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El viejo, los recuerdos, la guerra y la muerte.

Permalink 21.07.09 @ 22:07:46. Archivado en Relatos, Noticias

Un hombre muy viejo miraba por la ventana de su casa. Afuera, los árboles eran mecidos por el viento. Una densa alfombra de flores amarillas matizaba el verdor de la hierba. Henry Allingham veía a lo lejos una luz que se desvanecía en el atardecer. Pensaba en el tiempo, en el pasado porque ya no existía el futuro.

Ha vivido en tres siglos. Suena como si nos asomáramos a un abismo. Vino al mundo en la ciudad de Londres en 1896. Fue un adolescente dicharachero y de insuperable optimismo. En 1915, a la edad de diecinueve años se enlistó en el ejército inglés y peleó en la Primera Guerra Mundial.

Allí hirió y fue herido. Allí el sol se abrió como una flor de invierno y proyectó su luz sobre los cuerpos exánimes. Posiblemente también haya matado a alguien. Su voz no es muy inteligible cuando habla de ese período de su vida. Parece entrecortarse y surgir como susurros o balbuceos.

Estuvo en Jutlandia cuando la magnífica batalla naval frente a las costas de Dinamarca anegó de cadáveres el mar y la playa. Allí ametralló al enemigo y se derrumbó exhausto sobre la arena.

Ahora su cuerpo se olvidó de las historias que atesoraba su mente y la dejó vagar hacia el infinito, mientras quedaba sobre la tierra, inerte, vacío y desprotegido.

Tenía 113 años y se había convertido en el hombre más viejo del mundo. Por un simple y lógico movimiento de relevo, los que antes que él eran los más ancianos, ya se habían ido y el sitial preponderante entre los provectos le correspondió un buen día.

El mundo vio con horror esta conflagración. No debería haber más enfrentamientos, no debería existir la ira política que conduce a la guerra. Sin embargo, tan solo dos décadas después de haber guardado las armas en los arsenales, se volvió a escuchar el sonido de las balas zumbando y el retumbar de los cañones.

Era la segunda Gran Guerra. Allingham estuvo allí también. Ahora había completado 42 años. Era ya un individuo en plena madurez, con la posibilidad de sucumbir en este conflicto o como consecuencia de alguna enfermedad o mal adquirido con el paso del tiempo.

El evento bélico lo encontró convertido en un desactivador de minas alemanas en el puerto de Harwich, en Inglaterra. También sobrevivió a la impredecible faena. Cuando terminó el conflicto prefirió vivir en aislamiento.

Se negó a recordar la guerra, no hablaba de las batallas como otros soldados. Rechazaba la tertulia guerrera y la exhibición de preseas. Prefirió no reunirse con veteranos y a su familia no le participó de ninguno de sus recuerdos.

No obstante, la Fuerza Aérea Real Británica, en el año 2005, inauguró un memorial en Francia. Era un homenaje a los héroes del primera gran guerra, los vivos y los muertos, pero los vivos eran pocos, es decir casi nadie. Tan solo Allingham vivía.

Allí le fueron concedidos honores, le colgaron condecoraciones. Discursos laudatorios fueron pronunciados en donde su nombre se mencionaba varias veces. Apenas reconocía sus acentos, la inflexión de esa palabra que le identificaba.

Sobre su pecho se prendieron medallas y los aplausos le rendían homenaje tan colorido como las flores que ornaban el pasillo alfombrado por donde era empujada su silla de ruedas.

Ahora Allingham ha muerto. Ciento trece años después de haber nacido se ha convertido en recuerdo, una imagen transformada en cenizas a pesar del heroísmo, a pesar del la energía y la fuerza.

El hombre es poca cosa en comparación con cualquier manifestación de la creación. La vanidad y el orgullo demuestran el temor ante el vacío. Vivir cien o treinta años no es nada, tan solo una forma de expresarse del universo, un leve escozor en su piel oscura y eterna.

Tal vez lo que Allingham logró descubrir en su existencia, es que la guerra nunca ha servido de nada, porque tan solo la palabra devasta o construye, tan solo la palabra ilumina o enturbia.

“Vi muchas cosas que me gustaría olvidar, pero nunca las olvidaré, no puedo hacerlo”... HENRY ALLINGHAM


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