La historia del asesino de niños Jesse Pomeroy ha sido una de las más visitadas de esta bitácora. Este adolescente psicópata fue en extremo cruel, ni su mente ni su corazón conocían la piedad ni la misericordia. La nebulosidad de su instinto homicida no le permitía comprender el dolor expresado en el rostro de sus víctimas; por tanto, le era absolutamente indiferente el sufrimiento.
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Leonardo Da Vinci mira detenidamente el cuadro que pinta. Es la llamada Última Cena. Los personajes se encuentran dispuestos en un orden particular. Cada uno tiene una misión que deberá permanecer secreta. Alguien en el futuro tendrá que descifrar los códigos allí expuestos bajo ambiguas formas.
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Quisimos dedicar el espacio de hoy a algunos comentarios políticos, tal vez a reflexiones sobre la economía, ahora que los veinte países más ricos del mundo se encuentran juntos en Londres, preparando fórmulas para salvarse del despeñadero o más bien para rescatar de las oscuras profundidades a sus respectivos mercados.
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Es un tipo común, sin señas, marcas o cicatrices que sirvan de cabo al hilo del recuerdo. Ni muy alto ni muy bajo, ni grueso ni flaco. Silencioso y de caminar pausado, según afirman algunos que le han visto deslizarse entre la muchedumbre, no deja huellas, es una especie de fantasma. Es el hombre invisible, el agente que recupera obras de arte.
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Tal vez como resultado de un dificultoso proceso de absorción de los alimentos, luego de una copiosa cena, soñé hace algunas noches con ciertos fantásticos sucesos. En el arremolinado escenario onírico aparecían personajes evanescentes algunos, permanentes los otros. Transitaban bajo la luz de las lámparas y seguían su curso hacia un pasillo en penumbras.
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La vida está llena de cosas curiosas, anécdotas fantásticas y situaciones inimaginables. No pocas veces lo irreal trasciende sus propias fronteras y hace una escala en el cotidiano acontecer, en la rigurosa impiedad de la existencia.
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En un comentario realizado sobre uno de los textos preparados para esta sección, se ha puesto en duda mi salud mental. No sé si he de reírme a mandíbula batiente o sumergirme en un piélago de sombrías dudas. Ha de ser una cualidad que comparto con muchas personas en este vertiginoso mundo globalizado. Pido disculpas si hiero susceptibilidades, pero nuestra intención es demostrar el lado oscuro del alma humana para que podamos, alguna vez, descubrir el brillo en ella escondido.
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Entonces, Borges se sentó frente a la mujer. Su cuerpo descendía con lentitud sobre el sillón. Ella lo miraba con serenidad como si ante si tuviera un raro jarrón de porcelana con flores artificiales salpicado con bichos luminiscentes. Flotaba el aroma de las petunias arrimadas al abismo de la ventana. Un rayo de moribunda luz vespertina caía perpendicular sobre un capullo.
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Era hijo de una prostituta. Ocupaba el séptimo lugar entre 13 hermanos. El ubérrimo vientre que le había parido se convirtió en una estéril concavidad antes de cumplir los cuarenta años. Pedro Alonso López fue el nombre con que aquella tarde de mayo de 1949 fuera bautizado en la localidad de Tolmia, comunidad rural de Colombia.
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Corría el mes de enero del año 1912. Barcelona era en ese entonces una ciudad hermosa, como lo es hoy día. Vivía allí Enriqueta Martí. Era una mujer pequeña de ojos oscuros y piel aceitunada. Su voz era un tanto grave y agradable, con matices que otorgaban cierta delicada armonía a sus frases, un encanto luminoso que seducía.
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Custer ascendía por la cuesta contraria, pero los indios le salieron al paso. Interceptado por los guerreros de Caballo Loco o Tasunka Witko el general de los cabellos largos sintió por primera vez en su vida el aliento de la muerte. Vio a lo lejos, sobre un caballo oscuro como las tinieblas de una noche tormentosa, un jinete con el rostro parecido a la nada. Sentía su mirada vacía, su inequívoco vacío. Pero, dentro de su pecho, palpitaba también el corazón del guerrero y en su cerebro el cálculo del estratega. Esta vez, sin embargo, sería la primera que cometería un error.
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