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Marcel Schwob. Un maestro olvidado

Permalink 20.01.10 @ 21:56:28. Archivado en Cultura, Literatura

Marcel Schwob ha sido uno de los escritores más injustamente olvidados del último siglo. Algunos estudiosos le han reconocido como el punto de partida de sus obras, entre ellos Jorge Luis Borges. Sin embargo, pocos lectores actuales han podido disfrutar la elegancia de su prosa poética, el delicado lirismo de sus historias y su imaginación fecunda.

Fue sin duda, un escritor en la cima de la inspiración desde donde era capaz de percibir el horizonte de sucesos de un mundo aquejado por la decadencia y la insustancialidad. Su Vidas Imaginarias sirvieron de inspiración para algún trabajo de Borges, antes de la leyenda, antes de la polémica y la apoteosis. Otros trabajos cuya luz titila debajo de la escafandra de polvo de los años son La Cruzada de los Niños, La Estrella de Madera, El Libro de Monelle y Mimos.

No llevó una vida de rebeldía e irreverencia que le ciñeran los laureles de poeta maldito, aunque sus pocos años le sitúan entre los cuadrantes de tal condición. No cumplía los cuarenta años cuando su esencia física fue reclamada por la muerte, cuando el manto oscuro de la eternidad cubrió su rostro. Sobre su lecho de enfermo se agitaban personajes todavía inconclusos, atrapados en la imaginación que se desvanecía. La fiebre le calcinaba y los vapores de esos alientos se disipaban en la alta noche como la llama de una lámpara.

Schwob alimentaba su poder creativo con el pasado, con las vidas que ocuparon esos momentos. Evocaba con su chispeante magia el recuerdo de quienes habían transitado por este orbe de impiedad, mucho antes que él, entre las brumas de la leyenda y la certeza de las crónicas.

Mientras agonizaba, se preocupó de aquellos detalles a los que él les otorgó prominencia al tratar a sus personajes. “Ves mi perfil, amigo, es como el de una gaviota, como un garfio presto a hincarse en la carne. Es como el de muchos israelíes, heredado de aquellas formas ingratas de quienes debieron surcar los desiertos y alimentarse de sombras y arena calcinada”, decía Schwob a uno de sus allegados, como dándole importancia a lo que pudo haber motivado su timidez y con ella, al igual que ocurrió a sus personajes, las decisiones más importantes de su vida, como ser escritor y creador de leyendas y de imágenes.

Fue un prestidigitador de las palabras, manipulador de símbolos, arquitecto de imágenes. No estuvo del lado de Satán porque tuvo más disciplina y amor propio, aunque no tanto para estar notoriamente del lado de la luz, porque rechazó la turbulencia de las emociones, quizás por saber de antemano que el proceso de destrucción de su identidad humana no tardaría mucho.

Borges reconoció que a partir de Schwob, su obra germinó, creció y se expandió. Toda la poesía aplicada a los vaivenes de la realidad, la ficción matemática para tratar de explicar las complejidades de la existencia, los sueños como pasadizos donde el subconsciente aherroja, reprime y somete toda la fuerza de la perversión y la necesidad de deplorar al otro y de devorarlo, de convertirlo en materia putrefacta, han sido puntales, fundamentos, bases y medidas para conjugar la obra del autor francés.

Nació en Chaville en 1867 y tan solo transcurrieron treinta y ocho años hasta su muerte en París en 1905. Pertenecía a una familia acomodada de origen judío. Su padre compró un diario llamado El Faro del Loira y junto a él adquirió el hábito de la lectura, mientras la madre se complacía por la quietud de su sereno vástago.

Las historias del rotativo le servían de fuente para elaborar algunos borradores de sus relatos, alguna sustancia de fermento le proporcionaban; pero el crudo realismo de los crímenes, la truculencia de los asaltos, la malignidad de las muertes y de las guerras escondían siempre para él un secreto motivador, tan solo debía descubrirlo en una característica de los protagonistas, en una marca, una seña o tara. Algo ocurría detrás de las palabras, algo impulsaba la acción de los homicidas, de los réprobos que la historia formal no había recogido.

Entre los múltiples dones intelectuales de Schwob podríamos destacar su capacidad para aprender idiomas. No le eran desconocidos el inglés, el español, el griego, el latín o el hebreo. Los libros escritos en esos idiomas le hicieron singulares aportes que la brevedad de su vida frustró.

Al cumplir diecisiete años descubre a Robert Louis Stevenson quien se convertirá en uno de sus principales referentes y a quien dedicaría importantes traducciones al francés. También demostró mucha pasión por el conocimiento del argot, sobre todo la forma de establecer el acto de comunicación de los coquillards medievales.

Sus textos breves se encuentran a mitad del camino entre el relato y los poemas en prosa. No le basta describir la agonía de un hombre en la batalla porque la belleza también se encuentra en el rostro de la muerte. Empapado en el fluido escarlata de la sangre, el herido se transforma en un arriate donde crece una flor escarlata que se expande como una onda fluvial sobre la arena.

Schwob convierte el arte en una especie de contraposición de ideas, de encuentros antagónicos del que puede y debe derivar la armonía del placer estético. Es individualista porque solo dentro de él puede encontrar la explicación al dolor y al amor que otros pueden experimentar. Se acerca así a la conformación de un testamento ético sin el cual no podría comprenderse la causa de que el pasado se levanta como una marejada para arrasar con el presente antes de llegar a ser futuro.

Escuchaba en silencio a sus interlocutores. Sus grandes ojos acuosos le daban un aire de fantasma tangible, de aparición palpable. Cuando algo le entusiasmaba una muy leves vibraciones dérmicas alrededor de los ojos podían percibirse por el observador avispado. Pero, de forma singular, demostraba su aprobación al parpadear levemente, antes de decir una sola palabra. Era como si rezara, han dicho quienes le conocieron, al describirlo en sus artículos, textos o ensayos sobre su trabajo.
Su primer amor conocido fue Louise, una mujer menuda, frágil y pueril.

Mucho de simple y de torpe tenía esta dama, sin mucho encanto para deslumbrar, aunque tampoco desprovista de simpatía para cubrir con su abismal sonrisa de marfil el rostro ensombrecido de Schwob. Se dice que la miraba pasar frente a su casa, sobre el pelo, un enjambre de flores amarillas le hacía parecer un sol en miniatura que llevaba luz a su ventana. Tendría 23 años cuando aspiró el tóxico gas de la atracción.

Pero ella muere a los veinticinco años. Una tarde hacia finales de 1893, la gardenia, el zafiro, el rosicler se desvanece entre edredones y cirios encendidos, derrumbada sobre un lecho donde habría querido yacer junto a ella Marcel, que le cuidó con exquisita ternura.

Después aparece Margarita Moreno, una actriz de la comedia francesa que asume la misión de reemplazar a Louise en el papel de amante de Schwob. Debe conducir al bardo por el camino de la luz, de la vida y del bien.

Este lloraba al escucharla decir los versos de Dante y de Tetrarca.
En su libro Historia Universal de la Infamia, Borges reclama a los críticos no haber descubierto que el nacimiento de la fuente de su magín estaba en Schwob. Ambos profundizaron en el pasado para descubrir la línea que habría de seguir su futuro.

Marcel Schwob fue un maestro en el arte de escribir y un liberador del pasado brumoso, un esmeril diamantino capaz de rescatar el oro y la esmeralda. Desde las montañas de la Grecia antigua, pasando por Roma, Egipto, Londres, París, Venecia y otras ciudades que dieron gloria al pretérito, este efímero narrador francés nos dejó una obra eterna.


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