Maestro
10.04.06 @ 01:00:42. Archivado en recomendaciones
Los maestros lo son porque nos enseñan y da igual que pertenezcan a una época remota o que sean, por último, fruto de la imaginación (que en el fondo no es sino una ventana a un universo paralelo) de otro autor. Los maestros lo son porque, no importa el tiempo que haya transcurrido desde la última vez que les consultamos, cada vez que nos sentamos a sus pies para pedirles consejo o, simplemente escucharles, saben señalar hacia la luna (y de nosotros depende ver la luna y no quedarnos en el dedo). Los maestros lo son porque sus palabras siempre nos emocionan, nos llenan y, a menudo, nos hacen llorar de alegría cuando de pronto somos conscientes de que el mundo tiene sentido, después de todo.
Uno de mis principales maestros murió físicamente el viernes 10 de abril de 1931 en los EE.UU., aunque su cadáver fue trasladado por medio mundo con gran pompa y circunstancia, en medio de la expectación popular, hasta su entierro definitivo nueve meses más tarde, el 10 de enero de 1932, en una gruta excavada en la roca en el monasterio de Mar Sarkis de su Líbano natal. Por razones obvias, ya que yo llegué a este mundo 21 años más tarde, nunca llegué a conocerle en persona, pero le adopté como maestro el día en el que leí por primera vez uno de sus poemas.
Él aceptó silencioso y sonriente y desde entonces le he leído y consultado regularmente. Nunca me ha defraudado.
Hablo de Khalil Gibran.
Dicen que para ser un buen poeta es necesario soportar experiencias dolorosas y hacerlo de manera intensa, pues precisamente el dolor es uno de los grandes maestros de la Vida siempre que comprendamos lo que está intentando decirnos. En ese caso, Khalil Gibran debió aprovechar, y muy bien, sus enseñanzas puesto que su existencia no fue precisamente un lecho de rosas. Hace un par de años, se publicó en español la delicada biografía que Alexandre Najjar elaboró sobre su vida y su obra y recuerdo que me llenó de orgullo que la primera edición de mi Illuminati compartiera, aun brevemente, la estantería de novedades con la obra de Najjar. "¿Lo ves, maestro? Tú siempre dices que podemos hacer lo que queramos".
Quizá fue en la lectura de su obra donde obtuve, muy joven, la certeza primera de que el hombre que quiera merecer ese calificativo ha de tomar conciencia, antes que nada, de su soledad intrínseca. Y de lo imprescindible de ella para probarse a sí mismo, para moldearse, para elevarse por encima del océano de las apariencias que nos rodea. Incluso para realizar el supremo arte de la Teurgia: destruirse como hombre y reconstruirse como dios. Con la responsabilidad que eso conlleva.
"Bebe el vino de tu copa solo. Incluso si tiene el gusto de tu sangre y de tus lágrimas. Y agradece a la vida que te haya concedido el don de la sed, porque sin la sed tu corazón no es más que la orilla de un mar estéril, privado de canto y de marea. Bebe tu vino solo y hazlo con entusiasmo. Alza tu copa bien alta, sobre la cabeza, y vacíala hasta las heces. A la salud de aquéllos que al igual que tú beben solos."
En esta época de locos e ignorantes, en la que el futuro parece más incierto y oscuro que nunca, en la que tanta gente se complace en revolcarse en el lodo de los instintos y desprecia la espiritualidad confundiéndola con el fanatismo, la superstición, la idiocia o la religión organizada, el maestro recuerda, y consuela:
"Sois espíritus, aunque os mováis dentro de cuerpos. Y, como el aceite que arde en la oscuridad, sois llamas, aunque estéis retenidos dentro de lámparas."
Con tanta ciencia y tanta tecnología que nos rodea, nuestros días son una sucesión de gurúes y falsos dirigentes espirituales que nos esperan con el garrote a la vuelta de la esquina: una sentencia hermosa y un cachiporrazo; me llevo tu dinero y si te he visto no me acuerdo. Para aprender a diferenciar un maestro verdadero del que no lo es, es preciso darse cuenta de que el real nunca hace las cosas por uno. Se limita a decir lo que hay que hacer y deja después que sus discípulos lo hagan. No nos acompaña a la sala donde conoceremos la Verdad. Como mucho, nos dirige hacia la puerta de la sala y deja que entremos solos, si estamos dispuestos a aceptar lo que eso supone.
Y, por supuesto, conoce a Dios. Lo ha visto cara a cara. Lo ve todos los días, a todas horas. Es como él. Es él. Y quiere que también sus discípulos lo sean:
"Mirad a vuestro alrededor y veréis a Dios jugando con vuestros hijos. Le veréis caminando por las nubes, desplegando sus brazos en el relámpago y descendiendo en la lluvia. Le veréis sonriendo entre las flores y levantándose luego para agitar sus manos sobre los árboles."
Khalil Gibran dejó escrito el más hermoso poema de amor que conozco. Entre otras cosas, porque no canta al amor facilón y al romanticismo de telefilme, sino al real, al que debe cultivar una pareja establecida o que pretende durar en el tiempo. Y porque trata al hombre y la mujer por igual, lo que ni siquiera hoy es moneda corriente:
"Dejad que los vientos del cielo dancen entre vosotros. Amáos uno al otro, mas no hagáis del amor una prisión. Mejor que sea un mar que se mezcla entre las orillas de vuestra alma. Y permaneced juntos, mas no demasiado juntos. Porque las columnas que sostienen el templo están separadas. Y ni el roble ni el ciprés crecen el uno a la sombra del otro."
Releyendo el otro día su obra, reencuentro con sorpresa el párrafo que transcribo a continuación. Él lo redactó en su tiempo para referirse a los vaivenes políticos que azotaron a su nación, el Líbano (que hoy sigue presa de los acontecimientos, juguete roto en manos de sus poderosos e implacables vecinos), pero cada vez que lo leo más me parece que habla de España y sus dos principales problemas políticos: la globalización y los nacionalismos separatistas:
"Desgracia para la nación que se viste y nutre con lo que no ha tejido ni sembrado y que se embriaga con un vino que no ha sacado de sus propios lagares. Desgracia para la nación que mientras duerme desprecia la opresión y que al despertar venera la sumisión. Desgracia para la nación en la que cada comunidad reivindica para sí misma el nombre de nación."
Maestro, hace ya 75 años que el molino de la vida hizo harina contigo, como diría uno de tus poemas. Pero seguimos alimentándonos de tu pan sagrado:
"Dejadme dormir, mi alma está ebria de amor. Dejadme descansar, mi espíritu está ahíto de noches y días... No habléis de mi partida con lágrimas en la voz. Cerrad más bien los ojos y me veréis entre vosotros, hoy y mañana."
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Paul H. Koch
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