Que conste que es poco el tiempo que te he tratado y muchas las ocasiones que de tu obra he disfrutado: Efrén Mayorga
Comparto con usted este correo que acabo de recibir en el post #136700 "Tomás Urtusástegui"
http://blogs.periodistadigital.com/hermosillo.php/2008/01/09/p136700
Es lindo, en verdad que es muy bonito, gracias “estrellitaempanizada” por enviar esta pequeña parte de la historia moderna de México:
Comentario:
La SOGEM, pasado y futuro
por Héctor Rivera
Milenio Diario Domingo Agosto 24, 2008;
http://www.milenio. com/node/ 68138
Parecía un viejo cocodrilo. José María Fernández Unsaín no sólo tenía la piel muy dura, tenía también unos ojos grandes y redondos, una nariz pronunciada y un bigote minuciosamente recortado por los extremos. Bajo una frente cubierta de arrugas, su entrecejo siempre fruncido en un gesto hosco lo hacía parecer enojado cuando invocaba por naturaleza a la más rotunda autoridad: era mandón, exigente, claridoso, sarcástico, chantajista emocional, brusco y seco, pero con todas esas virtudes muchos lo querían. Muchos le temían también.
Fumaba demasiado y vestía su corpulenta figura con unos trajes grises que le daban una apariencia de litigante de los años 50. Con voz ronca y carrasposa daba órdenes como el capitán Garfio a su tripulación. Seducía, negociaba, amenazaba, calculaba y siempre se salía con la suya, por la buena o por la mala. Así hizo de la Sociedad General de Escritores de México un auténtico coto de poder en todos sentidos, incluidos el político y el intelectual.
Él trajo a México de regreso a Elena Garro desde París. Casi fue por ella para jalarle las orejas. En su oficina de la colonia San José Insurgentes me ponía el altavoz en el teléfono para que escuchara desde allá su voz quedita y llorosa diciéndole: “No puedo ir, José María, no sé qué hacer con mis gatos, no tengo con quien dejarlos”. Y José María le respondía con voz de trueno, fingiendo una furia que era en realidad pura ternura: “Elena, ya te dije que tienes que venir, que está todo arreglado para tu viaje, que te vamos a mandar más dinero, te vamos a hacer un homenaje”. “Sí, José María”, le contestaba humildemente Elena. Y vino a principios de los 90, después de 20 años de ausencia.
Prácticamente desde los orígenes de la Sogem como tal, José María libró desde su presidencia grandes batallas, con la misma energía, con la misma autoridad: la excensión de impuestos a los autores, la defensa de los derechos de autor, la ley cinematográfica, la lucha contra la piratería, el reconocimiento a sus agremiados. Alguna vez lo vi clavar una daga envenenada en el pecho de Ramón Obón, el abogado de la Sogem, que le comentaba un triunfo jurídico: “Hasta que ganaste un pleito”. También vi cuando hizo llorar a Jesús González Dávila por tomar una decisión sin consultarlo en una reunión de escritores fuera de la Ciudad de México. Se mudó de hotel y no regresó hasta que Chucho le pidió perdón públicamente.
José María murió en 1997. En el camino cayó también José Estrada, El Perro, en septiembre de 1986. Era el vicepresidente de la Sogem. Fumaba como un loco y tomaba café por litros.
“No seas salvaje, te va a dar un infarto”, le dije un día. “Me vale madres”, me contestó con su taza de café en una mano y un cigarro en la otra. Una semana después se había ido para siempre, sin despedirse.
Luis Reyes de la Maza tomó luego la presidencia de la Sogem y no tardó en acusar a José María de excesos y derroches en el gasto de los dineros de los escritores.
Entre otras cosas, criticó el restorán que José María había instalado en la parte alta del edificio, con un chef de primera y ofertas gastronómicas portentosas. Muy pronto Reyes de la Maza salió de mala manera de la Sogem, en medio de denuncias de abusos y sobornos. Una corredora de seguros lo acusó de exigirle una comisión de 50 mil pesos a cambio de comprarle las pólizas de los agremiados al organismo a su cargo. Alguien me contó entonces que había tomado por costumbre llevarse a casa, en recipientes de plástico, la comida del restorán que criticaba. Que hasta los cubiertos desaparecía.
Víctor Hugo Rascón llegó al relevo, prácticamente de emergencia, en 1999, y se quedó en el cargo hasta su muerte reciente.
Los escritores eligieron como su sucesor interino a Tomás Urtusástegui, uno de los 3 mil 500 autores que agrupa la organización, entre poetas, narradores, dramaturgos, escritores de cine, radio y televisión; escritores de publicaciones periódicas, investigadores técnicos, científicos sociales y todos aquellos que generan obra escrita.
Director escénico, dramaturgo y tallerista, autor de un centenar de obras teatrales, Urtusástegui también es muy querido y respetado por su gremio. Prueba de ello es el homenaje que acaba de tributarle hace unos días la propia Sogem a sus 75 años de vida.
Un homenaje que da prueba también de que los tiempos y los modos han cambiado radicalmente en la organización, por lo menos en tanto no inician formalmente los cabildeos para decidir quién habrá de ocupar de manera definitiva su presidencia.
Entiendo que el gremio quiera a Urtusástegui y reconozca a los ojos de todos su obra y su trayectoria profesional, pero los matices de la celebración no tienen mucha pulcritud ni mucha dignidad en una organización que tiene su importancia en el mundo entero.
Estando él mismo al frente de ella, se ve mal que la Sogem le rinda homenaje, que le otorgue la medalla Nezahualcóyotl después de 15 años de no concederse a nadie, y está peor que se argumente que la recibió por instrucciones de alguien que murió. Y está todavía mucho peor que alguno haya solicitado en el curso de la celebración que el de 2008 sea declarado un año de homenaje a Urtusástegui. Menos mal que nadie pidió que se le erigiera una estatua ecuestre en el parque más cercano o que el teatro Wilberto Cantón de la Sogem fuera rebautizado con su nombre.
En medio de los vientos que soplan desde la antigua Albania y Moscú, que impulsan a algunos al endiosamiento absurdo, se adivina un deseo más o menos colectivo de la permanencia de Urtusástegui al frente de la Sogem hasta el último de sus días, como ha ocurrido en casi todos los casos. Eso no está mal, lo que está mal son los modos.
((Hasta aquí el artículo de Héctor Rivera y que me fue enviado como comentario)))
Hay algo que en lo personal quisiera añadir al respecto…mi querido y admirado Tomás
en vida hermano en vida…en vida se dan y se viven los mejores homenajes...felicidades y que vengan muchos y otros tantos más reconocimientos a tu persona…si de por sí en nuestro país no hay mucho que nos haga sentir orgullo y afecto por la admiración de algo o por alguien…Tomas…en vida te reconozco tu vida y tu grata presencia entre nosotros.
Que conste que es poco el tiempo que te he tratado y muchas las ocasiones que de tu obra he disfrutado: Efrén Mayorga
Miércoles, 30 de mayo
Efrén Mayorga
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Julio Frank Salgado
Guillermo Roz
Asociación Cultural Vera Méndez
Paul Monzón
Karina Longo
Meir Finkel
Angel Monagas
Rolando Rodrich
Francisco R. Figueroa
Julio San Francisco