El honor de ser obispo
11.10.07 @ 20:58:52. Archivado en Crónica provinciana, Pensamientos, Cuestión de fe
Normalmente, cuando pensamos en el oficio de obispo, nos lo imaginamos como un honor, como un triunfo, como el escalón más alto de la carrera eclesiástica, fuente de todas esas satisfacciones humanas que van anejas al ejercicio de un cargo público de gran relevancia.
Nada más lejos de la realidad. Al contrario, desde mi punto de vista, ser obispo es un auténtico contratiempo, bien capaz de figurar entre aquellas profesiones molestas que ninguna persona desearía para sus hijos. Representar a una institución tan vieja y a la vez tan ancha como la Iglesia no me parece un honor, sino un problema. Te encuentras con aquél que te recrimina violentamente por un noséqué que hicieron los cruzados o un queséyo que perpetró el Papa Gregorio VII, que vaya usted a saber qué úlcera tenía en el estómago. También hay quien, ácida y despectivamente, te echa en cara que haya curas pecando en Brooklyn o que una vez el sacristán le echó del templo de malas maneras.
Al obispo no se le permiten errores, pecados ni faltas. No ha de tener defecto, ni ha de decir nunca una palabra más alta que la otra. Como obispo, debe ser la misma perfección, el vaso puro del que beben todos. Carga en sus espaldas con el peso de todos los pecados presentes y pasados de la Iglesia, desde los del más alto dignatario hasta los del más inocente monaguillo. Pesada cruz para una sola persona. Ser obispo es estar en la boca de todos. Que se miren con lupa tus charlas, homilías, conferencias, libros, gestos, decisiones. Que alguien le saque punta a un comentario jocoso en la sobremesa o a un súbito enfado en un pasillo, y lo publique en la prensa como una noticia de agosto.
Gabriel de Pablo
autor
Contacto


