Hermosillo

Contingencias de una migrante...fin

20.03.07 | 10:25. Archivado en Al otro lado de la frontera

Olga, Nubia y yo ya casi le reclamábamos al señor por la poca agua que trajo, cuando oímos un ruido que nos dejo sordos....como un resorte nos tiramos sobre una raíces debajo de un hueco, que el río había dejado en el arroyo y ahí nos quedamos parte de la tarde y hasta la madrugada, tiradas echas bolas muy juntitos y pa que voy a decir otra cosas, si el señor no estaba de mal ver y además se había portado como todo un hombre, así pues…ay …si una no es de trapo.

Con el miedo ni nos movíamos; entre él y yo tapamos a las muchachas; y así estuvimos no se cuanto tiempo, ahí nomás oíamos puras voces gringas de cinco hombres y una mujer, todos de la migra, a señas eso nos dijo el señor por que la luz de la sirenas eran como verde y amarilla, no roja y azul como las de la policía. Ahí metidas entre las raíces…como cuando pasa el agua y se lleva un pedazo, ahí dejo un hueco el agua, al quitarle la tierra al árbol, bendito sea Díos; ellos se asomaban, escupían pa bajo; eran tres patrullas, cada que movían una nos llenaba de tierra la espalda a él y la cara a nosotras. Después nos dimos cuenta, fueron más de nueve horas las que estuvimos ahí tiradas, sin movernos, sin agua y menos sin comer…pues qué íbamos a comer si se suponía que el sábado llegaríamos aquí a la ciudad y ya casi amanecía para el lunes.

Pasada la media noche del domingo, sentí al señor y el como que se turbaba y los carros iban y venían….luego de un largo silencio se comenzó a menear así como no queriendo la cosa y pues…una no es de trapo, ahí nomás quietecita me quede; habíamos caminado todo el día. Nos tirábamos entre el tazajal y los mezquites a cada rato que divisábamos una polvadera, pues la ropa se rasgo por todas partes; yo llevaba unos mezclillas y una camisa de algodón, que por cierto todavía los tengo allá en la casa, no lo he tirado. Ay, me daba mucha pena con mihija que como que notaba que yo aceptaba y no me decía nada la pobrecita, ella estaba debajo de mi y encima de la Nubia, así apiladitas como los olotes en la troj. Entonces con mucho cuidado, con los ojos quite aquello que me estaba causando tanto rubor por todo el cuerpo y que en verdad quería, ay no se como decirlo, pues recibirlo y estuviera pues ahí…pero no, me dije que no y él ya no insistió en Más, ni me dijo nada, y así quietecito se quedo.

Como mucho rato después Olguita me paso un espejo que Nubía se había acordado que traía, se lo pase al señor, y apenas sacando la mano miro y ya no estaba nadie; Nos quisimos parar pero que se cae él primero y luego cada una de nosotras por los pies, manos y todo el cuerpo entumido. Todos tomamos, mejor dicho lamimos la tapadera de la botella de agua y seriecitos, como cuatro horas después, nos fuimos caminando por todo el arroyo arenoso, caliente. Ay no nomás de acordarme como me quemaba la arena los pies, vuelvo a llorar de dolor.

Toda la mañana del lunes atravesamos el sol, siempre para el norte; imagínese cómo nos veríamos que hasta las coralillos y los coyotes, de a de veras, salían corriendo cada que nos encontrábamos por el camino y así; hasta que de una curva del cerro casi nos atropella una guayin de esas viejitas y unas personas güeras, se nos quedan viendo con cara de susto y nos dicen sabe que cosas en ingles y que salen echo la mocha dejando una polvadera y como a las dos horas las vemos venir de nuevo y tiran a un lado de nosotros cuatro galones de agua, uno de ellos sabor guayaba, muy rica y fresca y tres mantas, y entre ellas un mapa a mano.

Ay no, Díos es muy grande; mire si como le digo no me lo va a creer. Cuando salimos el jueves por la mañana en la bolsita chiquita de mi pantalón me eche una cadenita con la medallita de diosito, para algo me va servir me dije y en la bolsa de atrás, en la izquierda me puse otra medallita de esas chiquitas de oro y mire que al otro día el martes. Un viejito, que también hablaba ingles y mediopocho, se nos acerco nos pidió que no nos moviéramos de ahí por que la patrulla andaba cerca; al rato llego el pobre hombre con media lata de carne, medio aguacate, un sobrecito medio abierto de galletas saladas y dos litros de agua; nosotros nos imaginamos que era lo único que tenía aquel pobre señor por que la salchicha que también trajo ya casi olía a perdida pero así y todo nos la comimos.

Muy lindo y muy preocupado nos pidió que no le dijéramos a nadie que nos había visto y mucho menos ayudado, nos dijo que no nos acercáramos a los ranchos, que mejor camináramos por las cercas:”Ni se les ocurra meterse a un rancho, le pueden no sólo hablar a la policía, sino hasta tirar a matarlos, tengan mucho cuidado” y nos encamino.

Ya para el martes a media noche, el señor que nos paso encontró a sus contactos y nos llevo con otros de esos que pasan, entonces nos pidieron cien dólares a cada una para llevarnos en carro hasta la ciudad y mire que de que los hay lo hay, ninguna a completaba, la Nubía apenas tenía cuarenta, mi hija y yo juntábamos sólo 117, o sea ni la mitad, entonces me acorde de mis medallitas , se las di a la señora y, pobre Nubia me acuerdo tanto de tu carita, cuando le dije, haber mija, dame tus aretes para pagarle a la señora, ella se soltó llorando y me dijo en voz baja, pero es que tía, es lo único que me queda de mis quince años que me regalo mi papá que en paz descanse. Ni modo, se los quito, me los dio los entregamos y rápido nos subieron a una camioneta para traernos, después de muchas vueltas, hasta acá, a la ciudad. Luego supimos que sólo caminamos tres kilómetros en ese carro.

Ya mi Olguita se caso, me hizo abuela de tres hermosos nietos, dos niños y una niña igualita a Olga; Nubía también se caso y ya hasta se compro un carro que sigue pagando en la agencia y hasta tarjetas de crédito le ofrecen en los bancos por que no se atrasa en los pagos. Mi viejo y mis otros cuatro hijos también ya se vinieron para acá, al otro lado.

Olga nunca me ha comentado nada de lo que pudo haber pasado en el desierto, allá entre las raíces, entre aquel señor y yo, a quien por cierto nunca lo volvimos a ver. Ahora, mi viejo y yo tenemos cada quien su carro; yo le preste quinientos dólares para que se a completara para el suyo; ya no me dejo que me pegue como lo hacía allá en la casa, al contrario yo le digo que todos somos iguales y que aquí yo soy más igual que él porque una quincena yo pongo el gasto de la casa, él la otra quincena, pero yo arreglo a mis hijos, el últimos tiene 15 años, les ayudo con la tarea, les preparo la comida, les lavo la ropa, así que yo soy mas igual que él y que se tiene que aguantar. Ahora lo único que le queda por decir, es querer averiguar si ando con otro que por que me la pasó mucho tiempo en el trabajo, pero esta loco. Yo le digo viejo, no más por que no estamos casado ni por díos ni por las leyes, pero viejo no esta, le digo que si quiere que le diga mi esposo o mi marido que para eso todavía le falta algo, se lo tiene que ganar; aunque yo lo quiera mucho. 17 de marzo 2007.
Tumacacori, Az. EUA.

Ver Primera parte en:Contingencias de una migrante http://blogs.periodistadigital.com/hermosillo.php/2007/03/19/contingencias-de-una-migrante


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