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El Sembradío de la Muerte

Permalink 07.01.10 @ 21:58:52. Archivado en Historia, Relatos

La provincia de Shandong, al norte de China, es famosa por sus abruptos acantilados frente al mar, por el rumor las olas y por las barcas que danzaban sobre su ir y venir. También por sus blancas cimas, derretidas por la calidez de las primeras luces de la primavera. A lo largo de la costa se levantaban algunos caseríos de pescadores y más allá, en las laderas que descendían de las colinas, los labriegos abrían surcos a la tierra.

En 1906, Lao Sin Dong trabajaba en una parcela de tierra propiedad del terrateniente local. El arado había abierto rectos surcos y dentro caían las semillas de maíz. Al borde del sembradío, donde comenzaba a deformar el paisaje un espectral paraje de hierbajos, mientras calculaba la distancia hasta la ciudad más cercana, vio una extraña concavidad sobresalir.

Se acercó y dio unos leves golpes con el azadón al curvo material cuyo blanco resplandor destacaba sobre la oscura tierra. Se arrodilló y pasó sus dedos de la mano derecha sobre la superficie. Después procedió a escarbar y a arrancarle a la tierra el cráneo que le tumbó sobre la bolsa ya vacía donde antes estuvieron las semillas en un letargo de sombras.

No es menester tardar más para decir que Lao encontró una calavera. Estaba completa, aunque el maxilar inferior oscilaba en el espacio debido una fractura. El parietal y el frontal se hallaban hundidos y agrietados.

Por supuesto que Lao sintió temor. Su corazón latía como una locomotora, pero más pudo su curiosidad. Tal vez la costumbre de ver morir a muchos de sus vecinos durante las hambrunas y debido a los malos tratos, le habían enfriado el alma y ahora era tan solo algo traslúcido sin movimientos emocionales.

Escondió el cráneo entre la hierba alta, cerca de un árbol muy viejo que se levantaba con cierta soberbia sobre la planicie. Los insectos saltaron asustados cuando la primera pierna de Lao se abrió camino entre los tallos de los helechos.

Colocaba una roca con la mayor intención de que pareciera casual, cuando de pronto un golpe seco lo derrumbó. Cayó de boca sobre la tierra. Uno de los dientes golpeó contra una roca y se partió. Los ojos cerrados mostraban el dolor del momento en que Lao fue asesinado.

El homicida movió el cuerpo con los pies y se aproximó al leve promontorio bajo el cual la calavera lanzaba sus resplandores al oscuro laberinto de la tierra. El sol declinaba mientras un vuelo de grullas surcaba el cielo. El asesino recogió el azadón, la bolsa y la camisa de Lao y las puso en otro saco. Partió de allí mientras una hilera de hormigas ascendía por el rostro del muerto.

Al día siguiente, el cuerpo de Lao fue descubierto por Chong Lee Wou cuando desmontaba un área paralela al sitio donde había caído el agricultor. Se hizo un escándalo entre los labriegos que trabajaban para el latifundista. Se especulaba sobre deudas, un asunto de faldas, robo o una confrontación por motivos desconocidos.

El asunto pudo haber sido olvidado con celeridad si no hubiera sido por la aparición de otro cuerpo. Esta vez también era un hombre, otro agricultor, acribillado a cuchilladas.

Los enseres y herramientas de trabajo habían desaparecido, igual que en el caso anterior. Sobre un machón de sangre en la tierra crecía una flor silvestre. Los húsares del amo contuvieron una rebelión. Los vasallos del señor condal tenían miedo y querían desertar, pero nadie pudo hacerlo porque se montó vigilancia en los caminos.

Antes de que algunos se aventuraran a subir por los riscos desnudos y resbaladizos para huir, apareció otro cadáver. Estaba sentado y apoyado contra el tronco de un árbol. Sus manos caían blandamente sobre el regazo. Una de ellas sostenía un melocotón a medio comer.

Sobre la camisa, que en otros tiempos pudo haber sido blanca, un manantial de sangre se había derramado. En lo alto del árbol, en una de las ramas, unos polluelos piaban dentro de su nido. En la garganta había una herida profunda. Degollado el sujeto, había muerto con los ojos abiertos. Si alguien hubiera tomado la precaución de mirar sus pupilas, tal vez hubiese descubierto el rostro del asesino, arrodillado ante él y observando con detenimiento cómo la vida abandonaba el organismo quebrantado.

Al día siguiente, al despuntar el blanco sol, los perros llamaron la atención de los sembradores. Enfrascados los canes en un frenesí de furia, se disputaban una masa sanguinolenta a medias sepultada, era Lao Sin Dong, desaparecido sin dejar el menor rastro.

Las aves de rapiña sobrevolaban en círculos a cierta distancia del caserío. Cuando el viento cambió de dirección y se dirigió hacia el cobertizo donde se guardaban las guadañas y los arados, empujó un poderoso olor a podredumbre. Corrieron aproximadamente un kilómetro y bajo un manto de negras hormigas, un cuerpo era devorado por miles de mandíbulas.

Ante la residencia del amo un tumulto se había formado esa misma tarde. Un grupo de veinte hombres reclamaba protección, a gritos pedían la presencia del señor, pero un cerco de jinetes los rodeó con sus caballos y les dieron de rebencazos hasta hacerlos retroceder hacia las chozas donde vivían los jornaleros.

Resignados al miedo, a vivir con la pesadumbre de la muerte sobre sus cabezas, terminaron por dedicar más tiempo a tratar de escapar que a sus labores. A partir de ese día, los cadáveres fueron encontrados en todos los sitios, en los huertos, en los arroyos, los barrancos, en los declives de los cerros o a un lado del camino.

Cierta tarde, uno de los trabajadores encargados de desmontar el terreno pudo ver una silueta deslizarse entre la maleza. No distinguió su rostro, ni el tocado que cubría su cabeza, apenas vislumbrado mientras un destello de luz se desvanecía en espirales, pero le pareció reconocer el vuelo de una manga de seda del color de la luna.

No quiso dar crédito a lo que su afiebrada imaginación le sugería, pero en un improvisado concilio aquella noche, cuando las luces del castillo se hubieron apagado y las candelas de las lámparas de sus casuchas fueron extinguidas por un trémulo soplo, dio cuenta de lo que sospechaba.

Al llegar el día, la visita del gobernador trastocaría la habitual rutina de los trabajadores. Desde muy temprano se notó el inusitado movimiento de los guardias que llamaron a la labor muy temprano. Pero los hombres se habían dispuesto denunciar a su señor.

La visita del gobernador era un hech habitual. Cada cierto tiempo, la máxima autoridad recorría el territorio para cerciorarse de que los impuestos no eran profanados por los señores. Ese día sería todo diferente.

Los hombres acusaron a su patrón, Bao Sung Liao de ser el responsable de las muertes ocurridas en el distrito. Al no tener conocimiento sobre este asunto, el gobernador entró en la casa mayor, en la residencia del amo, a pesar de un amago de negación por parte de los guardias, sofocado por los soldados del séquito del regente.

Después de varios minutos se pudo descubrir la puerta de un sótano oculta bajo un tapete. Era un sitio muy oscuro que debió ser iluminado por varias lámparas. Empotradas en las paredes se podían ver calaveras colgadas de cadenas, huesos esparcidos sobre el piso, pieles disecadas, dedos yuxtapuestos y en un ánfora un caldo amarillento en el que flotaba algo parecido a un corazón.

Bao fue arrestado y conducido a la capital del distrito. Allí esperó juicio. Al mes siguiente fue condenado a muerte. Su vida terminó ante un piquete de fusilamiento. La casa fue expropiada a sus parientes y pasó a formar parte de los bienes de la gobernación. Los trabajadores se esparcieron en varias direcciones y pronto las hortalizas se convirtieron en yermos parajes.

Las explicaciones sobre la brutal conducta del Bao Sung Liao nunca se conocieron. Ávido de sangre, contrataba trabajadores para realizar labores de siembra. Todas las semanas se hacía necesario el reclutamiento de más personal para reemplazar a los asesinados a sangre fría, que sumaron más de ciento cincuenta, sin contar los que sepultó en el sótano o en otras zonas donde no se había investigado.


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