El voto siempre es útil
06.03.08 @ 14:55:37. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios
(Artículo publicado en Diario de Navarra el domingo, 9 de marzo de 2008. Aquí se ofrece la versión original del autor, escrita el jueves 6 de marzo. En la versión que se publicó finalmente, se modificó levemente el primer párrafo para incluir alguna referencia al atentado de ETA)
Alea jacta est. Tras los debates televisados entre los principales candidatos y las últimas bocanadas de la campaña electoral, poco más se puede añadir para aportar un poco de luz a los resignados ciudadanos. Nos disponemos a vivir una jornada electoral más, sin sobresaltos desagradables como el que nos sobrevino la vez anterior y zarandeó un día que tiene vocación irrenunciable de normalidad y calma. Para votar con libertad es preciso votar con seguridad y prudencia, sin temor y sin ira. No es otro el espíritu del día de reflexión, que quizá debería llamarse día de descanso, para que el ciudadano recobre la merecida paz interior después de la vibración perenne de la propaganda y del ruido.
Así pues, ya todo está dicho. En la era de la información como consumo y como entretenimiento, sólo nos resta disfrutar del espectáculo del recuento y las posteriores valoraciones. A más de uno le endulzará la tarde ver a algunos de nuestros representantes con las facciones descompuestas intentando convencer a la audiencia de que, en realidad, han ganado quienes han perdido o han perdido quienes han ganado. Será el momento de las pasiones, de la decepción, de la tristeza, pero también de la exultación, de la incontinente altivez de la victoria. Ya no estará en juego nada más que saber ganar y saber perder. La noche electoral es el único momento en que los políticos son como nosotros: seres humanos libres que padecen.
Durante esas breves horas, por arte de encantamiento, el marketing que domina todos los rincones de la legislatura se deshace súbitamente en lágrimas y risas, en palabras atropelladas, histéricas, prepotentes o en valoraciones torpes e improvisadas, triunfalismos inverosímiles y vanidades humilladas. La máscara cae porque ya no hay nada que perder ni que ganar. Quien no acepta el veredicto de los electores, se hace indigno si permanece coleando durante años como la extremidad de una lagartija. En esa tesitura, el político contumaz se cierra sobre sí mismo y abraza el error con persistencia suicida. Sin embargo, el político sabio (caso de existir) otorga el mérito ajeno, rectifica su estrategia y se marcha por donde vino con la cabeza alta. No hay tribunal de apelación. Las urnas son el Juicio Final de la política y de los candidatos, son el espejo de la soberanía nacional. Más allá no hay nada.
Por eso, es un grave error promover la participación o la abstención electoral como parte de la estrategia partidista. Dramatizar para azuzar al electorado o andar de puntillas para dormirlo, cuando conviene, es grave irresponsabilidad, síntoma de un sistema donde la aritmética del poder parece ser más importante que el bien común.
Votar masivamente es signo de la implicación de la ciudadanía en la cosa pública, y por lo tanto, de la salud democrática de una sociedad. Lo contrario, es abandonarse a la apatía, al desinterés, al aburrimiento. Para ese viaje no necesitamos alforjas. El que no valora su voto y no ejerce su derecho es un “individuo” que no merece llamarse ciudadano. El ciudadano no es un yo, sino un nosotros. Al abstencionista perezoso y reincidente, a ése que se define “apolítico” y que se niega a participar responsablemente en la articulación de la sociedad, lo mismo le daría que nuestro Estado no fuera democrático.
Jugar, pues, con la abstención o con la participación por intereses espurios es un fracaso activo de los partidos políticos que, a la hora de la verdad, prefieren la simple victoria a la verdadera democracia. Prefieren ganar ellos más que ganemos todos. Prefieren mandar a que mandemos nosotros.
El ideal de la democracia exige ciudadanos comprometidos, con filantropía, con sentido de comunidad, de sociedad, de Estado, y con respeto por el que no piensa como ellos. Lo demás es una forma de autoritarismo reblandecido: no elegimos ni queremos elegir “dictadores” para los próximos cuatro años, sino representantes que amplifiquen nuestra voz y la trasladen al foro de las Cortes Generales. No queremos, en definitiva, ingenieros sociales que gobiernen con interés de parte, sino ciudadanos como nosotros condenados a entenderse para el mayor bien posible de todos.
Por eso hay que ir a votar. Para que conste.
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Gabriel de Pablo
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