El Hausbuch perdido
09.05.08 @ 00:52:16. Archivado en poder, sociedad secreta, conciencia
¿De dónde sacó usted tal o cual afirmación? ¿Dónde están las pruebas exactas, firmadas, rubricadas y mataselladas de semejante cosa? ¿Quién le informó y dónde y cómo y en qué circunstancias? ¿Cuándo habló? ¿Cuánto tiempo? ¿Qué le dijeron exactamente? ¿Por qué dice usted que esto es así o está aquí sí ahora no es así ni está aquí? ¡Pruebas, pruebas, queremos pruebas! A veces las preguntas son tan ingenuas… ¡Y las exigencias! Es lógico. Levantar el primero de los velos de Isis resulta tan excitante que cuando uno lo hace por primera vez y empieza a entrever lo que hay debajo se ve poseído por una especie de fiebre mística, como uno de esos viejos berserkrs, ansioso de ser el primero y el único en saberlo todo y saberlo sin dilación. Como diría el manipulador, egoísta, fantasioso y miserable anuncio de cierta marca de teléfonos: lo quiero todo y lo quiero ya.
Pero el conocimiento verdadero no se adquiere: se conquista. No basta con leer a un autor o a otro, no basta con ir a tal sitio o a otro. No basta con hablar con un protagonista o con otro. Todo eso hay que elaborarlo después. Y antes: a lo largo de los años, he descubierto cosas mucho más interesantes y profundas en el weg zu, en el camino hacia, que en el ende, en la meta final. La diferencia entre la información -el saber sobre algo- y el conocimiento -la comprensión de ese algo y su incorporación a la carne y a la sangre de uno, en el sentido más profundo de esta expresión- es como la noche y el día, pues la primera está muerta -puede ser enorme, en apariencia muy interesante, rica, motivadora..., pero está muerta- y el segundo está vivo -y resulta por ello universal, atemporal..., igual daría haberlo descubierto ahora que hace tres siglos o dentro de mil-. Se hace difícil de comprender al principio, pero cuando se tiene la experiencia la primera vez ya no se olvida. Queda para siempre.
Siendo muy joven, cuanto empezaba a buscar -y sin saberlo ya buscaba en serio- tuve ocasión de conocer a un hombre muy interesante. Me llevaba años de ventaja en la misma búsqueda, pero se había, digamos, desviado por cierta vereda paralela del camino. Hay muchas. Están ahí para despistarle, precisamente: para hacerle creer que va usted en la misma dirección aunque en verdad ya le han apartado lo suficiente como para en cualquier momento perderle con una curva inesperada del sendero. Andando el tiempo, he comprendido que aquel hombre había intuido y había conocido algunas cosas, pero se había dejado despistar y, sin saberlo, se había dejado llevar a uno de estos laberintos. Aquel hombre fue el primero que me dijo una cosa que me irritó profundamente y que después he oído en incontables ocasiones, hasta que de pronto comprendí su significado y empecé a decirlo yo también: que no bastaba con querer saber. Uno podía estar desesperado de ganas por conocer ciertos retazos de la verdad, incluso podía estar dispuesto a sacrificar cosas y hasta personas muy importantes en su vida para saber. Pero eso no bastaba.
¿Por qué? ¿Por qué? Me pregunté aquella noche preso de una rabia furiosa, después de una larga, críptica e insatisfactoria conversación con aquel hombre que pensé estaba jugando conmigo enseñándome la Caja-del-Gran-Secreto pero sin dejarme abrirla; sin dejarme ni siquiera mirar un momento en su interior. ¿Acaso no era lo suficiente bueno? ¿Acaso no tenía derecho por alguna oscura razón que alguien no me había explicado? ¿Acaso los cuentos de brujas eran ciertos y había que vender el alma al Diablo?
Tardé muchísimo en darme cuenta -no me quejo: hay muchos otros que siguen mesándose los cabellos sin haberse percatado de este pequeño secreto- de que era un simple problema técnico. Uno no puede comprender ciertas cosas si no está en disposición de comprenderlas. Parece una estupidez, pero no lo es en absoluto. No se puede escuchar una radio de onda media si el aparato receptor sólo posee frecuencia modulada. Habrá que cambiar de aparato. Hoy, hay muchas personas a las que les gustaría conocer lo que está pasando realmente leyendo un simple artículo, una colección de artículos, un libro..., estarían dispuestos a tragarse una enciclopedia. Donde se especificaran de la A a la Z todos los misterios en letra clarita, como si fuera un manual de instrucciones.
Claro, creen que están preparados para entender. Creen que tienen derecho a entender. Pero no funciona así. El mecanismo no es la lógica cartesiana, tan querida por los occidentales.
He hecho muchas cosas en mi vida. Entre ellas, practicar el submarinismo. Si usted también es submarinista comprenderá lo que quiero decir. Usted puede estudiar muchos libros sobre la técnica de inmersión, puede empaparse de fotografías de peces y corales, puede comprarse un traje de neopreno, puede matricularse en un curso de biología marina..., pero si no se sumerge de verdad es absolutamente imposible, absolutamente, que entienda lo que es el submarinismo y lo que se siente cuando uno está a 25 ó 30 metros debajo de la superficie. No se lo puedo explicar. Puedo hablarle del reino del silencio, del mundo de la lentitud, de esa especie de viaje a otro planeta..., mas nunca podrá saber lo que es si no se sumerge usted también.
Y una vez que uno está allí abajo, no necesita que le expliquen si puede respirar o no en el agua, si puede desplazarse más o menos veloz y cómo debe hacerlo, si siente el frío y la presión de un mundo plástico líquido tan distinto al de aquí arriba. No lo necesita porque lo está viviendo. Lo siente en sus propias carnes. Deja de ser un simple conjunto de noticias, de datos, para convertirse en experiencia viva.
Hay que tener un poco de oro dentro de uno para poder hacer más oro. Esta frase siempre me pareció terriblemente oscura y desalentadora, pero hoy la veo tan clara y lógica...
Considere el caso de la famosa Capilla Rosslyn en Escocia (si no sabe usted qué es la Capilla Rosslyn, no le voy a hacer un master a estas alturas)... Muy pocas personas sabían algo acerca de los misterios que esconde: de hecho, no sabían que contenía alguno. Ahora, a partir del famoso Código... del señor Brown todo el mundo cree que sabe bastante acerca de ellos y lo cierto es que las visitas a este lugar tan atractivo como peculiar se han multiplicado a niveles jamás imaginados por los administradores turísticos. Pero, ¿de verdad cree usted que se ha incrementado sensiblemente el número de personas que siguen sabiendo algo de interés más allá de lo anecdótico o lo folklórico?
Vea otro caso. Viaje a Alejandría. En tiempos estuvo allí la más grande y maravillosa biblioteca –pública- del mundo y también la Más Grande Biblioteca. Usted lo sabe. Yo lo sé. Hubo gente que la vio, que consultó documentos, que transmitió parte de esos documentos aún a costa de su propia vida. Pero luego fue arrasada. Primero por los romanos..., aunque quizá debiéramos decir a través de los romanos, meros instrumentos de ciertos poderes. Luego de los cristianos, de la misma forma. Y finalmente de los musulmanes. Vaya allí. Busque las huellas de la Biblioteca. ¿Cree que encontrará algo, más allá del engendro moderno que han levantado para aprovechar su recuerdo desde el punto de vista turístico? Y sin embargo sabemos que existió, porque hubo quien dio testimonio. Y sabemos algunas de las fabulosas obras que allí se almacenaban.
Cuando alguien, en alguna parte, hace pública alguna pista, algún texto, alguna incongruencia, alguna luz roja, algún fallo informático en la Matrix, de inmediato quien usted y yo sabemos envía a sus sicarios a reparar el hueco, a coser el roto, a formatear el disco. Y al cabo de poco tiempo, lo que allí brillaba para divertida satisfacción de unos pocos buscadores y mayoritaria inquietud de la manada ante la incongruencia es apagado, robado y escondido. Jóvenes buscadores inquietos y creyendo que ellos sí serán los que descubran al mundo El Secreto llegan más tarde y no hallan nada, pues ya fue saqueado, y deducen que nada existió, que hubo engaño, desinformación o mala fe, y así sirven, sin darse cuenta, a aquéllos a los que creen combatir.
Vea un ejemplo de cómo desaparecen las cosas. Esta semana, las "autoridades" de Baden Württemberg, uno de los Estados Federados de Alemania, han autorizado la venta, a un colecionista privado, de, cito, "un valioso incunable de la alta Edad Media, cuyo precio, aunque no ha sido anunciado públicamente, podría rondar los 31,1 millones de dólares". Explíqueme esto. Si se trata de un "valioso incunable", ¿cómo es que se autoriza alegremente su venta a un particular, en lugar de guardarlo como oro en paño en algún museo donde pueda ser estudiado por especialistas y admirado por el público, por todos nosotros, en lugar de servir únicamente para los codiciosos ojos de una sola persona? Por cierto, ¿quién se quedará ese dinero? Por cierto, ¿por qué pagó en dólares habiéndose realizado la operación en Alemania y viendo la depreciación de esta moneda?
El libro en cuestión es un Hausbuch. Literalmente, un Libro de la Casa o pequeña enciclopedia general de época que cuenta con ilustraciones diversas, en el que se almacenaban todo tipo de informaciones: bélicas, religiosas, económicas, científicas, etc. Éste en concreto estaba datado en el siglo XV y la propiedad oficial era del príncipe de Waldburg-Wolfegg (investigue al personaje). Y, qué interesante, contaba entre otras cosas con "mapas astronómicos (...) y un amplio recetario fármaco-alquimista (...) y es especialmente valioso no tanto por sus textos sino por las ricas ilustraciones que contiene". ¿No le pica la curiosidad?
Sobre todo cuando el Estado "renuncia al derecho preferencial de compra del valioso volumen" (insisten en lo de valioso; entonces, ¿por qué renunciar a él?) y el propio ministro de Investigación y Ciencia de Baden-Württemberg, Peter Frankenberg (ahí tiene otra pista), "señaló que 'el comprador es un honorable coleccionista de Baviera', que está dispuesto a ceder la obra para exposiciones puntuales." Ach! Esto me recuerda a los mafiosos sicilianos, honorables hombres todos ellos. Sobre todo cuando los medios de comunicación alemanes afirman que el misterioso nombre del nuevo propietario es el del barón August Von Finck "prestigioso coleccionista de ediciones únicas e incunables".
Ja, ja, ja... Sí, y también un poderoso banquero que figura en la Lista Forbes de los más ricos del mundo, que tiene la ciudadanía alemana pero reside en Suiza y cuya familia tendría algo que decir acerca de la financiación de cierta bestia negra de las democracias y el comunismo durante los años treinta en Europa (tercera pista a investigar).
¿Usted cree que volverá a ver ese libro en una "exposición puntual" como decía el honorable Frankenstein..., digo..., Frankenberg? Resulta curiosa la cantidad de banqueros y millonarios filántropos que se dedican a la colección de incunables. A la recolección, diría yo. ¿Recuerda el final de la película de Indiana Jones en busca del Arca Perdida? Es lo mejor de la cinta.
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Paul H. Koch
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