Camino al Nobel: Mario Vargas Llosa
16.09.09 @ 20:28:29. Archivado en Literatura, Personal
Nos aproximamos al mes de octubre y pronto conoceremos el nombre del ganador del Premio Nobel de Literatura correspondiente al año 2009.
Es propicia la oportunidad para hacer un breve recorrido por la obra de un escritor que ha trascendido las fronteras de su natal Perú, hasta convertirse en uno de los autores más importantes en lengua española en todo el mundo.
Mario Vargas Llosa es uno de los más trascendentales escritores latinoamericanos. Nació en Arequip, Perú el 28 de marzo de 1936. Su trabajo le ha hecho merecedor de un sitio de honor en el Parnaso universal de las letras.
En alguna de sus conversaciones, Vargas Llosa dijo que sus antecedentes literarios tienen orígenes familiares, muy cercanos a la sangre, al cálido recinto hogareño. Afirma que su abuelo escribía poesías, era un artista a su estilo, artesanal, doméstico, elaborando con sutileza el verso, la rima y la armonía de las palabras desgajadas del silencio de su estudio. Lo consideraba también, con el mejor recuerdo del maestro Borges, un buen lector.
Pero Mario también sentía orgullo por el talento de su padre, cuya creatividad le permitió publicar una novela. En esas páginas bullía la genética insondable de la inspiración de la cual ya era anfitrión el juicio del niño criado en la boliviana ciudad de Cochabamba.
Vargas Llosa también recuerda con sumo afecto a su abuelo paterno, quien compuso con fervor cada página de una novela romántica. De él admiró la sensibilidad, la capacidad de reconocer el estremecimiento del espíritu ante la mascarada del amor falso o del afecto sacrificado.
El autor de Conversaciones con la Catedral recuerda la voz de su madre al declamar festivos versos. Adoraba su tono, su acento, la dulzura de los giros fonéticos, la modulación de las sílabas en aquella boca de la que por primera vez escuchó su nombre. La casa del escritor no era de literatos, pero si de personas amantes de la literatura.
Han sido muchos los escenarios donde la obra de Vargas Llosa ha encontrado insumos. Palacios donde las telarañas resplandecen en los más lejanos ángulos, como metáfora de la decadencia, de lo anacrónico, de lo vetusto y perdido.
Nos ha mostrado el declive del tirano, la mano temblorosa con que firma la orden de ejecución o se apoya sobre el bastón donde su humanidad corroída descansa. De fondo, las playas, las palmeras mecidas por el viento del Caribe, la espuma de las olas que revientan en la orilla, pero también la sangre vertida, el silencio de la tumba mientras el merengue resuena en las plazas de la ciudad.
Igualmente, el joven escritor que apenas aprende los rudimentos del oficio, impulsado por la efervescencia de un idealismo aún en estado gaseoso, sin figuras ni formas ni horizontes definidos. Picotea la máquina de escribir con un dedo, buscando la tecla afanosamente para cincelar la forma de las ideas en letras; teclas oxidadas y duras, como obstáculos a la creación.
Pertenece a la generación del llamado “boom” literario latinoamericano, galaxia intelectual de la cual también forman parte estrellas de la envergadura de Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Miguel Ángel Asturias y tantos otros que rescataron para la narrativa urbana las costumbres del mestizo subcontinente, sus sórdidos demonios y fatídicos ángeles.
De esta región dibujó con solvencia y luz, personajes excéntricos, aciagos, perversos, demenciales, torpes y pendencieros. Sus creaciones son extraídas todavía oscurecidas por el polvo de la leyenda, tiznadas por la historia. A medio camino entre el heroísmo y la ineptitud, entre la magia y la locura, entre la fe y el cinismo, las criaturas cinceladas por su pluma no carecen de esa realidad fantástica que refulge como el oro incrustado entre franjas de carbón.
Sus reflexiones abarcan diversos espacios y líneas temporales. En La Ciudad y los Perros recrea un hecho contundente acaecido en las interioridades de una academia militar en Perú. Allí, detrás de los muros del colegio Leoncio Prado, son cocinados inconfesables pecados, odios frenéticos, maldades y pesadumbres, tan solo contenidas por la pesada carga que representan los galones en el hombro de un cadete.
Esa dura vida, esa férrea disciplina castrense forjadora de atalayas o simas, es deslizada en esas páginas con la meticulosidad del testigo interrogado. Allí apuntan al cielo los penachos de los herbazales de la selva y sus cruentas tendencias de matar para no ser matado, de destruir para no ser destruido.
En Conversación en la Catedral, Vargas Llosa entra en el análisis de ciertos mecanismos de orden moral de quienes conducen los destinos de un poder inmarcesible pero transferible. La lejanía de quienes son fantasmas dentro de su propio universo, de quienes están ausentes de si mismo, contaminados por la avaricia y el miedo, por la estulticia y la lujuria.
Pantaleón y las Visitadoras vuelven a llevarnos por el cerrado mundo del ejército. Las conductas de quienes obsequiosamente portan el uniforme son cuestionadas y son considerados como salvajes chupadores de sangre.
Pantaleón Pantoja, es ascendido a capitán y se le encomienda la misión de establecer y regir, en medio de la selva peruana, un prostíbulo.
Imagínese el antro, los tablones chirriantes y podridos, las húmedas paredes, las obscenas fotografías de mujeres desnudas en posiciones de abierta y tendenciosa concupiscencia, las frases soeces escritas con faltas de ortografía, el dulzón olor del orine en los callejones, las pálidas meretrices que se abanican con revistas sin fechas, mientras los soldados inundan su organismo con licor barato al compás de una deplorable cumbia o un frenético mambo.
Hay similitudes y diferencias. La ciudad y la selva, el edificio saturado por la impudicia erguido en callejuelas bulliciosas, el prostíbulo en un campo desmontado de una calurosa jungla. Parentescos entre catedrales y mancebías, Vargas Llosa logra establecerlos con la precisión del matemático y la sutileza del poeta.
Variantes habrán entre La Tía Julia y el Escribidor, La Guerra del Fin del Mundo, Lituma en los Andes y tantas otras que conforman el portafolio de este escritor, criticado por sus inclinaciones políticas, sus posiciones emparentadas con ese flanco que algunos llaman la derecha. Como político, tal vez no apure muchas simpatías, pero como artista su trabajo merece nuestro respeto y admiración.
"Yo quisiera que mis libros fueran buenos libros, desde luego. No es que esté jugando a modesto, pero yo no sé lo que realmente valen mis libros. Tengo indicios que son muy halagadores en muchos sentidos, pero también sé que muchas veces la suerte determina el éxito, y no el talento. Se sabrá lo que valen mis libros cuando ya no estemos aquí"...MARIO VARGAS LLOSA.
Comentarios:
Estimado Roderick
ya hasta un correo te iba a enviar hoy por la tarde precisamente para saber que había sido de ti y tus extraordinarias colaboraciones; después de este abrupto e independiente cambio de escenario me da gusto poder leer tus envio te saludo y te mando un abrazo
Efrén Mayorga
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Roderick Guzmán Meza


