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Jack el destripador en Nicaragua

Permalink 05.08.09 @ 21:41:04. Archivado en Ficción, Relatos

El celebérrimo asesino Jack el Destripador no se limitó a desarrollar su macabra labor en las oscuras y neblinosas callejuelas londinenses del siglo diecinueve. Gargantas fueron cercenadas, vientres despanzurrados en otros ámbitos, en otros países. La sangre derramada por su terrible energía oscureció avenidas muy distantes de su tradicional White Chapel.

Es el mes de noviembre de 1889. Nos encontramos en Managua, Nicaragua. Poco tiempo ha transcurrido desde que cinco mujeres (seis según algunos) fueron muertas en aquel barrio de los arrabales de Londres. El escándalo de su presencia, su sombra pavorosa todavía deambulaba en aquellos callejones adoquinados, cuando ya su mano se aferraba a la garganta de otras víctimas a miles de kilómetros de allí.

En uno de los puertos de este país centroamericano, atracó un barco, el Slip, carguero de 600 toneladas que provenía de Londres, a través de Barbados. En esa isla, algunos cadáveres aparecieron en el lapso de cuatro meses. Prostitutas todas las víctimas, terminaron sus días con el florecimiento de sus vísceras y la ebullición de sangre de su garganta.

La carga descendió, los marinos se diseminaron en todas direcciones. Las aceras atiborradas de cantinas y casas de tolerancia, acogieron a los visitantes con mucho ruido y mucho jolgorio.

Uno de los navegantes descendió por la rampa en silencio. Llevaba un maletín de color oscuro. Había llovido esa tarde y al ascender la noche, se sentía todavía su atosigante calor. Poco después de las ocho comenzaba el movimiento, el ir y venir de marineros, delincuentes, meretrices y de toda la fauna que habitualmente allí pasaba la noche.

Se hospedó en una pensión decrépita y tambaleante de dos altos. Era una estructura erigida en madera y mampostería ya desconchada por el salitre. Paredes sucias, frases soeces escritas con faltas de ortografía, rostros, incongruencias autóctonas. La escalera crujía cuando alguien subía o bajaba. Afuera, a un lado del umbral de la entrada, un cartel anunciaba una marca de cigarrillos.

Era una calle corta e irregular que terminaba de manera abrupta ante un caserío. Una estirpe de pescadores, artesanos y comerciantes de poca monta habitaba ese villorrio y que se hacían a la mar de madrugada. En una casucha destartalada construida con tablas y láminas de techumbre oxidada, vivía Flor

Acababa de cumplir veintiséis años. Tenía tres hijos. Los padres eran tres hombres diferentes. Vivía sola con sus vástagos y su madre, una pobre mujer atormentada por la artritis y la ciática, que cuidaba a los pequeños.

Esa noche de noviembre se dirigió al puerto porque le habían informado que un barco inglés había arribado. Se instaló lo mejor de sus galas, un vestido rosado con encajes de uso habitual y una cinta ceñida en su cabeza.

Antes de las nueve se encontraba en la cantina La Esmeralda, una especie de hueco abierto en la pared herrumbrosa de un viejo caserón donde antes despachaba un corregidor los asuntos legales del lugar. Deficientes faroles oscilaban amenazantes sobre la cabeza de los parroquianos.

Había mucho ruido. Una deplorable melodía era interpretada con terrible deficiencia por unos nautas borrachos. Sonaba también un acordeón en medio del jolgorio de voces roncas y callosas. Flor bebía chicha de maíz fermentado con deleite, mientras desde uno de los rincones más alejados del local, un hombre la miraba con detenimiento.

Flor salió con un sujeto aceitunado, tal vez malayo o indonesio, delgado y de baja estatura, las ropas hediondas a salitre y marisco. Uno al lado del otro, parecían un hongo y una flor. caminaron hacia la alcoba, detrás de la barra, en una pieza deformada por fardos y cajas, donde les aguardaba un catre y, a guisa de sábanas, una lona gruesa de color marrón.

No pasaron quince minutos cuando Flor estaba de vuelta. El malayo o indonesio la seguía. En su rostro se prendía una descomunal sonrisa. El gesto le extraviaba los ojos. Hablaba su idioma natal con alguien que le recibió festivo con palmadas en la espalda.

La joven mujer recién manoseada por el hervor y la lujuria del marino entregó algo al cantinero. Al regresar al centro del salón un negro africano le abordó. La juerga continuó, ahora con la indiferencia de los clientes...CONTINUARÁ...


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