevista concedida a su amigo Robert Hilburn en 1980. De hecho, fue la única vez en la que Dylan habló abiertamente de su conversión: “Viví de verdad una experiencia de renacimiento, si quieres llamarla así. (...) Me ocurrió en 1978. Siempre había sabido que hay un Dios, o un creador del universo, pero no tenía conciencia de Jesucristo y de qué tenía que ver Él con el Supremo Hacedor. (...) Siempre había leído la Biblia, pero sólo la consideraba literatura. Nunca se me había explicado de una forma que tuviera sentido para mí”.

Durante esa “época de luz”, Dylan utilizó su música como un púlpito y sus conciertos fueron una plataforma para la predicación. Por ejemplo, en 1979 en un concierto en San Francisco, Dylan dijo a su público: “Sabéis que a diario leemos en los periódicos la terrible situación en que se encuentra el mundo. Ahora Dios elige las cosas más estúpidas para desconcertar a los sabios. De todas maneras, sabemos que este mundo va a ser destruido, lo sabemos. Cristo establecerá su reino de mil años en Jerusalén, donde el león dormirá con el cordero. ¿Habéis oído esto antes?”. Las letras de sus canciones eran casi sermones y su estilo muy cercano al gospel: “He sido salvado por la sangre del cordero, y estoy tan contento. Sólo quiero agradecértelo, Señor. Gracias, Señor” (Saved, 1980). Esta época religiosa, sin embargo, no se distingue por su optimismo. No es la esperanza la que se apodera de Dylan, sino la certeza: “El espíritu le habla a la carne y la carne al espíritu. Pero nunca sabe uno cuál es cuál. No estoy buscando la verdad, nunca lo hice. Nací sabiéndola, como todo el mundo. El problema es que se la sacan a la gente de la cabeza antes incluso de que aprenda a andar”. Dylan comprendió que “ya sea al diablo ya sea al Señor, tendrás que servir a alguien” (Slow Train Coming, 1979). Y él decidió entonces “servir al Señor”.

Con posterioridad, por motivos no demasiado claros (Dylan protege celosamente su vida privada), abandonó la vía de la predicación por una visión religiosa más introspectiva y, en cierto grado, más desencantada, que tuvo su reflejo en el disco Infidels (1985): “Un hombre tiene el brazo en alto, Podría ser el Fuhrer o el párroco del barrio, Ya sabes que, a veces, Satanás se presenta como un hombre de paz” (Man of peace). El mismo Dylan apuntó un sencillo motivo de su nuevo giro copernicano: “Ya hice mi declaración, y creo que no podría haberla hecho mejor de lo que lo hice en algunas de esas canciones. Una vez que he expresado lo que quiero decir en una canción, ya está. No me gusta repetirme”.

En realidad, convertido o no, Dylan nunca ha abandonado su visión contradictoria, crítica y pesimista de la realidad. Su recelo ante las respuestas obvias le ha acompañado durante toda su vida, no precisamente por temor a las etiquetas ni al rechazo del público. Es simplemente, que Dylan siempre ha creído, como ya dijo en The Freewheelin' Bob Dylan (1963), que “la respuesta, está soplando en el viento”.

Pocos críticos y aún menos seguidores entienden la importancia que para Dylan ha tenido siempre la cuestión religiosa. Para todos aquellos que se han quedado en el Dylan de los sesenta, se hace muy complicado comprender qué “demonios” hay entre Dylan y Dios. Sin ir más lejos, cuando en septiembre de 1997, un lacónico Bob tocó delante del Papa Juan Pablo II con motivo de la clausura del XXIII Congreso Eucarístico Nacional de Italia, se alzaron muchas voces discordantes entre los fieles del juglar de Minnessota. La (desacertada) crónica del diario español El Mundo, por ejemplo, narraba: “Si por la tarde el Papa beatificó a Bartolomeo María del Monte, por la noche la voz de Bob Dylan, comunista, de origen judío, representante sobre la tierra del Mayo del 68 y no católico confeso, subió a los cielos de Bolonia”.

Para mucha gente, ese momento significó el suicidio definitivo de Dylan como mito. No pocos le criticaron abiertamente, con duras palabras, y le acusaron de “haberse vendido” por dinero. También se especuló incluso con que se había hecho católico. Nada de eso tiene fundamento. Esa famosa polémica, que en cierto modo aún se perpetúa entre su público, refleja el desconcierto, cuando no la ignorancia, de unos seguidores que parecen congelados en el pasado. Dylan ha evolucionado, sí, pero no ha cambiado. Muchos de sus seguidores, sin embargo, han cambiado, pero no han evolucionado. Su Dylan sigue estancado en el icono de 1968, y es un Dylan falso, que en realidad no existió nunca, excepto en aquella “leyenda” que fabricaron los medios de comunicación al gusto y medida de la gente y de la época.

Un poeta contemporáneo

Dylan encarna el espíritu mismo de la contradicción. Y oscila, pues, entre la esperanza y la desesperanza, entre el realismo y la utopía, entre lo que las cosas son y lo que deberían ser. No hay un Dylan uniforme, que apunte siempre en la misma dirección. Dylan no es un profeta, ni un adivino, ni un activista, porque no ofrece respuestas. Dylan sólo es capaz de plantear las preguntas adecuadas. Dylan es, en fin, un Sócrates actual y no puede, por ello, ser un mito ni un símbolo de nada, salvo de perplejidad. Por eso, en justicia, a Bob Dylan se le puede considerar un poeta – tal vez el único universalmente conocido – honesta y verdaderamente contemporáneo.

Dylan sabe que la posmodernidad ha entrado en barrena, que el impulso histórico de los últimos siglos está en un punto muerto. Las ideologías, que se postulaban como respuesta a las grandes preguntas de la humanidad, han perdido vigencia y se han vuelto contra el hombre. Dylan reclama desde el oscuro inconformismo de sus letras la necesidad que tiene el hombre de Certeza, para volver a dibujar la diluida frontera entre el bien y el mal. Por eso, Dylan vuelve sus ojos a la religión, a la trascendencia, para encontrar el único aliento de esperanza. Ya lo dijo André Malraux: “El siglo XXI o será religioso o no será”. Por una vez, y sin que sirva de precedente, parece que, a su manera, Bob Dylan está de acuerdo.

BIOGRAFÍA DE BOB DYLAN

Robert Allen Zimmerman nace en Duluth (Minnesota), en el seno de una familia judía el 24 de mayo de 1941. A los seis años de edad, se traslada con su familia a Hibbing, un pueblo minero cercano a Canadá, donde aprende por sí mismo a tocar el piano y la guitarra y sueña con ser un héroe del rock and roll.

En 1959 ingresa en la Universidad de Minnesota. Descubre el folk y abandona su pasión por el rock and roll. Cambia su nombre por el de Bob Dylan y comienza su carrera musical tocando en locales nocturnos, con el único acompañamiento de su guitarra y su armónica. Se traslada a Nueva York a finales de 1960 y se introduce en el movimiento de los trovadores folk que llenan el Greenwich Village.

En 1962, gracias a una buena crítica del periodista del New York Times Robert Shelton, el famoso productor John Hammond (Columbia Records) firma un contrató con él. Su primer disco se publica en febrero con el título de 'Bob Dylan'. En 1963 se lanza el mítico "The Freewheelin' Bob Dylan", en el que se incluye el clásico "Blowin' in the Wind." Dylan aparece en el Festival Folk de Newport, donde es saludado como el profeta de la revolución juvenil.

Después de varios años como portavoz de la protesta, se introduce en el sonido eléctrico en 1965 con "Bringing It All Back Home". En 1965 se casa con la modelo Sarah Lowndes. Dos meses después de la publicación del álbum doble “Blonde on blonde” (1966), Dylan sufre un accidente con su motocicleta Triumph 500 en las cercanías de Woodstock y el cantautor se toma varios años sabáticos.

Sus siguientes álbumes son mayoritariamente country. En 1973, Sam Peckinpah le pide que componga la banda sonora de su película "Pat Garrett and Billy the Kid", que contiene la famosa canción “Knockin' on Heaven's Door”. En 1974 realiza una gira con The Band, consiguiendo su primer álbum número uno en EEUU, Planet Waves. A este le sigue uno de los discos más importantes de su carrera (número uno también), Blood on the Tracks (1975). A las dos giras Rolling Thunder Revue, se sigue su fallido film "Renaldo and Clara" (1978), el divorcio, y un período de música cristiana de tres años durante los cuales ganará su primer Premio Grammy.

Los 80 muestran un Dylan repetitivo y escaso de ideas. La decepción cunde entre las filas de los incondicionales, hasta que en 1989 vuelve a sorprender con “Oh Mercy”, un álbum brillante que es aclamado por la crítica musical como la resurrección creativa de Dylan. Ese mismo año, junto a George Harrison, Roy Orbison, Tom Petty y Jeff Lynne, crea los Traveling Wilburys, con los que publica dos álbumes, titulados Volume 1 y Volume 3, curiosamente.

Desde principios de los noventa (hasta hoy día) realiza lo que se conoce como “The Neverending Tour”, una gira mundial sólo interrumpida por cortos e imprescindibles periodos de descanso. En mayo de 1997, Bob Dylan se ve obligado a suspender su gira interminable, aquejado de una histoplasmosis (infección de la membrana del corazón). Ya recuperado, ese mismo año Dylan toca delante de Juan Pablo II y publica el álbum “Time Out of Mind”. En agosto de 2006 se lanza al mercado el disco “Modern Times”, que es inmediatamente número 1 en Estados Unidos y en varios países europeos. En los últimos años, a Bob Dylan se le han concedido varios premios: Premio Polar, Kennedy Center Award, varios Premios Grammy, un Oscar a la Mejor Canción Original y recientemente el Premio Príncipe de Asturias de las Artes.

10 canciones imprescindibles de Bob Dylan

Ranking elaborado por Rafael de Pablo, Director de Fanzimmer, revista española especializada en Bob Dylan

A hard rain’s a-gonna fall (The Freewheelin' Bob Dylan, 1963): Escrita durante la crisis de los mísiles de Cuba en 1962, su lenguaje simbólico y apocalíptico la arrima a las crisis actuales.

The times they are a-changin’ (The Times They Are A-Changin', 1964): La preconización de un cambio de tornas en los poderes fácticos. Cambiaron entonces y siguen cambiando.

Mr. Tambourine man (Bringing It All Back Home, 1965): Un sincero anhelo de libertad individual.

It’s alright, Ma (I’m only bleeding) (Bringing It All Back Home, 1965): Un sinfín de palabras rimadas para no dejar títere sin cabeza.

Like a rolling stone (Highway 61 Revisited, 1965): La historia de una Cenicienta moderna que empieza siendo princesa y acaba viviendo entre cartones. Los amigos ingleses, tan amantes de las listas, la consideran la mejor canción de rock de la historia.

Visions of Johanna (Blonde on Blonde, 1966): Paisaje neoyorquino y una historia de amor imposible para describir la pesada carga que tiene que llevar un artista para ser considerado como tal.

Tangled up in blue (Blood on the Tracks, 1975): Jugando con el tiempo y las personas para intentar recuperar un pasado y una mujer que nunca podrán regresar.

Blind Willie McTell (The Bootleg Series Volume 1, 1991): Mucho más que un viaje al delta del Misisipí para escuchar los cantos de los antiguos esclavos y el espíritu del Sur.

Man in a long black coat (Oh Mercy, 1989): Paisaje de desolación para adornar el espacio que deja una mujer que entregó su corazón al maligno.

Love sick (Time Out Of Mind, 1997): El clásico ejemplo de cómo poner a los pies de los caballos a la mujer que nos deja para acabar reconociendo que no podemos vivir sin ella.


Bookmark and Share

Comentarios:

Aún no hay Comentarios para este post...

Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.

Los comentarios para este post están cerrados.

Blogs
El barón rampante

El barón rampante

Guadix, Getafe... ¿cambio de cromos?

Jesús Bastante

Secularizados, mística y obispos

Secularizados, mística y obispos

Una encuesta de práctica religiosa en colegio del año 1974. Muy interesante.

Josemari Lorenzo Amelibia

Religión Digital

Religión Digital

Los ateos hoy

Religión Digital

Entrelíneas

Entrelíneas

El hijo perdido

José de Segovia Barrón

El Blog de Francisco Margallo

El Blog de Francisco Margallo

Actualidad de José Ortega y Gasset

Francisco Margallo

No más mentiras

No más mentiras

De listos y tontos, víctimas y verdugos: y canallas abundantes

Antonio García Fuentes

Un país a la deriva

Un país a la deriva

El hundimiento de España (22)

Vicente A. C. M.

Opinión

Opinión

No es Rajoy, es el Estado de Derecho

Opinión

Mi vocación

Mi vocación

Kurdistán

Sor Gemma Morató

Tres foramontanos en Valladolid

Tres foramontanos en Valladolid

Los lunes, revista de prensa y red

Bustamante, Arévalo y Pardo de S.

Aeterna Christi Munera

Aeterna Christi Munera

Ven Espíritu Santo

Jose Gallardo Alberni

Terra Boa

Terra Boa

MINISTROS DA, PARA E NA IGREJA SEMPRE REFORMADA... (Pe. Paulo Crozera/Campinas)

José Ramón F. de la Cigoña

El blog de Antonio Cabrera

El blog de Antonio Cabrera

Definitivamente me voy a hacer de izquierdas

Antonio Cabrera

Acción-formación social y ética

Acción-formación social y ética

Con Francisco y su moral liberadora ante el rigorismo e integrismo

Agustín Ortega

Hermosillo

Hermosillo

TLC que sea justo con Estados Unidos o será terminado. Es así de simple: Trump.

Efrén Mayorga

El blog de X. Pikaza

El blog de X. Pikaza

Creer en Dios 1-3: Mundo, vida, libertad

Xabier Pikaza Ibarrondo

Poemas

Poemas

Y eso es todo pensar.

José Pómez

Sor Consuelo te ayuda

Sor Consuelo te ayuda

La chica del banco

Manuel del Pino

Amistad Europea Universitaria

Amistad Europea Universitaria

Déborah Bardon: "No arruinemos un país que era hermoso y vivía en paz"

Salvador García Bardón

Tras mi vidriera

Tras mi vidriera

Distensión, un bocadillo de 770 metros de largo

Luis Espina

Haz de PD tu página de inicio | Cartas al Director | Publicidad | Buzón de sugerencias | Publicidad
Periodista Digital, SL CIF B82785809
Avenida de Asturias, 49, bajo - 28029 Madrid (España)
Tlf. (+34) 91 732 19 05
Aviso Legal | Cláusula exención responsabilidad

redaccion@periodistadigital.com Copyleft 2000

b2evolution Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons License.
Noticias Periodista Digital | Periodista Latino | Reportero Digital | Ciudadano Digital