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El imperio del pesimismo

Permalink 19.10.09 @ 14:59:05. Archivado en Pensamientos, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

Artículo publicado en el número 123 (junio de 2009) de Nueva Revista de política cultura y arte.

Hay muchas cosas de nuestra época que, aun siendo habituales, son difíciles de comprender. Una de ellas es el significado del siguiente argumento: “Las mujeres desde siempre han abortado. Con ley o sin ley, seguirán abortando. Como en todo caso lo van a seguir haciendo, legalicemos el aborto para que al menos lo hagan con garantías sanitarias”. En otras cuestiones, como por ejemplo la prostitución, se argumenta de manera semejante, a saber: “Es imposible acabar con la prostitución, así pues hagámosla legal para que las mujeres la ejerzan al menos con garantías laborales”. Según esta peculiar manera de argumentar, parece que hay que legalizar cualquier cosa por el mero hecho de que existe, de que es una “realidad”, en cierta medida inevitable.

Pero que algo exista, que sea una “realidad”, no significa que deba ser legal. ¿Acaso no han existido desde siempre los delitos? ¿No ha habido también desde siempre latrocinio, asesinato, pederastia, estupro, explotación laboral o injusticias sociales? Los ha habido y los seguirá habiendo mientras haya humanidad sobre la faz de la tierra. ¿Significa eso que debemos legalizar esos y otros delitos parecidos? No lo creo. Si persistimos en nuestra actual tendencia y continuamos legislando “realidades”, corremos el riesgo de dejar lisiado el mismo concepto de delito, y aun de eliminarlo. Pero obviamente no tiene sentido una ley que no distingue lo bueno de lo malo, que lo permite todo porque no prohíbe nada. ¿Alguien se puede imaginar una indefensión jurídica más grande que ésta? Suena a salmo bíblico: nadie, ni siquiera la ley, será capaz de distinguir entre el delincuente y el justo, entre el honrado y el tramposo. Ciertamente, es difícil sostener todo esto.

Está claro que la solución a un problema político o social nunca puede ser la legalización. Si Eta es un problema, ¿lo solucionaríamos acaso legalizando el terrorismo? ¿Legalizaríamos los malos tratos porque “desde siempre” los hombres han pegado a las mujeres? Sin embargo, eso es exactamente lo que hacemos (o queremos hacer) con otras cuestiones como el aborto, la eutanasia, la prostitución, las descargas ilegales, las drogas, etc. Se pretende acabar con el corazón del problema sencillamente negando su existencia como problema, verbigracia: la prostitución no es un delito, sino una profesión como otra cualquiera; el aborto no es un delito, sino un derecho de la mujer; la pederastia no es un delito, sino una opción sexual saludable; el robo no es un delito, sino un ejercicio de libertad económica. Desde un punto de vista estrictamente retórico, cualquier problema deja de serlo si ya no lo consideramos como tal. Aunque, ciertamente, un problema no desaparece porque ya no lo llamemos por su verdadero nombre, del mismo modo que el avestruz no se salva del peligro por más que esconda la cabeza en un agujero.

En este punto, alguien podría objetar, llevándose las manos a la cabeza, que “no es lo mismo” el aborto que la pederastia, que “no es lo mismo” el robo que la prostitución. En efecto, estamos todos de acuerdo en que hoy nuestra sociedad muestra cierta tolerancia por algunas cuestiones (aborto, consumo de drogas, eutanasia, prostitución, etc.), pero no por otras (malos tratos, robo, terrorismo, etc.). Sin embargo, todo esto es contingente, porque lo que ahora toleramos podemos dejar de tolerarlo y lo que hoy nos parece horrible, nos puede parecer maravilloso en el futuro. Es una mera cuestión de opinión pública. Si, por medio de una acción propagandística prolongada en el tiempo, alguien consigue hacernos plásticos a la idea de que el incesto o la poligamia son una opción, ¿por qué no legalizaríamos también esas “realidades”?

En el fondo de esta desconcertante legislación de “realidades” está naturalmente el relativismo, ese joven, nuevo y desenfadado amigo nuestro. La consideración posmoderna de que no hay una verdad, sino tantas como personas, el pensamiento que subraya que la ética es una cosa de curas, ha restado autoridad moral a la ley. Si no hay una verdad, si no hay una ética común, ¿con qué legitimidad puede la ley (emanada de la sociedad) juzgar al que ha decidido “libremente” prostituirse, drogarse, suicidarse, robar o acabar con la vida de su propio hijo?

El filósofo Fernando Savater ha manifestado muchas veces su preocupación porque en la legislación se confundan delitos y pecados. Su preocupación procede de un principio ilustrado que comparto: en democracia, atendiendo al principio de la libertad religiosa e ideológica del ciudadano, no es bueno que la ley se entremeta en la conciencia individual de cada uno. Resumiendo, la legislación debe reflejar que es el ciudadano particular el que tiene conciencia, y no el Estado. Pero eso no significa que la ley y la moral no estén relacionadas. El error surge de creer, a impulsos de una laicidad desenfocada, que la ley no debe ser moral en absoluto.

Algún ingenuo puede pensar que la función de la ley es regular la realidad o, por mejor decir, “las realidades” que forman parte de una sociedad, sin tomar partido por ninguna. Pero esto es imposible, porque en todo caso la ley no puede ser aséptica. Si algo es legal, automáticamente se convierte en moral, es decir, en aceptable desde el punto de vista de la conducta social. Algunos juristas llaman a esto la pedagogía de la ley. En efecto, si rebajamos la edad de las relaciones sexuales consentidas hasta los 5 años, por ejemplo, ¿no estaría la ley tomando partido por la pederastia? O si, compadecidos por quienes no tienen dinero para comer, permitiéramos hurtar impunemente alimentos de un supermercado, ¿no estaría la ley diciendo a los ciudadanos: “robad, estúpidos”? Dice un conocido principio jurídico que “la costumbre hace la ley”. Pero con la actual legislación de “realidades”, toma cuerpo la consideración de la política como un acto de adoctrinamiento: ahora es la ley la que hace la costumbre.

La relación entre moral y ley es compleja, y ha dado lugar recientemente a una intensa discusión pública entre los partidarios de la laicidad y los del laicismo. A mi modo de ver, sí existe una relación necesaria entre lo ético y lo legal, que se resume así: todo lo legal debe ser moral, aunque no todo lo moral debe ser ley. Quiere esto decir que una ley no puede ser inmoral de suyo porque será una ley injusta. Pero al mismo no se puede caer en la tentación de elevar toda la moral a la categoría de ley, porque sería una intromisión directa e inaceptable del Estado en la conciencia de cada ciudadano.

En cierto modo, la actual legalización de “realidades” procede de una interpretación extremada del principio del “mal menor”, doctrina enunciada primitivamente por San Agustín en De ordine. Ante la existencia de un mal social persistente e irresoluble (como la prostitución), se debe o se puede aplicar una cierta tolerancia, ya que acabar totalmente con ese mal es imposible. Por otra parte, la doctrina del mal menor se debe aplicar sólo en los casos en los que el “culpable” es al mismo tiempo una víctima, como sucede con la prostitución y el aborto. Pero una cosa es que las autoridades se “hagan las tontas” ante un delito de raíz compleja, y otra muy distinta es que lo legalicen y lo incorporen al tejido social, normalizándolo. Realmente, hacer legal la excepción es convertirla en regla.

En rigor, la doctrina del mal menor es una doctrina pesimista. San Agustín, en el siglo V, no tenía lógicamente una concepción moderna de la acción social y política, por eso podía permitirse el lujo de considerar que la prostitución era un mal que incluso cumplía una cierta función social. Sin embargo, nosotros, desde la ilustración, hemos tomado conciencia de que la sociedad es algo que podemos moldear, al menos en cierta medida. Sabemos que somos y seremos lo que queramos ser. La forma de ser específica de una sociedad no es algo que venga impuesto por la naturaleza, sino que es fruto de una interacción entre las personas que la componen, es decir, siguiendo a Rousseau, es un contrato social. En otra época, ante un problema, se hubieran encogido de hombros y lo hubieran atribuido a un castigo divino o algo parecido. En la modernidad, sin embargo, aplicamos nuestra inteligencia para intentar modificar el estado de las cosas que no nos gustan. Así pues, el pesimismo no es precisamente un valor ilustrado ni moderno, por más que hoy, quienes se dicen a sí mismos herederos de la ilustración, habiten en un mundo interior sin esperanza. Lo propio del pensamiento moderno es tener fe, a veces incluso demasiada, en la fuerza de la acción social de los hombres.

Dijo Felipe González a propósito de José Luis Rodríguez Zapatero que nuestro presidente es un “optimista profesional”. El mismo PSOE en su propaganda atribuye constantemente a Zapatero el valor del optimismo. Nada más lejos de la realidad. La visión social de la actual “izquierda” es tan profundamente pesimista, que sorprende que alguien pueda confundirla con el optimismo. En todo caso, yo la calificaría de “pesimismo sonriente”. Según el PSOE, la solución a los problemas está en negar su existencia, porque de hecho son imposibles de resolver. Es aliarse con el mal en vez de intentar derrotarlo. Es una solución simple para ganar la batalla a la existencia de un problema: lo mejor es dejar de llamarlo problema y llamarlo opción; lo mejor es dejar de llamarlo delito y empezar a llamarlo derecho. Es brillante.

Hace ya mucho tiempo que la actual “izquierda” abandera la blandura posmoderna en su acción política, y es la primera en legalizar aquellas “realidades” que ya están maduras para su aprobación en las Cortes. Baila así al son que mejor suena, mecido por la brisa de la opinión pública, con la seguridad de que siempre va a acertar, como “acierta” siempre el César cuando reparte pan al populacho. Y lo peor de todo es que la derecha también ha iniciado esa misma carrera, algunas veces disimulando y otras liderando este alucinante pesimismo. ¿No hay ahora ningún político que se atreva a defender los sólidos principios ilustrados de la modernidad, frente a los volátiles contravalores de la posmodernidad? ¿Tanto vale un cargo?

Personalmente, comparto la posición de Séneca sobre estas famosas “realidades”. Escribe el filósofo hispano romano en De Ira: “Contra los males continuos y prolijos se ha de trabajar tenazmente, no para que deje de haberlos, sino para que no venzan”. El pobre Séneca no sabía que en el siglo XXI íbamos a transformar su aforismo en este otro: “Contra los males continuos y prolijos no se ha de perder el tiempo; para que deje de haberlos basta con dejar que venzan”. El problema de la posmodernidad no es que no seamos capaces de resistir al lodazal del mal, sino que directamente nos arrojamos en él.

Cabeza de Vaca en La estrella polar, de COPE

Permalink 16.10.09 @ 10:44:03. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "Naufragios" de Álvar Nuñéz Cabeza de Vaca en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 26. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa (http://www.cope.es/la-estrella-polar).

La Eneida en La estrella polar, de COPE

Permalink 09.10.09 @ 10:38:43. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "La Eneida" de Virgilio en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 25. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa (http://www.cope.es/la-estrella-polar).

La Odisea en La estrella polar, de COPE

Permalink 02.10.09 @ 11:31:59. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "La Odisea" de Homero en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 25. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa (http://www.cope.es/la-estrella-polar).

La patinada del programa es ésta: en un momento dado, Esparza habla del Cancerbero (o Can Cerbero) y yo digo que ese bicho no sale en la Odisea. Él dice que sí, que estaba guardando la puerta del infierno. En el trepidante directo, me hace dudar y, dado que Ulises va a la puerta del infierno, pienso que quizá venga mencionado, por más que a mí no me suene. Y entonces, concedo que "ahí" me ha pillado.

La realidad es que el Can Cerbero no sale en la Odisea, ni siquiera mencionado, sino en la Eneida. La Sibila le da al chucho carne con adormidera para que Eneas pueda entrar al infierno. Donde el Cancerbero tiene mucha más importancia es en realidad en el mito de Hércules, de hecho capturar a ese perro de tres cabezas es el último de los famosos doce trabajos de Hércules. En fin, cosas del directo.

La Iliada en La estrella polar, de COPE

Permalink 24.09.09 @ 11:27:37. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "La Iliada" de Homero en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 14. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa (http://www.cope.es/la-estrella-polar).

A sangre fría en La estrella polar, de COPE

Permalink 18.09.09 @ 11:18:04. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "A sangre fría" de Truman Capote en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 1. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa (http://www.cope.es/la-estrella-polar).

La patinada del programa es que digo que es Jane Fonda quien protagoniza "Desayuno con diamantes" y naturalmente es Audrey Hepburn. En fin cosas del directo.

Julio Verne en La estrella polar, de COPE

Permalink 11.09.09 @ 11:09:33. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi comentario de "De la tierra a la luna" y "Viaje alrededor de la luna" de Julio Verne en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 18. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa.

Esparza me llama varias veces antes de que yo conteste. No es porque estuviera en las nubes, sino porque se les pasó enchufarme el audio del estudio y no le oía.

Mi presentación en La estrella polar, de COPE

Permalink 04.09.09 @ 10:55:05. Archivado en La estrella polar

Escucha aquí mi presentación como colaborador en el programa "La estrella polar" de la Cadena COPE, dirigido y presentado por José Javier Esparza. Mi espacio, de unos doce minutos de duración, se emite en la madrugada del jueves al viernes, en torno a las 2:00 a.m.

Mi intervención empieza hacia el minuto 15. Mi impresión, al escucharme, es que tengo todos los defectos posibles para la radio: coletillas, navarrismos y una voz desagradablemente eléctrica. Si por algún motivo que se me escapa quieres descargártelo, puedes hacerlo en la web del programa.

Prometeo encadenado, de Esquilo

Permalink 28.06.09 @ 14:51:58. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Hay al menos dos tipos de malos lectores. El primer tipo es el de aquellos que consideran que una obra es mala porque “no pasa nada”, es decir, porque no hay acción. El segundo tipo de malos lectores es el de aquellos que piensan que una obra es mala porque, aunque pasen cosas, la obra es “demasiado profunda”, es decir, que las cosas que pasan no son de índole primaria, a saber, no son algo como matar, enamorar, perseguir, besar, luchar, comer, dormir, etc. Digo que ambos son malos lectores, no porque quiera establecer aquí un juicio sumario sobre el bien y el mal aplicado al proceloso y subjetivo mundo de la lectura, sino porque un lector que se aburra porque no pasa nada o porque pasa demasiado se está perdiendo un buen número de obras magníficas de las que no va a poder disfrutar nunca.

¡Ojo! No estoy diciendo que no haya muchas obras pretenciosas, plomizas y conceptuales que aburren al mismo aburrimiento. Las hay. Proliferaron sobre todo en los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando el único afán del escritor era romper los cánones de los géneros y aventajar en originalidad a todo lo precedente. Vivimos en aquella época la literatura de experimentación, esa manía literaria que le entró a todo el mundo por escribir ladrillos infumables, sin sentido ni significación, sin comas, sin puntos, sin personajes, sin palabras. La literatura se obstinaba en imitar a la pintura, que andaba en aquél entonces por los andurriales del vanguardismo, considerado como una religión. Hoy todos esos libros-experimento han caído en el más atornillado de los olvidos. Bien está.

Yo me refiero más bien a quienes dicen que La muerte de Ivan Ilich, de Tolstoi, es un tostón porque no pasa nada. O a quienes dicen que Hamlet, de Shakespeare, es demasiado profundo, porque parece que pasa algo más de lo que es evidente. Ambos dos se están perdiendo lo más placentero de la buena lectura, que no es otra cosa que la iluminación intelectual, la comprensión profunda, y simple al mismo tiempo, de una verdad que de suyo es difícil e inagotable. Yo llamo clásico de la literatura, en realidad, a cualquier obra que conjugue el entretenimiento con la mística.

Sirva esta prolija y (seguramente) aburrida introducción como prólogo de la obra que voy a recordarles hoy. Se trata de Prometeo encadenado, del dramaturgo griego Esquilo. Si usted pertenece a cualquiera de los dos tipos de lector que he mencionado, pierda toda esperanza: esta obra no es para usted. Ahora bien, si usted sí es de los que disfrutan con la acción de la inacción o con la acción más allá de la acción, entonces, adelante. Sígame.

Esquilo nació en Eleusis, Ática, en el 525 a. C. y murió en el 456 a. C. Fue cocinero antes que fraile, lo que en el caso de los griegos significa que fue soldado antes que escritor. Peleó contra los persas en la batalla de Maratón, Salamina y Platea. Escribió cerca de 90 tragedias, de las cuales se conservan sólo siete: Los persas, Los siete contra Tebas, Las suplicantes, Agamenón, Las coéforas, Las euménides y Prometeo encadenado, obra ésta, por cierto, de la que se duda sobre su autoría. Esquilo es considerado el padre de la tragedia griega y fue el primero en introducir más de un personaje en los dramas, haciendo posible así el diálogo y la acción dramática. Esquilo murió de un modo trágico, haciendo honor a su condición de tal. El oráculo le vaticinó que moriría aplastado por una casa, así que nuestro dramaturgo decidió vivir en el campo. Pero entonces le cayó en la cabeza un caparazón de tortuga que un quebrantahuesos soltó desde el aire. ¡Oh dioses! Y se murió efectivamente aplastado por una casa.

Prometeo encadenado, sea o no realmente de Esquilo, es una obra de gran intensidad dramática. Obviamente, estamos hablando de una tragedia griega de la época arcaica, por lo tanto no podemos esperar una acción trepidante. Lo que se representa es más bien una acción interior. Lo que interesa no es lo que pasa o lo que va a pasar, sino lo que está pasando, es decir, lo que viven y sienten los personajes mientras la acción está sucediendo. Es como si hiciéramos toda una obra de teatro sobre lo que siente una persona mientras cae al vacío. Creo que ésa es una buena aproximación conceptual a lo que es el “tiempo dramático” en la tragedia griega.

El mito de Prometeo es uno de los más logrados de la antigüedad. Prometeo roba el fuego a los dioses y se lo entrega a los hombres, por lo cual es castigado por Zeus, que lo encadena a una roca y manda a un águila que se coma su hígado una y otra vez. Prometeo es el gran benefactor de la humanidad, y muchos han visto una cierta analogía con Jesucristo. Prometeo perpetra una donación, se gana la ira de Zeus por amor a los hombres. El fuego además simboliza todo lo que hace humanos a los humanos, todo lo que nos hace distintos a los animales. La luz de la inteligencia, la imaginación, el genio, la industria, la ciencia, la civilización, el sedentarismo, etc. El calor de la pasión, del amor, de la conciencia. El mito es fuerte, es palpitante. De la mano de Esquilo, sentimos la cólera de Zeus, indignado con Prometeo por haber dado luz al mundo. Vemos la resignación de Prometeo, digno, firme, desafiante. El dolor no asusta a Prometeo, porque el amor da sentido a sus padecimientos. Y le hace más fuerte, más poderoso aún que el primero de los dioses.

Esquilo, con su lenguaje grave, su discurso inquietante, la vibrante tensión de su voz desesperada, canta el agradecimiento de los hombres por ése dios que nos hizo humanos. Escalofriante.

Prometeo encadenado, de Esquilo. Una tragedia sobre la compasión.

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 08.06.09.

El aborto es de derechas

Permalink 27.06.09 @ 17:08:10. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

Hace unos meses, en un debate en Popular Televisión Navarra, defendí que el aborto, en los términos en que se plantea en nuestra sociedad, es en realidad una política de derechas, aunque se la encubra con un velo izquierdista. Esta opinión suscitó algún desconcierto entre los políticos que participaban en la tertulia, así que parece preciso explicar más esta idea. No voy a abundar en las nociones de izquierda y derecha, pues excede las posibilidades de este artículo. Me centraré en un par de tópicos usualmente aceptados sobre la idea de izquierda, aun a costa de perder precisión conceptual.

Esos tópicos son: 1) La izquierda defiende al débil frente al fuerte (v.gr. defiende al trabajador frente al empresario); 2) La izquierda prefiere la iniciativa pública a la privada (v.gr. prefiere impulsar la enseñanza pública en vez de la concertada). La derecha, según esto, sería lo contrario.

1) Si la izquierda defiende al débil frente al fuerte, debería defender al no nacido frente a los ya nacidos que hacemos las leyes. A esto se suele replicar que el no nacido no es humano aún. No voy a discutirlo, aunque es aquí donde se cuece el asunto. Me limitaré a subrayar que no hay acuerdo social sobre cuándo un ser humano empieza a serlo. Esto es suficiente para que el legislador no tome decisiones arriesgadas.

Si la izquierda defiende al débil frente al fuerte, debería defender a la mujer frente al abuso de quienes la pueden presionar para abortar, a saber, su jefe, su marido, su novio, sus padres, la sociedad y hasta la misma clase política que parece empeñada en considerar el aborto como una opción liberadora. Cualquiera puede darse cuenta de que, en el debate público, hoy se ha sustituido el “ninguna mujer quiere abortar” por el “la mujer tiene derecho a decidir”. La primera frase asume la doctrina del mal menor: el aborto es la última salida ante una situación de injusticia irresoluble. La ley actual (que no se cumple) materializa esta doctrina en los famosos supuestos para abortar. La segunda frase, en cambio, es un dogma liberal, pues mi derecho simplemente y sin discusión vale más que el del otro. Esta doctrina es asquerosamente de derechas, y es la misma que justifica el derecho de EE.UU. a invadir Iraq si le viene en gana o el de un aristócrata a mantener oprimida a la clase trabajadora, sencillamente porque puede hacerlo. Es el triunfo de la ley del más fuerte, disfrazada de “derechos de la mujer”.

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El Tartufo, de Moliere

Permalink 14.06.09 @ 16:55:03. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 25.05.09.

Algo deben tener los carpinteros para que de su linaje salgan de vez en cuando figuras relevantes para la historia de la Humanidad. Acaso sea fruto de ese trabajo minucioso, creativo, síntesis perfecta del arte y la técnica, de la laboriosidad y del talento. En fin, todos conocemos a uno bastante famoso que escribió con sangre una deliciosa historia de amor, probablemente el mito más redondo que se ha escrito nunca. Que no cunda el pánico: no voy a convertir este programa en una vaporosa catequesis, por más que a alguno pudiera venirle bien. Estoy aquí para hablarles de literatura, lo que bien pensado es casi lo mismo que dar una catequesis, porque la literatura siempre habla de Dios, incluso aunque no lo mencione. Ea, pues, hablemos de literatura.

Otro hijo ilustre de un carpintero es Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por el sobrenombre de Moliere. Nació en París, el 15 de enero de 1622 y murió en la misma ciudad el 17 de febrero de 1673. Es considerado el padre de la Comedia Francesa y uno de los autores dramáticos más importantes y representados de la literatura universal. En España, donde nuestros abundantes complejos de inferioridad nos impiden valorar adecuadamente lo propio, goza Moliere de gran prestigio. Sucede en este caso algo parecido con Shakespeare. Ambos autores son citados y manejados como si fueran el no va más de lo profundo y de lo culto. Mientras medio mundo versiona y envidia a nuestros dramaturgos clásicos, nosotros los despreciamos y sólo sabemos pasearnos con Moliere o Shakespeare en la mano, dándonos aires de grande cultura. No quiero decir con esto que Moliere o Shakespeare no sean grandes autores, sino que Calderón, Lope, Tirso, Ruiz de Alarcón y otros semejantes no les tienen nada que envidiar. Es cosa clara.

Moliere fue un hombre orquesta, un auténtico hombre de teatro: además de autor, fue director y actor de sus propias obras. En su época fue muy valorado como intérprete cómico. Tenía una capacidad especial para hacer reír, y eso es algo muy valioso, porque es más fácil hacer llorar que hacer reír, y esto es un tópico que siempre se cumple. Moliere fue un autor exitoso. Tras darse grandes batacazos intentando hacer tragedias, sus primeras obras cómicas le hicieron auparse rápidamente al bastión de la fama. El rey Luis XIV le acogió bajo su protección, lo que en aquella época de reverencias y besamanos era una garantía de libertad creadora. Moliere era una versión refinada del bufón real, y podía permitirse meter el dedo en el ojo de su Real Majestad, porque al monarca le resultaba gracioso y no impertinente. Ésta es la prerrogativa del bufón: puede decir la verdad sin excesivo temor a ser castigado.

Pero incluso la jácara del alegre bufón tiene sus límites. Estos límites los descubrió Moliere cuando intentó estrenar el Tartufo. La obra pretendía zaherir a los falsos devotos, a los hipócritas, a esos que tienen la boca llena de virtud y las obras llenas de vicios y maldades. Moliere pinchó hueso, y suscitó una airada reacción. Muchos hombres de bien pidieron al Rey que impidiera su representación. Al rey no le parecía mal la obra, pero temió la reacción de la carcunda cortesana, y la prohibió. Moliere reformó su comedia una y otra vez, recortando sus aristas, hasta que finalmente se le permitió estrenarla. Moliere le dejó el alma al drama, pero tuvo que destrozar su cuerpo. Hoy podemos leer sólo la versión autocensurada. Y es una lástima.

Siempre me había parecido que el Tartufo de Moliere no era una obra con la suficiente fuerza como para lograr la total empatía del espectador, es decir, eso que Aristóteles llamaba catarsis. Comprendí por qué el mismo día que descubrí que había sido sometida a las tijeras de la autocensura. Probablemente por esta causa, a mi modo de ver, la obra cojea o renquea, pues parece como si fuera un borrador. La trama tarda mucho en arrancar y finaliza de una manera abrupta. El Tartufo, personaje principal y villano, no aparece hasta el tercer acto y en seguida es desenmascarado. Estimo que hubiera sido más prudente habernos hecho ver su hipocresía en la acción, pero sólo sabemos que es un hipócrita por lo que dicen los demás personajes de él. El mito está, pues, esbozado, pero no termina de ser lo suficientemente redondo. Aún así, teniendo en cuenta el genio literario de Moliere, es posible entrever una obra con grandes posibilidades. Fue la política la que la hizo peor, y no la incompetencia de su autor.

El Tartufo es, en resumen, una obra puntiaguda sobre la hipocresía. Una reflexión sobre lo falsa que es la sentencia que dicta que “la mujer del César no sólo debe ser buena, sino también parecerlo”. Siempre he estado en desacuerdo con esta máxima, que pone en manos de la opinión, de la apariencia, la naturaleza misma del bien. Al contrario, yo pienso con Moliere que el bien y el mal no dependen de lo que opinen los demás, sino exclusivamente de lo que nosotros hacemos y pensamos.

El Tartufo, de Moliere. Una obra que quiso ser y sólo pudo parecer, precisamente por denunciar que parecer no es lo mismo que ser.

La llamada de la selva, de Jack London

Permalink 13.06.09 @ 16:21:20. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 04.05.09.

Jack London es uno de los autores que más ha contribuido a la creación del mito de los buscadores de oro, esos locos aventureros, supervivientes y buscavidas que lo arriesgaron todo por alcanzar el sueño de enriquecerse. A finales del siglo XIX, en 1897, se descubrió oro en el río Klondike, pequeño afluente del Yukón, en la frontera entre Canadá y Alaska. En aquella época, la vida en Estados Unidos no era fácil. El desempleo, la pobreza y la explotación laboral de los trabajadores hacían la vida muy poco apetecible. Encontrar un filón de oro en Alaska se convirtió en la única esperanza de la gente desesperada, en una nueva versión del sueño americano.

El mito del oro sirvió de turbina para los parias de la tierra. Todos los indeseables de la tierra pusieron rumbo al norte. Muchos murieron, algunos sobrevivieron y muy pocos encontraron en el oro la solución a sus problemas. El terreno salvaje, la dureza de las condiciones, la lucha por la supervivencia y la competitividad con otros seres humanos abonan el terreno para la verdadera explotación de este subgénero del western, donde el drama está servido aún antes de barajar los naipes. ¿Qué más se necesita para contar una buena historia? En el filo de la navaja, entre la vida y la muerte, entre el vicio y la virtud, está siempre acampando la literatura.

Jack London vivió personalmente esa aventura. Durante algún tiempo, con 21 años de edad, buscó el preciado mineral en las orillas del Klondike y lo único que sacó en claro fue un escorbuto galopante que le acompañó durante toda su corta vida. De sus entrañas podridas, de sus manos endurecidas por 18 horas de trabajo, sacó London la áspera lección que anima sus relatos. Por eso quizá son tan verosímiles sus historias, por eso quizá son tan brutales. Vemos a un hombre moribundo, apostado con un rifle en el camino, esperando a que pase alguien para volarle la cabeza y robarle el equipo. Es una cuestión de brutal supervivencia. No hay oraciones, ni feminidad, ni cortesía, ni compasión, ni servicios dominicales. No hay esperanza. Porque London es un convencido darwinista que piensa que la vida es sólo una cuestión de supervivencia. Y el más fuerte es el que no tiene moral. El más fuerte es el que ha abandonado todos los melindres de la civilización y ha sustituido la ética por un revólver cargado.

Me hace gracia que la gente crea que las novelas de Jack London son para adolescentes. Eso es como decir que la Biblia es para adolescentes porque hay guerras y mucha acción. No es así. Jack London es un viaje a un mundo sin cultura, a una humanidad sin humanidad. Es la puesta en drama del aforismo que dice que el hombre es un lobo para el hombre.

Todas estas ideas están presentes en “La llamada de la selva”, traducido también y de un modo más exacto como “La llamada de lo salvaje”. El relato, corto, ágil y entretenido, cuenta la historia de un perro sureño que es arrebatado de la comodidad de un hogar civilizado y es arrojado en la crueldad del norte salvaje. Jack London, llamativamente pudoroso, cuenta la historia de un perro, pero en realidad cuenta la historia de un hombre, de alguien como tú y como yo, perfectamente capaces de comernos crudas a nuestras víctimas, en cuanto nos arrabatan nuestra humanidad. Una visión escalofriante y real de cómo es el mundo sin el amor que Dios se inventó.

La llamada de la selva, de Jack London. Un ataque seco a la yugular del optimismo.

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