El blog de Hilari Raguer

La tercera tentación: la política

08.03.17 | 09:10. Archivado en Iglesia española

La tercera tentación, de Jesús, de la Iglesia y de cada uno de nosotros, es la política. Según Lucas, que es el evangelista más atento al fenómeno político, cuando el diablo tienta a Jesús mostrándole la gloria de todos los reinos de la tierra, le dice: “Me la han entregado a mí y yo se la doy a quien quiero”. Esta vez no mentía: se mueve por la política como en su casa. Trabaja allí a tiempo completo, y en estos últimos años ha alcanzado grandes triunfos en España, como puede verse por la oleada de corrupción que nos invade.

Ha sido siempre una peligrosa tentación para la Iglesia: la tercera tentación es la tercera corona de la tiara pontificia, la que representa el poder temporal, de cuando los papas daban y quitaban reinos y se atribuían una potestad suprema y directa no solo sobre cuestiones dogmáticas o morales, o sobre los estados pontificios, sino sobre todos los reinos de la tierra, como cuando Alejandro VI partió el globo terráqueo como un melón por un cierto meridiano y regaló la mitad a España y la mitad a Portugal, dándoles no solo la misión de evangelizar sino también el derecho de conquista. Sin llegar a una forma tan descarada, la Iglesia, incluida la Santa Sede, ha tenido siempre la debilidad de pactar con los poderes de este mundo (que el diablo dice, no sin razón, que son suyos, y por lo tanto es como pactar con el maligno) adorándolos acríticamente, silenciando sus atentados contra los derechos humanos y exigiendo de los fieles, como un deber de conciencia, que los adoren también ciegamente, y todo esto a cambio de unos honores públicos, privilegios y favores.

¡Cuántas connivencias con dictadores asesinos! No se trata solo de beneficios económicos. La Iglesia, o las Iglesias, se deslumbran cuando el Estado pone todo su aparato al servicio de la pastoral, con un control eclesiástico de las modas, los espectáculos, la prensa, las cátedras, con capellanías remuneradas en hospitales, cuarteles, ejército, y con enseñanza obligatoria de la religión desde la primaria hasta la universidad. Cegada por tanta facilidad, la Iglesia ya no confía en la fuerza del evangelio, sino en la del poder. El ejemplo de Jesús es todo lo contrario de evangelizar desde el poder: eligió para apóstoles no a nobles, ricos o sabios sino a unos hombres sencillos.

¿Diremos entonces que los buenos cristianos han de huir de la política como del diablo? Esto sería tanto como regalársela. No podemos limitarnos a decir que la política es una porquería, sino que hemos de purificarla. Con una visión positiva, Pío XI dijo (cito de memoria) que la política es la forma más amplia de la caridad cristiana, porque una limosna favorece a una persona o a unos pocos, mientras que una buena política favorece a toda la sociedad. La Compañía de Jesús organizaba años atrás (no sé si lo hacen aún) unos cursillos de verano, para uno de los cuales pidieron mi colaboración, con el título provocador de “La política, una buena noticia”, para suscitar vocaciones de políticos entre jóvenes honrados y generosos con espíritu de servicio.

El rechazo de Jesús a la tercera tentación quedó plasmado en una de sus sentencias más auténticas y revolucionarias: “No he venido a ser servido sino a servir”. En los evangelios aparece más de una vez la rivalidad entre los discípulos por quién sería el principal. Lucas coloca la disputa dramáticamente en el relato de la Santa Cena (aunque comentaristas benévolos dirán que lo que se disputaban era estar más cerca del Maestro). Jesús contrapone su Reino a los reinos de este mundo diciéndoles: “Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos y los que ejercen el poder sobre ellas, encima se hacen llamar bienhechores, pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros será como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está sentado a la mesa? Pues yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc 22, 24-27).

Pero no podemos quedarnos en la denuncia de la ambición de poder de la Iglesia. A todos y a cada uno de nosotros, en nuestros ámbitos particulares, el diablo trata de seducirnos con su tercera tentación.


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