Reivindicando a los indecisos
27.05.07 @ 10:07:37. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios
(Artículo publicado en Diario de Navarra el 27 de mayo de 2007)
“¿Tiene usted en cuenta los sondeos electorales a la hora de decidir su voto?” Ésta es la pregunta que lanza Diario de Navarra a sus lectores en la encuesta de su página Web. Una pregunta que, a la vista de los últimos sondeos publicados en este mismo medio, se ha convertido en la clave fundamental de las próximas elecciones municipales y al Parlamento Foral de Navarra.
Siempre que se acerca el momento de elegir representantes políticos, tanto locales como nacionales, se reabren los viejos debates sobre los efectos que tienen las últimas encuestas en los procesos electorales. Abandonada ya, por antigua e insostenible, la creencia de que este tipo de encuestas son el reflejo fiel de una sociedad, los expertos consideran hoy mayoritariamente que se produce una serie de sinergias entre el resultado que se espera y la conducta final de los votantes. Es como una carretera de doble dirección: las encuestas no son un espejo fidedigno de la conducta futura del electorado, pero tampoco pueden ser consideradas como un modo científico de hacer ingeniería política, es decir, propaganda, para intentar redirigir el voto de los ciudadanos. Dicho de otra manera, ni influyen tanto ni influyen tan poco.
La mayoría de la gente es de “voto duro”. Su decisión electoral no es susceptible de cambio alguno, forman parte del electorado fiel de un partido político, con independencia de cuáles sean los avatares de la actualidad. Ni la gestión incorrecta de sus representantes, ni la corrupción (la culpa es de la personas, no del partido), ni mucho menos las encuestas, son capaces de convencerles para que su voto cambie de destino. En campaña, sufren la propaganda como quien oye llover. Les da igual quién sea el cabeza de lista o qué otros partidos se presenten a las elecciones. Su voto es más fijo que el contrato de un funcionario. En cierto sentido, son también PTV, a saber, del Partido de Toda la Vida. Así es aproximadamente el 80% del electorado. Para los políticos, intentar captar este “voto duro” es tiempo perdido. Y más en las pocas semanas de campaña.
El 20% restante son los ciudadanos llamados “indecisos”. A ellos (y a los abstencionistas habituales que se animan súbitamente a votar) se deben los vuelcos electorales, los imprevistos, y esa amalgama confusa de análisis posteriores en la que se les culpa de haber dinamitado las encuestas. Frecuentemente, los medios de comunicación y los políticos se refieren a ellos en tono peyorativo, como lo es el propio nombre que se les ha puesto, que personaliza la duda y la indecisión misma. Éste el “voto blando”, objeto de caricias y promesas por los políticos de todo signo, durante la campaña y aun durante toda la legislatura. Los candidatos, cada vez más profesionales, saben que en estas personas está la clave de unos comicios, y más si están reñidas. Pero es un error, además de una injusticia, imaginarse a estos “indecisos” como un grupo de votantes desorientados, ignorantes, influenciables, volubles a la propaganda, gente sin convicciones, chaqueteros, pusilánimes.
Siempre hay excepciones, evidentemente, pero por lo general los “indecisos” son verdaderos demócratas, que creen en la alternancia como un mecanismo valioso para controlar la corrupción y el apoltronamiento político, que conceden a su voto una importancia incluso exagerada, que creen en el consenso y desconfían de las mayorías absolutas, al considerarlas como una aberración del sistema. Son pragmáticos, reformistas, críticos, independientes y algo desencantados. Sienten que ningún partido les representa plenamente, y por eso su voto oscila entre opciones no contradictorias. Los “indecisos” son el centro político.
En justicia, más que “indecisos”, tal vez debería llamárseles “reflexivos”. Pendulan desde la izquierda hacia la derecha, siempre que sean moderadas. Ellos sí cuentan con los avatares de la actualidad política, con las previsiones de pactos posteriores y, por supuesto, con los resultados de las encuestas. Su voto siempre es “útil”, al considerarlo como una herramienta para controlar los excesos electorales. Permanecen atentos a los últimos sondeos: si se prevé la victoria amplia de un partido que les despierta simpatía, sus votos caerán sin embargo sobre una opción menor; si habían pensado votar a un partido no muy representado pueden optar por apoyar al partido mayoritario para asegurar su triunfo, en caso de necesidad. Aunque pueda parecer paradójico, no les gustan las sorpresas en política, ni la crispación, ni el retemblar de los tambores. Huyen de los extremos porque, aunque suelen pensar que las cosas no van bien, temen que puedan ir peor. Quieren que gane una suerte de continuismo reformista. No son, pues, votantes compulsivos, sino auténticos y convencidos demócratas.
En las manos de estos “indecisos” están los resultados electorales del domingo y, por tanto, nuestro futuro. Que la prudencia les guíe.
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Gabriel de Pablo
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