¿Asistiremos a la muerte del libro de papel?
25.09.09 @ 23:05:22. Archivado en Cultura, Literatura
Alguien se ha ubicado al pie de un agujero y ha lanzado dentro pesadas paletadas de tierra. Asiste a un sepelio, a un ritual que no lleva nada de religioso, es a un protocolo personal al que le otorga atención.
Varios pies dentro de la fosa, un cadáver se enfrenta a la metamorfosis última. La muerte le ha abrazado y su rostro ya es de sombras. El personaje no manifiesta en su semblante ni luto ni dolor, sino estupefación. "Ya lo había previsto", ha dicho mientras se retira cabizbajo hacia el sendero de gravilla por donde abandonará el cementerio.
La muerte de la novela estaba ya descrita desde su nacimiento, ha dicho un famoso autor. Muchos elementos se tornan en su contra, muchos hincan alfilerazos en su piel desnuda y amoratada.
Sobre todo Internet, cuyas posibilidades de barrer con la imagen del libro convencional, según el reconocido escritor, comienzan a conocerse. Para él, está a punto de conseguirlo, como resultado de la desidia y el desinterés de las nuevas generaciones, atolondradas por la pantalla, el facebook, el mesenger y todos los elementos virtuales que hipnotizan y envenenan.
No se imagina este autor un mundo sin Google, sin el megabuscador, voraz asimilador de información que no encuentra un punto de resistencia en su proceso de consumo.
Pero se retracta de haberse atrevido a pensar que el libro de papel dejará de existir. Sostenerlo en las manos es un acto tan cercano como una relación libidinal. Es un asunto donde intervienen los sentidos más conspicuos, que se halagan y se fusionan para producir placer: la vista y el tacto; a veces la audición si se lee en voz alta, si se entonan los versos o se reproducen fielmente las frases. Esto será lo que aseguraría la permanencia del libro, tal como hoy lo conocemos.
Imagínese usted, adiciona el escritor para proponer las posibles causas de una confrontación entre ambos, llevar un ordenador a la playa para, bajo la sombra de una palmera, sentarse a leer. Nada de espiritual resultaría, ni el rumor de las olas, ni la brisa, ni el olor del mar, ni el cielo, ni las gaviotas causarán mayor exaltación que la productiva soledad de la lectura
El formato electrónico podría servir para los viajes porque se intercambiaría información, se buscarían referencias precisas y conocería el entorno del autor y de la trama, además de documentarse.
Un libro estará sobre un mueble, un aparador o sobre una tablilla y allí habrá una atmósfera salpicada con chispas de oro, adornada con guirnaldas o sangre, con polvo o fango, alguna voz emergerá de sus adentros o acaso el clamor del profeta o la divinidad, para despojarnos del peso de la realidad e ingresar en una dimensión de secretos donde la imaginación es la que gobierna. No es necesario encender un aparato electrónico para saborear el dulce ritmo del idioma vertido sobre las páginas.
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Roderick Guzmán Meza


