
(Artículo publicado en Diario de Navarra el 2 de julio de 2008)
Hay veces que uno tiene la sensación de habitar una galaxia paralela, viendo la agigantada distancia entre lo que lo que pasó y lo que se ha publicado. Me refiero al concierto que Bob Dylan dio en Pamplona el pasado martes en el pabellón Anaitasuna. Me resulta fastidioso que se haya creado la sensación de que vimos a una vieja gloria, pero escuchamos una patata. Muy al contrario, el concierto fue impresionante. Los que hemos tenido ocasión de oír a Dylan en conciertos anteriores sabemos que el Dylan de Pamplona fue un Dylan excepcional.
Se ha escrito que Dylan estuvo frío, que no se dirigió ni una sola vez al público, que ni siquiera miraba a la gente, que le ofrecía su perfil casi de modo despectivo. Supongo que esto sería noticia si las costumbres de Dylan fueran otras, pero desde hace años Dylan utiliza siempre la misma escenografía, la misma vestimenta, se pone en el mismo sitio en el escenario, en la misma posición, no dirige una sola palabra al público y mira al infinito, hacia alguna parte situada a la izquierda de la sala de conciertos. Es rarísima la ocasión en que ofrece algún bis más de los previstos. Por lo tanto, intentar colegir de la actitud de Dylan en Pamplona una especial frialdad (algunos parecen hablar casi de animadversión) es sólo una muestra de ignorancia.
Bob Dylan no es Bruce Springsteen ni Mick Jagger ni David Bisbal. A un concierto de Bob no se va a bailar ni a corear canciones, incluso si me apuran, tampoco se va a fumar porros ni a pasearse por ahí blandiendo un cachi de cerveza. A un concierto de Dylan se va a escuchar música. Dicho de otra manera, para oír a Dylan es más apropiado el Baluarte que un estadio de fútbol. Quizá alguien debería haber informado a los asistentes incautos que Dylan no sigue viviendo del “Blowing’ in the wind”, que Dylan es un auténtico músico que arregla y versiona continuamente todas sus canciones hasta hacerlas casi irreconocibles y, por lo tanto, imposibles de corear. Incluso en la misma gira va cambiando la instrumentación del repertorio según le va pareciendo. Me consta que gran parte del público fue incapaz de reconocer un solo tema. No se lo reprocho. A veces, es difícil incluso para algunos de sus incondicionales. Quienes fueron al concierto con su maleta de prejuicios, a ver y no a escuchar, es obvio que salieron decepcionados.
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(Artículo publicado en Diario de Navarra el 12 de junio de 2008)
Leo con atención una nota de prensa de la plataforma Navarra Educa en Libertad, en la que se denuncia el “hostigamiento a los objetores de Educación para la Ciudadanía”. En ella, se informa de que un centro público de Navarra ha enviado una amonestación a un alumno objetor por sus reiteradas e injustificadas faltas de asistencia a clase. La amonestación advierte de que, caso de persistir esa conducta, se iniciará el consecuente expediente sancionador. Navarra Educa en Libertad ofrece su “más rotundo apoyo” al alumno y argumenta que las faltas sí están justificadas, ya que el estudiante ha presentado su objeción de conciencia en el Departamento de Educación del Gobierno de Navarra.
Paralelamente a este hecho concreto, se vienen efectuando ciertas presiones mediáticas al Gobierno de Navarra para que tome partido por los objetores y dé la espalda, en este asunto, a la legislación vigente y, por ende, al gobierno de España. El argumento es que UPN, para ser fiel a su electorado, debería actuar conforme a su propio programa y desmarcarse de una ley que se considera a todas luces injusta.
Antes de seguir adelante, es preciso dejar claro que estoy en contra de la asignatura Educación para la Ciudadanía, tal como viene planteada por la LOE. Obviamente, estoy a favor de una asignatura que enseñe a los chavales los principios básicos de nuestro ordenamiento constitucional, sus derechos y obligaciones como ciudadanos, el respeto a las reglas de juego, etc. Pero estoy en contra de que, so capa de la formación de ciudadanos libres e iguales, se estén metiendo con calzador conceptos y valores que son discutibles y muy discutidos en nuestra sociedad. En resumen: sí a una asignatura de consenso, de mínimos. No a una asignatura obligatoria que tome partido por una visión específica del hombre o del mundo. La formación de la conciencia no es ni puede ser competencia del Estado, que debe ser neutral para respetar el propio principio de laicidad del que tanto se habla cuando interesa, pero que se obvia cuando se vuelve en nuestra contra.
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(Artículo publicado en Diario de Navarra el 28 de abril de 2008. Aquí se ofrece la versión original del autor)
Dudo mucho que yo, como periodista, tenga otra función que la de contar lo que pasa. No soy el legislador, el técnico o el experto. Sólo sirvo para señalar patentes incoherencias y plasmar la realidad en mi libreta. No me corresponde a mí decir cómo han de redactarse las leyes, sino significar los hechos en su simple crudeza, y acaso marcar la senda por la que, a mi parecer, debería caminar nuestro viejo amigo el sentido común.
Hace unos días publiqué en este diario un artículo titulado “Horarios para no vender”, que suscitó una cierta contestación, demasiado previsible por otra parte. El hecho, a todas luces reaccionario y transgresor, que me atreví a señalar es que la mayoría de la gente real, esa que deambula por el mundo con mayor o menor grado de tristeza, no tiene tiempo para ir a comprarse unos calcetines o una rebeca, por mencionar algo necesariamente pamplonés, cuando las tiendas están abiertas. Y sí lo tiene, en cambio, cuando están cerradas. Esto es algo obvio. Yo me limité a consignar un hecho.
Ante esta realidad, sugieren algunos que adoptemos una postura conservadora, que lo aceptemos como aceptan su destino los viejos y lacerados protagonistas de la tragedia griega. Supongo que ésta es la opción de quienes esperan que las cosas acaben mejorando por simple aburrimiento. O tal vez la de aquellos a quienes no interesa que las cosas mejoren, por motivos también perfectamente respetables. Así es, se puede sencillamente negar la realidad o bien quejarse y no hacer nada. Sin embargo, ante una cuestión cierta como la rigidez de los horarios comerciales, que va en claro detrimento de una gran masa de población que se ve obligada a hacer el pino-puente para hacer la compra de la semana, también se puede pensar alguna solución que salvaguarde, a la vez, los derechos de los trabajadores. Ésta es la opción que me parece más adecuada.
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(Artículo publicado en Diario de Navarra el 12 de abril de 2008)
Hace mucho tiempo que vengo preguntándome (y me consta que no soy el único) por qué extraño e ilógico motivo los comercios tienen unos horarios tan poco eficientes, que parecen pensados para que el comerciante no pueda vender y para que el cliente no pueda comprar. Y es que, tal como están las cosas, la mayor parte de la gente no tiene tiempo para ir de tiendas cuando éstas están abiertas.
La razón de existencia de un comercio es el servicio al ciudadano. Su función es adaptarse a las exigencias de sus compradores potenciales y estar atento a lo que ellos demandan, pero también a sus condicionantes y a su estilo de vida. De ello depende la supervivencia de su negocio y la satisfacción de sus clientes. Pues bien, hoy el tiempo es el bien más preciado de los ciudadanos y, por tanto, también el de los consumidores. Viviendo como vivimos en una sociedad donde el día se compartimenta y los minutos se miden por su escasez, no hay cosa más absurda que los comercios estén cerrados cuando nos sobra el tiempo y abiertos cuando nos falta. Por esta razón, con demasiada frecuencia, realizar una compra sencilla se convierte para la mayoría de la gente en toda una epopeya.
La marea humana que, acelerada y ansiosa por comprar, deambula por los centros comerciales o por las calles más vivas de la ciudad durante el fin de semana no se parece en nada a la gris soledad de un martes cualquiera por la mañana. Bajar la persiana a las siete y media de la tarde o cerrar en domingos y festivos es tan absurdo para un comercio como lo sería para un cine o un restaurante. Supongo que a nadie le parece mal que un negocio que se dirige hacia el ocio o el servicio de los ciudadanos abra precisamente cuando éstos tienen tiempo. No sé por qué razón estamos “obligados” a permanecer en un modelo de consumo que se ha demostrado anticuado, insuficiente y frustrante hasta el infinito.
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(Artículo publicado por el autor en la revista cultural Nuestro Tiempo, en el número de noviembre de 2007)
Corría el año 1963 cuando Bob Dylan publicó su segundo álbum, “The Freewheelin' Bob Dylan”, que contenía la famosa “Blowin' in the Wind”, canción que le lanzó al estrellato y le postuló rápidamente como el gran profeta del movimiento pacifista. Sus preguntas retóricas encadenadas se convirtieron en el himno de la revolución juvenil de los sesenta: “¿Cuánto tiempo tienen que volar las balas de cañón antes de que sean prohibidas para siempre? ¿Cuántas muertes se aceptarán, hasta que se sepa que ya ha muerto demasiada gente? La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento”, decía la voz desgarrada de Dylan. Su tercer disco, “The Times They Are A-Changin'” (1964), que seguía abundando en la canción protesta, le consolidó como un músico de prestigio y fama internacional. Bob Dylan se acababa de convertir en un icono.
Pero ser un profeta o un símbolo no estaba en los planes de Dylan. Asqueado, se revolvió contra aquellos que pretendían utilizarlo como una marioneta de la política. Así lo manifestó en “My Back Pages” una canción de su siguiente disco, “Another Side of Bob Dylan” (1964): “Mis guardias permanecieron fuertes cuando las amenazas abstractas, demasiado nobles para descuidarlas, me engañaron para que pensara que tenía algo que proteger, el bien y el mal, yo definí estos términos”. A partir de ese momento, Dylan pensó en escapar del destino prefijado por quienes decían admirarle.
Ya entonces Dylan se mostraba receloso ante la prensa, consciente de su desmedida capacidad para inventar, estigmatizar, simplificar y, en definitiva, limitar su libertad creativa. Ejemplo de la actitud hostil de Dylan ante los medios de comunicación es la entrevista concedida a Laurie Henshaw para el semanario Disc Weekly, durante la gira inglesa de la primavera de 1965, reflejada en el documental “Dont Look Back”: “Usted me está usando. Soy un objeto para usted. Ya he pasado por esto antes en los Estados Unidos, ¿sabe? No es nada personal. ¿Por qué voy a tener que seguir la corriente a cualquier cosa sólo para que otra persona pueda comer? ¿Por qué no se limita a decir que mi nombre es Kissenovitch y que soy de Acapulco, México? Puede decir lo que quiera”. Y más adelante, añade Dylan: “No quiero que me entreviste su periódico. No lo necesito. Ustedes tampoco lo necesitan. Pueden ustedes montarse su propia estrella. ¿Por qué no se hacen con un montón de dinero y se traen aquí a algún chico del norte de Inglaterra y le dicen: '¡Vamos a convertirte en estrella!? Tú sólo haz todo, todo lo que se te diga. Cada vez que quieras una entrevista, sólo tendrás que firmar un papel que significa que podemos hacer una entrevista y escribir lo que queramos escribir. ¡Y tú serás una estrella y ganarás mucho dinero!' ¿Por qué no hacen eso? Yo no lo voy a hacer por ustedes”.
Por eso, dos meses después de la publicación del álbum “Blonde on blonde” (1966), aprovechando un sospechoso y oportuno accidente de moto, el músico se retiró a su casa de Woodstock para huir de sus acosadores, quitarse de encima el peso de ser considerado el mesías de los 60 y fundar una familia. Años después, el propio Dylan declaró: “Cuando vivía en Woodstock, me di cuenta con claridad de que toda la contracultura no era más que un espantapájaros cubierto de hojas secas”.
En realidad, de muy poco le ha servido a Bob Dylan renegar en repetidas ocasiones de su condición de profeta. La mayor parte del público y de la crítica le ha seguido considerando hasta hoy como el icono de los sesenta, de la contracultura, el pacifismo, la revolución de 1968, el movimiento hippy, e incluso del comunismo. Para mucha gente, Dylan no es ya nada más que una vieja gloria del rock and roll. Pero esta visión, simplista, desinformada y cargada de prejuicios no hace justicia a la obra de Dylan. Bob Dylan es probablemente el mejor y más influyente trovador de las últimas décadas.
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Estos hubieran sido los resultados de las elecciones si hubiera una única circunscripción (lo he hecho con este simulador):

PSOE (45.1%): 161
PP (41.5%): 147
IU (3.9%): 14
CIU (3.2%): 11
UPyD (1.2%): 4
EAJ-PNV (1.2%): 4
ESQUERRA (1.2%): 4
BNG (0.9%): 3
CC-PNC (0.7%): 2
CA (0.3%): Ninguno
NA-BAI (0.3%): Ninguno
EA (0.2%): Ninguno
Ciudadanos (0.2%): Ninguno
PACMA (0.2%): Ninguno
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Las novedades hubieran sido:
- El Psoe y el PP tendrían menos escaños (8 menos PSOE, 6 menos PP)
- IU tendría 14 escaños en vez de 2.
- PNV tendría 4 escaños en vez de 6.
- Esquerra tendría 4 escaños en vez de 3.
- BNG tendría 3 escaños en vez de 2.
- UPyD tendría 4 escaños en vez de 1.
- NaBai no obtendría ningún escaño.
El sistema de la circunscripción única para toda España, como se ve, tiene una ventaja y un inconveniente:
Inconveniente: Los partidos mayoritarios tienen menos escaños en general, lo que puede dificultar en ocasiones la gobernabilidad.
Ventaja: La representación es más proporcional al número de votantes y se pierden muchos menos votos "en el sistema". Esta pérdida de votos perjudica a partidos nacionales minoritarios como IU y UPyD.
No es cierto que la circunscripción única perjudique notablemente a los nacionalistas. Ciu y CC sacarían los mismos escaños, BNG y ERC subirían 1. Perderían 2 PNV y 1 NaBai.
Creo que este sistema de circunscripción única para toda España es mucho más justo y propicia la creación de nuevos partidos. El sistema actual es muy conservador, bipartidista, poco representativo de la realidad y dificulta en exceso el acceso a la política de nuevos partidos, lo cual es malo para nuestra salud democrática.
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(Artículo publicado en Diario de Navarra el domingo, 9 de marzo de 2008. Aquí se ofrece la versión original del autor, escrita el jueves 6 de marzo. En la versión que se publicó finalmente, se modificó levemente el primer párrafo para incluir alguna referencia al atentado de ETA)
Alea jacta est. Tras los debates televisados entre los principales candidatos y las últimas bocanadas de la campaña electoral, poco más se puede añadir para aportar un poco de luz a los resignados ciudadanos. Nos disponemos a vivir una jornada electoral más, sin sobresaltos desagradables como el que nos sobrevino la vez anterior y zarandeó un día que tiene vocación irrenunciable de normalidad y calma. Para votar con libertad es preciso votar con seguridad y prudencia, sin temor y sin ira. No es otro el espíritu del día de reflexión, que quizá debería llamarse día de descanso, para que el ciudadano recobre la merecida paz interior después de la vibración perenne de la propaganda y del ruido.
Así pues, ya todo está dicho. En la era de la información como consumo y como entretenimiento, sólo nos resta disfrutar del espectáculo del recuento y las posteriores valoraciones. A más de uno le endulzará la tarde ver a algunos de nuestros representantes con las facciones descompuestas intentando convencer a la audiencia de que, en realidad, han ganado quienes han perdido o han perdido quienes han ganado. Será el momento de las pasiones, de la decepción, de la tristeza, pero también de la exultación, de la incontinente altivez de la victoria. Ya no estará en juego nada más que saber ganar y saber perder. La noche electoral es el único momento en que los políticos son como nosotros: seres humanos libres que padecen.
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(Artículo publicado en Diario de Navarra el domingo, 6 de enero de 2008. Aquí se ofrece la versión original del autor, escrita a primeros de diciembre, no la que se publicó finalmente)
De un tiempo a esta parte, la monarquía española ha vuelto a entrar en la agenda mediática de modo abrupto e inesperado. La peculiar intervención de don Juan Carlos en la cumbre hispanoamericana, la separación matrimonial de los Duques de Lugo, la publicación de una viñeta subidita de tono y el anacrónico y constante ronroneo de ciertos partidos socios del Gobierno de España, que difunden apologéticamente un republicanismo paradisíaco, ha situado a la Casa Real en el disparadero prioritario de los medios de comunicación y en las conversaciones de peluquería.
La sensación que se está transmitiendo, de modo imperceptible pero inexorable, es que tenemos un problema con la monarquía. Algo de todo esto ya vimos con motivo del casamiento del príncipe Felipe con una “plebeya” o con el nacimiento de las infantas Leonor y Sofía. En todos los casos, tertulianos agoreros inquietaron al personal, suscitando debates y proponiendo reformas estructurales de fondo. La polémica, en realidad, siempre ha sido ficticia. El único fin es conseguir audiencia o vender un buen número de revistas sonrosadas.
En el mercado de los medios de comunicación, hay muchas empresas interesadas en que nuestra monarquía se convierta en émula de la inglesa, con sus escándalos, divorcios, separaciones, exclusivas que van y que vienen, que desvirtúan la auténtica función de la monarquía constitucional y enriquecen curiosamente al mensajero. Estas empresas piden sacar a la Casa Real a la plaza pública, anulando el prudente silencio que sobre este asunto guarda tradicionalmente la prensa. Apelan a grandes conceptos como el derecho a la información, pero sus intereses son espurios: huelen el negocio que se esconde bajo pantalones o faldas con sangre azul, y quieren llenarse la cartera a costa de nuestras instituciones. El silencio mediático en torno a la Casa Real no es un privilegio. Más bien significa un profundo respeto por la democracia que nos hemos dado.
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(Artículo publicado en Diario de Navarra el 16 de noviembre de 2007)
Hace unos pocos días se aprobó en el Parlamento español la “Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura”, más conocida como Ley de Memoria Histórica. Este acontecimiento ha coincidido en el tiempo con la beatificación, por parte de la Iglesia Católica, de 498 mártires del siglo XX en España. Ambas cuestiones han suscitado un intenso debate tribal entre los distintos españoles, siempre tan moderados, conciliadores y comprensivos, si se me permite la ironía.
Entre tanto redoble de tambores dialécticos, algunos analistas lúcidos han sacado una sola cosa en claro: esta herida nuestra de la guerra civil aún no está cerrada, como bien prueba la agitada reacción política, social y mediática que se ha suscitado a raíz de los hechos mencionados. Es obvio, pues, que esa ley no logra poner un punto final a la dictadura, y menos aún a la guerra civil, como al parecer pretendía.
Por motivos que no vienen al caso – cada cual que se atragante con su trozo de culpa -, está claro que en todo este asunto no ha predominado el espíritu conciliador, ni una visión universal, comprensiva, de la historia de España, de su presente actual, y sobre todo de su futuro. Cerrar en falso esa cruenta etapa de la historia española es condenarnos a repetirla, como ya hemos hecho los españoles, de un modo algo más higiénico, en los últimos meses.
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Normalmente, cuando pensamos en el oficio de obispo, nos lo imaginamos como un honor, como un triunfo, como el escalón más alto de la carrera eclesiástica, fuente de todas esas satisfacciones humanas que van anejas al ejercicio de un cargo público de gran relevancia.
Nada más lejos de la realidad. Al contrario, desde mi punto de vista, ser obispo es un auténtico contratiempo, bien capaz de figurar entre aquellas profesiones molestas que ninguna persona desearía para sus hijos. Representar a una institución tan vieja y a la vez tan ancha como la Iglesia no me parece un honor, sino un problema. Te encuentras con aquél que te recrimina violentamente por un noséqué que hicieron los cruzados o un queséyo que perpetró el Papa Gregorio VII, que vaya usted a saber qué úlcera tenía en el estómago. También hay quien, ácida y despectivamente, te echa en cara que haya curas pecando en Brooklyn o que una vez el sacristán le echó del templo de malas maneras.
Al obispo no se le permiten errores, pecados ni faltas. No ha de tener defecto, ni ha de decir nunca una palabra más alta que la otra. Como obispo, debe ser la misma perfección, el vaso puro del que beben todos. Carga en sus espaldas con el peso de todos los pecados presentes y pasados de la Iglesia, desde los del más alto dignatario hasta los del más inocente monaguillo. Pesada cruz para una sola persona. Ser obispo es estar en la boca de todos. Que se miren con lupa tus charlas, homilías, conferencias, libros, gestos, decisiones. Que alguien le saque punta a un comentario jocoso en la sobremesa o a un súbito enfado en un pasillo, y lo publique en la prensa como una noticia de agosto.
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(Artículo publicado en Diario de Navarra el 10 de septiembre de 2007)
Hace unos días, el Centro de Investigaciones Sociológicas publicó un estudio sobre diversas cuestiones relativas a los ciudadanos y el Estado. Entre los datos más significativos de la encuesta destacan todos aquellos que se refieren al desinterés ciudadano por la política y a la escasa credibilidad de que gozan los partidos, los políticos y los altos funcionarios del Estado.
Como botón de muestra – no es cuestión de abrumarles aquí con una lluvia de cifras – baste subrayar que más de la mitad de la población dice que le interesa poco o nada la política, frente al 25% que dice que le interesa mucho o bastante. Además, los encuestados piensan mayoritariamente que “el ciudadano medio influye nada o poco en la vida política”, que, “por lo general, los altos funcionarios no procuran hacer lo que más le conviene al país” y que “un buen número de políticos están implicados en cuestiones de corrupción”.
El panorama es descorazonador. Según parece desprenderse de esas cifras, el español medio siente que la política no va con él, la percibe como algo completamente ajeno, periférico, como un universo paralelo, metafísico, inaccesible. Sus notas comunes son la desconfianza, el escepticismo y el hastío. Ha aprendido a contemplarla como algo inevitable, una amenaza acaso que se cierne sobre su cabeza. Su impresión se asemeja a la que causarían en él un tifón, un terremoto o una ola de viento sahariano.
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(Artículo publicado en Diario de Navarra el 11 de julio de 2007)
Sí, es verdad que todo navarro y pamplonés, cuando le da por presumir de “casta”, se convierte en un embajador enconado de su tierra y sus costumbres. Se cala entonces bien la boina hasta las orejas, y no deja ni una sola vez de acentuar mal todas las palabras llanas, remarca el “ico” y lo blande como si fuera una bandera, y hasta asume como propias la “tche” de Tierra Estella o las “errres” de Leitza, las migas y el irrintzi, el encierro o el Zampantzar, las jotas, el cogollo, el pilón, la devoción a San Miguel de Aralar o las jornadas de exaltación de la verdura. Y lo hace además, con forzada naturalidad, alegre y ruidosamente, y no duda en dar vivo testimonio de que lo sabe, lo vive, lo lleva dentro y es suyo. Para demostrarlo, romperá tal vez a cantar una jota por primera vez en toda su vida, o se animará a rasgar el aire con un alarido montañés, que escandalizaría a los puristas, quién sabe.
El navarro, acaso siguiendo el ejemplo del más universal san Francisco Javier, es por naturaleza proselitista. Se lanza a hablar de setas, aunque no sepa de ello más que un nuevo rico de vinos. Rajará con la boca espumosa, ebria de una mezcla de orgullo y desdén, de los “guiris” que malcorren el encierro, aunque él mismo no lo haya corrido nunca. Y no se hartará de explicar a los extraños por qué los toros se caen en Mercaderes y qué es el Riau Riau, por qué se ha perdido y por qué debería recuperarse. El navarro pamplonés es un programa ambulante de las fiestas de San Fermín y un apóstol de “lo nuestro”. No es de Navarra, ni se siente navarro. Simplemente, él es Navarra. Es decir, no le basta con ser navarro, sino que tiene que parecerlo. Sobre todo si está en Benidorm.
Bien está. ¿Qué tiene de malo ejercer de navarro? ¿Qué tiene de malo levantarse a las ocho de la mañana para ver el encierro por televisión cuando uno está en Torrevieja? ¿Qué tiene de malo, en fin, frecuentar los chiringuitos de Alicante con el pañuelico rojo anudado al cuello? No tiene nada de malo, ciertamente.
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