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Jesse Pomeroy 2

Permalink 04.08.09 @ 22:41:11. Archivado en Biografías, Vidas Imaginarias, Relatos

La historia del asesino de niños Jesse Pomeroy ha sido una de las más visitadas de esta bitácora. Este adolescente psicópata fue en extremo cruel, ni su mente ni su corazón conocían la piedad ni la misericordia. La nebulosidad de su instinto homicida no le permitía comprender el dolor expresado en el rostro de sus víctimas; por tanto, le era absolutamente indiferente el sufrimiento.

Ya habíamos dicho que nació el 29 de noviembre de 1859. Pronto se cumplirán ciento cincuenta años desde ese momento aciago. Ya los astros que configuraron su perfil de criminal han de haberse movido hacia otros cuadrantes estelares.

Las últimas investigaciones de los criminalistas señalan que su madre y su hermano pudieron haberse entendido, más allá de la forma en que debieron haberlo hecho. Alguien se ha aventurado a sugerir que eran cómplices, no solo para hurtar dinero al padre cuando borracho, caía inconciente sobre el piso de la habitación, poco antes de llegar a la cama, babeante y entorpecido por el influjo del licor barato que consumía en hediondos antros, sino también para actos inconfesables entre un progenitora y su vástago.

Antes de ese momento esperado con ansias por la familia, antes de verlo desmoronarse como un pesado bulto, golpeaba salvajemente a sus hijos, sobre todo a Jesse, víctima fácil por su impericia en los movimientos.

El padre los llevaba hasta un cobertizo donde los desnudaba y les daba de golpes. Servía lo que tuviera a mano, un palo, una pala, un látigo o los puños. Reventaba la espalda de sus hijos con el rebenque y a la mujer la masacraba en la alcoba mientras los pequeños gemían tirados en el sucio suelo.

Sin embargo, Jesse lloraba para defenderse, para manipular (cosa que casi nunca lograba), porque en el fondo su corazón se alborozaba con un inexplicable placer masoquista.

Describamos a Jesse Pomeroy para ubicarnos en la dimensión exacta que nos permita comprender el impacto que su apariencia causaba en las personas que le conocieron, principalmente sus víctimas.

Un viejo daguerrotipo nos muestra a un sujeto joven, de cabello castaño, muy grande para su edad. Su cabeza era voluminosa, sus ojos saltones y sus orejas levemente puntiagudas. Su rostro no era agradable. Tenía una piel cetrina y reseca y la mirada vacía, como si hubiese un agujero nada más, sin pupilas.

Hasta el padre sentía una especie de estremecimiento cuando miraba de frente a Jesse. Le recorría un escalofrío todo el cuerpo cuando su hijo clavaba en él esos ojos terroríficos sin vida, como si fueran prótesis.

No sonreía nunca. Sus dos mandíbulas permanecían siempre apretadas, al punto de gastarse los dientes por la presión. Hemos podido averiguar que también fue víctima del ataque de otros niños, quienes se burlaban de su apariencia y su manera de hablar pausada, enredada, con alguna leve inflexión en las vocales duras.

La primera vez que paladeó con deleite el sabor del dolor de otra persona fue cuando su vecino, Henry Douglas intentó arrebatarle un bicho que había encontrado entre la hierba. Jesse le apretó el cuello casi hasta asfixiarlo. Impidió el crimen otro joven que logró reducir a Pomeroy con un golpe en la nuca.

Comenzó a matar a las mascotas. Despanzurraba los canarios y se rociaba el rostro con su sangre, estrangulaba a los perros y los gatos, les arrancaba el pelambre y disfrutaba siguiendo con la punta de uno de sus dedos la ruta de las arterias y venas que sobresalían sobre la piel desollada.

Eran los tiempos de la experimentación, del ensayo, de las observaciones. Cada animal sacrificado en su altar de demencia era una prueba que depuraría su feroz instinto homicida.

No obstante, era consciente que atreverse a desafiar a personas mayores era un riesgo que no debía experimentar. No le faltaron ganas. En cierta ocasión, un borracho salía dando tumbos de la taberna. Jesse lo siguió y le robó el poco dinero en su bolsa, pero el hombre todavía preservaba una fuerza superior a la del joven Pomeroy. Lo sometió con facilidad, no sin romperle la cara a golpes y hasta fracturarle varias costillas.

Esto no desanimó a Pomeroy. Perfeccionó su método, afinó su estilo. Se mostró cada vez más meticuloso, un calculador eficiente, un estratega sagaz. Ubicó sus cuadrantes y allí las características de quienes ante él sucumbirían: los niños pequeños.

Dos ataques se sucedieron al inicio de su carrera criminal. Dos chicos maltrechos fueron encontrados por viandantes, reventados e hinchados, sangrantes, con los dientes rotos y moretones en varias partes del cuerpo. En ambos lugares fue encontrada una vara.

Mientras infringía castigo a sus víctimas, Pomeroy se auto complacía en un arrebato onanista. Disfrutaba con fruición la visión del dolor, la angustia y el miedo que podía ocasionar.

No era esta su única actitud deplorable ante la visión del martirio y la tortura, sino que también reía frenéticamente con los fluidos y los desechos corporales que emanaban los cuerpos vapuleados. Con esas sustancias les embadurnaba cuando se aproximaban a la extinción.

Su agenda incluía la castración, el degüello, las puñaladas, los golpes, sobre todo en la parte posterior de la cabeza. A una niña le introdujo un objeto cilíndrico en sus partes pudendas y se complacía al escuchar lo que creía eran los tejidos rompiéndose.

En total fueron once los niños asesinados por Jesse Pomeroy. El último, uno de cuatro años. Con el cuello roto, su cuerpo fue encontrado en una zanja, oculto por la negrura de los buitres que se habían abalanzado sobre la carne hinchada y a punto de la putrefacción.

Cuando fue arrestado y conducido a la comisaría, le mostraron la foto del cadáver. No quiso mirar y los agentes lo obligaron. Entre dos le abrieron los ojos. Cuando por fin pudo observar ese organismo vencido por la muerte, sintió un estremecimiento y rompió a llorar. Suplicó que no le dijeran nada a su madre.

Jesse Pomeroy fue encontrado culpable por la mayoría de los delitos que se le acusó y condenado a morir ahorcado. Tenía catorce años. El juez se mostró dubitativo, no era posible condenar a muerte a un menor de la edad del reo. Además, era época de elecciones y nadie quería cargar con este precedente, porque nunca había sido necesario castigar con la pena capital a alguien tan joven.

Finalmente, fue condenado a cadena perpetua en absoluto confinamiento. Era la manera en que la sociedad cobraba su deuda a Pomeroy.

La madre lo visitó y lo defendió. Su argumento era basado en una sencilla premisa: Jesse era un subnormal, sin conciencia del bien o del mal, no era capaz de sentir alegría ni pena.

Jesse Pomeroy vivió en cautiverio por más de cuatro décadas. Intentó escapar, fue capturado y salvajemente golpeado. Su vida la finalizó padeciendo numerosas enfermedades, diabetes, hipertensión, problemas renales, gota, escoliosis y algunas más. Finalmente murió sin demostrar arrepentimiento por nada. Al contrario, se sentía orgulloso de sus hazañas y se pavoneaba ensoberbecido.


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