Un cuento chino
18.12.07 @ 12:55:42. Archivado en poder, gobierno mundial, futuro, recursos
Después de todo, hay algo en lo que el viejo embaucador, ese "filósofo" de los proletarios tan bien pagado por los Rotschild, tenía razón: Karl Marx pronosticó que el Capitalismo acabaría siendo destruido, más que porque se enfrentara a otros sistemas, porque en su propio interior albergaba la semilla de la autodestrucción. Y así es. No hace falta ser un Einstein para comprender que la situación económica mundial es insostenible, tal y como está diseñada. Para comprender que, de hecho, se está desmoronando ya, aunque los gobiernos (o los que manejan a los gobiernos) de todo el mundo intenten poner un parche tras otro para retrasar el momento del crack definitivo lo más posible.
Una pequeña parte de la Humanidad gasta mucho de su tiempo y de su dinero acudiendo a las consultas de los endocrinos y los nutricionistas para que le ayuden a bajar de peso porque come demasiado y no hace ejercicio (cuando no invierte todo el día sentado frente a una pantalla -¿se da cuenta de que cada vez son más los trabajos que básicamente consisten en mantenernos pegados a una pantalla, hipnotizados a ella?-, se pasa el día al volante o en casa "disfrutando" de todos los productos de consumo personal y estrictamente egoísta que ha podido adquirir), mientras la mayoría de los seres humanos padece hambre y miseria (la última cifra oficial facilitada por la ONU afirmaba que más de 800 millones de personas pasan hambre literalmente cada día..., no sé por qué tengo la impresión de que la auténtica cifra es bastante superior a lo que nos dicen) y carecen de muchas perspectivas de llegar a viejos, entre otras cosas porque para que ese puñado de privilegiados nade en la abundancia material parece imprescindible destrozar el planeta.
Además, ya no basta con obtener beneficios en una empresa. Hay que ganar cada vez más, por mucho que se haya ganado en el ejercicio anterior. Si ha seguido usted las evoluciones de los mercados bursátiles en los últimos años, se habrá percatado de varios casos de grandes empresas que marchan perfectamente, que ganan mucho dinero y que, sin embargo, caen en Bolsa de manera espectacular cuando, en lugar de conseguir una ganancia de un 20 por ciento sobre el año anterior, pongamos por caso, consigue una ganancia de un 19,5 por ciento. Esas empresas pasan a despedir o prejubilar a sus trabajadores para abaratar costes pues no les basta con la rapiña obtenida sino que quieren más y más y más, y todavía más. Por ello sus directivos invierten tanto tiempo y esfuerzo en busca de nuevos mercados donde colocar sus productos y, como el mercado del primer mundo está más que saturado, han puesto sus esperanzas de seguir creciendo en el desarrollo de otros países menos avanzados. Allí se encuentran los nichos -qué horrible palabra- de nuevos consumidores, esa especie económica tan querida por el Dios Dinero. O, mejor, el Demonio Dinero.
Es el caso de China. Al régimen chino -ese extraño híbrido de Capitalismo y Comunismo que parece el sueño de Hegel en tanto en cuanto superación de tesis y antítesis para alcanzar la síntesis-, los países occidentales le permiten todo. Hasta le conceden graciosamente la organización de unos Juegos Olímpicos con tal de que abra sus puertas a los productos manufacturados por las empresas europeas y norteamericanas y cultive en su territorio la susodicha especie del nuevo consumidor.
¿Que viola salvajamente los derechos humanos igual o peor que cualquier dictadorzuelo derrocable de algún país de tercera fila (por ejemplo exportando sin permiso los órganos de las personas que ejecuta su sistema judicial y que por cierto tienen obligación de pagar la bala con la que va a terminar su vida?)? Miramos para otro lado. ¿Que contamina todo lo que encuentra sin pudor, con sistemas de producción obsoletos y dañinos para el medio ambiente, o altera a su gusto la Naturaleza destrozando ecosistemas enteros para cumplir con sus megalómanos planes de desarrollo (millones de personas evacuadas y miles de kilómetros cuadrados completamente transformados, no necesariamente para bien, con la presa de las Tres Gargantas)? Hay que ver qué bonito que es ese otro lado. ¿Que sus trabajadores parecen -y sufren como- esclavos, más que trabajadores, con las condiciones laborales que soportan? (no hace falta viajar a China para verlo: mire lo que ocurre con los inmigrantes chinos en Europa que trabajan, no para jefes, sino para amos, por supuesto sólo de origen chino). Es que, la verdad, nunca me había fijado en lo realmente atractivo que es ese otro lado...
No obstante, todos esos desvelos para proteger y amamantar el vivero de nuevos consumidores chinos que esperan explotar algunos intrépidos ejecutivos empresariales no servirán de mucho. Quizá no sirvan de nada. Andy Xie, uno de los analistas económicos más fiables e independientes del área Asia-Pacífico (que dirigió entre 2000 y 2006 la división asiática de Morgan Stanley y hace no mucho fue calificado como "el principal economista de Asia" por parte de la revista Institucional Investors), lo ha dicho bastante claro hace unas semanas. Según su pronóstico, la economía china continuará boyante en 2008, al menos tanto como en 2007, pero después de los JJ.OO. de Pekín podemos encontrarnos con más de una sorpresa, porque "a pesar de lo que dice todo el mundo, China nunca será una economía de consumo. Nunca. Los que esperan eso hablan de un sueño que no sucederá."
Echando mano de su experiencia, Xie recuerda que, aunque la china es una de las economías emergentes más potente del mundo, con un crecimiento de dos cifras que incluso ha duplicado el de EE.UU. (y que por cierto supone una cuarta parte del PIB del planeta), su economía basada hasta ahora en la inversión y la manufactura barata está intentando evolucionar su punto de apoyo hacia el consumo. Ahora bien, la demanda china está siendo impulsada por el sector inmobiliario porque a los chinos "les gusta la riqueza, les encanta acumularla, y es esa acumulación la que dirige la economía y la impulsa. No el hecho de ir de compras al supermercado cada fin de semana" como hacen los occidentales. No existe una clase media que acuda a ese nuevo templo urbanita que es el centro comercial, sino que la riqueza está en pocas manos. Y precisa: "La prosperidad económica china se debe a dos razones. La deslocalización de las multinacionales por la mano de obra barata china (que puede a su vez ser deslocalizada y enviada a zonas aún más baratas como otros países asiáticos mucho más deprimidos) y el flujo de capitales (que son caprichosos por su propia naturaleza y hoy están aquí pero mañana pueden estar allí)."
No obstante, sí es verdad que China cuenta con otras ventajas. Por ejemplo, ha sabido imponer su propio flujo comercial con Iberoamérica y con África (recientemente se ha publicado en la prensa española un esclarecedor reportaje sobre la esclavización laboral a la que están siendo sometidos numerosos africanos; por expresarlo muy gráficamente y aunque suene duro: cada vez más negros han sustituido a sus amos blancos por otros amos amarillos).
Hablando en plata: en realidad, China no necesita a EE.UU. ni a la UE tanto como éstas la necesitan a ella. Y esta situación va a ir a más en los próximos años, hasta el punto de que la clase dirigente china, en un momento dado, podrá permitirse el lujo de plantearse congelar o romper directamente los intercambios comerciales -o imponer sus condiciones- sobre Occidente. Y, por supuesto, puede limitar el desarrollo de nuevos consumidores al nivel de sus propios intereses, no de los de las multinacionales norteamericanas y europeas.
Todo lo cual va a generar a medio plazo un problema bastante entretenido, de consecuencias mucho más graves e imprevisibles que las tensiones actuales con los países musulmanes.
Los chinos tienen también sus propios problemas, como la contaminación. Sobre todo, la del agua. Pero Xie apunta un dato interesante: "Ya no existe, como en la época de Mao, un hombre solo gobernando el país (aunque aquí Xie esconde la realidad: Mao nunca estuvo solo, ni mucho menos; era sólo la cara visible de una secreta camarilla) sino que ahora tenemos grupos distintos que, de momento, mantienen la estabilidad. Pero el hecho es que un 1,3 por ciento de la población tiene en su poder un 40 por ciento del Producto Interior Bruto de toda China (los orientales, cuando se trata de lujo, hablan de lujo en serio) así que el problema radica en si está contento todo el mundo en China o puede alguien estar tan enfadado como para liderar una iniciativa que acabe con el Partido Comunista (donde se agrupan casi todos los que controlan allí el poder). Y entonces, ¿qué ocurrirá? Ése es el riesgo."
Decía el sabio Confucio que "un poco de dinero evita las preocupaciones, pero mucho dinero las atrae".
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El derumbe financiero es de tal calado que arrasará a las clases medias europeas y con ello poco importará lo que haga China,EEUU (sus ruinas),Rusia,...
La clave está aquí,en Europa,donde siempre ha estado la llave del mundo.Si esto cae (ya está cayendo) el resto le seguirá como un castillo de naipes.
Necesitan sacar cuanto antes la gran obra de teatro preparada y dar a conocer a sus actores,pero los de aquí no fijan la agenda,así que, quien sabe.
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Paul H. Koch
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