La muerte sobre el asfalto y en medio de las sombras
14.08.09 @ 23:21:05. Archivado en Panamá, Noticias
Un accidente de tránsito de proporciones terroríficas ha terminado con la vida de veinticuatro personas, a las once de la noche de este jueves.
Estamos en Panamá. Las vías vehiculares son viejas, de cuando el país no tenía muchos habitantes. Ahora se rebasan los tres millones, pero esta cantidad es un tanto pesada para tan exiguo territorio.
Al lugar se le conoce como Las Garzas. Está ubicado en el corregimiento de Pacora, el este de la ciudad. En este emplazamiento viven muchos obreros, estudiantes, campesinos y personas humildes.
Se caen sobre los cerros en la distancia, los racimos de estrellas. Un búho describe en su vuelo unas figuras extrañas. La noche se cierra sobre la tierra. La ciñe con su cinturón de sombras.
La carretera es un asco, quebradiza, llena de baches que parecen cráteres, sin señalizaciones, ni luminarias que marquen los límites. A los lados casas de personas de escasos recursos, pequeños negocios de abarrote, talleres de mecánica, fondas y cantinas.
A pesar de esto, es una vía principal que circula desde la ciudad de Panamá hasta la provincia que limita con Darién, provincia que limita con Colombia.
Los vehículos circulan con precaución los más pequeños, estremecidos por los gigantes de diez o catorce ruedas. Estos últimos son conocidos como “borradores”, por razones obvias: borran tu nombre del libro de la vida.
Anoche, un acto de suprimir nombres y apellidos se concretó. El autobús viajaba hacia Las Garzas, sereno, a velocidad media. El conductor es un personaje jocoso y de buen talante. En el asiento ubicado detrás de él, van sus hijos, una niña de siete y un niño de trece.
A cierta distancia, pero a algunos kilómetros todavía, se desliza el animal de acero. Sus faros lanzan miradas desquiciadas, sus neumáticos aplastan el pavimento y carcomen con minuciosidad el asfalto.
Es un camión de carga, lleno de una tierra lodosa y pesada. El conductor es un individuo de edad indefinida, de rostro embadurnado con el barniz del desequilibrio. Sus ojos están encendidos, una flama se mece en el fondo de sus pupilas.
Escucha una música estridente. Delante de este vehículo circula una camioneta todo terreno, conducida por una joven que no rebasa la veintena. Levanta la mirada y ve en el retrovisor reflejado el brillo de los ojos del monstruo. Algo murmura pero los acordes de la melodía no permiten escuchar. Pero el gigante se acerca. En vía contraria, el autobús viaja con el mismo movimiento, la misma celeridad constreñida por un gobernador en el pedal del acelerador.
El camionero se impacienta. Pretende llegar a su destino y descargar las toneladas de tierra que lleva en el vagón. Hace sonar la bocina. Ruido terrible que inunda la noche con cristales de silicio. La cobriza melena de una bruja apenas se nota entre los matorrales cuando salta asustada, una serpiente se introduce en su agujero y un animal desconocido huye convertido en escarcha.
Y la intranquilidad del hombre del camión llegó a su cenit. Rebasó a la camioneta y no había adelantado cien metros cuando de se incrustó de frente en el autobús. Apareció después de una curva sin señales ni luminarias. Trituró el viejo armazón, le convirtió en un acordeón.
La joven del todo terreno hizo un violento giro y salió disparada por el parabrisas. Su cabeza golpeó una roca y murió en el acto, mientras en el autobús se hacían añicos, en un amasijo irreconocible, los cuerpos de veinticuatro pasajeros.
Algunos iban dormidos y no se enteraron de su paso a la eternidad, pero los que se mantenían en vigilia ni siquiera vieron al diablo asomarse a sus ventanas.
La muerte danzó entre los hierros retorcidos, hizo malabares con las cabezas cercenadas, brincó sobre los charcos de sangre y cantó su melodía de tinieblas.
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Roderick Guzmán Meza


