La Constitución acatarrada

Permalink 06.12.08 @ 14:56:57. Archivado en Análisis de actualidad

Desde hace algunos años, coincidiendo con la primera legislatura del Presidente José Luis Rodríguez, ha ido creciendo de modo significativo el número de gente empeñada en abrir el debate sobre la reforma constitucional. Según una reciente encuesta del CIS, el 52,7% de los españoles piensan que habría que modificar nuestra Constitución. Al parecer de estos ciudadanos, tiene defectos lo suficientemente graves como para que merezca la pena abrir los siete sellos que protegen a nuestra norma común de las veleidades del turnismo y del ajedrez partidista o electoralista.

En líneas generales, la situación es la siguiente: a los diversos nacionalismos españoles el Estado de las Autonomías se les ha quedado corto y piensan que la nueva constitución debería empezar por reconocer aún más competencias a las Comunidades Autónomas. Definir España como un Estado Federal sería un buen principio para ellos. Pero no sería suficiente. Desde la óptica nacionalista, lo óptimo sería el reconocimiento explícito del derecho de independencia. Gracias a los diversos estatutos de autonomía que se han desarrollado en la anterior legislatura, cunde entre los nacionalistas la sensación de que se ha agotado nuestro peculiar modelo de autogobierno, tan alabado siempre por los observadores internacionales. Ya no hay mucho más que rascar por ahí. Las pocas competencias que aún permanecen sin transferir (tras los nuevos desarrollos estatutarios) son prácticamente las que distinguen a un Estado federal de una federación de Estados independientes.

Por otra parte, desde el ala izquierda, se oyen cada vez más voces que reclaman una constitución “adaptada a los tiempos modernos”. Según un análisis muy extendido, la Constitución del 78 habría sido para la izquierda la aceptación de un mal menor, fruto de un momento histórico en el que “el ruido de sables” y el desmesurado poder de ciertas instituciones obligó a aceptar una Carta Magna tibia y con amplias concesiones a la Iglesia, a la monarquía y a la derecha, de quienes se temía que rompieran la baraja de la negociación. Así, la Constitución no era un punto de llegada, sino de partida. Como suele escucharse, fue “todo lo que entonces se pudo conseguir”. Pero no era ni mucho menos satisfactoria para el ala más extremada de la izquierda ni tampoco para el nacionalismo.

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Alegato en favor de la mal llamada literatura juvenil

Permalink 30.11.08 @ 15:20:00. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 10.11.08.

Como estamos en noviembre y la melancolía inunda nuestros corazones, también el mío naturalmente, permítanme una licencia. Hoy en La Biblioteca no les voy a hablar de un libro concreto, sino de un género de la literatura. Se trata de la mal llamada literatura juvenil, género en el que han sido catalogados, me temo que despectivamente, un gran número de buenos autores y un número aún mayor de excelentes novelas. Por enunciar rápidamente a algunos autores, podemos recordar aquí a Julio Verne, Jack London, Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle y Alejandro Dumas. Y por mencionar algunas obras, podríamos citar maravillas de la buena literatura como “Los tres mosqueteros”, “Asesinatos S.L.”, “La isla del tesoro”, “La llamada de la selva”, “El signo de los cuatro”, “El conde de Montecristo” o “La vuelta al mundo en 80 días”.

Supongo que basta con que usted haya leído alguna vez alguno de estos libros, o alguno de esos autores que he citado, para comprender mi estupefacción nada disimulada hacia ese género inventado por libreros y editores con muchas ganas de vender libros, cosa muy legítima, por cierto. Pero una cosa es que un editor catalogue un libro en “novela juvenil” y otra muy distinta es que ése libro lo sea. Porque en efecto, ¿qué diablos es eso de literatura juvenil? ¿Por qué es literatura juvenil “La flecha negra” o “Las aventuras de Sherlock Holmes” y no “El lazarillo de Tormes”, “El diablo cojuelo” o el mismo “Don Quijote”? ¿Es juvenil “El diablo de la botella” o “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” de Stevenson y no “La Odisea” de Homero, “A sangre fría” de Truman Capote, “Guerra y paz” de Tolstoi o “Diario de a bordo”, de Cristóbal Colón? En definitiva, ¿qué hace que un libro sea considerado juvenil y sea, por tanto, tildado de literatura poco seria, literatura de consumo, literatura ligera como un refresco Light? Porque esto es lo grave. Si la literatura juvenil es la que gusta al público joven, ¿significa eso que no vaya a gustar al público adulto? ¿Significa eso que la literatura juvenil es lectura vergonzosa para un lector maduro? ¿Han oído alguna vez a algún intelectual citar “Los tres mosqueteros” o “De la Tierra a la luna? No, no, señores, para ser un erudito hay que parafrasear a Borges o a Unamuno, pero nunca, nunca, nunca a Edgar Allan Poe.

El inventado género juvenil, como tal, es oportunista y falaz. Es juvenil porque sale un pirata, es juvenil porque el protagonista es un chaval, es juvenil porque es una historia de aventuras, de espadas, de tierras lejanas, es juvenil porque gusta a los jóvenes... Amigos, todo esto es humo. Puro marketing. Puro catálogo de editorial. Puro etiquetado de librería. En definitiva, un insulto a la inteligencia del buen lector.

Hay auténticas joyas literarias en eso que ha dado en llamarse “literatura juvenil”, para desgracia de la humanidad. Cualquiera de los libros que he mencionado antes, más otros cien títulos que podría traer aquí a colación, bastarían por sí mismos para satisfacer las inquietudes intelectuales de un lector ávido de buena literatura.

Por el contrario, un lector que no manifieste interés por estas obras clásicas es un lector disminuido. Y lo es más aún, si no las lee con la excusa de que son para quinceañeros. Lástima.

Werther, de Goethe

Permalink 27.11.08 @ 15:14:17. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 03.11.08.

A finales del siglo XVIII, en plena época ilustrada, triunfaba la razón. Y su manifestación artística era el clasicismo, un engendro donde la imitación y el virtuosismo habían relegado el alma del arte al desván de las matemáticas. La pasión del arte, esa pasión desbordante del barroco, se había visto desacreditada por numerosos intelectuales que pedían un regreso nada original a la sequedad grecorromana. Fruto de esa actitud arrogante y despectiva fue, por poner un ejemplo cercano, la construcción de la fachada de la Catedral de Pamplona, para cuya erección se destruyó una auténtica joya del románico.

Hablando de arte, hay poco que rascar en el siglo XVIII. Las aportaciones de este venturoso siglo fueron espléndidas en las ciencias, pero nimias en las artes, exceptuando la música. Admiramos a un Rousseau, a un Newton, a un Montesquieu, pero raramente encontramos a un literato o a un pintor cuyo nombre merezca la pena recordar entre los grandes gigantes de la historia de la humanidad.

La reacción no se hizo esperar. En esa época de acordes geométricos, insultantemente fríos y repetitivos, miles de corazones aburridos se lanzaron súbitamente a la aventura de palpitar. El romanticismo inundó siglo. El hombre joven, que nacía azotado por el vaivén de las revoluciones, encontró un nuevo, extraño y agridulce placer en sufrir desmedidamente. En sufrir sin esperanza. En amar la infelicidad y la tragedia. Es complicado de explicar, pero ese hombre nuevo tenía la agradable sensación de que el destino implacable se cernía sobre su cabeza. Era algo así como la venganza de un renacimiento. El hombre nuevo era un hombre solo. Y la soledad es la antesala de la muerte.

Todo este volcán de amor a la tristeza halló un signo visible en “Las desventuras del joven Werther”, una pequeña novela escrita por Johann Wolfgang von Goethe, que entonces era un desconocido dramaturgo alemán de 24 años.

La novela, en cierta medida autobiográfica, narra las cuitas amorosas del joven Werther, preso en las redes de un amor imposible. Una explosión de sentimientos, de cuitas, de dolorosos razonamientos, de exageraciones, de amores y desamores descentrados, adolescentes, impetuosos. El amor platónico ya no es un amor contemplativo, gustoso y cómodo en cuanto que es inalcanzable, sino un amor activo, frustrado y patológico. La tragedia es el destino de esta historia. Y el destino es aceptado como una nueva e implacable ley natural. No hay lugar para la esperanza porque la misma muerte viaja en nuestro corazón.

Werther causó una oleada de suicidios amorosos y apasionados en Europa. Los jóvenes gritaban que querían amar y ser amados, que querían sentir y ser sentidos, más allá de las gélidas estancias sociales trazadas con el tiralíneas de la ciencia. La sangre volvía a calentar unos cuerpos demasiado templados y el sol volvía a colorear un mundo en blanco lapidario. Hoy somos herederos de esa sangre, hijos de ese color y nietos de esa tragedia, de esa soledad, de ese destino.

***

Las desventuras del joven Werther, de Goethe. Una tragedia en clave de sol.

El hombre que fue jueves

Permalink 20.11.08 @ 15:06:25. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 20.10.08.

Una vez hubo un hombre en el que se unieron las destrezas intelectuales más sórdidas, más agudas, más astutas, y el espiritualismo más intenso, una conjunción paradójica entre el mismo demonio y el mismo Dios. Ese hombre es Chesterton.

En este autor no hay nada de esa mojigatería beata que tanto daño ha hecho a la literatura de raigambre cristiana. Hubo un tiempo en que escribir desde la fe significaba entregarse a una blandura exagerada, a veces tan fanática como cursi, que resultaba artificial incluso para los lectores ávidos de historias de sacristía. A finales del XIX y principios del siglo XX, al amparo de los embates de un tiempo convulso, hubo quien se refugiaba en una lectura de índices y de capilla. Decir autor cristiano era entonces decir pesimismo edulcorado, derrotismo envuelto en el velo de la Misa dominical.

Pero no hay nada de estampas perfumadas en Chesterton. Procedente de un agnosticismo militante e inquieto, buscó con toda honestidad la verdad de las cosas, insaciable en el conocimiento y la diligencia intelectual de un hombre con mayúsculas. En el meollo de su siglo, Chesterton, el príncipe de la paradoja, alza la voz para decir llanamente lo que ha descubierto en su búsqueda. Y lo dice con la llaneza, la franqueza y el ingenio de quien sabe que no tiene ya nada que perder. Chesterton es, sin duda, un autor indómito, capaz de desubicar a quien se tenga por muy bien ubicado, en todos los sentidos. La honestidad tiene estas cosas, oiga. La honestidad no busca acariciar el oído de nadie, sino exponer de forma directa y adusta la verdad que se ha descubierto.

El hombre que fue jueves, novela publicada en 1907, expresa bien esa fortaleza interior de Gilbert Keith Chesterton, al que podemos considerar, sin temor a equivocarnos, como un filósofo metido a novelista o, si a usted le da lo mismo, como un novelista metido a filósofo.

El hombre que fue jueves ha sido catalogada con acierto dentro de un género inventado por el propio Chesterton, que podríamos denominar “novela de suspense metafísica”. En una trama de acción detectivesca, a veces trepidante, circulamos por un Londres surrealista, de la mano de un poeta que trabaja para Scotland Yard. El objetivo es desbaratar un complot anarquista que pretende hacerse con el control del mundo. Personajes humanos, con inquietudes humanas que van más allá de lo aparente, nos introducen en una historia trepidante, plagada de reflexiones sobre Dios y sobre el hombre, cuya conclusión inesperada nos dejará algo más pensativos que de costumbre.

En conclusión, una novela apta para quienes aún se pregunten qué demonios hacemos aquí. Y aún más apta para quienes crean saberlo ya.

Gilbert Keith Chesterton. El hombre que fue jueves. Una extraña alegoría repleta de humor inglés y acción policíaca.

La Iliada, de Homero

Permalink 16.11.08 @ 22:52:49. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 13.10.08.

Ya es un tópico comúnmente aceptado: un clásico es un libro aburrido, complejo y pesado como el llanto de un bebé a las cuatro de la madrugada o el irritante sonido de un cláxon un domingo al amanecer. Bien. No es cierto.

Nadie a quien le guste leer, pero leer de verdad, no pasear libros o imposturas para quedar de culto. Nadie, digo, a quien le guste leer verdaderamente dirá que un clásico es un libro aburrido. Los grandes libros tienen que soportar a demasiados analistas rigurosos que hablan sobre ellos con una gravedad que no les es propia. Los libros son para leerlos y no para hablar de ellos, aunque a veces, como en este programa, tengamos que hacerlo para cumplir la misión que se nos ha asignado. Si hablamos demasiado de un libro, si lo sobreabundamos de notas al pie, si obligamos al libro a cargar con análisis sesudos, a veces tan psicológicos, tan eruditos, tan pedantes, que resultan imposibles de entender incluso por quien se tiene por leído, ¿cómo nos quejaremos después de que nadie se atreve a leerlo? O en el mejor de los casos, qué haremos si una vez leído el libro nos queda esa insufrible sensación de estar perdiéndonos casi todo, de no estar entendiendo sus oscuras y esotéricas esencias, ésas cuyo néctar nos prometía algún intelectual de relumbre en el preludio, o quizá en el epílogo, o quizá en esas notas irritantes de letra pequeña que ocupan más espacio que el propio texto. No, no, amigos, no hay que hablar demasiado de un libro. Hay que leerlo.

La Ilíada, de Homero, es uno de esos libros que la ortodoxia de la crítica nos presenta como insufribles. Mitos que no conocemos, dioses en los que no creemos, personajes que encarnan valores antiguos y mistéricos que nos resulta difícil reconocer. ¡Pobre Homero, convertido por los pedantes en autor de culto, en autor de estantería, en autor inalcanzable para el común de los mortales! Pobre Homero. Él escribió – supongo – para que alguien como tú le leyera.

En realidad, no está claro ni siquiera que Homero existiera ni que escribiera nada. Parece ser, y este es viejo debate entre estudiosos, que el célebre poeta griego fue algo así como un compilador de una tradición épica oral que le precedía desde hacía bastantes siglos. Pudiera ser. No me detendré en esto, pues real o no, nos han llegado bajo el nombre de Homero obras que merece la pena leer. Entre ellas, la Ilíada, que relata la guerra entre los griegos y los troyanos. Es una historia de dimensiones hollywoodienses, épica en estado puro, con todos los componentes canónicos de un género: virtud y vicio, amor y odio que desembocan en un enfrentamiento total, del que no pueden salvarse ni los dioses del Olimpo.

La Ilíada es una historia de héroes. Aquiles y Héctor, Ulises, Agamenón, Ayax, Menelao… Todos luciendo su mayor grandeza y capaces también de descender al infierno de sus propios defectos. Épica en estado puro, cinematografía del siglo VIII antes de Cristo, que está ahí, escrita, esperando a un lector que, como tú, está deseando encontrarse con una buena historia.

Y no hay nada más en la Ilíada. No tengas miedo. Súbete a la nave de la buena lectura e invade junto al hijo de Peleo las playas de Troya. Y que les zurzan a los eruditos.

HOMERO. La Ilíada. En cualquier de sus numerosas ediciones, sus 24 rapsodias le harán vivir una de las mayores aventuras de la historia.

¿Qué es un clásico?

Permalink 13.11.08 @ 21:42:15. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 06.10.08.

Es aforismo viejo entre los que se dedican a esto de recomendar libros, que uno no es un crítico con todas las letras hasta que no ha establecido su propia definición de lo que es un clásico. Yo, que trato de ser más complaciente que crítico, me dispongo a cumplir este penoso deber en mi primer programa. Porque se supone que aquí vamos a hablar de libros que merece la pena leer. Pero no de cualquier libro, sino sólo de aquéllos libros antiguos, olvidados y enmohecidos, que reposan cubiertos de polvo en el fondo de la estantería. Libros de esos que, cuando uno coge, dice: “qué interesante, algún día lo leeré”, aunque en realidad no se lo vaya a leer nunca.

Vayamos al caso. ¿Qué es un clásico? Esta pregunta, que tantas veces ha sido formulada, tiene en realidad una respuesta difusa, al menos tan difusa como la mente de quienes se la han formulado. Para intentar definir a los clásicos, sin duda lo mejor es acudir a los propios clásicos. Lo admito: no sé si se puede considerar un clásico a Italo Calvino, pero lo que sí sé es que dejó escritas varias claves para definir una obra clásica. Vamos a recitarlas, con el debido respeto por quien ha sido más sabio que nosotros:

- Dice Calvino: "Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir". Y digo yo: un clásico es inagotable.

- Dice Calvino: "Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento, como la primera". Y yo digo: un clásico es siempre novedoso.

- Dice Calvino: "Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad". Y resumo yo: un clásico es fascinante.

- Dice Calvino: "Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima". Y yo gloso: un clásico no se puede encasillar.

- Dice Calvino: "Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía". Y traduzco yo: un clásico nos marca, nos influye.

- Y finalmente, dice Calvino: Un clásico es un libro “que se configura como equivalente del universo”. Y digo yo: un clásico es verdadero.

Todas estas claves de Calvino son, por supuesto, interesantes y puede que hasta sean verdaderas. En todo caso, son ideas que hay que tener presentes en lo sucesivo. Sobre todo, esa última y radical afirmación: un clásico es un átomo de la Verdad, del Bien y la Belleza.

Ahora, voy a ser honesto y voy a decirles mi propia definición: “un clásico es un libro que todo el mundo cita, sin que nadie piense seriamente en leerlo”. En este programa intentaré demostrar que estoy equivocado.

Italo Calvino. Por qué leer los clásicos. Editorial Tusquets, 1992.

UPN, irresponsabilidad o cambio de estrategia

Permalink 23.10.08 @ 10:45:09. Archivado en Crónica provinciana, Análisis de actualidad

Entre UPN y PP la cosa está que arde. Y la sensación más extendida es el estupor, ya que el asunto nos ha pillado a todos con el pie cambiado. Al fin y al cabo, ¿quién se esperaba esto? Y, sobre todo, ¿cuál de los dos partidos gana algo con la ruptura?

No nos dejemos llevar por el juicio ligero y analicemos el asunto cuidadosamente. Sólo existen, de hecho, dos posibilidades: La primera posibilidad es que la ruptura del pacto UPN-PP no estuviera en los planes de Miguel Sanz cuando mencionó, hace algún tiempo, la posibilidad de abstenerse en los presupuestos del Gobierno. Si no era la intención del presidente de UPN romper con el PP, debemos suponer que todo este tumulto ha sido provocado por la incontinencia verbal de los líderes de uno y otro partido. Estaríamos, pues, asistiendo a una batalla interna para ver quién manda aquí, una lucha para dilucidar si UPN debe supeditarse a la voluntad de los barones del PP en Madrid o, por el contrario, debe mantener su independencia “para salvaguardar los intereses de Navarra”.

A estas alturas ya está claro que los presupuestos no son tampoco para tirar cohetes. Pero entonces, ¿cuáles son en realidad esos famosos “intereses de Navarra” que está defendiendo Miguel Sanz? Como bien ha apuntado algún comentarista, UPN se ha visto obligado a “abstenerse en Madrid para gobernar en Navarra”. En efecto, parece que la etérea amenaza de una moción de censura al actual gobierno UPN-CDN o algo tan concreto como la abstención de PSN en los presupuestos del Gobierno Foral sería la explicación menos irracional de la conducta del Sr. Sanz.

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Órdago a la Historia

Permalink 02.10.08 @ 14:59:07. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en el Diario de Navarra el pasado domingo 28 de septiembre de 2008)

Con cierta periodicidad, saltan al debate público una serie de temas que guardan relación con nuestra Historia. Es el caso de la ley de memoria histórica, de las polémicas sobre los nombres franquistas de las calles o, más recientemente, de la mística providencia del juez Garzón para censar a las víctimas del franquismo. Esta misma semana, el ilustre magistrado ha recibido, de la mano de siete asociaciones, un listado con 130.137 nombres de desaparecidos en la Guerra Civil española.

Siempre que renace el fantasma de la Historia (y lo suele hacer como Fénix, una y otra vez), oímos en política un estruendoso redoble de tambores. Todo aquello que da en llamarse izquierda se sube con prestancia al carro, abanderando unas reivindicaciones que suenan a revancha. Se pasea con aires de legitimidad, solvente y altiva, como quien siente que la Historia le ha dado la razón. Abusa de vocablos como “restituir”, “recordar” o “pasado”. Por su parte, eso a lo que llamamos derecha (porque ella misma se nomina vagamente centro) deambula cabizbaja de un lugar a otro, pidiendo perdón o protestando con la boca pequeña, nadando a dos aguas, ni contigo ni sin ti, murmurando palabras como “olvidar”, “mirar al futuro” y otras semejantes.

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Demasiado Dylan para nosotros

Permalink 04.07.08 @ 14:59:35. Archivado en Crónica provinciana, Artículos publicados en otros medios, Música en el silencio

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 2 de julio de 2008)

Hay veces que uno tiene la sensación de habitar una galaxia paralela, viendo la agigantada distancia entre lo que lo que pasó y lo que se ha publicado. Me refiero al concierto que Bob Dylan dio en Pamplona el pasado martes en el pabellón Anaitasuna. Me resulta fastidioso que se haya creado la sensación de que vimos a una vieja gloria, pero escuchamos una patata. Muy al contrario, el concierto fue impresionante. Los que hemos tenido ocasión de oír a Dylan en conciertos anteriores sabemos que el Dylan de Pamplona fue un Dylan excepcional.

Se ha escrito que Dylan estuvo frío, que no se dirigió ni una sola vez al público, que ni siquiera miraba a la gente, que le ofrecía su perfil casi de modo despectivo. Supongo que esto sería noticia si las costumbres de Dylan fueran otras, pero desde hace años Dylan utiliza siempre la misma escenografía, la misma vestimenta, se pone en el mismo sitio en el escenario, en la misma posición, no dirige una sola palabra al público y mira al infinito, hacia alguna parte situada a la izquierda de la sala de conciertos. Es rarísima la ocasión en que ofrece algún bis más de los previstos. Por lo tanto, intentar colegir de la actitud de Dylan en Pamplona una especial frialdad (algunos parecen hablar casi de animadversión) es sólo una muestra de ignorancia.

Bob Dylan no es Bruce Springsteen ni Mick Jagger ni David Bisbal. A un concierto de Bob no se va a bailar ni a corear canciones, incluso si me apuran, tampoco se va a fumar porros ni a pasearse por ahí blandiendo un cachi de cerveza. A un concierto de Dylan se va a escuchar música. Dicho de otra manera, para oír a Dylan es más apropiado el Baluarte que un estadio de fútbol. Quizá alguien debería haber informado a los asistentes incautos que Dylan no sigue viviendo del “Blowing’ in the wind”, que Dylan es un auténtico músico que arregla y versiona continuamente todas sus canciones hasta hacerlas casi irreconocibles y, por lo tanto, imposibles de corear. Incluso en la misma gira va cambiando la instrumentación del repertorio según le va pareciendo. Me consta que gran parte del público fue incapaz de reconocer un solo tema. No se lo reprocho. A veces, es difícil incluso para algunos de sus incondicionales. Quienes fueron al concierto con su maleta de prejuicios, a ver y no a escuchar, es obvio que salieron decepcionados.

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Dura lex, sed lex

Permalink 02.07.08 @ 14:49:42. Archivado en Crónica provinciana, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 12 de junio de 2008)

Leo con atención una nota de prensa de la plataforma Navarra Educa en Libertad, en la que se denuncia el “hostigamiento a los objetores de Educación para la Ciudadanía”. En ella, se informa de que un centro público de Navarra ha enviado una amonestación a un alumno objetor por sus reiteradas e injustificadas faltas de asistencia a clase. La amonestación advierte de que, caso de persistir esa conducta, se iniciará el consecuente expediente sancionador. Navarra Educa en Libertad ofrece su “más rotundo apoyo” al alumno y argumenta que las faltas sí están justificadas, ya que el estudiante ha presentado su objeción de conciencia en el Departamento de Educación del Gobierno de Navarra.

Paralelamente a este hecho concreto, se vienen efectuando ciertas presiones mediáticas al Gobierno de Navarra para que tome partido por los objetores y dé la espalda, en este asunto, a la legislación vigente y, por ende, al gobierno de España. El argumento es que UPN, para ser fiel a su electorado, debería actuar conforme a su propio programa y desmarcarse de una ley que se considera a todas luces injusta.

Antes de seguir adelante, es preciso dejar claro que estoy en contra de la asignatura Educación para la Ciudadanía, tal como viene planteada por la LOE. Obviamente, estoy a favor de una asignatura que enseñe a los chavales los principios básicos de nuestro ordenamiento constitucional, sus derechos y obligaciones como ciudadanos, el respeto a las reglas de juego, etc. Pero estoy en contra de que, so capa de la formación de ciudadanos libres e iguales, se estén metiendo con calzador conceptos y valores que son discutibles y muy discutidos en nuestra sociedad. En resumen: sí a una asignatura de consenso, de mínimos. No a una asignatura obligatoria que tome partido por una visión específica del hombre o del mundo. La formación de la conciencia no es ni puede ser competencia del Estado, que debe ser neutral para respetar el propio principio de laicidad del que tanto se habla cuando interesa, pero que se obvia cuando se vuelve en nuestra contra.

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Con el pequeño comercio hemos topado

Permalink 29.04.08 @ 20:15:27. Archivado en Crónica provinciana, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 28 de abril de 2008. Aquí se ofrece la versión original del autor)

Dudo mucho que yo, como periodista, tenga otra función que la de contar lo que pasa. No soy el legislador, el técnico o el experto. Sólo sirvo para señalar patentes incoherencias y plasmar la realidad en mi libreta. No me corresponde a mí decir cómo han de redactarse las leyes, sino significar los hechos en su simple crudeza, y acaso marcar la senda por la que, a mi parecer, debería caminar nuestro viejo amigo el sentido común.

Hace unos días publiqué en este diario un artículo titulado “Horarios para no vender”, que suscitó una cierta contestación, demasiado previsible por otra parte. El hecho, a todas luces reaccionario y transgresor, que me atreví a señalar es que la mayoría de la gente real, esa que deambula por el mundo con mayor o menor grado de tristeza, no tiene tiempo para ir a comprarse unos calcetines o una rebeca, por mencionar algo necesariamente pamplonés, cuando las tiendas están abiertas. Y sí lo tiene, en cambio, cuando están cerradas. Esto es algo obvio. Yo me limité a consignar un hecho.

Ante esta realidad, sugieren algunos que adoptemos una postura conservadora, que lo aceptemos como aceptan su destino los viejos y lacerados protagonistas de la tragedia griega. Supongo que ésta es la opción de quienes esperan que las cosas acaben mejorando por simple aburrimiento. O tal vez la de aquellos a quienes no interesa que las cosas mejoren, por motivos también perfectamente respetables. Así es, se puede sencillamente negar la realidad o bien quejarse y no hacer nada. Sin embargo, ante una cuestión cierta como la rigidez de los horarios comerciales, que va en claro detrimento de una gran masa de población que se ve obligada a hacer el pino-puente para hacer la compra de la semana, también se puede pensar alguna solución que salvaguarde, a la vez, los derechos de los trabajadores. Ésta es la opción que me parece más adecuada.

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Horarios para no vender

Permalink 26.04.08 @ 19:49:35. Archivado en Crónica provinciana, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 12 de abril de 2008)

Hace mucho tiempo que vengo preguntándome (y me consta que no soy el único) por qué extraño e ilógico motivo los comercios tienen unos horarios tan poco eficientes, que parecen pensados para que el comerciante no pueda vender y para que el cliente no pueda comprar. Y es que, tal como están las cosas, la mayor parte de la gente no tiene tiempo para ir de tiendas cuando éstas están abiertas.

La razón de existencia de un comercio es el servicio al ciudadano. Su función es adaptarse a las exigencias de sus compradores potenciales y estar atento a lo que ellos demandan, pero también a sus condicionantes y a su estilo de vida. De ello depende la supervivencia de su negocio y la satisfacción de sus clientes. Pues bien, hoy el tiempo es el bien más preciado de los ciudadanos y, por tanto, también el de los consumidores. Viviendo como vivimos en una sociedad donde el día se compartimenta y los minutos se miden por su escasez, no hay cosa más absurda que los comercios estén cerrados cuando nos sobra el tiempo y abiertos cuando nos falta. Por esta razón, con demasiada frecuencia, realizar una compra sencilla se convierte para la mayoría de la gente en toda una epopeya.

La marea humana que, acelerada y ansiosa por comprar, deambula por los centros comerciales o por las calles más vivas de la ciudad durante el fin de semana no se parece en nada a la gris soledad de un martes cualquiera por la mañana. Bajar la persiana a las siete y media de la tarde o cerrar en domingos y festivos es tan absurdo para un comercio como lo sería para un cine o un restaurante. Supongo que a nadie le parece mal que un negocio que se dirige hacia el ocio o el servicio de los ciudadanos abra precisamente cuando éstos tienen tiempo. No sé por qué razón estamos “obligados” a permanecer en un modelo de consumo que se ha demostrado anticuado, insuficiente y frustrante hasta el infinito.

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Dylan contra Dylan: Contradicción y genio de un músico en busca de Certeza

Permalink 17.04.08 @ 14:59:58. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Música en el silencio

(Artículo publicado por el autor en la revista cultural Nuestro Tiempo, en el número de noviembre de 2007)

Corría el año 1963 cuando Bob Dylan publicó su segundo álbum, “The Freewheelin' Bob Dylan”, que contenía la famosa “Blowin' in the Wind”, canción que le lanzó al estrellato y le postuló rápidamente como el gran profeta del movimiento pacifista. Sus preguntas retóricas encadenadas se convirtieron en el himno de la revolución juvenil de los sesenta: “¿Cuánto tiempo tienen que volar las balas de cañón antes de que sean prohibidas para siempre? ¿Cuántas muertes se aceptarán, hasta que se sepa que ya ha muerto demasiada gente? La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento”, decía la voz desgarrada de Dylan. Su tercer disco, “The Times They Are A-Changin'” (1964), que seguía abundando en la canción protesta, le consolidó como un músico de prestigio y fama internacional. Bob Dylan se acababa de convertir en un icono.

Pero ser un profeta o un símbolo no estaba en los planes de Dylan. Asqueado, se revolvió contra aquellos que pretendían utilizarlo como una marioneta de la política. Así lo manifestó en “My Back Pages” una canción de su siguiente disco, “Another Side of Bob Dylan” (1964): “Mis guardias permanecieron fuertes cuando las amenazas abstractas, demasiado nobles para descuidarlas, me engañaron para que pensara que tenía algo que proteger, el bien y el mal, yo definí estos términos”. A partir de ese momento, Dylan pensó en escapar del destino prefijado por quienes decían admirarle.

Ya entonces Dylan se mostraba receloso ante la prensa, consciente de su desmedida capacidad para inventar, estigmatizar, simplificar y, en definitiva, limitar su libertad creativa. Ejemplo de la actitud hostil de Dylan ante los medios de comunicación es la entrevista concedida a Laurie Henshaw para el semanario Disc Weekly, durante la gira inglesa de la primavera de 1965, reflejada en el documental “Dont Look Back”: “Usted me está usando. Soy un objeto para usted. Ya he pasado por esto antes en los Estados Unidos, ¿sabe? No es nada personal. ¿Por qué voy a tener que seguir la corriente a cualquier cosa sólo para que otra persona pueda comer? ¿Por qué no se limita a decir que mi nombre es Kissenovitch y que soy de Acapulco, México? Puede decir lo que quiera”. Y más adelante, añade Dylan: “No quiero que me entreviste su periódico. No lo necesito. Ustedes tampoco lo necesitan. Pueden ustedes montarse su propia estrella. ¿Por qué no se hacen con un montón de dinero y se traen aquí a algún chico del norte de Inglaterra y le dicen: '¡Vamos a convertirte en estrella!? Tú sólo haz todo, todo lo que se te diga. Cada vez que quieras una entrevista, sólo tendrás que firmar un papel que significa que podemos hacer una entrevista y escribir lo que queramos escribir. ¡Y tú serás una estrella y ganarás mucho dinero!' ¿Por qué no hacen eso? Yo no lo voy a hacer por ustedes”.

Por eso, dos meses después de la publicación del álbum “Blonde on blonde” (1966), aprovechando un sospechoso y oportuno accidente de moto, el músico se retiró a su casa de Woodstock para huir de sus acosadores, quitarse de encima el peso de ser considerado el mesías de los 60 y fundar una familia. Años después, el propio Dylan declaró: “Cuando vivía en Woodstock, me di cuenta con claridad de que toda la contracultura no era más que un espantapájaros cubierto de hojas secas”.

En realidad, de muy poco le ha servido a Bob Dylan renegar en repetidas ocasiones de su condición de profeta. La mayor parte del público y de la crítica le ha seguido considerando hasta hoy como el icono de los sesenta, de la contracultura, el pacifismo, la revolución de 1968, el movimiento hippy, e incluso del comunismo. Para mucha gente, Dylan no es ya nada más que una vieja gloria del rock and roll. Pero esta visión, simplista, desinformada y cargada de prejuicios no hace justicia a la obra de Dylan. Bob Dylan es probablemente el mejor y más influyente trovador de las últimas décadas.

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Resultados de las elecciones si hubiera una única circunscripción

Permalink 10.03.08 @ 11:41:01. Archivado en Análisis de actualidad

Estos hubieran sido los resultados de las elecciones si hubiera una única circunscripción (lo he hecho con este simulador):

PSOE (45.1%): 161
PP (41.5%): 147
IU (3.9%): 14
CIU (3.2%): 11
UPyD (1.2%): 4
EAJ-PNV (1.2%): 4
ESQUERRA (1.2%): 4
BNG (0.9%): 3
CC-PNC (0.7%): 2
CA (0.3%): Ninguno
NA-BAI (0.3%): Ninguno
EA (0.2%): Ninguno
Ciudadanos (0.2%): Ninguno
PACMA (0.2%): Ninguno

*

Las novedades hubieran sido:

- El Psoe y el PP tendrían menos escaños (8 menos PSOE, 6 menos PP)
- IU tendría 14 escaños en vez de 2.
- PNV tendría 4 escaños en vez de 6.
- Esquerra tendría 4 escaños en vez de 3.
- BNG tendría 3 escaños en vez de 2.
- UPyD tendría 4 escaños en vez de 1.
- NaBai no obtendría ningún escaño.

El sistema de la circunscripción única para toda España, como se ve, tiene una ventaja y un inconveniente:

Inconveniente: Los partidos mayoritarios tienen menos escaños en general, lo que puede dificultar en ocasiones la gobernabilidad.

Ventaja: La representación es más proporcional al número de votantes y se pierden muchos menos votos "en el sistema". Esta pérdida de votos perjudica a partidos nacionales minoritarios como IU y UPyD.

No es cierto que la circunscripción única perjudique notablemente a los nacionalistas. Ciu y CC sacarían los mismos escaños, BNG y ERC subirían 1. Perderían 2 PNV y 1 NaBai.

Creo que este sistema de circunscripción única para toda España es mucho más justo y propicia la creación de nuevos partidos. El sistema actual es muy conservador, bipartidista, poco representativo de la realidad y dificulta en exceso el acceso a la política de nuevos partidos, lo cual es malo para nuestra salud democrática.

El voto siempre es útil

Permalink 06.03.08 @ 14:55:37. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el domingo, 9 de marzo de 2008. Aquí se ofrece la versión original del autor, escrita el jueves 6 de marzo. En la versión que se publicó finalmente, se modificó levemente el primer párrafo para incluir alguna referencia al atentado de ETA)

Alea jacta est. Tras los debates televisados entre los principales candidatos y las últimas bocanadas de la campaña electoral, poco más se puede añadir para aportar un poco de luz a los resignados ciudadanos. Nos disponemos a vivir una jornada electoral más, sin sobresaltos desagradables como el que nos sobrevino la vez anterior y zarandeó un día que tiene vocación irrenunciable de normalidad y calma. Para votar con libertad es preciso votar con seguridad y prudencia, sin temor y sin ira. No es otro el espíritu del día de reflexión, que quizá debería llamarse día de descanso, para que el ciudadano recobre la merecida paz interior después de la vibración perenne de la propaganda y del ruido.

Así pues, ya todo está dicho. En la era de la información como consumo y como entretenimiento, sólo nos resta disfrutar del espectáculo del recuento y las posteriores valoraciones. A más de uno le endulzará la tarde ver a algunos de nuestros representantes con las facciones descompuestas intentando convencer a la audiencia de que, en realidad, han ganado quienes han perdido o han perdido quienes han ganado. Será el momento de las pasiones, de la decepción, de la tristeza, pero también de la exultación, de la incontinente altivez de la victoria. Ya no estará en juego nada más que saber ganar y saber perder. La noche electoral es el único momento en que los políticos son como nosotros: seres humanos libres que padecen.

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La monarquía tiene que volver al armario

Permalink 04.02.08 @ 20:54:34. Archivado en Comunicación, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el domingo, 6 de enero de 2008. Aquí se ofrece la versión original del autor, escrita a primeros de diciembre, no la que se publicó finalmente)

De un tiempo a esta parte, la monarquía española ha vuelto a entrar en la agenda mediática de modo abrupto e inesperado. La peculiar intervención de don Juan Carlos en la cumbre hispanoamericana, la separación matrimonial de los Duques de Lugo, la publicación de una viñeta subidita de tono y el anacrónico y constante ronroneo de ciertos partidos socios del Gobierno de España, que difunden apologéticamente un republicanismo paradisíaco, ha situado a la Casa Real en el disparadero prioritario de los medios de comunicación y en las conversaciones de peluquería.

La sensación que se está transmitiendo, de modo imperceptible pero inexorable, es que tenemos un problema con la monarquía. Algo de todo esto ya vimos con motivo del casamiento del príncipe Felipe con una “plebeya” o con el nacimiento de las infantas Leonor y Sofía. En todos los casos, tertulianos agoreros inquietaron al personal, suscitando debates y proponiendo reformas estructurales de fondo. La polémica, en realidad, siempre ha sido ficticia. El único fin es conseguir audiencia o vender un buen número de revistas sonrosadas.

En el mercado de los medios de comunicación, hay muchas empresas interesadas en que nuestra monarquía se convierta en émula de la inglesa, con sus escándalos, divorcios, separaciones, exclusivas que van y que vienen, que desvirtúan la auténtica función de la monarquía constitucional y enriquecen curiosamente al mensajero. Estas empresas piden sacar a la Casa Real a la plaza pública, anulando el prudente silencio que sobre este asunto guarda tradicionalmente la prensa. Apelan a grandes conceptos como el derecho a la información, pero sus intereses son espurios: huelen el negocio que se esconde bajo pantalones o faldas con sangre azul, y quieren llenarse la cartera a costa de nuestras instituciones. El silencio mediático en torno a la Casa Real no es un privilegio. Más bien significa un profundo respeto por la democracia que nos hemos dado.

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