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El perro muerto (escena de calle)

Permalink 15.10.09 @ 23:15:21. Archivado en Personal, Panamá

La vida citadina se torna cada vez más vacía e insustancial. No sabemos si esto ocurre con la del campo, pero nos han comentado que la interrelación personal es patética y hostil. Son cosas de pueblos pequeños, de calles encontradas, de vecinos y amigos obligados a la convivencia diaria sin pizca de afinidad ni de ideas comunes.

La ciudad por su parte es indiferente. No hay mucha cercanía emocional o afectiva. La mayor parte de las personas vive una existencia azarosa, propensa al colapso, en una competencia atroz pero silenciosa y sutil.

Hace poco nos encontrábamos a la espera del autobús. Era muy temprano. El sol apenas despuntaba detrás de unos cerros convertidos en barrios, de unas colinas acribilladas por cientos de unidades habitacionales.

Serían apenas las seis y tanto de la mañana. Debíamos subir una pendiente bastante empinada para instalarnos. Con el maletín a cuestas, hacíamos esfuerzos ingentes por respirar dosificadamente y por evitar que las rodillas flaquearan durante el ascenso.

Finalmente, nos colocamos en la acera, siempre serios, reflexivos. Un grupo creciente de personas también aguardaba la llegada del colectivo para dirigirse a sus respectivas obligaciones. Algunos charlaban amenamente, unos jóvenes escuchaban, proveniente de sus teléfonos móviles, la música de moda.

De pronto escuchamos un sonido inesperado, extraño. Provenía de la mitad de la calle, justo donde es cortada por una línea negra de asfalto. Era como si un paso hubiese sido dado sobre un charco o un lodazal.

Levantamos la mirada y vimos en la calle el triturado cuerpo de un perro. Despedazado por el peso de los varios vehículos que le habían debido pasar por encima, sentimos dentro de un vértigo feroz, una náusea brutal. Los ojos recibieron un flujo de sangre inesperado, lo mismo que el rostro mientras las manos comenzaron a sudarnos y un sentimiento oceánico de inmensa soledad nos apresó cuando nos percatamos de la sonrisa abierta de algunos de los presentes.

El cuerpo fue arrastrado, aplastado, desgarrado, los huesos quebrados, los ojos saltaron de sus órbitas y se vaciaron sobre la curva fracturada del rostro perruno, mientras unos chicos de escuela lanzaban al aire risotadas de euforia.

Como era el único sitio para esperar el transporte colectivo, debimos seguir allí, ante la terrible imagen del can despedazado, que poco a poco se convirtió en una bola uniforme de carne, huesos, cartílagos y pelambre, mientras avanzaba incontenible hacia su cenit.

Imaginamos la vida del animal, necesidades, experiencias, tal vez el breve chispazo del instinto convertido en rudimentaria inteligencia y se nos hizo difícil prescindir de la idea de la muerte, como no pudo haberle ocurrido al animal destrozado.

Tener la certeza de que la muerte se encuentra allí, en algún lugar, esperando por nosotros, con su sonrisa de hielo y su mirada de tinieblas es, en definitiva, el mayor enigma, la más estupenda manifestación de ironía de la naturaleza.

Morimos con la conciencia cargada de experiencias, de deseos, de placeres. El perro nunca supo que su final sería uno como ese, porque para él, la muerte no estaba entre sus angustias.

Nosotros nos pasamos la vida imaginando el momento, estamos seguros de su aparición y de la mano extendida del fantasma que nos lleva hacia ese sitio de sombras y silencio que es su reino.

No he de detallar más los sentimientos que nos embargaron, pero sí hemos de reconocer que han sido de profunda tristeza por confirmar la indolencia, la banalidad y la frialdad que se han enseñoreado del mundo.

Sí, ya sé, dirán que era solo un perro, pero un animal tan cercano, tan de la familia, no imaginábamos verlo de esa forma cruel convertido en una masa que después, delante de todos, sería borrada por la incandescencia del sol y las pisadas de los autos.


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