El golem onírico
01.10.09 @ 23:01:44. Archivado en Cultura, Ficción, Personal
Soñé una noche con el tiempo detenido, con nubes inmóviles, pájaros congelados bajo el cristal azul de la inmensidad, con una ciudad de calles iluminadas con luces tenues y amarillentas. Edificios de rostro entristecido recibían los influjos de una luna con el furioso aspecto de la gangrena. En una avenida solitaria se levantaba un edificio gris de estilo excesivo, rematado por arabescos de concreto.
En una ventana del primer piso se reflejaba un rosario de estrellas que había aparecido de repente tras una nube disuelta por el furor de un viento altísimo. No sé por qué me detuve en la contemplación de la superficie de cristal empañada por la fría atmósfera.
Cuando cierto sonido de carruaje se aproximaba, poco antes de volver el rostro en esa dirección, creí ver en la ventana, la insondable profundidad de unos ojos vacíos, neutros, diría que cansados, melancólicos, como si para ellos, existir no fuera una virtud.
Sin duda, razono ahora, era el fantasmal golem, ese ser creado a partir de la materia inanimada, según la mitología judía. Pero en el momento preciso en que miraba los dos círculos oscuros de sus ojos, algo parecido a un miedo atávico recorrió mis arterias.
Atávico porque no provocaba en mí la necesidad de escapar, ni del flujo de adrenalina, sino de entristecerme, como si aquella sombra, dibujada poco después con mayor nitidez, fuese una especie de flujo de donde surgía el origen del miedo.
Sería ese el año número treinta y tres en que aparecía esta criatura, cuyo nombre significa tonto o estúpido en hebreo. ¿Me encontraba entonces en medio de un proceso cronológico que culminaba o reiniciaba, precisamente en ese momento?
Yo había leído hacía mucho tiempo la obra de Gustav Maynrik y para nada la recordaba esa noche. En ese año treinta y tres de su periplo repetitivo, el golem había aparecido en mi cerebro para proyectarse en mi sueño. Era solo eso, la aparición momentánea de un mito que incursionaba en mi mente en estado de fantasía.
En aquel cuarto de leyenda, recordé, no había acceso ni salida, nadie podía entrar ni tampoco el golem salir. Tan solo era la presencia de algo de lo que se hablaba en los recintos fríos y lóbregos del gueto de la ciudad de Praga.
¿Qué habría querido decirme mi subconsciente al proyectarme tal imagen? El golem surge de la nada, es una forma vaporosa, pero también la vida y sus ficciones lo son. Somos todos, esa forma sin peso específico en la historia del universo, apenas un poco de polvo revoloteando.
Sea como fuere, el golem, igual que Adán, es creado con barro, pero en vez del soplo divino, se recurre al ritual de palabras mágicas grabadas en el interior de su boca, como una chispa divina adormecida, a la espera del acto de combustión que le avive.
Es un ser sin alma, un puesto vacante, un cofre vacío. Incapaz de hablar se torna en el prototipo de la soledad y del aislamiento. Quizá sea esta la forma de alcanzar la santidad y la sabiduría en medio de tanto absurdo.
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Roderick Guzmán Meza


