El síndrome de Epimeteo
22.06.08 @ 00:07:07. Archivado en recomendaciones, conciencia
Los libros son como las bebidas. Hay algunos refrescantes y superficiales, que ayudan a pasar el rato y se consumen con rapidez (y se olvidan con más rapidez todavía) y otros como el agua, en apariencia insípidos pero imprescindibles para seguir vivo porque le proveen a usted del mínimo necesario de líquido. También los hay como los vinos: con mucho cuerpo y de sabor profundo, capaces de embriagar si uno no sabe dosificarlos, aunque luego dejen fuertes dolores de cabeza. Y algunos, muy pocos, son como esos caldos verdaderamente añejos, gran reserva, cuya degustación ha de ser lenta y con los cinco sentidos, porque se trata de una experiencia única e inolvidable. A lo largo del último año he tenido el intenso placer de degustar uno de éstos: El síndrome de Epimeteo, subtitulado Occidente, la cultura del olvido. Lo publicó la editorial chilena Cuarto Propio en abril de 2004. Hágase con él en cuanto pueda.
No es un libro en exceso voluminoso -apenas unas 300 páginas- así que ¿por qué he tardado tanto en leerlo? Porque se lo merece. Es decir: merece una reflexión profunda a medida que uno avanza en su lectura. No es una de esas obras que se pueda consumir en unas pocas horas y después comentar de manera frívola: me gustó o no me gustó, sino que obliga a pensar, a reflexionar y, de alguna forma, a tomar o confirmar importantes actitudes internas. Su autor es el español Diego Quintana de Uña, un hombre muy capacitado para hablar de ciertas cosas teniendo en cuenta no sólo su curriculum (que incluye entre otras cosas el paso por el Colegio de Europa de Brujas, varios ministerios del gobierno, TVE y el puesto de Consejero de Información que en el momento de publicar este libro desempeñaba en la embajada española en Chile) sino fundamentalmente el dominio de ciertas materias acerca de las que trata el texto. El dominio que deja ver, y el que se le intuye detrás...
Es muy difícil elaborar una síntesis tan concreta y al mismo tiempo tan amena de los problemas (agudizados en los últimos decenios) que padece Occidente desde hace demasiado tiempo, comparando la evolución de nuestra cultura con la del propio individuo que la construyó e interpretando (reinterpretando, en ocasiones, de manera magistral) la enseñanza contenida en la maravillosa enciclopedia oculta que constituye lo que hoy conocemos con el nombre de Mitología Griega. Y es aún más difícil exponer todo esto de manera que el hilo del pensamiento termine tirando de uno para forzarle a tomar postura y ayudarle a abandonar el Laberinto, como hace El síndrome de Epimeteo.
El leit motiv de este ensayo es la comparación entre dos hermanos mitológicos que simbolizan dos tipos de Humanidad: la despierta y la dormida. Ellos son Prometeo (el que piensa antes -de actuar-) y Epimeteo (el que piensa después). Cuenta la leyenda que ambos titanes participaron, en el principio de los días, en el reparto de los dones que los dioses habían dispuesto para los seres vivientes. Prometeo, el despierto, delegó en su hermano Epimeteo, el dormido, pero éste, entusiasmado con su labor, cometió un error grave al olvidar al ser humano, al que nada dio más allá de su vida animal. Al descubrirlo, Prometeo compensará este olvido entrando en el Olimpo y robando su fuego que posteriormente entregará al Hombre. Un fuego que simboliza muchas cosas, no sólo la inteligencia. Ya sabemos la ira con la que Zeus reaccionó y cómo castigó cruelmente a Prometeo para toda la eternidad, pero nada pudo hacer ya para arrebatarnos el inmenso legado del titán, gracias al cual hemos podido sobrevivir y perseverar a través de las eras.
(Entre paréntesis, Prometeo ha sido, como otros personajes y símbolos muy conocidos del Camino Espiritual, prostituido por las, digamos, Escuelas de la Oscuridad que se apoderaron de la sabiduría original a fin de remoldearla, deconstruirla y contaminarla para, de esta forma, destruirla a los ojos de posibles buscadores. Buen ejemplo de ello es la horrible escultura que se yergue junto al Rockefeller Center -claro- en Nueva York)
Leteo, Eco, Midas, Narciso, Esfinge, Jasón y muchos otros se pasean por este libro, con sus leyendas y aventuras diseccionadas y hasta deletreadas para que no se le escape detalle, de una forma que, estoy seguro, le será harto difícil hallar en cualquier otro texto que trate sobre esos mitos que usted creía conocer (de hecho, nunca he leído otra obra donde se expliquen de esta manera y le garantizo que algo sé acerca de Mitología). Y no sólo los personajes griegos. Este libro contiene, por ejemplo, una osada y es muy probable más que verídica re-explicación del mito de Caín y Abel que le dará mucho que pensar. Y muchas historias de otras tradiciones... Después, a partir de todos estos mitos, se examina con detalle nuestro convulso mundo moderno.
Le adjunto agunos fragmentos de diversas partes de El síndrome de Epimeteo para que vaya usted salivando (mentalmente), como el perro de Pavlov:
* "El hombre epimeteico frustra sus intenciones heroicas una y otra vez al ser incapaz de dejar de mirar hacia abajo o hacia atrás, al ser incapaz de romper definitivamente con el mundo quimérico de sus sueños y sus pasiones. (...) En el viaje, el héroe ha de bajar a los infiernos como lo hizo Heracles pero para imponer allí su jerarquía y abandonarlos luego sin mirar hacia atrás, lo que demuestra que ya no ejercen para él la hipnótica fascinación que petrifica al hombre atándolo a la tierra. Bajar al Hades, descender a los infiernos (katábasis), ser devorado por un monstruo como lo fueron Heracles y Jonás, y también la Caperucita Roja de nuestro cuento infantil, invita a pensar que el viaje de la vida es, ante todo y sobre todo, un periplo interior hasta el fondo de nuestro ser. (...) No caben medias tintas ni existen héroes de oficina. La katábasis es agónica y en ella no es posible un aprendizaje teórico. Conocerse a sí mismo no es tapar el conflicto interior sino involucrarse en él para airearlo después."
* "Si hay un monstruo difícil de vencer ése es la vanidad. (...) Aún muerta, esa bestia no perderá su eterna capacidad de seducción. (...) La cabellera de Medusa estaba formada por serpientes, símbolos inequívocos de la tentación vanidosa. El hecho de cortar la cabeza de Medusa y ser capaz, además, de llevarla encima expresaba el poder logrado por Perseo para resistir la permanente tentación de la vanidad. En la mirada hipnótica de la vanidad el hombre sólo puede ver su propia imagen, olvidándose de su propia filiación. Este olvido le atará a la tierra, le petrificará, estancándole en su camino hacia la excelencia".
* "La criminalidad financiera internacional, dice Christian de Brie, es un sistema coherente, vinculado con la expansión del capitalismo moderno y fundado en la asociación de tres copartícipes: gobiernos, empresas transnacionales y mafias. (...) El papel del poder público, dice De Brie, es crear la ilusión de que existe una lucha permanente gubernamental, policial y judicial contra la criminalidad financiera cuando, en realidad, nada se hace para terminar con el sistema que la ampara (...) existiendo grandes organizaciones internacionales como la OCDE y el FMI que no tienen otro objetivo que el ´buen gobierno´ de la propia criminalidad financiera."
* "Parece como si el verdadero mundo se ocultase detrás del propio yo, como si éste se interpusiese entre cada cual y la inaprensible y huidiza realidad. Suprimir ese yo, si se pudiera, podría ser el camino más corto para ver lo que se oculta tras él. O, tal vez, intentar desapegarse definitivamente de él, de su pretensión narcisista de absolutidad, de sus intereses mezquinos y de sus miopes puntos de vista. (...) Hasta que esto acaece, cada hombre al parecer vive en su mundo separado y ajeno a la realidad de la que forma parte. Así ha sucedido siempre y así sucederá porque la urdidumbre con la que está tejida el mundo produce esta permanente situación de extrañación, que no desaparece sino por un fuerte y constante deseo de develar lo oculto."
* "Aristóteles tenía razón cuando afirmó que el principio del conocimiento era el asombro, pero erró, como la gran mayoría de los filósofos, al dar por sentado que el asombro puede producirse de ordinario en el hombre común. (...) Todo el paradigma mítico del conocimiento gira en torno a la generación de condiciones para que el asombro de hecho se produzca. El enigma, la parábola, el oráculo o la paradoja apolínea de la presunción de ignorancia que Sócrates convirtió en el eje de su epistemiología no hacen sino cumplir esta función. (...) El que cree que sabe jamás podrá asombrarse."
* "Un derecho penal permisivo y blando, una policía ineficiente, jueces y políticos corruptos y una población ingenua y temerosa, a la que las élites criminales han convencido de que la tolerancia al mal es un logro humanista, forman el caldo de cultivo ideal para que éste se disemine sin frenos a través de la sociedad red, contaminando todo cuanto toca."
* "Ser hijo de un dios es un hecho determinante para la vida del héroe. Los cristianos comparten esta misma creencia pero al destacar a Jesús como hijo de Dios y adorarle por tal han vaciado de contenido ontológico la filiación divina de la Humanidad. De suyo, lo relevante en el caso de Jesús no es ser hijo de Dios sino ser precisamente 'el hijo del hombre'. Vale decir, ser el hijo de sí mismo (autogénesis), de su esfuerzo y de su mérito logrando la excelencia. (...) De entre todos, el mayor peligro al que se enfrenta el héroe será precisamente olvidar su condición de hijo de un dios. El primer hilo que une la sabiduría con la moral es precisamente el conocimiento (recuerdo) de esa filiación."
Erstaunlich!
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Para Halmadecantaro: ¿a que no me equivoqué con este blog?. Un abrazo a los dos.
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Paul H. Koch
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