El cristiano en democracia: ciudadano comprometido, pero indeciso
25.05.07 @ 20:52:53. Archivado en Crónica provinciana, Cuestión de fe, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios
(Artículo publicado en La Verdad el 25 de mayo de 2007)
Este domingo 27 de mayo tendrán lugar las elecciones al Parlamento Foral de Navarra y a los distintos Ayuntamientos de nuestra comunidad. Es el momento, pues, de reflexionar sobre la importancia del acto de votar y de decidir, en soledad y en conciencia, sobre cuál es la mejor opción de entre las concurrentes que se nos ofrece a los ciudadanos.
En primer lugar, es necesario preguntarse por la importancia del acto de votar. ¿Es una obligación o es algo meramente optativo, circunstancial, relativo? A este respecto, cabe subrayar la importancia que el magisterio de la Iglesia española ha venido dando en los últimos años a la acción de los católicos en la vida pública. Esta cuestión, muy de actualidad, no se refiere sólo a la capacidad de votar o de ser elegido como representante político, sino también al hecho de que los cristianos pueden y deben implicarse seriamente en la vida social y política de su comunidad, sin dejar en ningún momento a un lado sus creencias y su forma de concebir el mundo. Participar activamente en asociaciones, colectivos, partidos políticos, sindicatos, etc., es para los cristianos no sólo algo natural, sino incluso una exigencia lógica de su conciencia social, que pretende aportar, desde esa mirada especial y trascendente de Cristo, una nueva luz a las gentes: el cristiano quiere ser para el mundo sembrador de esperanza, luminaria de fe y testigo del Amor que Dios tiene a los hombres.
El cristianismo no es, pues, una religión de sacristía, sin dimensión social. Muy al contrario, ya que el cristiano siente la necesidad de comunicar al mundo la alegría de la Buena Nueva: Dios nos ama. Como dice el Papa en la encíclica Deus caristas est:
“Como ciudadanos del Estado, [los fieles laicos] están llamados a participar en primera persona en la vida pública. Por tanto, no pueden eximirse de la «multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común». La misión de los fieles es, por tanto, configurar rectamente la vida social, respetando su legítima autonomía y cooperando con los otros ciudadanos según las respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad. Aunque las manifestaciones de la caridad eclesial nunca pueden confundirse con la actividad del Estado, sigue siendo verdad que la caridad debe animar toda la existencia de los fieles laicos y, por tanto, su actividad política, vivida como «caridad social»” (29).
De todas las actividades con implicaciones públicas, la más sencilla, pero no la menos importante, es el voto. Para un ciudadano, el voto es la expresión de su voluntad libre, el acto democrático por excelencia. Se puede decir que es la primera (aunque no única) expresión de su ser ciudadano. Votar es decir que te importa tu gente, que te importa tu país, y en última instancia que te importa tu futuro y el de los tuyos. Hay países en los que votar es obligatorio, precisamente porque no se considera sólo como un derecho, sino también como un deber del ciudadano. Y un cristiano es (y debe ser) también un ciudadano leal, cumplidor y comprometido.
Así pues, para un cristiano, el voto es, además de un deber y un derecho, una gran oportunidad. El cristianismo exige un compromiso serio con uno mismo, con Dios y con los demás. ¿Cómo podría un cristiano renunciar a votar, sin un motivo grave, cuando es el voto el que le capacita precisamente para responder pública y notoriamente a su compromiso especial con la sociedad?
Sin embargo, esto no significa que un cristiano no pueda, en unas elecciones, optar por la abstención. Pero la abstención de un cristiano debería ser una abstención militante, es decir, consciente, meditada, voluntaria. No, desde luego, una abstención “pasota”, lánguida, apática, perezosa. No es propio del cristiano despreocuparse de lo que sucede o puede suceder en la sociedad. Lo propio del cristiano es el compromiso, no la indiferencia.
En efecto, Monseñor Fernando Sebastián ha subrayado en múltiples ocasiones la importancia que tiene el voto:
“En su sencillez exterior, el hecho de ir a votar es un acto importante. Quienes ocupan los puestos de gobierno tienen mucho poder y están en condiciones de influir mucho en nuestra vida. Esto, que es siempre verdad, lo es más todavía en las próximas elecciones. El resultado de estas elecciones va a influir en muchas cosas que tienen implicaciones morales muy importantes, como son por ejemplo la seguridad y defensa de la vida, el tratamiento del matrimonio y de la familia, la educación moral de la juventud, la tranquilidad y estabilidad de la convivencia” (Carta pastoral ‘Votar en conciencia’ de 27 de Abril del 2007).
También la Conferencia Episcopal Española, que mostró su compromiso con la democracia desde el comienzo, afirmó ya en un comunicado del 8 de febrero de 1979:
“En las presentes circunstancias, consideramos indiscutible el deber de votar. Sólo razones graves y bien fundamentadas podrían excusar de esta obligación”.
Posteriormente, a lo largo de los casi 30 años de democracia en España, se ha pronunciado en numerosas ocasiones sobre la necesidad y la obligación de los ciudadanos católicos de ejercer, con responsabilidad y prudencia, el derecho de voto.
En ocasiones, se afirma que la Iglesia no debe meterse en política. Y es cierto. Tal como dice el Papa Benedicto XVI en Deus caritas est:
“La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política.(28)”
Entonces, ¿cuál es el cometido de la Iglesia? Responde también el Papa en la misma encíclica:
“La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica. La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano”. (28)
La Iglesia como institución, pues, puede inspirar a la política, aportando argumentos desde la razón y el derecho natural, pero no puede ni debe hacer suya “la cuestión de cómo realizar la justicia aquí y ahora”. No es su función ni su naturaleza, porque
“es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios, esto es, entre Estado e Iglesia" (28).
Así pues, la labor de la Iglesia en el ámbito de la política es de carácter mediato, como dice el Papa:
“El establecimiento de estructuras justas no es un cometido inmediato de la Iglesia, sino que pertenece a la esfera de la política, es decir, de la razón auto-responsable. En esto, la tarea de la Iglesia es mediata, ya que le corresponde contribuir a la purificación de la razón y reavivar las fuerzas morales, sin lo cual no se instauran estructuras justas, ni éstas pueden ser operativas a largo plazo” (29).
Y aclara el Papa:
“El deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos”(29).
Dicho de otro modo, la Iglesia no debe meterse en política, pero los fieles laicos sí.
Así lo subraya también Monseñor Fernando Sebastián, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, siguiendo al Papa:
“La Iglesia no es una institución política. Los fines de la Iglesia no son de orden político. La Iglesia no es ni quiere ser un agente político. Por eso no es competencia de la Iglesia la realización de la sociedad justa. La tarea inmediata de actuar en el ámbito político para construir un orden justo no corresponde a la Iglesia como tal, sino a los fieles laicos, cuando actúan como ciudadanos, bajo su responsabilidad personal. La Iglesia no se desentiende del bien temporal de la social, sino que contribuye a él ayudando a descubrir lo que es justo y fortaleciendo las voluntades para conseguirlo” (Situación actual de la Iglesia; algunas orientaciones prácticas. 17 de marzo de 2007).
Por su parte, la Conferencia Episcopal Española, en la Instrucción Pastoral “Orientaciones morales ante la situación actual de España”, de 23 de noviembre de 2006, va en la misma línea al afirmar que
“la Iglesia en su conjunto, como comunidad, no tiene competencias ni atribuciones políticas. Su fin es esencialmente religioso y moral” (47).
Y añade:
“Otra cosa hay que decir de los cristianos laicos. Ellos, además de miembros de la Iglesia, son ciudadanos en plenitud de derechos y de obligaciones. Comparten con los demás las mismas responsabilidades sociales y políticas. Y, como los demás ciudadanos, tienen el derecho y la obligación de actuar en sus actividades sociales y públicas de acuerdo con su conciencia y con sus convicciones religiosas y morales. La fe no es un asunto meramente privado. No se puede pedir a los católicos que prescindan de la iluminación de su fe y de las motivaciones de la caridad fraterna a la hora de asumir sus responsabilidades sociales, profesionales, culturales y políticas. Ésa es precisamente la aportación específica que los católicos pueden ofrecer, en este campo, al bien común, servido y compartido por todos. Querer excluir la influencia del cristianismo en nuestra vida social sería, además de un procedimiento autoritario y nada democrático, una grave mutilación y una pérdida deplorable” (48).
Aunque tal vez a más de uno le gustaría, la Iglesia, no puede ni debe recomendar a los fieles que voten a un partido determinado. Se limita, conforme a su función, a recordar aquellos aspectos en los que el Evangelio, la moral natural y la Doctrina Social de la Iglesia son irrenunciables. Sirvan como ejemplo estas “orientaciones morales” elaboradas por Monseñor Fernando Sebastián, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela para las elecciones de 2004:
1. La protección efectiva de los derechos fundamentales de la persona, especialmente el derecho a la vida desde el primer momento de la concepción, y, por tanto, el derecho inviolable de los niños concebidos a nacer y vivir; el derecho de los ancianos y enfermos terminales a morir de muerte natural.
2. La condena efectiva de toda clase de violencia, la lucha efectiva contra el terrorismo por todos los medios legítimos, la defensa de la seguridad y de la libertad de los ciudadanos. La protección y defensa del derecho a opinar libremente y a mantener las propias ideas, de palabra y por escrito, sin discriminaciones, amenazas ni agresiones de ninguna clase.
3. La defensa de los derechos de la familia, fundada en la unión matrimonial indisoluble del varón con la mujer; con las ayudas necesarias para poder obtener una vivienda en condiciones justas y recibir sin agobios los hijos que Dios quiera enviarles.
4. El derecho del hombre y de la mujer a un puesto de trabajo en igualdad de condiciones, el derecho a poder acomodar los deberes del trabajo con las exigencias de la educación de sus hijos; la valoración social y económica del trabajo de la mujer esposa y madre en el cuidado de su familia y la educación de sus hijos.
5. El derecho a una educación que facilite a los padres el libre ejercicio de la elección del modelo educativo integral que desean para sus hijos.
6. La promoción de una cultura que, junto con otros muchos elementos positivos, respete y favorezca también los valores morales y religiosos como base imprescindible para el bien moral de los ciudadanos, el bienestar social, la convivencia y la paz.
Otro ejemplo de “orientaciones morales” son estos siete puntos que ha elaborado Monseñor Jesús Sanz Montes, obispo de Huesca y de Jaca, para estas elecciones del 27 de mayo de 2007, a saber:
1. La transparencia en la verdad, en contra del uso de la mentira de quienes confunden a los ciudadanos secuestrándolos en su señuelo, y de quienes con el engaño destruyen política y mediáticamente a los adversarios para perpetuarse en el poder.
2. El respeto a la vida, desde su inicio a su fin natural, en contra de la difusión del aborto y de la eutanasia, así como el desprecio de la dignidad y libertad de las personas.
3. El apoyo decidido y claro a la familia como unión estable entre un hombre y una mujer abiertos a la vida, reconociendo su impagable función social, así como garantizando una vivienda digna y un trabajo acorde con la condición de la persona humana y remunerado conforme a una legislación justa.
4. Una política educativa que respete el derecho natural y constitucional de los padres para elegir el centro educativo, la educación integral de sus hijos basado en sus convicciones morales y religiosas, sin la intromisión adoctrinadora del Estado.
5. Una clara ausencia de corrupción, pues no son dignos de nuestro voto quienes se sabe que practican desvíos económicos o tráfico de influencia en favor del partido en el que militan o para el propio bolsillo.
6. Una política social sin demagogias irresponsables que ampare a los más desfavorecidos de la sociedad y que esté abierta a la acogida adecuada de quienes buscan entre nosotros mejores condiciones de vida.
7. La búsqueda sincera de la paz sin chantajes de ningún tipo, favoreciendo la reconciliación real entre todas las personas y los pueblos, y la condena de toda violencia.
Las distintas recomendaciones de los obispos españoles, hechas públicas en fechas recientes, siguen el mismo eje: no se puede votar a un partido que promueva la violencia, el terrorismo, la esclavitud, el odio, la guerra, el aborto, la eutanasia, la desigualdad, la corrupción, el racismo, la insolidaridad, la explotación, etc. Estas recomendaciones son bastante obvias y a nadie le pueden parecer extrañas. ¿Se puede criticar que la Iglesia pida el voto para aquellos partidos (sean cuales fueren) que respeten los derechos humanos esenciales como la vida, la libertad y la igualdad? Difícilmente.
Pero, ¿qué partidos son ésos? Ése es el quid de la cuestión. Monseñor Jesús Sanz Montes es categórico:
“Ningún partido político recoge exhaustivamente estos principios, pero algunos los contradicen portentosamente”.
El obispo de Huesca cree que
“en conciencia deberíamos votar a quienes menos se distancien por sus programas y sus hechos, de lo que expresa la doctrina social de la Iglesia”.
Elegir lo menos malo. Ésa es la clave. En una carta pastoral de 1 de febrero de 2004, Monseñor Fernando Sebastián, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, afirmaba que
“para que el voto sea moralmente justo y positivo, se requiere además que los programas y proyectos de cada partido hayan sido evaluados moralmente, teniendo en cuenta los preceptos de la ley moral y, para los católicos, las enseñanzas morales de la Iglesia”.
Y continuaba el Arzobispo, diciendo:
“Si, como es lo más frecuente, ningún programa respeta del todo las exigencias de la moral católica, habrá que valorar cuál de ellos favorece más el conjunto de la conducta cristiana y qué otros la ignoran o la contradicen en materias más importantes. Si no siempre se puede elegir lo mejor, siempre hay posibilidad y obligación de elegir lo menos malo”.
Piensa, pues, en conciencia, cuál es la opción mejor (o la menos mala)... Y que sea lo que Dios quiera.
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Gabriel de Pablo
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