El pirata Morgan
29.04.08 @ 00:13:11. Archivado en poder, sociedad secreta, gobierno mundial
Hubo una vez un pirata llamado Henry Morgan, de vida turbulenta y aventurera. Hijo de un terrateniente británico, se sabe de su presencia en el Caribe en la segunda mitad del siglo XVII. Por allí tuvo oportunidad de ejercer su violencia y su ambición hasta el punto de ser nombrado almirante de la Cofradía de los Hermanos de la Costa en Jamaica. Entre sus actividades figura el ataque de Camagüey, en Cuba, al mando de cerca de un millar de piratas ingleses y franceses. A pesar de la dura defensa del puñado de soldados españoles, la más numerosa horda de salvajes comandada por Morgan tomó la ciudad y provocó una horrible mortandad acompañada en algunos casos de largas y crueles torturas a sus habitantes para sonsacarles el paradero de su dinero y sus joyas. Otra de sus diversiones fue el ataque a Portobello en Panamá donde utilizó a religiosos como escudos humanos, ejecutó fríamente a los soldados que se entregaron al final de la batalla por el expediente de encerrarlos en el polvorín del fuerte y hacer estallar éste, y torturó a los supervivientes con horribles padecimientos como el paseo por la quilla, el método del embudo (haciendo tragar agua a la víctima hasta que reventaba), las tenazas al rojo vivo o los cuchillos afilados con los que iba cortando poco a poco las extremidades del pobre desgraciado que caía en sus manos. Leyendo estas historias comprenderá por qué siempre me han repugnado esas películas de piratas, como las que hace poco se pusieron de moda, en las que éstos aparecen casi como una especie de Robin Hood del mar, libertarios y simpáticos, en lucha contra las "malvadas" autoridades legales...
Tras cometer diversas barbaridades, Morgan se retiró de la piratería cuando hubo acumulado suficiente oro como para vivir como un rico terrateniente en Jamaica protegido por sus amigos políticos locales y especialmente por el gobernador de la colonia británica, pero sus antiguos camaradas de muerte y brutalidad agotaron rápidamente las antiguas ganancias y le presionaron para que volviera a encabezar nuevas expediciones. Así que a finales de 1670 convocó a más de dos mil piratas que a bordo de una flota de casi 40 barcos se dirigieron al asalto de la ciudad de Panamá que, en aquel momento, era la ciudad más rica de la región, porque toda la plata peruana pasaba por allí. El gobernador de la ciudad les esperaba y pudo poner a salvo las riquezas junto con las mujeres y los niños embarcándoles rumbo al Pacífico, pero no pudo evitar que Panamá cayera en sus manos. Morgan actuó como de costumbre: violaciones, saqueos, torturas, destrucción generalizada... Panamá quedó tan afectada por su asalto que tuvo que ser reconstruida más allá, porque dejó literalmente de existir después del ataque. Morgan remató la jugada robando a sus propios hombres la mayor parte del botín conseguido.
Con el tiempo, el miserable corsario regresó a Londres, donde fue juzgado en una patraña de vista que le declaró inocente de sus múltiples crímenes. No sólo eso: su popularidad era tal que se convirtió en el invitado de moda de las fiestas, siendo agasajado por la aristocracia británica y disfrutando de todo tipo de caprichos. Incluso el rey Carlos II le nombró Sir y por último le envió de nuevo a Jamaica como lugarteniente del nuevo gobernador. Para más sarcasmo, las órdenes del rey para él incluían la instrucción específica de luchar contra la piratería. Allí falleció, en 1688, nadando en la abundancia pero con el alma podrida y apestando tanto que, ciertamente, no me hubiera gustado estar en su lugar cuando la Walkyria fuera a buscarle para rendir cuentas.
Hablemos de otro Morgan. Hablemos de otro pirata. En realidad, no sé si fueron familia carnal, pero está claro que sí lo fueron espiritual. O, mejor dicho, diabólica. John Pierpont (que eso es lo que quiere decir J.P.) Morgan es el conocido banquero y filántropo de origen también británico que actuó durante años como hombre fuerte de los Rotschild en América, así como contacto principal con los Rockefeller. En lugar de barcos con cañones, utilizaba bancos con acciones para atacar y saquear todo tipo de mercados, con la condición única de que hubiera mucho dinero para embolsarse. Especialista en monopolios (creó, por ejemplo, la General Electric a partir de la fusión inicial de la empresa de Edison con la Thompson-Houston; así como la Corporación del Acero USA fundiendo, nunca mejor dicho, varias grandes empresas del sector) estaba considerado a principios del siglo XX como uno de los hombres más ricos del mundo y murió en Roma, intrigando cual era su costumbre, sólo un año antes de que comenzara uno de sus grandes logros ocultos (suyo y de sus discretos colegas): la Gran Carnicería de 1914-1918.
Para entender la ética de este gran sinvergüenza que pasa en nuestro enloquecido mundo moderno como modelo de "caballero de los negocios", "reflotador de empresas" y "modernizador de las inversiones", veamos cómo actuó por ejemplo durante la Guerra de Secesión de los Estados Unidos a través de uno de sus hombres de paja: compró rifles viejos del Ejército a tres dólares y medio cada pieza y luego, tras un pequeño repaso y un mucho sacarles brillo, los revendió al mismo Ejército como si fueran armas nuevas por veintidós dólares cada uno.
Fue Morgan uno de los principales responsables de lanzar y sostener la idea de la Reserva Federal que más tarde se consolidaría a partir de la Conjura de la isla de Jekyll en la que se diseñó la enorme estafa que se llevó a cabo con el pueblo americano para arrebatarle la soberanía de su moneda y, de ese modo, la de su país entero. El plan culminaría precisamente en el mismo año de su muerte, 1913, con el endeble y mezquino presidente Woodrow Wilson, un títere en manos de gente como Morgan, Mandell House o Bernard Baruch, forzando una semilegal reunión extraordinaria del Congreso de los EE.UU. para abrir vía libre a la Reserva: ese banco privado (¿de verdad se ha parado a considerar lo que eso significa?) que controla las finanzas de los Estados Unidos y, por su intermedio, las del resto del mundo (en Europa tenemos mucho más delito pues, teniendo la experiencia de Estados Unidos, los traidores gobiernos europeos vendieron a sus conciudadanos hace menos tiempo, cuando disolvieron sus divisas nacionales en el caldero hirviendo del globalizador euro, manejado por el igualmente privado Banco Central Europeo).
Conociendo estas historias de piratas, no sé cómo alguien se puede extrañar de que el pasado mes de marzo, y con la excusa de la crisis generada por las hipotecas subprime, las autoridades norteamericanas concedieran aún más poder a la Reserva Federal mediante lo que la prensa del momento destacó como "la mayor reforma financiera de la Reserva desde la década de los años treinta". Como de costumbre, los ignorantes ciudadanos corrientes se quedan tan contentos cuando reciben la explicación oficial: "-Oh, esto se hace para evitar más crisis como la hipotecaria."
Seguramente.
¿Sabe lo primero que ha hecho la Reserva con sus nuevos superpoderes? Prestar, por primera vez en su Historia, decenas de miles de millones de dólares no a un banco comercial, como de costumbre, sino a un banco de inversiones. Para que se haga una idea del riesgo que esto supone, sólo dos datos comparativos:
1) Los bancos comerciales norteamericanos pagan a la Corporación Federal de Protección de Depósitos a cambio de cobertura para sus depósitos, mientras que los bancos de inversiones no lo hacen y por tanto carecen de esta garantía.
2) Los bancos comerciales tienen permitido por ley utilizar sus recursos financieros hasta un cociente máximo de 13 dólares de deuda por cada dólar de valor, mientras que los bancos de inversiones pueden utilizar sus recursos ¡hasta un factor de 34! Casi tres veces más, pese a que tienen menos supervisión de su actividad.
Lo más divertido de todo. ¿Sabe a qué banco de inversiones ha prestado tanto dinero la Reserva Federal, después de invocar una oscura provisión legislativa hasta la fecha desconocida?
¡A J.P. Morgan Chase!
La razón formal es que era el único banco que podía hacerse cargo de Bear Stearns, otra entidad financiera en teoría "demasiado grande para quebrar" según la Reserva, pero con problemas graves de financiación que "necesitaba ser rescatada". Y ahora, la guinda: J.P. Morgan Chase ya controlaba una cantidad importante de deuda pública norteamericana pero tras adquirir Bear Stearns, se ha apoderado también del porcentaje que poseía este banco. ¿Cuánto es ese porcentaje? Interesante pregunta que debiera contestar el pirat..., el ejecutivo bancario de turno. Por cierto, gracias a esta operación, las acciones del banco fundado por Morgan Junior subieron de inmediato ¡en un 30 por ciento!
Con este panorama, ¿usted cree de verdad que me preocupa lo más mínimo quién vaya a ganar las próximas elecciones en Estados Unidos? ¿Cree de hecho que realmente importa algo quién las gane?
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