Herederos del odio
26.11.07 @ 20:59:54. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios
(Artículo publicado en Diario de Navarra el 16 de noviembre de 2007)
Hace unos pocos días se aprobó en el Parlamento español la “Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura”, más conocida como Ley de Memoria Histórica. Este acontecimiento ha coincidido en el tiempo con la beatificación, por parte de la Iglesia Católica, de 498 mártires del siglo XX en España. Ambas cuestiones han suscitado un intenso debate tribal entre los distintos españoles, siempre tan moderados, conciliadores y comprensivos, si se me permite la ironía.
Entre tanto redoble de tambores dialécticos, algunos analistas lúcidos han sacado una sola cosa en claro: esta herida nuestra de la guerra civil aún no está cerrada, como bien prueba la agitada reacción política, social y mediática que se ha suscitado a raíz de los hechos mencionados. Es obvio, pues, que esa ley no logra poner un punto final a la dictadura, y menos aún a la guerra civil, como al parecer pretendía.
Por motivos que no vienen al caso – cada cual que se atragante con su trozo de culpa -, está claro que en todo este asunto no ha predominado el espíritu conciliador, ni una visión universal, comprensiva, de la historia de España, de su presente actual, y sobre todo de su futuro. Cerrar en falso esa cruenta etapa de la historia española es condenarnos a repetirla, como ya hemos hecho los españoles, de un modo algo más higiénico, en los últimos meses.
Nadie puede vivir con sal en las heridas, y las heridas de la historia las padecemos todos. No se trata tampoco de poner una tirita y seguir hacia adelante como si nada hubiera pasado. Tenemos que hacernos cargo de lo que hemos sido, de lo que hemos hecho, para que el rencor no marque el rumbo de nuestras acciones.
Dice un buen historiador que la verdadera historia sobre la guerra civil y la dictadura empezará a escribirse dentro de 50 años, cuando ya no quede vivo ningún culpable. Y así es. Hasta entonces, podemos elegir entre tres opciones: disimular y esperar a que pasen tranquilamente esos cincuenta años; reavivar el enfrentamiento entre los españoles para que no pueda escribirse la verdadera historia ni siquiera dentro de cincuenta años; o empezar a escribir la historia hoy pensando en cómo se escribirá dentro de cincuenta años. Cualquiera de las tres opciones es mala, al fin y a cabo somos hijos de nuestra época, pero sin duda la última es la única constructiva.
Pero, ¿cómo escribir hoy la historia que se ha de escribir mañana? Aunque pueda parecer paradójico, se trataría de enfocarla pensando en el futuro y no en el pasado, pensando en nuestros nietos y no en nuestros abuelos. Pero esto sólo es posible si quienes mandan dejan de mirarse su ombligo partidista para mirar al pasado con los ojos de la juventud, es decir, con los de aquellos ciudadanos que no han vivido ni un sólo minuto de dictadura o eran demasiado pequeños en aquella época (ya es el 60% de la población española). Para aquellos jóvenes que aún no se han dejado envenenar con las soflamas interesadas y torcidamente políticas de los “sembradores de odio”, el periodo 1931-1975 no tiene nada de maravilloso. Salvo deshonrosas excepciones, los jóvenes españoles de hoy somos radicalmente demócratas. No añoramos la bota de ningún dictador ni creemos en revoluciones proletarias. Hemos visto ya los efectos de ambas “opciones” y nos repugnan las dos. Sin embargo, en general, conocemos, entendemos y valoramos los pasos que nos han llevado hasta aquí, y por eso respetamos la sangre vertida por todos nuestros antepasados, sobre cuyos cadáveres se asientan nuestros derechos.
Todos los españoles debemos aceptar la historia como nuestra. Y mirar, tal vez con pena o con vergüenza pero sin rencor, a quienes nos precedieron, pues lo que ahora tenemos procede, para bien o para mal, directamente de ellos. No sabemos qué hubiera pasado si las cosas hubieran ocurrido de otro modo, pero sí sabemos que, siendo como fueron, hemos llegado a donde estamos hoy. Si nos gusta el ahora, no nos queda más remedio que aceptar el ayer que nos lo trajo. Sí, también la República, la guerra civil y Franco. De ahí que, para curarnos, todos debamos sentirnos a la vez culpables y víctimas, de algún modo.
La Historia es contingente, pero nuestra historia no, porque ya ha pasado y no se puede cambiar. Lo que es modificable es el futuro, sobre el que pesarán nuestras acciones. No creo que ninguno de nosotros desee dejar de herencia a nuestros hijos un pasado de lágrimas y sangre. Por eso, hay que abandonar la vía caduca de la nostalgia, de uno u otro signo, y aparcar para siempre el victimismo culpabilizador, el iluminismo febril y envejecido, reaccionario en suma, que abanderan aquellos que pretenden reescribir una historia “gloriosa” que sólo existe en su imaginación.
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Dicen los viejos que en este país hubo una guerra
y hay dos Españas que guardan aún,
el rencor de viejas deudas
Dicen los viejos que este país necesita
palo largo y mano dura
para evitar lo peor
Pero yo sólo he visto gente
que sufre y calla
Dolor y miedo
Gente que sólo desea su pan,
su hembra y la fiesta en paz
Libertad, libertad sin ira libertad
guárdate tu miedo y tu ira
porque hay libertad,sin ira libertad
y si no la hay sin duda la habrá
Libertad, libertad sin ira libertad
guárdate tu miedo y tu ira
porque hay libertad, sin ira libertad
y si no la hay sin duda la habrá
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Gabriel de Pablo
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