Bajo su responsabilidad está abatir plagios en el DF. Asegura no temer por su seguridad y aunque dice confiar en la Policía Judicial, ya prevé una ‘limpia’ en la corporación; y los policías judiciales, le preguntaron: están cuidando a mis hijos, respondió.
30 minutos de terror: secuestrada en un taxi.- Subió a una unidad aparentemente normal. Con la complicidad del chofer, dos hombres la asaltaron. ‘No somos abusadores sexuales; somos ‘ratas’ nada más”, dijeron
Las palabras le llegaron una a una, secas, brutales: “¡Tu vida no me importa, para mí no significa nada!”.
El tipo apoyaba la amenaza con una pistola en la mano derecha. Ella estaba inclinada, con la cabeza casi en el piso del auto.
Secuestrada a plena luz del día, entre cientos o miles de personas.
Fueron casi 30 minutos de terror. Tiempo de detenido. Ellos eran los poderosos, los que aplicaban su ley, la de la selva. A la joven señora no le quedaba duda: su vida estaba en las manos de esos tres hombres, ellos podrían hacer lo que les viniera en gana y sin que pudiera pedir auxilio.
“¡Nada más gritas y te reviento un balazo!”, le advirtió el que iba a su lado.
Había salido con prisa de su casa. Tenía que ir a trabajar. Le dio un beso a su bebé y a su marido. Les dijo: “Nos veremos más tarde”. Le hizo la parada a un taxi, se percató de que las placas fueran las reglamentarias, lo abordó.
Poco después le llamaría la atención que el chofer, con un corte de pelo impecable, tipo militar, llevaba una gorra negra. Observó también que en las ventanillas y en el medallón de la parte trasera había redes negras, de plástico, de las que sirven para proteger del sol... y para algo más.
Pensó entonces: “Con esas cortinas, pueden asaltar a alguien y ni quien se dé cuenta desde los otros coches”.
Poco después, el conductor dio vuelta a la izquierda, tomó por el carril cercano a la banqueta, se detuvo detrás de otro vehículo que estaba detenido.
Fue entonces cuando subieron los otros dos delincuentes. Le apuntaron con sus armas, le dijeron que se portara bien o se moría. “Tranquila, si colaboras no te va a pasar nada, no somos abusadores sexuales, somos ratas nada más”, le explicó el que se colocó a su derecha. Después le ordenaron que se agachara.
Ninguno de los dos asaltantes le dijo al taxista qué rumbo debería tomar. Evidentemente él sabía. Y mientras uno de los que la habían secuestrado revisaba el bolso de mano, el otro la interrogaba, le preguntaba a dónde iba, cuántos hijos tiene, a qué hora entraba a trabajar.
“Ahora quiero que me digas algo muy importante”, expresó el que viajaba en el asiento delantero. Ella se adelantó: “Sí, la clave, el número de mi tarjeta es...”. Luego les aclaró que sólo ese nip sabía, el del pago de nómina, el otro, el de la tarjeta de crédito no, porque nunca lo usa. Se habían detenido ya ante una sucursal bancaria. “Más vale que me hayas dicho la verdad, porque no me voy a bajar en balde”, le advirtió el que ya abría la puerta para sacar dinero.
Mientras esperaban, el chofer subió el volumen del radio; continuaba la música clásica. El otro veía una credencial, le preguntaba: “¿Entonces eres periodista?”; ella respondió afirmativamente. “Pues fíjate que las reporteras me caen gordas, las odio por chismosas”.
Después, esa fría amenaza: “¡Tu vida me importa muy poco!”. Regresó el otro ladrón. “¡Está cargada, güey!” exclamó en referencia al saldo que había visto en la pantalla del cajero. “Sí, pero ya nos llama Lucas, no se vaya a enojar”, le respondió como en clave su compañero.
“¿No entiendes que está cargada? Vamos a quedárnosla más tiempo para sacarle todo el billete”, insistió el que iba como copiloto. “¿Y tú no entiendes que nos habla Lucas, que ya nos vayamos?”. Entendió. Otra vez sin indicaciones, sin instrucciones, el taxista avanzó un par de cuadras y se detuvo. “Te vamos a dejar ir, pero si haces algún pancho, regresamos por ti y te llevamos. Y tenemos tu credencial del IFE, sabemos a dónde vives y en dónde trabajas.
Nada de denuncias”, escuchó antes de quedar en libertad... relativamente.
Y es que ahora es presa del miedo. Intenta pero no puede olvidar esos terribles minutos. Mientras tanto, un taxi en el que se escucha música clásica sigue recorriendo la ciudad. Las víctimas lo esperan, la justicia no. Nota del excelente reportero Fidel Samaniego, fidel.samaniego@eluniversal.com.mx; www.eluniversal.com.mx
Ahora le invito a leer esta nota de Fernando del Collado politica@eluniversal.com.mx, que de acuerdo a la lectura tal parece que se refiere al lic. Miguel Mancera, actual procurador de justicia del gobierno del distrito federal:
“Están cuidando a mis hijos”.-Bajo su responsabilidad está abatir plagios en el DF. Asegura no temer por su seguridad y aunque dice confiar en la Policía Judicial, ya prevé una ‘limpia’ en la corporación.-
Está en la mira de todos. De su actuación próxima mucho dependerá que retorne la confianza ciudadana a los agentes de investigación, si la hubo. Abogado penalista, chilango y con ocho años en los vericuetos de la Procuraduría capitalina, parece que conoce el terreno que dirige. Acaba de informar que en los últimos ocho años se registraron más de mil secuestros. A 60 los asesinaron. Será directamente encargado de combatir los plagios. Ya promete limpia de judiciales.
¿Andará con miedo, procurador?
¡Nooo! No me gustan mucho los aparatos de seguridad. Tengo lo indispensable.
¿Ni con esos compañeros de trabajo?
No. La Judicial es una policía en la que confío.
¿Les encargaría a sus hijos?
¡Están cuidando a mis hijos!
Difícil volver a tenerles confianza, ¿no?
Difícil recuperar la confianza ciudadana. Eso, a través de acciones y hechos concretos.
Y ahora, ¿resulta que le darán más poderes?
Lo que nos van a dar son más tareas.
¿No es una manía por centralizar todo?
Es una manía por tener controles y por tener más experiencia.
Eso sí que sería secuestrar las instituciones.
El secuestro se da cuando no se está dentro de los márgenes de la ley.
¿Podrá solo con los secuestros?
¡Solo, no! Es un trabajo de coordinación y jurídico, con instituciones federales, con instituciones locales...
¿Pensará que 60 muertos en ocho años es poco?
Aunque fuera uno sería suficiente para tener una policía eficiente.
¿Y a tres bandas capturadas le llaman éxito?
A tres bandas en el 2008 le llamamos éxito porque no sólo estamos hablando de recuperar víctimas, sino también estamos hablando de la efectiva captura.
¿Cuánto vale una vida en el Distrito Federal?
La vida no puede ser valuada.
¿Y usted tiene precio?
Que yo sepa, todavía no. No tengo precio.
¿Nos subestiman, procurador?
Por el contrario, la política de la Procuraduría es de aproximación, da mucho valor a la denuncia ciudadana.
¿Nos dirá que le ganarán al crimen?
Vamos a combatirlo.
¿Con la cadena perpetua?
Con la cadena perpetua lo que se pudiera llegar a plantear es una segregación de aquellos que han hecho del delito una forma de vida.
¿En el país de la impunidad?
No es un país de impunidad. Creo que los márgenes de captura son importantes. Lo que estamos viviendo ahora es una escalada del secuestro, que provoca que la seguridad busque modernizarse.
¿Hasta cuándo se debe declarar a un gobierno incompetente?
Cuando no pueda dar resultados.
¿No están los criminales obligándolo a negociar?
No, nunca se va a negociar con criminales.
¿Dirá que cuando llegó, el crimen ya estaba en sus filas?
Cuando llegué, sí. Y si se detectan malos elementos, se van a combatir.
En fin, ¿por dónde empezará la depuración?
Por acortar los tramos de control, por mejorar los niveles de confianza, por hacer una redistribución de tareas, habilidades, potencialidades del personal de la Procuraduría y ministerios públicos.
Miércoles, 30 de mayo
Paul Monzón
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Efrén Mayorga
Julio Frank Salgado
Guillermo Roz
Asociación Cultural Vera Méndez
Karina Longo
Meir Finkel
Angel Monagas
Rolando Rodrich
Francisco R. Figueroa
Julio San Francisco