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Contingencias de una migrante.

11.02.19 | 05:00. Archivado en Sobre el autor

+ Contingencias de una migrante. Parte 1
+ Contingencias de una migrante...fin
+ Blog "Hermosillo" Celebrando una docena de años en Periodista Digital.

El 28 de febrero de 2007 acepte la invitación de integrarme a Periodista Digital, con sede en Madrid, España, sin duda el mejor portal de habla hispana; ya pronto serán DOCE AÑOS de escribir casi a diario el Blog “Hermosillo”, oportunidad que como siempre agradezco a Alfonso Rojo, director del portal. Y si de reconocimientos se trata pues el mejor y más cariñoso para Beatriz, Martha y Miranda y, a usted muchas gracias.

Por la cual para estos días hice una selección de los textos que más han visitado los lectores, ello de acuerdo a lo que reporta la página www.statcounter.com, mismos que repetiré durante estos días.

El que a continuación presento lo publique en dos partes luego de una charla con una migrante en Tucson, Arizona, cuando apenas tenía dos semanas en este espacio. Eh aquí el texto del 19 y 20 de marzo de 2012, corrección, 2007:

Contingencias de una migrante
Corre, agáchate, tírate, levántate, sigue, vamos sigue; después de llegar hasta acá, se te hacen poco los 1800 dólares que das para que te pasen. Luego de vivir todo eso que se vive al cruzar sin papeles al otro lado, nunca se te olvida. Ya hace seis años que nos vinimos; mi hija es la que se quería venir... pero cómo la iba dejar venir sola.

Los esos (coyotes) hay de todo, a veces nos toca a uno y a veces muy mala suerte; a la Olguita la alboroto mi sobrina y su novio de ella y un amigo del novio.

Mire Usted, yo la estuve pensando toda la noche antes de darle permiso de que se fuera.

Cuando estábamos aquí cerca en la frontera le dije al señor: está bueno pues, se va mi hija pero yo también me voy con ella, entonces quedamos de salir a las once de ese jueves, ahí frente a la farmacia de la esquina. Estuvimos las tres mujeres juntas, unos de esos y al rato llegó otro de ellos, pero nunca llegaron ni el novio ni su amigo, así que salimos a medio día, tomamos por la vereda hacia el arroyo y por ahí caminamos todo el día hasta por las diez de la noche, córrele, agáchate, y arrástrate para cruzar la línea. La Nubia, de 23 años, iba bien encanijada por el menso aquel que nunca llego. Pero como le dije, por algo Nuestro Señor hace las cosas.

Eso fue como a media noche y tardamos como siete horas para pasar unos cochinos veinticinco metros.

Estaba todo sucio, lodoso, lleno de buñiga, zopilotes muertos, pero cada paso que dábamos, una atrás de otra, la pensábamos más de media hora porque enfrente estaban las camionetas de la migra o el helicóptero.

Ya como a las dos nos quedamos dormidos, pero a las seis me despertó como un fuego en la cara oscuro que me cegaba, algo rojo, y cuando abrí los ojos era el sol, y sentí tanto miedo.

Imagínese, si a esa hora quemaba el sol, cuando voltee a un lado de mí buscando a mi hija, mire a los dos señores que ya estaban tomando café y me ofrecieron una taza y no quise tomar, no se la acepté, les dije que muchas gracias, que no tomaba café. Si será uno, no oiga, soy de Veracruz, de ahí de Córdoba, usted creé.

Desperté a mi hija y a mi sobrina y ya nos seguimos caminando por toda la orilla del cerro, y nos decían los señores que no había que subirse mucho al cerro porque nos iban a ver, nos iban a localizar con sus binoculares o detectores, esos que usan para ver lo rápido que andan los carros.

Ya para medio día estábamos entrando al desierto y nos sentíamos contentas porque para el sábado en la tarde íbamos a llegar, al fin que ya habíamos cruzado la frontera. Y ahí nos íbamos despacito sin mucho platicar, cuando el viernes por la noche uno de ellos dijo, que ya que hacía mucho frío era mejor que todos durmiéramos pegaditos y juntitas para que así no nos vieran los sherifes, yo le dije… ¡ahhh sí! Pues, mire mija, que tenía en ese entonces veinte años, acuéstese aquí en mi izquierda y que la Nubia se acueste a un lado de usted, pegada a la pared del cerro… y usted oiga, si quiere acuéstese atrás de mi- si quiere- y el otro señor pues atrás de usted. Entonces ya no le gustó y se acostó dándome la espalda a mí y poniéndose enfrente del otro.

Ya para el sábado por la tarde se empezó a acabar el agua y el señor que mandaba dijo que íbamos a tomar de a poquito, pero algo pasó y el domingo muy temprano nos despertaron los grito de los dos, que con una bola de groserías estaban echándose la culpa por habernos perdido; así que el segundo que llegó en la esquina de la farmacia fue el primero en abandonarnos regresándose pa´tras.

Nos asustamos mucho por el último grito que le hizo: que se la iba a pagar, que ya sabía que le habíamos entregado la mitad de los 5400 dólares y que le diera su parte y el otro le dijo que sólo que terminara el trabajo completo…y pues haber si lo terminas le dijo el otro y se fue….

Ya por la tarde el señor nos dijo que sólo con el tapón de la botella nos mojáramos la boca y cuando estábamos por reclamar, que un fuerte ruido nos alertó a todas y volteamos para todos lados para buscar en dónde escondernos….

VER PARTE FINAL EN: Contingencias de una migrante...fin
http://blogs.periodistadigital.com/hermosillo.php/2007/03/20/contingencias-de-una-migrante-fin

Contingencias de una migrante...fin
Olga, Nubia y yo ya casi le reclamábamos al señor por la poca agua que trajo, cuando oímos un ruido que nos dejo sordos....como un resorte nos tiramos sobre una raíces debajo de un hueco, que el río había dejado en el arroyo y ahí nos quedamos parte de la tarde y hasta la madrugada, tiradas echas bolas muy juntitos y pa que voy a decir otra cosas, si el señor no estaba de mal ver y además se había portado como todo un hombre, así pues…ay …si una no es de trapo.

Con el miedo ni nos movíamos; entre él y yo tapamos a las muchachas; y así estuvimos no se cuánto tiempo, ahí nomás oíamos puras voces gringas de cinco hombres y una mujer, todos de la migra, a señas eso nos dijo el señor porque la luz de la sirenas eran como verde y amarilla, no roja y azul como las de la policía. Ahí metidas entre las raíces…como cuando pasa el agua y se lleva un pedazo, ahí dejo un hueco el agua, al quitarle la tierra al árbol, bendito sea Díos; ellos se asomaban, escupían pa bajo; eran tres patrullas, cada que movían una nos llenaba de tierra la espalda a él y la cara a nosotras. Después nos dimos cuenta, fueron más de nueve horas las que estuvimos ahí tiradas, sin movernos, sin agua y menos sin comer…pues qué íbamos a comer si se suponía que el sábado llegaríamos aquí a la ciudad y ya casi amanecía para el lunes.

Pasada la media noche del domingo, sentí al señor y el como que se turbaba y los carros iban y venían….luego de un largo silencio se comenzó a menear así como no queriendo la cosa y pues…una no es de trapo, ahí nomás quietecita me quede; habíamos caminado todo el día. Nos tirábamos entre el tazajal y los mezquites a cada rato que divisábamos una polvadera, pues la ropa se rasgo por todas partes; yo llevaba unos mezclillas y una camisa de algodón, que por cierto todavía los tengo allá en la casa, no lo he tirado. Ay, me daba mucha pena con mihija que como que notaba que yo aceptaba y no me decía nada la pobrecita, ella estaba debajo de mi y encima de la Nubia, así apiladitas como los olotes en la troj. Entonces con mucho cuidado, con los ojos quite aquello que me estaba causando tanto rubor por todo el cuerpo y que en verdad quería, ay no se como decirlo, pues recibirlo y estuviera pues ahí…pero no, me dije que no y él ya no insistió en Más, ni me dijo nada, y así quietecito se quedo.

Como mucho rato después Olguita me paso un espejo que Nubía se había acordado que traía, se lo pase al señor, y apenas sacando la mano miro y ya no estaba nadie; Nos quisimos parar pero que se cae él primero y luego cada una de nosotras por los pies, manos y todo el cuerpo entumido. Todos tomamos, mejor dicho lamimos la tapadera de la botella de agua y seriecitos, como cuatro horas después, nos fuimos caminando por todo el arroyo arenoso, caliente. Ay no nomás de acordarme como me quemaba la arena los pies, vuelvo a llorar de dolor.

Toda la mañana del lunes atravesamos el sol, siempre para el norte; imagínese cómo nos veríamos que hasta las coralillos y los coyotes, de a de veras, salían corriendo cada que nos encontrábamos por el camino y así; hasta que de una curva del cerro casi nos atropella una guayin de esas viejitas y unas personas güeras, se nos quedan viendo con cara de susto y nos dicen sabe que cosas en ingles y que salen echo la mocha dejando una polvadera y como a las dos horas las vemos venir de nuevo y tiran a un lado de nosotros cuatro galones de agua, uno de ellos sabor guayaba, muy rica y fresca y tres mantas, y entre ellas un mapa a mano.

Ay no, Díos es muy grande; mire si como le digo no me lo va a creer. Cuando salimos el jueves por la mañana en la bolsita chiquita de mi pantalón me eche una cadenita con la medallita de diosito, para algo me va servir me dije y en la bolsa de atrás, en la izquierda me puse otra medallita de esas chiquitas de oro y mire que al otro día el martes. Un viejito, que también hablaba ingles y mediopocho, se nos acerco nos pidió que no nos moviéramos de ahí por que la patrulla andaba cerca; al rato llego el pobre hombre con media lata de carne, medio aguacate, un sobrecito medio abierto de galletas saladas y dos litros de agua; nosotros nos imaginamos que era lo único que tenía aquel pobre señor por que la salchicha que también trajo ya casi olía a perdida pero así y todo nos la comimos.

Muy lindo y muy preocupado nos pidió que no le dijéramos a nadie que nos había visto y mucho menos ayudado, nos dijo que no nos acercáramos a los ranchos, que mejor camináramos por las cercas:”Ni se les ocurra meterse a un rancho, le pueden no sólo hablar a la policía, sino hasta tirar a matarlos, tengan mucho cuidado” y nos encamino.

Ya para el martes a media noche, el señor que nos paso encontró a sus contactos y nos llevo con otros de esos que pasan, entonces nos pidieron cien dólares a cada una para llevarnos en carro hasta la ciudad y mire que de que los hay lo hay, ninguna a completaba, la Nubía apenas tenía cuarenta, mi hija y yo juntábamos sólo 117, o sea ni la mitad, entonces me acorde de mis medallitas , se las di a la señora y, pobre Nubia me acuerdo tanto de tu carita, cuando le dije, haber mija, dame tus aretes para pagarle a la señora, ella se soltó llorando y me dijo en voz baja, pero es que tía, es lo único que me queda de mis quince años que me regalo mi papá que en paz descanse. Ni modo, se los quito, me los dio los entregamos y rápido nos subieron a una camioneta para traernos, después de muchas vueltas, hasta acá, a la ciudad. Luego supimos que sólo caminamos tres kilómetros en ese carro.

Ya mi Olguita se caso, me hizo abuela de tres hermosos nietos, dos niños y una niña igualita a Olga; Nubía también se caso y ya hasta se compro un carro que sigue pagando en la agencia y hasta tarjetas de crédito le ofrecen en los bancos por que no se atrasa en los pagos. Mi viejo y mis otros cuatro hijos también ya se vinieron para acá, al otro lado.

Olga nunca me ha comentado nada de lo que pudo haber pasado en el desierto, allá entre las raíces, entre aquel señor y yo, a quien por cierto nunca lo volvimos a ver. Ahora, mi viejo y yo tenemos cada quien su carro; yo le preste quinientos dólares para que se a completara para el suyo; ya no me dejo que me pegue como lo hacía allá en la casa, al contrario yo le digo que todos somos iguales y que aquí yo soy más igual que él porque una quincena yo pongo el gasto de la casa, él la otra quincena, pero yo arreglo a mis hijos, el últimos tiene 15 años, les ayudo con la tarea, les preparo la comida, les lavo la ropa, así que yo soy mas igual que él y que se tiene que aguantar. Ahora lo único que le queda por decir, es querer averiguar si ando con otro que por que me la pasó mucho tiempo en el trabajo, pero esta loco. Yo le digo viejo, no más por que no estamos casado ni por díos ni por las leyes, pero viejo no esta, le digo que si quiere que le diga mi esposo o mi marido que para eso todavía le falta algo, se lo tiene que ganar; aunque yo lo quiera mucho. 17 de marzo 2007.
Tumacacori, Az. EUA.

Ver Primera parte en: Contingencias de una migrante http://blogs.periodistadigital.com/hermosillo.php/2007/03/19/contingencias-de-una-migrante
http://blogs.periodistadigital.com/hermosillo.php/2007/03/20/contingencias-de-una-migrante-fin


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