En otra ocasión ya he publicado textos de Carlos Ferreira, quien escribe en el periódico La Crónica; hoy escribe una excelente columna que bien...
vale la pena leerla:
La misteriosa renuncia de Juanito
Lo conocían como el Cuyo Hernández, un sujeto de esos que viven de explotar boxeadores y que en un momento de lucidez se lanzó de cabezota contra la Comisión Nacional de Box, presidida entonces por el escritor Luis Spota. Ya se sabe, una disputa por el botín que significan los bofes (perdón, Germán Martínez).
Hubo un ácido cruce de amenazas, se formaron bandos a favor de uno y del otro y en un momento se pensó que podría llegar la sangre al río. Demasiados intereses atrás del negocio que regenteaba un señor de apellido Lutteroth.
En ese tiempo, pasada la euforia del Ratón Macías, al que dábamos por descontado que sería campeón mundial gracias a la Virgencita de Guadalupe, los peleadores estrellas en el firmamento nacional eran los cubanos Mantequilla Nápoles y Ultiminio Ramos. Dejaban costales de dinero en cada pelea.
Y no era el caso de perder una fuente de riqueza que pretendían, por igual, los managers que querían organizarse en una especie de asociación (ignoro si lo lograron) y la susodicha Comisión Nacional de Box y Lucha Libre.
Con Spota trabajábamos en la todavía Televicentro. Grabábamos un programa diario que se llamaba “Cada noche... lo inesperado”, cuyos conductores eran el escritor y Dolores Ayala. En la parte operativa nos dirigía Héctor Anaya y las ilustraciones estaban a cargo de Agustín Granados. Un equipazo, en verdad.
Pues bien, el desacuerdo entre manejadores y directivos del arte de Fistiana (si alguien sabe por qué se llama así, agradeceré el dato), llegó a extremos de violencia. Un par de agresiones contra cercanos al Cuyo y amenazas de muerte por ambos bandos.
En Televicentro el acceso era muy controlado. A cada visitante se le pedía una identificación, se confirmaba su cita y le entregaban una identificación que se debía portar a la vista.
Una noche, a medio programa, se apareció en el estudio el Cuyo con dos gorilotas con cara de choque y tamaño descomunal. Alarmado ante un posible escándalo, Héctor me ordenó que avisara a la vigilancia para que expulsaran a los nada gratos visitantes.
El guardián me explicó que cuando se trataba de personajes conocidos, no se les ponían obstáculos para su ingreso al edificio. Y este era el caso, por lo que los dejaron pasar sin mayor problema. De cualquier forma, subió al estudio un cuarteto de uniformados.
Cuando los vio aparecer Luis Spota, llamó a Héctor y le comentó que no había problema, iba a hablar con el Cuyo al terminar la grabación.
Salíamos todas las noches en una comitiva encabezada por Spota flanqueado por la productora, una cachupincita; por Víctor Khune, que cargaba los kilos de papeles, carpetas, periódicos y libros que acostumbraba el jefazo; Héctor, Agustín y yo.
Mientras nos dirigíamos a la salida, Spota y el Cuyo discutían. El manejador, escoltado por sus gorilas, hacía profesión de lealtad a la comisión insistiendo en que todo era un malentendido, que sentía una gran devoción por “don Luis” y pedía que se cerrara el capítulo.
Claro, estaba advertido que la agenda de la próxima junta general de la Comisión revisaría su permiso para seguir ejerciendo como dueño de un establo y beneficiario directo del dinero que generaban “sus pupilos”. Así los llamaba.
Con voz tranquila, recalcando cada sílaba, el conductor de “Cada noche...” le espetó: “Cuyo, usted sabe que está afectando intereses que nos superan. Nuestro amigo, lo conoce, está muy disgustado y sabe que con él no se juega, el costo es muy alto, las consecuencias pueden ser muy graves, así que...”
El tono, la forma y el miedo que apareció en el rostro del Cuyo me remitió a algunas películas clásicas de la época de la prohibición en Estados Unidos. Era, llanamente, una amenaza, a la que respondió con balbuceos y la promesa de que ya no se movería más el asunto.
Allí terminó todo. El Cuyo volvió a su vida cotidiana y a sus ganancias interminables.
La historia se repite. En este país con la memoria histórica cancelada, los errores se cometen una y otra vez. Ahora le tocó a Juanito, el triste personaje inventado por Andrés Manuel López Obrador, que pasará al anecdotario de la picaresca política nacional como otra víctima del rejuego indecente por los presupuestos.
Un día antes de entrevistarse con el jefe de Gobierno de la ciudad de México, Marcelo Ebrard, todavía en la euforia de su falso triunfo en Iztapalapa, Juanito se presentó en un concurso de fisicoculturistas, donde sin el menor asomo de autocrítica, lució un cuerpo descuidado, obeso, con músculos flácidos. Una facha, pero el pretexto era lucir su fortaleza, preparado para gobernar Iztapalapa. Presumió de sanote.
Apenas 24 horas después, ese dechado de vigor en menos de media hora se declaró renunciante a la delegación por motivos de salud.
En el mejor estilo tricolor, divisa que no puede negar Ebrard, aseguró que había sufrido dos infartos y que las presiones a las que estaba sometido ponían en riesgo su vida.
Doña Concepción Ángeles, madre de Juanito, tras conocer la noticia no pudo ocultar su desconcierto. De los 22 hijos que procreó, quedan vivos 12 y ninguno, asegura la señora, “es enfermizo”. Rafael, dice ella, es un hombre sano, “sí, nunca se enferma, todos mis hijos son sanos”.
Lo avala un antiguo compañero de trabajo, mesero en la fonda Las Mercedes de Polanco. Coincidieron en un céntrico hotel donde atendían principalmente banquetes. Recuerda: Juanito era inquieto, deportista y patrocinaba un equipo de futbol donde de 11 jugadores, siete u ocho se llamaban Juan.
Al conjunto lo conocían como Los Juanitos y por extensión a Rafael se le empezó a decir El Juanito y Juanito quedó.
El hecho es que Juanito no tendrá 50 por ciento de los cargos a los que condicionaba su retiro. Tampoco, pero eso está en veremos, recibirá dinero a cambio; originalmente aspiraba a una compensación de 200 millones, misma que subió a 300 millones y de acuerdo con versiones de sus allegados, le entregarán “sólo 150 millones” de pesos. La delegación los vale y eso lo sabe la gente del Peje.
Las que no abandona son sus pretensiones de competir en tres años por la jefatura de Gobierno del DF, y dentro de nueve, por la Presidencia de la República. Quedó convencido de que es un hombre popular y que sus coterráneos lo quieren, lo respetan y lo elegirían a cualquier cargo público. Parece que, si le cumplen, cosa de dudarse, se conformará con una diputación local.
En todo este jelengue no podían faltar declarantes. El diputado y líder de la fracción del PT, Pedro Vázquez, sin que le pregunten afirma que “no hubo necesidad de hacerle manita de puerco”. Él, asegura, “reflexionó y le dio una salida como se había planeado; es un acuerdo político...”
Por su lado, Marcelo Ebrard, según el Chucho mayor, Jesús, sólo garantizó la estabilidad de la delegación y no siguió, de ninguna manera, instrucciones de Andrés Manuel.
Sí, y en menos de 30 minutos el alegre Juanito que ingresó al despacho de Ebrard, salió convertido en un atemorizado Rafael, sin ganas de hablar y negando las entrevistas que tanto le gustan.
¿Con qué argumento convenció Marcelo a Juanito? Nunca lo sabremos. Pero qué miedo…http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=460725
carlos_ferreyra_carrasco@hotmail.com
Miércoles, 30 de mayo
Paul Monzón
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Efrén Mayorga
Julio Frank Salgado
Guillermo Roz
Asociación Cultural Vera Méndez
Karina Longo
Meir Finkel
Angel Monagas
Rolando Rodrich
Francisco R. Figueroa
Julio San Francisco