Incolora, insabora, inodora..., ¿inane?
30.03.06 @ 00:01:02. Archivado en recursos, alimentación
Siempre he dicho que, si algún día se inventara una máquina del tiempo al estilo de la de H.G.Wells y el viajero espaciotemporal quisiera traerse como souvenir hasta nuestros días a un habitante de cualquier época de la antigüedad remota, estaría condenando a nuestro pobre antepasado a muerte. Y ello, no porque no pudiera sobrevivir al viaje en sí, sino porque moriría envenenado al llegar al día de hoy. Lo que ya no sabría especificar es qué le mataría antes: respirar el aire contaminado de nuestras ciudades, comer los numerosos conservantes, acidulantes, colorantes y etcéteraantes con que alteramos nuestra comida o tal vez beber nuestra agua multitratada químicamente “para mejorar la salud del ciudadano”.
No somos conscientes del deterioro general de nuestra calidad de vida, la del ciudadano occidental, que las encuestas oficiales ensalzan como la mejor del mundo por el hecho de que disponemos de más y mejor tecnología y de energía más barata que en cualquier otra parte del planeta. Las ridículas estadísticas que basan esa calidad en la tenencia de televisores o coches de mayor potencia, o incluso en la mayor producción de basura por cada ciudadano (!), es otra clara muestra de la pérdida de la brújula social.
Si mañana mismo se produjera una catástrofe global que nos devolviera a la época de las cavernas, no estoy seguro de que pudiera salvarse mucha gente en el mundo pero sí de que, entre los grupos de supervivientes –en general, indígenas o nativos de algunos países ya de por sí acostumbrados a duras condiciones de vida- probablemente no habría occidentales, o bien su número sería muy pequeño. La desgraciada revolución protagonizada por aquellas ideas que han avasallado la historia del pensamiento desde la época de la Razón hasta nuestros días, con su cartesianismo, su logicismo, su ateísmo, su cientifismo y su falso y peligrosísimo colocar-al-hombre-como-única-y-real-cúspide-de-la evolución nos ha ido separando progresivamente de la Naturaleza hasta aislarnos por completo de ella.
Piense esto: si mañana se produjera esa catástrofe en la que desapareciera el mundo tal y como hasta ahora lo hemos conocido y usted quedara solo y exiliado en un área deshabitada, ¿sabría procurarse comida y bebida para sobrevivir sólo un día más (ordeñar una vaca o recoger agua de lluvia, por ejemplo, ¿cree que es tan fácil decirlo como hacerlo si nunca lo ha hecho?)? ¿Sabría construirse un refugio para no dormir a la intemperie (un refugio seguro y protector tanto de la climatología como de otras amenazas)? ¿O utensilios y herramientas para fabricar artículos de primera necesidad (desde un sencillo vestido hasta una simple mesa)? ¿Sabría defender su propia vida en un enfrentamiento físico (no ya contra un animal salvaje sino contra algún humano salvaje, también superviviente, que quisiera arrebatarle sus escasas y preciadas posesiones)?
¿Sabría soportar la ausencia de su programa favorito de televisión?
Haga una prueba muy sencilla: vaya al campo o al bosque, lo más lejos posible de la ciudad (a ser posible, lejos incluso de cualquier lugar habitado, carreteras incluidas; lejos hasta de los campings), y túmbese de noche un día claro de verano mirando hacia las estrellas, solo y en silencio. ¿Sería capaz de observarlas con serenidad durante mucho tiempo (¿Sería, primero capaz de soportar su mera visión, con la inmensa y poderosa belleza que destilan? A mucha gente sólo plantearse algo así ya le resulta agobiante) y seguir pensando que el hombre merece la consideración de “cúspide evolutiva”?
Volviendo a la calidad de vida... Los venenos nos rodean por todas partes. Y lo peor es que las denuncias se multiplican y nada ocurre. La última es la del químico de la universidad germana de Heidelberg William Shotyk, que en el último número del Royal Society of Chemistry Journal publica el estudio que en compañía de su equipo ha analizado medio centenar de marcas comerciales del agua mineral que se comercializa en Europa –tres de ellas, españolas- y más de una docena de marcas canadienses. Si bien, según él mismo señala, sus conclusiones pueden aplicarse no sólo al agua sino también al resto de los refrescos u otras bebidas envasadas en botellas de plástico.
Según los trabajos de Shotyk, todas las botellas fabricadas con el plástico conocido como PET -que es la abreviatura del polietileno tereftalato- son un peligro latente ya que contienen antimonio en niveles superiores a los admitidos para la buena salud del organismo. Este metal, incluido en la composición del envase, acaba pasando del plástico hasta el líquido de forma que cuando ingerimos éste también tragamos aquél. El antimonio es un auténtico veneno para el cuerpo ya que entre otras alteraciones de la salud provoca severos desarreglos en el sistema nervioso. Esto de los nervios pareciera un tema menor en una época donde sufrimos azotes como los generados por el Alzheimer, el Sida o el cáncer pero, ¿se ha fijado cuánta gente en nuestra época está siempre “de los nervios”? ¿Cuántas personas son incapaces de conciliar el sueño (y cuántas veces achacamos eso, curiosamente, al elevado consumo de cafeína o teína, que ingerimos a través de refrescos)? ¿Cuántas barbaridades puede hacer una persona que no controla sus nervios?
Lógicamente, cuanto más tiempo permanece el líquido dentro de la botella, mayor es el riesgo. El antimonio en dosis pequeñas genera, como mínimo, malestar y afecta al estado de ánimo hasta el punto de conducir con facilidad hacia la depresión. En cantidades mayores es un seguro pasaporte para el otro mundo. Las empresas fabricantes podrían defenderse aduciendo que las cantidades detectadas por la investigación de este científico son menores que los niveles oficialmente recomendados y por tanto que se está creando una alarma justificada. Pero resulta que según el análisis, después de sólo tres meses de almacenamiento las botellas PET duplican la cantidad de antimonio presente en su interior. Es interesante, sobre todo si pensamos que en algunos casos la fecha de caducidad –y por tanto de almacenamiento- puede alcanzar los dos años.
Teniendo en cuenta las crisis anunciadas por consumo de agua para los años venideros y la importancia creciente del sector (según Nestlé, en este momento se bebe en torno a 148.000 millones de litros anuales de agua embotellada en el mundo; sólo en EE.UU., el negocio genera unos 9.000 millones de dólares al año), los asesinos de Sócrates casi podrían haberse ahorrado la cicuta si vivieran en la actualidad.
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Paul H. Koch
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