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Jack el destripador en Nicaragua (Final)

Permalink 06.08.09 @ 22:42:54. Archivado en Ficción, Relatos, Noticias

El cuerpo de Esmeralda fue encontrado en el patio trasero de una fonda. Ofendía el olor a pescado podrido y a materia fecal. La humedad había pintado curiosas manchas en las paredes. Un gato, de lo más indiferente, olisqueaba el cuerpo ensangrentado.

La garganta le había sido cercenada en toda su extensión. Podía percibirse una tumefacción sobre el ojo izquierdo y tal vez la fractura de su leve nariz.

Nadie vio nada, aunque un mendigo que se encontraba tumbado a unos metros dijo haber percibido una sombra desproporcionada, gigantesca, tan alta como una casa. Nadie hizo el amago de tomar en serio semejante delirio.

La policía de la época no era muy profesional, como era de esperarse. Los agentes vivían de manera ominosa y eran proclives a los actos de corrupción. Sin embargo, eran diligentes y voluntariosos. Eso no fue suficiente para encontrar alguna pista.

Una semana después, un cargador de agua acomodaba varios toneles sobre su carretón. Removió unas tablas que le servirían de rampa. Dio un salto hacia atrás al ver una mano aparecer entre la madera. Tenía un anillo de latón y las uñas pintadas de carmesí.

La sangre se había secado mezclada con fango. El cuerpo tenía una abertura desde el esternón hasta las partes pudendas. Los ojos abiertos parecían estrellas apagadas y el último gesto de su rostro era de horror y sorpresa, sin definir inclinación hacia uno u otro sentimiento.

Pero no fue la única. A unos setecientos metros, ya casi en los alrededores de la parte exterior de la ciudad, una mujer que se dirigía a la panadería vio a varios perros que revolvían el espacio entre los tinacos de basura.

Era la segunda víctima del día y la tercera en una semana. La habían despanzurrado también. Uno de los ojos había sido extraído y resecado sobre el pómulo derecho. Un golpe en la frente permitía intuir que había sido atacada de manera rápida, casi al aparecer el agresor, que debió salirle al paso como un vendaval.

Como el puerto, sede de esta jornada fatídica, era un sitio frecuentado por borrachos, prostitutas, delincuentes y personas de mal vivir, las autoridades apenas si hicieron esfuerzos por descubrir al autor de los homicidios.

Se rumoreaba entre los parroquianos que un hombre con apariencia extranjera, alto, de piel blanca pero un tanto ceniza, había llegado en uno de los barcos hacía una semana y se había instalado en una pensión del puerto.

Le habían visto salir de su pieza con un maletín, vestido con un largo gabán que alguna vez había sido negro y ahora refulgía de incandescencias grises. Entraba en la cantina y se sentaba en un rincón. No bebía ron ni cerveza y cuando el mozo le atendía solicitaba solo un poco de té.

Quienes le vieron señalaron que se pasó todo el tiempo sentado en silencio, pero observando con extrema atención lo que ocurría a su alrededor. Si una de las mujeres se le acercaba a ofrecerle sus servicios amatorios, declinaba de manera cortés, aunque exigua.

El cantinero proporcionó parte de estas referencias. Se agregaron a ellas, las de algunos concurrentes que recordaban sus diferencias físicas y de vestuario con relación al resto.

Siguió un período de cinco días de absoluta calma antes de que el Slip se hiciera a la mar. La noche de la víspera, el extranjero volvió a la taberna a ocupar el lugar de siempre, a cierta distancia del grueso de la clientela.

Esta vez se le notó más animado. Bebió un par de cervezas y hasta sonrió a una de las meretrices. Sin embargo, volvió a negarse a sostener ningún tipo de relación con ellas.

Cerca de las once se había marchado, pero nadie se dio por enterado. El cantinero se encontraba enfrascado en una sabrosa plática con un capitán recién llegado en un barco proveniente de Panamá y el resto de los clientes estaba tan fuera de si que no atinaban en sus recuerdos.

A las siete menos cuarto, el barco zarpó. Nadie vio al extranjero abordarlo, pero sí lo había hecho. En su camarote se cambiaba de ropas y se colocaba las de un marino cualquiera, camiseta oscura, pantalón también oscuro y zapatillas. No se supo si era un trabajador del barco o un pasajero discreto que pagaba su pasaje en arreglo con el capitán.

Cuando se escuchó el sonido de la bocina irrumpir en la tranquilidad de la mañana centroamericana, fue encontrado el cuarto cuerpo. Al parecer con este se había ensañado. Además de las heridas ya descritas en las otras víctimas, a esta le había arrancado las vísceras, el útero, el hígado y el páncreas, y los ojos los había vaciado.

También había cercenado una de las orejas y tasajeado la piel a la altura de la frente. Además, le había cortado los pechos y derramado una sustancia pegajosa en las redes capilares que sobresalían después de la cortadura.

No hubo más muertes. Meses después, se dice que un marino fue detenido en un puerto de Panamá, había recibido una puñalada por parte de una puta, cuando intentaba estrangularla. El hombre fue enviado a su país después de recuperarse, pero nadie supo adonde.


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