YA NO SOPORTO MAS GOLPES
30.06.07 @ 08:20:15. Archivado en Crónicas citadinas
Es la única vez que Carolina pelea por su vida y lo hace a golpes contra su marido.
Son casos que ocurren todos los días, a toda hora, en cualquier lugar y en todos los niveles sociales, aquí no hay diferencias de clase; en esto de las agresiones, injurias, abusos y ataques físicos contra la mujer lo que prevalece es la indolencia de un genero.
Te quiero porque te pego, te pego porque quiero y entre más te dejes y menos digas nada mayor es mi amor por ti mi suave costal de papa, esa parece ser la máxima por la que se guían los arbitrarios.
No hace mucho una señora me comentaba: ya no dejo que me pegue mi viejo, por aquí todos somos iguales, incluso yo soy más igual que él por que una quincena el dinero lo pongo yo y la otra él; pero yo lo atiendo a él y a mis hijos, les lavo la ropa, les plancho, les preparo la comida.
Le digo mi viejo,añade, porque no estamos casados pero tenemos siete hijos, tres mujeres y cuatro hombres; nomas se la pasa celándome y buscando haber si le engaño, pero le digo que esta loco, yo trabajo aquí todo el día y también le digo que si quiere que le diga mi esposo o mi marido se lo debe de ganar; me debe de dar un buen trato como persona, como mujer, como su amor que dice que soy para él. Pero no se crea, a una ya no la duermen tan fácil, como antes, ahora ya estamos con un ojo al gato y otro al bato-sic-
Es la única vez que Carolina pelea por su vida y lo hace a golpes contra su marido. Son las primeras doce horas de 2007 cuando en el interior de una casa en construcción la señora se defiende de las agresiones del padre de sus tres hijas.
La fuerza de él es mayor y logra tumbarla boca abajo, después recoge un clavo oxidado, que restriega por la espalda de su esposa y termina encajándoselo en la cabeza.
“Yo sigo peleando, me defiendo como puedo con una sola mano, porque con la otra sostengo la navaja que se le había caído antes de que empezara a pegarme. Él sabe que la tengo escondida, pero no sabe que la traigo debajo de mi chamarra”, dice la señora, que sostiene con una liga sus cabellos negros y lacios.
Carolina narra cómo sucedieron los hechos. Ella camina en compañía de su esposo, Manuel, rumbo a la casa de unos familiares. Dos cuadras antes de llegar, él le asegura que necesita orinar y se meten a una casa deshabitada.
Cuando Manuel, de 34 años de edad, camina hacia una de las habitaciones de la vivienda se le cae la navaja sin darse cuenta. Carolina la recoge de inmediato y la guarda debajo de su chamarra, prevé que algo malo está por suceder.
Al darse cuenta de que la navaja ya no la trae entre sus ropas, Manuel le exige a Carolina que se la regrese. Está seguro de que ella la tiene. Su petición la repite un poco más de tres veces, hasta que ella le asegura que no se la dará porque le tiene mucho miedo; entonces empieza la pelea.
“Me defendí como un hombre. Esta vez yo peleé por mi vida. Yo sabía que tenía que luchar.
También me encomendé a Dios: ‘Diosito, que se haga tu voluntad’. La verdad, sentí que me moría”, recuerda Carolina con la voz quebrada.
Después de la golpiza, Manuel se pone en cuclillas. Agacha su cabeza y se pone a llorar.
Ante ese descuido, Carolina logra levantarse diciéndole que se lavará la cara con el agua que hay en la pila, pues era importante que sus hijas no la vieran llegar así a su casa.
Carolina se moja la cara.
Siente la cabeza entumida y heridas en la espalda. Hasta el momento desconoce qué trae encajado en el cráneo, pero le resta importancia. Lo primordial es salir del lugar y con vida.
“Pude salir corriendo del lugar y él salió pero en dirección contraria a la mía. Pedí ayuda y me subieron a una patrulla. A uno de los policías que me llevaban al hospital le dije que me revisara la cabeza porque sentía algo. Él se dio cuenta de que traía un clavo enterrado en la cabeza”, expresa la señora.
El clavo no lesionó ningún nervio, pero estuvo a punto de hacerlo, lo que la dejaría paralítica, según versiones de los médicos.
Las heridas en la espalda y en el rostro también fueron tratadas en el área de emergencias. Egresó del hospital al día siguiente.
Aun cuando Manuel ya había sido aprehendido por las autoridades, no era conveniente que Carolina regresara a su casa sin recibir atención sicológica. Lo mejor es que aceptara la invitación de vivir, un par de días, en un albergue en donde habitan mujeres víctimas de violencia intrafamilar.
“Lo denuncié. Estuve fuera de mi casa por varios días. Yo sabía que mis hijas estarían bien porque ya están grandes… una tiene 20, la otra 19 y la menor 16 años… ellas me apoyan mucho en todo y también buscan mi tranquilidad y por eso me decían que lo mejor que podía hacer era alejarme de su papá”, declara Carolina, de 35 años de edad.
Esta no fue la primera vez que Manuel golpea a Carolina, ya lo había hecho en repetidas ocasiones. En el noviazgo fue muy atento y amoroso, pero cuando se casaron empezó a comportarse grosero, agresivo, se convirtió en alcohólico, drogadicto y terminó golpeando a su propia esposa, motivo por el que actualmente está encarcelado, pero todavía no es sentenciado.
Carolina dice que después de todo lo que vivió está muy a gusto con sus hijas. Las cuatro trabajan.
Ella en una tortillería y las muchachas en un establecimiento de comida rápida. Intenta rehacer su vida, aunque deja claro que no sabe si en algún momento volvería otra vez con Manuel. (Con información de Diana Loza para el periódico www.expreso.com.mx)
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