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La niña de la guerra: la otra Hanna

Permalink 02.09.09 @ 15:48:53. Archivado en Historia, Guerras, Invasiones, Biografías

No sé por qué me da por escribir sobre la Segunda Guerra Mundial. Es un tema que me asalta de manera recurrente. Estoy allí, tranquilo, observando las pequeñas cosas cotidianas y, de repente, las sirenas, el ruido de las bombas y las metrallas irrumpen en mi pensamiento. Tal vez esa violencia institucionalizada se instala en nuestras mentes de manera irreductible, como parte sustancial de esos códigos, de esos símbolos que relacionamos con el miedo y la muerte.

Anoche vi en la televisión un programa sobre la posible supervivencia de Hitler después de la rendición de Alemania. El documental exponía algunos testimonios sobre el tema, pero concluía con la certificación del óbito del tirano. Tembloroso y agobiado por la vergüenza de la derrota, el hombre terminó volándose la tapa de los sesos.

Nos condujeron por un sendero de especulaciones, de insinuaciones y tramas escabrosas, pero al final, terminamos otra vez en el territorio de la historia oficial: el búnker, la toma de la ciudad por parte de los soviéticos, la obsesión de Stalin por tener la certeza de la muerte de Hitler y sobre todo, Hitler muerto e incinerado junto a Eva Braun.

Después de la hora de vaivenes históricos y de las conjeturas, rebusqué entre mis libros para confirmar algunos sucesos. Un texto que relataba las actividades de la resistencia en Francia y de los combatientes clandestinos en Polonia.

Me detuve en el capítulo que describía como la niña Hanna Fuglewiz había ingresado al ejército de resistencia desde muy temprana edad, al igual que otros adolescentes polacos.

La guerra estaba cerca. Se escuchaban a diario los rumores sobre el avance de las tropas alemanas. En Polonia, el ejército necesitaba reservistas. En las calles se respiraba incertidumbre, temor y ansiedad. El miedo comenzaba a perforar las capas secretas de la piel para llegar hasta el alma.

Ese día, Hanna Fuglewiz llegaba de la tienda de abarrotes con los víveres de costumbre. Cuando entró a la casa vio a su madre poniendo cintas adhesivas anchas en las ventanas. Pensó en vidrios rotos, en piedras lanzadas, en chiquillos excesivamente energéticos. No imaginó para nada un ataque a la ciudad, al país a la identidad propia, una expresión de salvajismo y barbarie que tan solo provocaría dolor y muerte.

Terminaba el verano de 1939. La temporada de clases comenzaría en breve tiempo. Hanna observaba los uniformes del colegio colgados dentro del armario, cuando de repente escuchó un sonido indefinible, un ruido terrible, algo parecido a la caída de cajas en el desván, pero multiplicado cien veces.

Después se oyeron los aviones y el grito de la empleada “hay guerra, hay guerra”. Era una palabra sin sentido para Hanna. A pesar de que sus padres habían conocido y hasta participado en el primer conflicto bélico del siglo, no mencionaban este vocablo en las conversaciones familiares.

A Hanna le llamó la atención las latas de jamón de cinco kilos que sus padres traían en cantidades importantes, los numerosos frascos de conservas, los incontables sacos de harina, trigo, sal, azúcar que atiborraban el sótano y los pasillos del piso superior. Algo extraño ocurría, pensaba Hanna, porque eran demasiadas provisiones para una familia pequeña.

Las calles de Varsovia eran amplias, vastas avenidas iluminadas por los faroles y las estrellas, inmensos espacios bordeados con flores. Después, la guerra las convirtió en una hilera de tumbas, en una interminable fila de promontorios de cadáveres.

Hanna vio con estupefacción y terror la entrada de las tropas nazis en su ciudad. Vio los tanques, la ruidosa y disciplinada marcha de los soldados, el estruendo de los aviones, la estela de humo lanzada por el tubo de escape de los camiones cargados. Los nombres de los lugares fueron cambiados, el idioma alemán prevaleció en las nomenclaturas de las calles y de las plazas.

También pudo ver como se construían los muros del gueto de Varsovia, levantados con gruesos bloques de piedra negra. Vio a los judíos trabajar de sol a sol, bajo la amenazante mirada de los soldados alemanes, construían las fronteras a su libertad.

Muchos chicos se reunieron, henchidos de patriótico valor para formar parte de la resistencia. Escondidos en viejos cuartuchos de densas paredes de mampostería organizaron las milicias juveniles. Hanna cuenta que por las noches realizaban rápidos asaltos contra los destacamentos de los nazis y se escabullían por las calles húmedas y oscuras.

Recordó el día del levantamiento de los judíos del gueto. Heroico, pero inútil, brutalmente reprimido por las huestes germanas. Tal vez el más sórdido enfrentamiento entre el deseo de libertad y la represión. Recordó el cielo teñido de rojo por el fulgor de las explosiones, se podía percibir apenas el avance de las llamas detrás de las murallas.

Finalmente el ejército clandestino logró algunos golpes importantes. Era conocido como Armia Kraiova. La patriótica generación de polacos nacida después de la independencia en 1918 estaba dispuesta a preservar sus valores nacionales a costa de sus propias vidas. “Polonia Lucha”, era su lema.

Nuestra heroína formó parte de este oculto ejército. Primero, limpiaba las armas, levantaba censos en el rudimentario arsenal, daba los primeros auxilios a los compañeros heridos, servía de correo humano, un sistema de transmisión oral de información; finalmente, tomó el fusil y salió a las calles a pelear. El nombre de combate de Hanna era Lalka, “muñeca” en polaco.

Entonces llegó el día de la verdad. Enfrentaron al ejército alemán calle por calle, edificio por edificio, barrio por barrio. Ambos bandos se hicieron mucho daño, las bajas eran parejas de lado y lado, pero los invasores contaban con armas de todo tipo y terminaron por repeler la sublevación. En esta batalla Hanna fue herida en el rostro por las esquirlas de una granada.

Más de dos meses duraron los enfrentamientos, a pesar de que los cálculos de la juvenil milicia señalaban tres ó cuatro días. Imaginaron que los rusos llegarían en su auxilio, pero no hicieron nada, a pesar de que estaban ya en territorio polaco.

Hanna y sus amigos se mantuvieron siempre en acción contra el enemigo. Muchos murieron en los combates, algunos fueron conducidos a los campos de concentración, pero a la llegada de los aliados se liberó a los supervivientes.

La madre y la hija se habían separado durante el conflicto. Se buscaron por todas partes, pero todo fue infructuoso. Resignadas ambas al dolor de la soledad y a la idea de la muerte de ambas, cada una por su parte, se alistó en un barco que zarpó rumbo a Argentina.

Cuando estaban en la oficina de migración, la madre escuchó el nombre de su hija en la voz de uno de los funcionarios. Miró hacia el lugar de donde provenía ese acento extraño y vio con mayúscula sorpresa a Hanna, de pie ante el mostrador. Allí se reencontraron.

La vida continuó en el país sudamericano. Hanna encontró empleo en una fábrica de plásticos. Se casó con un joven polaco con quien procreó dos hijas, cuatro nietos y seis bisnietos.

Regresó a Polonia en los años ochenta, aprovechando la libertad que comenzaba a perfilarse con las acciones del movimiento Solidaridad. Alguna participación tuvo en las manifestaciones que contra el gobierno comunista protagonizó esta organización política.

La antigua combatiente pudo reconocer las cicatrices que la guerra dejó en su ciudad. El gueto había sido destruido, algunos edificios estaban todavía en ruinas o a medio reparar. Regresó a Argentina donde vio morir a su esposo. A su vuelta a Polonia en 1993 ya no vio ni señas de la destrucción que causó la guerra.


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