Ritual de Iniciación
18.11.09 @ 20:37:54. Archivado en Cultura, Panamá
El crimen se organiza para preservar su cuota de poder irregular, para soportar los embates de la defensa policial. Desde los antiguos “varilleros” hasta los actuales sicarios, los grupos al margen de la ley consolidan muy diversas formas de atentar contra la seguridad de los ciudadanos.
América Latina es caldo de cultivo para la aparición de asociaciones ilícitas, como lo son otras regiones. Antes eran formadas por adultos, individuos endurecidos y despiadados, resentidos y malvados, capaces de cometer asesinatos por encargo sin el mínimo rubor.
No reparaban ni en el lugar ni en la hora, nada de eso tenía significado para cobrar deudas u ofensas. Una bala en la cabeza, un cuchillo en el vientre se convertían en mecanismos de exterminio eficaces.
Pero ahora, en nuestros países, un ritual se abre paso entre la maraña de acciones ilegales de los marginales: la iniciación. Los jerarcas del crimen son conscientes de lo prolongado de las penas y alistan a menores para cumplir ciertos propósitos.
Estos adolescentes (a veces todavía niños) deben llevar a cabo una acción (un asesinato) que demuestre su valor y su lealtad al grupo que les acoge y les ofrece protección.
Hemos conocido que se utiliza la siguiente estrategia: un vehículo avanza en la noche por las calles, circula con los faroles apagados. Dentro viajan varios chicos algo nerviosos y a la expectativa. Los automóviles en vía contraria perciben apenas la hilacha de luz que sobre la capota refulge, proveniente de los postes del tendido eléctrico y de los anuncios de neón.
Algunos siguen su camino e ignoran al que viaja en la oscuridad sin un destino determinado. Es un séquito de pillastres todavía en la etapa de examen, chiquillos entre los doce y los dieciocho agazapados en el interior del vehículo colgados de una nube de humo de hierba o del crepitar del crack en la pipa.
Sin embargo, un despistado y considerado conductor se percata del viaje que en medio de las sombras realiza el coche que va contrario a su dirección. Le hace señas con sus luminarias, señales Morse de advertencia para hacerle reparar el error.
El conductor sigue su camino sin darse por enterado de que el otro auto ha dado la vuelta y ahora le sigue. Se acerca con celeridad igualmente sumido en sus tinieblas. Por las ventanas se asoman los cañones de los revólveres y las pistolas.
Ha caído en la trampa con el parpadeo de las luces, se ha convertido en el signo de la muerte. Esta ha sido una elección totalmente al azar, absolutamente imparcial, sin la decisión de nadie más que de la víctima.
Aquel que utilizara cualquier señal sería el elegido, el sacrificado. Los criminales juveniles, en su primera acción para optar por el ingreso a la pandilla, siguen al conductor hasta arrinconarlo en un sitio propicio y descargarle los proveedores de las armas.
El traqueteo de las balas resuena en la noche alta. Se puede distinguir el golpe de los proyectiles contra el metal y los huesos del cráneo del abatido.
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Roderick Guzmán Meza


