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Una democracia sin ciudadanos

Permalink 16.09.07 @ 20:55:02. Archivado en Pensamientos, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 10 de septiembre de 2007)

Hace unos días, el Centro de Investigaciones Sociológicas publicó un estudio sobre diversas cuestiones relativas a los ciudadanos y el Estado. Entre los datos más significativos de la encuesta destacan todos aquellos que se refieren al desinterés ciudadano por la política y a la escasa credibilidad de que gozan los partidos, los políticos y los altos funcionarios del Estado.

Como botón de muestra – no es cuestión de abrumarles aquí con una lluvia de cifras – baste subrayar que más de la mitad de la población dice que le interesa poco o nada la política, frente al 25% que dice que le interesa mucho o bastante. Además, los encuestados piensan mayoritariamente que “el ciudadano medio influye nada o poco en la vida política”, que, “por lo general, los altos funcionarios no procuran hacer lo que más le conviene al país” y que “un buen número de políticos están implicados en cuestiones de corrupción”.

El panorama es descorazonador. Según parece desprenderse de esas cifras, el español medio siente que la política no va con él, la percibe como algo completamente ajeno, periférico, como un universo paralelo, metafísico, inaccesible. Sus notas comunes son la desconfianza, el escepticismo y el hastío. Ha aprendido a contemplarla como algo inevitable, una amenaza acaso que se cierne sobre su cabeza. Su impresión se asemeja a la que causarían en él un tifón, un terremoto o una ola de viento sahariano.

En efecto, el sentimiento está en la calle. La apatía entre los ciudadanos se ha generalizado hasta convertirse en tolerancia, cuando no en justificación. ¿Cuántas veces hemos oído en el bar, en la piscina, en el gimnasio, que “los políticos van a su bola”, que “son todos iguales”, que “en todos los partidos cuecen habas”? ¿Cuántas veces han servido esas frases como excusa para justificar las torpezas, las traiciones, las mentiras o las corruptelas de los políticos que nos son simpáticos? Es ya un sentir común: para los partidos, los políticos y los dirigentes la ética no rige, la ley no impera. No son ciudadanos, son metaciudadanos; no son personas, son extraterrestres. Las cosas son así, decimos, y no van a cambiar.

Consentimos a nuestros representantes comportamientos impropios que no toleraríamos a nuestro vecino. Si mienten, si son desleales, maniqueos, maleducados; si calculan, si trazan estrategias, si nos utilizan, si nos visitan, si nos inauguran, si nos adulan, si nos desprecian, en fin, si nos torean, afirmamos que todo eso forma parte del juego político. Nos limitamos, en el mejor de los casos, a patalear, a criticar, a consentir, a encogernos de hombros. Somos los pacientes de la democracia, los sujetos pasivos de una oración subordinada. Nuestro voto es ya lo único que nos queda. Y nada más.

Supongo que los inventores de la democracia se revolverían en sus tumbas si conocieran el estado actual de nuestro sistema. Hoy, el ciudadano se ha diluido en el voto, y el voto en la mercadotecnia. Del mismo modo, la persona del político se ha subsumido en esa quimera que denominamos “el Partido”, que es una gota de hielo casi stalinista en un mar de aparente democracia. Los partidos políticos se han convertido en estructuras de poder, en empresas de captación de voto, en fábricas desengrasadas de ilusiones, donde se decide nuestro destino.

Es duro, lo sé, pero el bien común ya no está en la agenda de los políticos. Los pocos que se arriman a la vida pública con ilusión por hacer las cosas bien, es decir, los honestos, los que no están dispuestos a vender su conciencia, los que no soportan la mediocridad, la incompetencia, el utilitarismo o el disimulo, son rápidamente apartados por la oligarquía del Partido. Su único destino es la tumba política.

Por ello, contemplamos hoy con resignación los codazos en un Partido por formar parte de la lista para el Congreso, igual que vimos con las manos atadas cómo un Partido ponía y quitaba a contracorriente cabezas de lista, deslegitimaba negociaciones, rompía pactos, llamaba a la obediencia ciega. En estas condiciones, los candidatos no son ya más que iconos seductores que atraen a los ciudadanos con palabras dulces y promesas blandas. Cuando votamos, engrasamos con nuestra papeleta la maquinaria del Partido, le damos un cheque en blanco para los siguientes cuatro años. Después, el Partido tiene un funcionamiento autónomo, que escapa a nuestro control. No podemos hacer nada para evitar que nuestro político favorito, ése en quien pensábamos cuando emitimos nuestro voto, ése en quien sí confiábamos, caiga en desgracia y desaparezca para siempre de las listas o le manden de vacaciones al Parlamento Europeo. Pero no hay que preocuparse, supongo, porque el Partido decide siempre qué es lo mejor para nosotros, pobres y desilusionados ciudadanos españoles.

Déjenme decirlo de una vez: esta partitocracia está poco a poco fagocitando el alma del ciudadano. Por eso, debemos preguntarnos ahora: ¿Qué somos, ciudadanos o votos? Y en fin, ¿qué votamos, partidos o personas?


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