Rebañando el plato
28.12.07 @ 00:15:59. Archivado en poder, gobierno mundial, futuro, recursos, alimentación
No sé si echar mano de la ley de la sincronicidad o atribuirlo directamente al humor negro de mis amigos pero, justo en esta época en la que tantas personas comen y cenan como si nunca lo hubieran hecho en su vida (o como si nunca pensaran volverlo a hacer) en sus reuniones familiares y/o de amigos y empresa, se multiplican las noticias que nos advierten -aunque nadie les haga caso- sobre la progresiva reducción de los recursos alimenticios disponibles en el mundo. No me refiero a los países y a los amplios territorios del planeta cuyos habitantes están condenados al hambre como un arma política más para mantenerlos sometidos, sino a todo el mundo, incluso a los llamados países ricos. Hasta las Naciones Unidas han reconocido en un reciente informe que los alimentos son menos y, lógicamente, más caros.
Sabemos que, a pesar de la contaminación y el sobreesfuerzo de explotación al que están sometidos diversos campos del sector primario, el ser humano produce aún a día de hoy comida suficiente para alimentar a todos los miles de millones de personas que pululan por el planeta y que, si muchas de ellas no ingieren el mínimo suficiente para vivir con normalidad o incluso fallecen por hambre, no es por culpa de una escasez generalizada e inevitable de productos. Por lo menos hasta ahora. Pero con el fin de mantener los precios en el mercado o de presionar a determinados gobiernos no afines a los deseos de las superpotencias de turno se bloquea el libre -o semi libre- comercio de unas regiones a otras.
También tenemos ocasión a menudo de encontrarnos con noticias aberrantes, como las que nos hablan de las toneladas de alimentos de uno u otro tipo que son destruidos por los propios productores, por ejemplo en los años de cosecha abundante, para que no desborden la oferta y reduzcan aún más el magro beneficio que obtienen de su trabajo (pues el elevado precio de las verduras, de la carne, del pescado..., no podemos achacárselo a los agricultores y pescadores sino a la mayoría de miserables que trabajando en la intermediación -no todos, pero si una gran mayoría- suben y bajan, a menudo a placer y sin que haya razón lógica para ello, las cantidades de dinero que cuesta comprar cada producto). Si los gobiernos occidentales gobernaran de verdad y si se preocuparan realmente y no por mero lavado de imagen de los pobres -no ya de la Tierra en general sino de los de sus propios países- sus agencias de cooperación se dedicarían por ejemplo a absorber esos excedentes a fin de distribuirlos a muy bajo costo o incluso gratuitamente en los lugares necesitados, en lugar de discutir si han dedicado un 0,5 ó un 0,7 a la ayuda de los dictadores tercermundistas... Perdón, quería decir: a la ayuda al desarrollo.
Sin embargo, en los últimos meses se multiplican las noticias que hablan de esa progresiva reducción de alimentos a disposición de la gente (Achtung: vamos a suponer que es cierto, lo primero, y que no nos están contando otro cuento para no dormir). Lo cierto es que el documento de Perspectivas Alimentarias elaborado por la FAO, la suborganización de la ONU para la agricultura y la alimentación, califica directamente de "imprevisible y muy preocupante" la situación a corto plazo por el descenso de alimentos que se combina con crecimiento de precios hasta niveles "históricos", lo que puede desmbocar en "un colapso alimenticio a nivel mundial".
Resulta un poco chocante leer algo así cuando, si se da un paseo por cualquier mercado o gran superficie de alimentación en Europa hoy por hoy verá cantidades mareantes de comida a su disposición -si tiene dinero para pagarla, porque es cierto que algunos precios están completamente desorbitados-. Hay que recordar, claro, que existe una auténtica legión de operarios encargados de reponer a diario esas cantidades. Que todos esos alimentos no aparecen allí por arte de magia, como a veces creen algunos niños europeos, tan tristemente urbanizados que no han visto una vaca o un manzano en su vida. Pero si esos operarios dejaran de hacer su trabajo aunque fuera por unos días, la imagen de los estantes sería muy diferente. Que se lo digan a los italianos, que hace pocas semanas tuvieron ocasión de ensayar un colapso de este tipo gracias a la huelga de camioneros que desabasteció gravemente a las ciudades de todo el país y desató una alarma general.
La FAO adelantaba algunos datos:
* Las reservas de cereales han descendido un 11 por ciento, por lo que se encuentran en su nivel más bajo desde 1980.
* El precio medio de los alimentos crece un 40 por ciento frente al 9 por ciento de hace un año.
* En el caso de los países menos desarrollados del planeta, el coste de los alimentos importados subió un 25 por ciento durante el último año.
* La demanda de biocombustibles ha disparado también los precios del aceite hasta doblar el costo de algunos de ellos (un interesante tema sobre el que deberían reflexionar esos ecologistas de pacotilla que prefieren sacrificar seres humanos que no pueden pagar el precio de ese aceite a cambio de que este producto se dedique a producir un tipo de combustible en teoría más ecológico -habrá que ver en la práctica- y cuya viabilidad real está aún en duda).
Como de costumbre, los países más castigados serán los más necesitados, donde según Josette Sheeran, responsable actual del programa de alimentos de la ONU, se avecina una "oleada de hambre mundial (...) que puede perjudicarles durante decenios". Hablamos de un grupo de veinte países africanos, nueve asiáticos, seis iberoamericanos y dos europeos, 37 en total, donde la vida va a ser a corto plazo aún más dura de lo que ya lo es. Para los demás, nos esperan aún más subidas de precio de los productos básicos, a no ser que tengamos la fortuna de vivir en el campo o incluso disponer de nuestro pequeño huerto y corral (le confieso que es un viejo sueño mío, pero cada año que pasa siento que se va a quedar sólo en eso, un sueño; quizás en la próxima reencarnación...).
Este jueves hemos conocido la inflación media anual en Rusia, que alcanza un 12 por ciento (parecida a la real de muchos países europeos, aunque sin el maquillaje de éstos), si bien el Ministerio ruso de Desarrollo Económico y Comercio ha advertido de que el encarecimiento concreto de los productos alimenticios ha sido de un 16 por ciento. Eso afecta directamente, según sus propios cálculos, a un 60 por ciento de los 142 millones de ciudadanos de Rusia. Así que suma y sigue.
En este marco, ¿qué demonios hacen las autoridades europeas destruyendo sistemáticamente la capacidad agrícola y pesquera del propio Viejo Continente a base de recortes de subvenciones e incentivos para el sector primario?
No terminan una reforma (reducción encubierta de las cantidades disponibles de producto) de la Organización Común del Mercado del vino y empiezan con la OCM de la leche y cuando terminan con la de la leche empiezan con la OCM de la remolacha y cuando terminan con la de la remolacha empiezan con la OCM del aceite y así sucesivamente con todos los productos. Y cuando ya lo han hecho con todos, vuelven a empezar con la del vino y toda la secuencia posterior.
Aún más, los productos que sí logran alcanzar el mercado, los de mayor calidad, no llegan a su mesa sino que se exportan hacia países dispuestos a pagar mucho más de lo que usted, consumidor español, está acostumbrado -y puede en realidad pagar-. ¿O acaso cree que las naranjas que toma son valencianas? Seguramente son israelíes. ¿Cree que los tomates son murcianos? Marroquíes. ¿La merluza, gallega? Surafricana. Y no saben igual, ¿verdad? Usted, que ha probado las angulas de verdad, sabe diferenciarlas de esa pasta-con-forma-de-gusano que llaman gulas y que es lo único que conocen la mayoría de las jóvenes generaciones (así que no las echarán de menos el día de mañana, ya no lo hacen hoy). Dentro de poco, ni siquiera el jamón serrano, ese emblema de la gastronomía española, será autóctono. El bueno lo exportarán a Estados Unidos, donde ya se ha llegado a un acuerdo para penetrar su mercado y en España se comercializará el que se está introduciendo hoy día en China para adaptar su cría allí.
El objetivo final puede usted imaginarlo. Una Europa de naturales envejecidos y adocenados por la tecnología, saturada de inmigración llegada de mil puntos diferentes del mundo y sin ninguna conexión espiritual con las tierras a las que le forzaron a emigrar, y carente de producción alimenticia propia porque casi todo, si no todo, lo que comerá lo importará de cualquier otro punto del planeta. ¿Qué clase de defensa cree que puede ofrecer este castillo desmoronado al avance de las hordas que destruirán todo lo que usted conoce y cree todavía, en su ingenua ignorancia, que durará mucho más tiempo?
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La hiperinflacción en camino dia a dia creará caos y reivindicaciones sociales nunca vistas (por los que todavía pueden gritar),más de un político ya puede empezar a correr cuando empieze el desabastecimiento y la reorganización social será necesidad de supervivencia.
El autentico peligro es que empleen metodos más drásticos o un gran teatro, pero en ese caso perderán completamente el control que ya no tienen más que como fachada.
Las cuotas y controles a la producción alimentaria tendrán que desaparecer.
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Paul H. Koch
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