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Con el pequeño comercio hemos topado

Permalink 29.04.08 @ 20:15:27. Archivado en Crónica provinciana, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 28 de abril de 2008. Aquí se ofrece la versión original del autor)

Dudo mucho que yo, como periodista, tenga otra función que la de contar lo que pasa. No soy el legislador, el técnico o el experto. Sólo sirvo para señalar patentes incoherencias y plasmar la realidad en mi libreta. No me corresponde a mí decir cómo han de redactarse las leyes, sino significar los hechos en su simple crudeza, y acaso marcar la senda por la que, a mi parecer, debería caminar nuestro viejo amigo el sentido común.

Hace unos días publiqué en este diario un artículo titulado “Horarios para no vender”, que suscitó una cierta contestación, demasiado previsible por otra parte. El hecho, a todas luces reaccionario y transgresor, que me atreví a señalar es que la mayoría de la gente real, esa que deambula por el mundo con mayor o menor grado de tristeza, no tiene tiempo para ir a comprarse unos calcetines o una rebeca, por mencionar algo necesariamente pamplonés, cuando las tiendas están abiertas. Y sí lo tiene, en cambio, cuando están cerradas. Esto es algo obvio. Yo me limité a consignar un hecho.

Ante esta realidad, sugieren algunos que adoptemos una postura conservadora, que lo aceptemos como aceptan su destino los viejos y lacerados protagonistas de la tragedia griega. Supongo que ésta es la opción de quienes esperan que las cosas acaben mejorando por simple aburrimiento. O tal vez la de aquellos a quienes no interesa que las cosas mejoren, por motivos también perfectamente respetables. Así es, se puede sencillamente negar la realidad o bien quejarse y no hacer nada. Sin embargo, ante una cuestión cierta como la rigidez de los horarios comerciales, que va en claro detrimento de una gran masa de población que se ve obligada a hacer el pino-puente para hacer la compra de la semana, también se puede pensar alguna solución que salvaguarde, a la vez, los derechos de los trabajadores. Ésta es la opción que me parece más adecuada.

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Horarios para no vender

Permalink 26.04.08 @ 19:49:35. Archivado en Crónica provinciana, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 12 de abril de 2008)

Hace mucho tiempo que vengo preguntándome (y me consta que no soy el único) por qué extraño e ilógico motivo los comercios tienen unos horarios tan poco eficientes, que parecen pensados para que el comerciante no pueda vender y para que el cliente no pueda comprar. Y es que, tal como están las cosas, la mayor parte de la gente no tiene tiempo para ir de tiendas cuando éstas están abiertas.

La razón de existencia de un comercio es el servicio al ciudadano. Su función es adaptarse a las exigencias de sus compradores potenciales y estar atento a lo que ellos demandan, pero también a sus condicionantes y a su estilo de vida. De ello depende la supervivencia de su negocio y la satisfacción de sus clientes. Pues bien, hoy el tiempo es el bien más preciado de los ciudadanos y, por tanto, también el de los consumidores. Viviendo como vivimos en una sociedad donde el día se compartimenta y los minutos se miden por su escasez, no hay cosa más absurda que los comercios estén cerrados cuando nos sobra el tiempo y abiertos cuando nos falta. Por esta razón, con demasiada frecuencia, realizar una compra sencilla se convierte para la mayoría de la gente en toda una epopeya.

La marea humana que, acelerada y ansiosa por comprar, deambula por los centros comerciales o por las calles más vivas de la ciudad durante el fin de semana no se parece en nada a la gris soledad de un martes cualquiera por la mañana. Bajar la persiana a las siete y media de la tarde o cerrar en domingos y festivos es tan absurdo para un comercio como lo sería para un cine o un restaurante. Supongo que a nadie le parece mal que un negocio que se dirige hacia el ocio o el servicio de los ciudadanos abra precisamente cuando éstos tienen tiempo. No sé por qué razón estamos “obligados” a permanecer en un modelo de consumo que se ha demostrado anticuado, insuficiente y frustrante hasta el infinito.

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Dylan contra Dylan: Contradicción y genio de un músico en busca de Certeza

Permalink 17.04.08 @ 14:59:58. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Música en el silencio

(Artículo publicado por el autor en la revista cultural Nuestro Tiempo, en el número de noviembre de 2007)

Corría el año 1963 cuando Bob Dylan publicó su segundo álbum, “The Freewheelin' Bob Dylan”, que contenía la famosa “Blowin' in the Wind”, canción que le lanzó al estrellato y le postuló rápidamente como el gran profeta del movimiento pacifista. Sus preguntas retóricas encadenadas se convirtieron en el himno de la revolución juvenil de los sesenta: “¿Cuánto tiempo tienen que volar las balas de cañón antes de que sean prohibidas para siempre? ¿Cuántas muertes se aceptarán, hasta que se sepa que ya ha muerto demasiada gente? La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento”, decía la voz desgarrada de Dylan. Su tercer disco, “The Times They Are A-Changin'” (1964), que seguía abundando en la canción protesta, le consolidó como un músico de prestigio y fama internacional. Bob Dylan se acababa de convertir en un icono.

Pero ser un profeta o un símbolo no estaba en los planes de Dylan. Asqueado, se revolvió contra aquellos que pretendían utilizarlo como una marioneta de la política. Así lo manifestó en “My Back Pages” una canción de su siguiente disco, “Another Side of Bob Dylan” (1964): “Mis guardias permanecieron fuertes cuando las amenazas abstractas, demasiado nobles para descuidarlas, me engañaron para que pensara que tenía algo que proteger, el bien y el mal, yo definí estos términos”. A partir de ese momento, Dylan pensó en escapar del destino prefijado por quienes decían admirarle.

Ya entonces Dylan se mostraba receloso ante la prensa, consciente de su desmedida capacidad para inventar, estigmatizar, simplificar y, en definitiva, limitar su libertad creativa. Ejemplo de la actitud hostil de Dylan ante los medios de comunicación es la entrevista concedida a Laurie Henshaw para el semanario Disc Weekly, durante la gira inglesa de la primavera de 1965, reflejada en el documental “Dont Look Back”: “Usted me está usando. Soy un objeto para usted. Ya he pasado por esto antes en los Estados Unidos, ¿sabe? No es nada personal. ¿Por qué voy a tener que seguir la corriente a cualquier cosa sólo para que otra persona pueda comer? ¿Por qué no se limita a decir que mi nombre es Kissenovitch y que soy de Acapulco, México? Puede decir lo que quiera”. Y más adelante, añade Dylan: “No quiero que me entreviste su periódico. No lo necesito. Ustedes tampoco lo necesitan. Pueden ustedes montarse su propia estrella. ¿Por qué no se hacen con un montón de dinero y se traen aquí a algún chico del norte de Inglaterra y le dicen: '¡Vamos a convertirte en estrella!? Tú sólo haz todo, todo lo que se te diga. Cada vez que quieras una entrevista, sólo tendrás que firmar un papel que significa que podemos hacer una entrevista y escribir lo que queramos escribir. ¡Y tú serás una estrella y ganarás mucho dinero!' ¿Por qué no hacen eso? Yo no lo voy a hacer por ustedes”.

Por eso, dos meses después de la publicación del álbum “Blonde on blonde” (1966), aprovechando un sospechoso y oportuno accidente de moto, el músico se retiró a su casa de Woodstock para huir de sus acosadores, quitarse de encima el peso de ser considerado el mesías de los 60 y fundar una familia. Años después, el propio Dylan declaró: “Cuando vivía en Woodstock, me di cuenta con claridad de que toda la contracultura no era más que un espantapájaros cubierto de hojas secas”.

En realidad, de muy poco le ha servido a Bob Dylan renegar en repetidas ocasiones de su condición de profeta. La mayor parte del público y de la crítica le ha seguido considerando hasta hoy como el icono de los sesenta, de la contracultura, el pacifismo, la revolución de 1968, el movimiento hippy, e incluso del comunismo. Para mucha gente, Dylan no es ya nada más que una vieja gloria del rock and roll. Pero esta visión, simplista, desinformada y cargada de prejuicios no hace justicia a la obra de Dylan. Bob Dylan es probablemente el mejor y más influyente trovador de las últimas décadas.

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