La maldición de Zhang Yimou
30.04.07 @ 20:18:38. Archivado en El cine en que vivimos
Hay directores que nos tienen perdidamente malacostumbrados. Entre ellos, Wooddy Allen, Clint Eastwood y, por supuesto, Zhang Yimou. Cualquiera de sus menos afortunadas creaciones nos parecería una grata sorpresa en manos de cualquier otro director (especialmente si es español, permítanme la malicia). Pero un tipo que ha rodado con tanto acierto “Ni uno menos”, “El camino a casa” y, sobre todo, “Hero” no nos puede intentar colar una maldición cinematográfica como es “La maldición de la flor dorada”.
La película es un refrito de esos lugares comunes yimounianos, que pudimos contemplar en “Hero” y en “La casa de las dagas voladoras”. Sí tiene “La maldición de la flor dorada” algo de esa explosión visual de “Hero”, pero carece de su frescura argumental y el estudio de los personajes queda diluido en una historia demasiado alambicada, confusa, que sólo consigue despertar impaciencia en el espectador.
Las motivaciones de los personajes son oscuras, las tramas están entrecortadas y el guión tiene más agujeros que un queso de gruyere*. En ningún momento es capaz uno de decir hacia dónde va la historia o de dónde viene. Hay demasiados parches en la secuencia lógica del filme. ¿Qué le mueve a la emperatriz a actuar? ¿La venganza? ¿La supervivencia? ¿El amor imposible? ¿Por qué quiere matar el emperador a su antigua amada, por quien tenía veneración? ¿Porque "sabía demasiado"? ¿Alguien se ha enterado bien de por qué no cuajó la historia de amor entre la mujer del médico y el emperador? (¡!) Y sobre todo, ¿quiénes son los buenos y quiénes los malos?
Es además un relato oceánico, horizontal, balsámico, que sumerge al espectador en el más irritante tedio conforme va avanzando la película. Dicho de otra manera, a la historia también le falta ritmo.
Pero sobre todo es irritante porque a Zhang Yimou se le reconoce una gran capacidad para convertir el cine en puro arte en movimiento. El espectador es consciente durante el desarrollo de la proyección de que el director sabe rodar, y muy bien, pero observa con sorpresa cómo la historia va entrando en dique seco, lentamente, torpemente, arrastrada hasta allí por la desidia, o tal vez por el conformismo, de un cineasta que necesita volver a las entrañas de sí mismo.
Tal vez Yimou haya olvidado que Occidente no sólo aplaudió “Hero” por su danza armoniosa de color y de luz, sino porque halló escondida entre sus épicos fotogramas una historia donde el ser humano, con sus virtudes y vicios, era sometido al juicio de la verdad.
Yimou se enfrenta quizá a la tentación de hacer su cine pensando en Occidente, como le pasó a Ang Lee (“Tigre y dragón”). Algo de eso se vio ya en “La casa de las dagas voladoras”. Pero no le merece la pena venderse a Occidente, o correrá el riesgo de convertir al emperador Ping en Spiderman. Zhang Yimou debe, pues, volver a la ternura exquisita y elegante de “Ni uno menos” y “El camino a casa” o a la épica seria y meditada de “Hero”. Es decir, debe volver a pensar en chino.
Ojalá que “La maldición de la flor dorada” no haya caído para siempre sobre mi admirado Zhang Yimou. Esperaré a su próxima y excelente película para verificar que el director chino, como tú y como yo, también puede tener un año mediocre.
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* NOTA PARA QUISQUILLOSOS: El queso Gruyère no tiene agujeros, en contra del tópico que en este artículo se utiliza a sabiendas.
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Gabriel de Pablo
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