Experto explica los raptos de origen ideológico y los que tienen fines exclusivos de lucro. Existen diferencias sustanciales entre los secuestros operados en México por grupos guerrilleros y los efectuados por el crimen organizado.
Siendo todos deplorables, los expertos en el tema coinciden en que las motivaciones para hacerlos, objetivos, planificación, modus operandi, trato a la víctima, manejo de medios, estilo de comunicación, estrategias de entrega y recepción de rescate y de cobertura de final del plagio, son radicalmente contrastantes.
Las guerrillas en nuestro país iniciaron en una primera etapa, en los años 70, a secuestrar por motivos no sólo económicos, sino sobre todo políticos, asegura Max Morales, investigador de este delito con dos décadas de experiencia y abogado penalista defensor de víctimas de secuestro.
“En aquella década escogían a sus víctimas bajo un criterio de conveniencia política”. Prueba de esto es el secuestro del político guerrerense Rubén Figueroa durante tres meses en 1974, a manos de Lucio Cabañas y su Partido de los Pobres (PDLP). También sirve de ejemplo el rapto de Julio Hirschfeld Almada, director de Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA) en el
Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, en 1971, en el sexenio de Luis Echeverría. Hirschfeld era uno de los primeros industriales a quienes se les confiaba un puesto público cobijado por el PRI, nuevo perfil de político que la guerrilla aprovechó para matar dos pájaros de un tiro.
Les convenía arrebatar de la vida pública a funcionarios de alto perfil, para mostrar así su músculo y organización en tanto grupos armados clandestinos, y poder influenciar y presionar en las decisiones que asumiera la clase política.
Por ejemplo, podían solicitar la liberación de otros guerrilleros presos, o cualquier acción que les pareciera justa.
En una segunda etapa, el foco de secuestro se desplaza, “porque les deja de interesar lo social y privilegian entonces la obtención de millonarias sumas, lo que les permite comprar armamento, equipos de comunicación, pagar casas de seguridad, conseguir uniformes, botas, emblemas y financiarse los gastos de operación y organización”, señala Morales.
El secuestro del empresario Alfredo Harp Helú el 14 de marzo de 1994 marca el fin de la primera etapa de secuestros a políticos y diplomáticos y el inicio de la segunda, centrada en magnates.
Luego de 106 días de cautiverio, “cuando tienen alrededor de los 35 millones de dólares que cobran por su rescate, se dan cuenta que les gusta el dinero por encima de lo demás”. Tal es el monto del rescate catalogado como el más alto pagado en el mundo por una persona.
Secuestran enseguida también al hijo de Ángel Losada Moreno —presidente del Consejo de Administración de Grupo Gigante— un mes y medio después de Harp Helú, y lo usan básicamente como escudo humano para no ser aplastados por el gobierno.
Las negociaciones para la liberación de Harp implicaban por completo a los medios de comunicación, en este caso un espacio noticioso de televisión, donde se leían las peticiones de la guerrilla. “Eso no volvió a ser así nunca más en lo futuro”.
Una característica de los secuestros perpetrados por las guerrillas es que por lo general son refrendados por sus militantes públicamente. No son plagios anónimos.
Incluso “exigen la presencia o intermediación de las autoridades en sus movimientos, lo que les garantiza publicidad, que es también lo que buscan”, afirma el investigador.
Son secuestros más preparados, revestidos de ideología, hechos por gente instruída y adoctrinada en lecturas socialistas de tendencia marxista-leninista.
En cambio, según el penalista Max Morales, los secuestros efectuados por delincuentes no pertenecientes a guerrillas ideológicas, pueden dividirse en tres tipos: bandas organizadas, plagiarios semi-improvisados y policías secuestradores.
Los secuestros de delincuentes comunes se caracterizan por cobrar montos de rescate más bajos que los de las guerrillas y por mezclarse con policías. El único fin es el lucro.
El modo de operar no es tan preciso y bien ejecutado, y muchas veces, inspirados en películas de dementes que secuestran. Los plagiarios torturan o maltratan a sus víctimas, metiéndolas en jaulas o incluso ataudes, no permitiéndoles hacer nada y manteniéndolos bajo condiciones nada higiénicas.
Esto, además de las conocidas mutilaciones, violaciones, golpes y trato inhumano y soez al dirigirse a quienes capturan.
Si bien más de 90% de los plagios efectuados en el pasado recaía sobre hombres, el perfil de las víctimas de este grave delito se ha ido modificando, y cada vez son más frecuentes los secuestros de niños, mujeres y personas de la tercera edad.
En tanto, la tendencia de los últimos años confirma que en uno de cada dos secuestros ha participado un policía. Nota informativa firmada por Raúl Tortolero, para el periódico Excelsior, www.exonline.com.mx .
Miércoles, 30 de mayo
Paul Monzón
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Efrén Mayorga
Julio Frank Salgado
Guillermo Roz
Asociación Cultural Vera Méndez
Karina Longo
Meir Finkel
Angel Monagas
Rolando Rodrich
Francisco R. Figueroa
Julio San Francisco