En la ruta del Nobel: Adonis
22.09.09 @ 22:13:13. Archivado en Cultura, Literatura
Uno de los autores a los que concedemos posibilidades de ganar el Premio Nobel de Literatura de este año es Alí Ahmad Said, mejor conocido como Adonis.
Lo hemos mantenido en nuestra lista anual por la inobjetable calidad de su poesía, por su aporte a la cultura de su pueblo, por su capacidad de hilvanar los filamentos de la belleza con un idioma al que no le hace falta brillo.
Adonis ha nutrido con sus versos la poesía árabe de los últimos treinta años, la ha cincelado con su golpe de viento, con el martillo de su pensamiento. Ha sido un rebelde, un herético, alguien que se ha opuesto al peso de la tradición, a la bituminosa lentitud del conservadurismo.
Eleva el tono de su llamada social y política y su voz se escucha como el crepitar del fuego o el tamborileo de la lluvia sobre el tejado. Para darle fuerza a su obra ha utilizado giros antes impensables en el idioma árabe, tan hermoso y poético, como el brillo de la luna reflejado sobre la corriente del arroyo en un oasis.
Este vate nacido en 1930 nos conduce por laberintos sin paredes, nos hace detenernos ante portones cerrados sin cerrojos y después nos vuelve a guiar por pabellones iluminados o nebulosos senderos recorridos por el alma en su afán de trascendencia.
Por sus venas corre un torrente de lava, pero también un flujo de lirios atrapados en la oscilación de la miel y el vino en un cáliz. En ocasiones nos encontramos ante los vestigios de endriagos fabulosos ataviados con las ropas del erotismo, pero también con la camisa de la soledad abotonada hasta el cuello.
La fuente parece una campana, un corazón nervioso, un jadeo libidinoso, cuando el verso crece a partir de la voz de la musa que se asoma tras las cortinas. Se levanta el poeta de su poltrona y mira la distancia, puede ver el humo de una ciudad derrotada, la roja gasa de un incendio que avanza por el zoco, los serrallos, las caravanas, los alminares o acaso el rayo que golpea y fulmina la roca empotrada en lo alto de la montaña donde alguna vez predico el profeta.
El arúspice ve salpicado su manto por chispas que crepitan en los rescoldos de una hoguera en el camino. Ha de leer el mago en el titilar de los astros el nombre de la mujer amada o del Mesías anunciado o descubrirá acaso el oscuro y terrible o acaso liberador momento de la muerte.
Reaparece entonces el mito preparado para convertirse en nube o en piedra. Los versos son ladrillos cocidos colocados uno junto a otro con precisión, con meticulosidad, minuciosamente, hasta que, de pronto, aparece la majestuosa sombra del zigurat, la atalaya infinita que pretende rozar la oscura rosa del cosmos.
Descenderán los ángeles y los demonios, los vampiros de la historia para succionar el flujo de la existencia, para desgarrar la virtud de los próceres, para convertirlos en polvo o guijarros. Pero de pronto, la muralla colosal, sin bordes, sin cima, perdida en la infinitud se incrusta en el vientre de la infinitud, como un cuchillo filoso, blanco y refulgente.
Adonis es el dios de la mutación. Se convierte en tormenta, en montaña, en flor, en viento, se transforma en légamo o en oro, de pronto es matorral y al instante siguiente es ya gasa perfumada. Puede surgir en la delicada mirada de una doncella o del oscuro socavón donde aúlla el animal herido.
Así hemos pretendido caminar el sendero por donde el poeta nos ha conducido con los sonidos que su idioma canta, acompañada por los arpegios de un arpa de viento. Ahora hace falta saber si la Academia le considera digno de los lauros entregados cada año.
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Roderick Guzmán Meza


