Reencuentro con Andre Gide
06.01.10 @ 20:40:21. Archivado en Cultura, Literatura
Después de haberse marchado en búsqueda de la verdad última, entre silencios sagrados y bullicios irreverentes, André Gide nos ha dejado un legado de valentía. Cerró tras de si la puerta de la eternidad y nos hizo un guiño de complicidad, como el amigo que nos aguardará del otro lado del umbral para servirnos de guía.
André Gide percibió lo limitado de la realidad, se enfrentó a la rigidez con que el mundo le parecía conformado. Una palabra dicha con la energía necesaria para levantar el polvo de la polémica, le pareció más propicia que sentarse a llorar en la oscuridad.
De la materia de la cual está moldeado el universo, podrían extraerse otras formas, ocultas tras las densas murallas del rigor. Allí, al trasponer ese espacio por donde todos seguían el sonido del cencerro, Gide dejó su huella y también algunos escombros.
Cansado de la realidad porque su mirada concebía otros colores, otras formas. Su intuición se introducía en las rendijas del secreto y le permitía asomarse a los pabellones donde otras fuentes emanaban su savia embriagante.
La duda le movió hacia los polos de la polémica. La necesidad de la verdad era apremiante para un espíritu acosado por demonios y hadas y hacia ella emprendió su camino.
Para nada se detuvo en los jardines del ocio regados por la tranquilidad, la satisfacción, la seguridad y el amparo espiritual, como explicaba su colega y contemporáneo, también Nóbel de Literatura, Thomas Mann, al referirse a este fauno de terciopelo y pedernal, a esta odalisca de rocío y de viento.
Gide prefería el desasosiego de la incertidumbre, el estímulo de la inquietud, la motivación del estremecimiento. El conocimiento era un motor, una fuerza impulsora, llena de misterio, pero también de sutileza y de orden. Más allá de la vetusta razón imperante, Gide se decantaba por una simbiosis entre fuerzas opuestas, conocimiento e instinto.
De él algunos expertos en literatura europea han dicho que su vida navegó sobre las poderosas corrientes de las contradicciones, pero para nada las cercenaba, muy al contrario prefería alimentarlas, regar sobre ellas el abono del enigma y el orgullo de estar sobre las miasmas de la hipocresía.
Este espíritu batió alas desde las celdas de las presiones de una educación demasiado rígida. Su pensamiento no levantó atalayas para refugiarse de estos acosos, sino que tomó sus mazos y derrumbó paredes y murallas. Sus necesidades eran demasiado siderales para conformarse con la gravedad de la materia, debió lanzarse a los abismos para que el viento de la rebeldía le condujera hacia una abierta dimensión donde sus alas formarían espirales.
A pesar de que Gide el individuo, la pieza de censo, el hombre decadente y efímero, levitaba sobre el detrito y la basura, el elemento espiritual debajo de esa forma tangible adolecía de timidez, de miedos, de tristezas y depresiones capaz de hundirle en la voracidad del silencio, mientras su conducta se observaba en extremo nerviosa, narcisista y poco dada a establecer comunicación.
Para Gide la historia no hacía más que consignar y confirmar la posibilidad de un momento sobre otro, la certidumbre de haber llegado a un punto donde una de las partes sucumbía a la fragilidad de su propósito, en tanto la otra se coronaba con un laurel de fuego las sienes heridas.
Nacido en el seno de una familia cuyos preceptos éticos protestantes le resultaron demasiado quemantes, Gide analizó sus posibilidades en un mundo encajonado, sin puertas donde solo quedaba la opción de saltar con violencia sobre las murallas. Era tan pesado el fardo de aquel entorno que se imponía un proyecto de autorrealización, basados en la crítica del sistema, pero también de su propio yo.
Buscaba detrás de las ideologías y de los dogmas. Sabía que allí, tras esos cristales opacos, se ocultaban pintarrajeados aquellos conceptos de liberación, el calor que haría derretir los eslabones de acero forjados durante siglos por la escrupulosidad de los códigos. Ello implicaba el riesgo del error y de la rectificación.
Momentos hubo en que la Iglesia Católica, alguna vez su fuente y refugio, incluyó su obra entre los libros prohibidos después de su muerte.
En 1895 contrajo matrimonio con una de sus primas. Dentro de la familia continuaba el fenómeno vital intentando asentarse, a pesar del escándalo y de la ruina que podría ser presagiada. Después se proclamó homosexual y más tarde concibió una hija, con la hija de su mejor amiga.
Sastre dijo de él: "Vivió para nosotros, una vida que se puede revivir mediante la lectura de sus libros. Gide es insustituible, ya que decidió vivir para la verdad".
Por la vastedad y calidad de su obra y pensamiento, se le concedió el Premio Nóbel de Literatura en 1947. Desarrolló un trabajo artístico que abarcaba casi todos los géneros, entre ellos, novela, libros de viajes, memorias, poesía, teatro y otros.
Destacan entre sus producciones Los Alimentos Terrenales, El Inmoralista, Los Sótanos del Vaticano y Los Monederos Falsos y su Diario. Murió el 19 de febrero de 1951, en París a la edad de 82 años.
"Nuestros actos están unidos a nosotros como al fósforo su luz. Nos consumen, pero producen nuestro esplendor."… ANDRÉ GIDE.
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Roderick Guzmán Meza


