Franz Kafka
03.07.09 @ 18:53:58. Archivado en Literatura, Biografías
Hace 126 años nació Franz Kafka. Un 3 de julio de 1883. Pasa el tiempo y no se detiene. A todos nos arrastra en su tolvanera y nos deja solos en el pasado. Como entidad atemporal, Kafka se encuentra en esa dimensión. Su obra no, es un eterno presente.
Nada de lo que pueda decir enriquecerá los análisis de la obra del autor de La Metamorfosis, El Castillo y El Proceso. Nada lo hará más grande ni le sacudirá el polvo de su negro gabán. Apenas la motivación de arrojar un poco de luz primaria para el intercambio de reflexiones.
Nace en Praga, como bien pudo haberlo hecho en Viena o Berlín, porque estaría ligado a esta órbita germánica por movilizaciones ancestrales. Esa relación le ha permitido predecir, como nadie lo hizo, la oprobiosa acción dictatorial del nazismo hitleriano.
Adelantóse el escritor a una nueva persecución de la que sería objeto su pueblo. ¿Acaso no es El Proceso una causa abierta y gratuita contra los judíos representados por K? ¿No es La Metamorfosis la metáfora de la cruenta percepción que sobre ellos tiene el nacional socialismo alemán? ¿No es El Castillo esa infructuosa búsqueda de redención en que cada vez es más distante la bienaventuranza de la presencia del Mesías?
Son fama su inseguridad y sus miedos. Su primer demonio lo encarna su propio padre. Alguien ha escrito de forma contradictoria su opinión sobre este progenitor, al cual consideraba un prohombre, un justo benefactor. De su madre, Kakfa ha dicho poco. Apenas reconoce que de esa rama de su árbol genealógico recibe la savia que alimenta sus genes artísticos.
Esa imagen paternal ejercería una insalvable influencia sobre Franz y le aherrojaría también en sus amagos por establecer relaciones sentimentales. Hasta este instante, todo es conocido en la vida del gran autor, todo es digerido por millones de lectores en todo el mundo.
Kafka modela un universo sin redención, sin esperanzas, una infinita turbulencia con epicentro en el alma de la humana criatura sin posibilidad de salvación. Con una fina percepción descubre el horror de lo cotidiano, lo patético de lo común, lo atroz de lo habitual. En cada situación o circunstancia, Kafka habrá de vislumbrar perversos endriagos acechando al ser humano en su accidentado recorrido por la vida.
Dos de sus grandes novelas comienzan luego del descanso nocturno, luego de la ensoñación. Después de un intranquilo sueño se alza ante él la ignomiosa esfinge de lo irracional, como si el horror le persiguiera hasta la vigilia.
Otro elemento a considerar es lo evanescente de sus personajes. Ninguno sobrevive a la terminación de un capítulo o de la ausencia de K, ninguno tiene vida propia, no son capaces de encontrarse unos con otros, tan sólo cuando traban relación con este anti héroe sus existencias tienen sentido.
Su oscuro sendero habría sido arena y polvo, aullidos en el viento frío alrededor de una lápida sin ornamentos, si Max Brod hubiese seguido directrices, si hubiera lanzado esa copiosa obra al crepitante fuego de la chimenea o de la hoguera. Esa falta de respeto a la voluntad del amigo ha construido el puente por donde nos han llegado sus trabajos. A pesar de haber publicado poco durante su vida, Kafka conservó numerosos cuadernos. Allí en sus noches de terror dibujó con esa letra entomológica las fantasmagorías, las alucinaciones de una época que se aproximaba acechando tras los cortinajes de los grandes pabellones del engranaje burocrático.
Kafka presenta lo absurdo de un mundo con acciones comunes, con hechos corrientes. Al parecer nada manifiestan las fatídicas dimensiones descubiertas. Hasta una pizca de humor empuja ese carruaje de patológica morbidez donde Kafka recorre el cosmos sombrío de lo común, de lo inofensivo, de lo trivial.
La llegada de los funcionarios al inicio de El Proceso, está revestida de esa fría indiferencia de los aparatos burocráticos, como ya se ha dicho, impulsados por el imperioso cumplimiento de un mandato. La línea directriz de los emisarios procede de esferas superiores y nunca es quebrada ni discutida sólo es seguida en todos sus puntos.
Pero K no ve en esto nada de particular. Alienta sin exuberancia la posibilidad del error. A pesar de no tener referencia ni recuerdo de una infracción a los códigos, simplemente se decide por la búsqueda de la razón, como si de pagar la renta se tratara o confeccionar la lista de víveres. Nada es estruendoso en Kafka, nada levanta polvaredas ni sacude los cimientos. El universo no se desgaja ni se prefigura un cataclismo cósmico, la inobjetable decisión del tribunal debe ser cumplida.
En La Metamorfosis, despertarse convertido en un repugnante bicho, luego de un agitado sueño no sorprende a Samsa; solo le ocasiona cierta incomodidad física, algo de asombro superable por la aparición de callosidades en su vientre, por el deslizamiento de la arrugada manta hacia el piso, por la imposibilidad de moverse con soltura dentro en el perímetro de su cama. Lo absurdo de estos cambios no asombra al personaje sino al lector.
Abrir los ojos una mañana y verse transformado en una cosa repulsiva no le preocupa a este Gregor Samsa, pero la idea de llegar tarde a su oficina le tritura como a una lata, le corroe como un mueble invadido por termitas. Para nada le inquieta este extraño sortilegio, esta mórbosa brujería. Lo peor es mantener la lucidez. Su conciencia se ha mantenido intacta, su percepción del entorno no sufre apreciables declives.
Comprende su involución, percibe con minuciosa visión cada modificación, pero no le sorprende nada. Convertirse en una criatura de sombríos rincones, temerosa de la luz, no sacude el edificio psicológico de Samsa. La familia no significa nada. Significado ha sido desvanecido por el peso de una responsabilidad hacia fuerzas exógenas, a aparatos fríamente meticulosos. Sus padres no preguntan por la suerte de Samsa, sólo acometen a la gigantesca cucaracha con el furor de enfrentar algo ruín.
En El Proceso, K también emerge del sueño o de la pesadilla. Rasgado el velo de la neblinosa noche se encuentra ante sombríos y desconocidos personajes que le comunican, como ya se sabe, una audiencia pendiente ante un tribunal sin identidad. Testigo es la señora Grubach, modelo de incivil indiferencia. Los hombres le hablan con cierta familiaridad a K, sin presiones ni abusos. Le comunican la decisión de la judicatura sin que a ellos le preocupen sus interioridades. K calcula un fallo de los jurisconsultos, aventura la posibilidad del error. Pero no le incomoda esa dislocación de su realidad. Se deja conducir seguro de una inocencia. Pero de su interior no se trasluce, no asoma la bestia como si su alma concibiera su relación con el pecado como el estado habitual del espíritu.
Ese peso específico de las culpas emerge a la superficie sin subterfugios ni argumentos. Algo ha de haberse hecho, alguna transgresión ha sido cometida y aunque los marcos de referencia cultural de Kafka sean judíos, parece existir cierta similitud con el dogma cristiano del pecado original. Nacer trae consigo el pesado fardo de la responsabilidad y la ofensa de vivir. La caída de lo eterno en las redes de la voluptuosidad de la materia es el más sacrílego de los pecados. Esta culpa primigenia entre nazarenos es lavada con el bautismo. Pero para Kafka este nexo no puede ser disuelto más que con una muerte concluyente, con una extinción de ciclos. De manera inversa, una y otra vertiente, encuentran caminos opuestos. Este proceso avanza, constriñe, rompe, tritura y K, a pesar de no sentir sobre sí ninguna responsabilidad, se entrega al escarnio, al castigo.
El Castillo es un emplazamiento físico incrustado en una cima nebulosa donde habita el conde. K (otra vez K) ha llegado allí y no se sabe de dónde. ¿Será esta la llegada de K al lugar de expiación, al santuario, al refugio? Simplemente, un buen día, culmina su viaje en esta aldea y se instala en una hostería. Intenta comunicarse con el castillo y tan sólo puede establecer contacto con agentes de segundo orden. K alega haber sido contratado por el castillo para realizar trabajos de agrimensura.
Este hilo argumental permite establecer a Kafka la relación entre la llegada a la vida y la imposibilidad de tener absoluta libertad ante sus designios. Nada de lo que hagamos, imaginemos o planifiquemos podrá superar la disposición, según el praguense, de una leyes frías e impías.
La demorada instalación se entorpece por acciones disímiles. Llegan los ayudantes de K y se convierten en una especie de bufones sin consistencia. Ellos son caracteres superficiales, distracciones del entorno, incapaces de solventar las preocupaciones de su jefe. No llegar nunca al castillo, nunca ver al conde, ni siquiera acercarse al umbral de su puerta, convierten esta novela en una especie de recorrido dantesco de ascensión, en un ritual de purificación.
K nunca ha de llegar al Castillo. Su lugar en el universo será construido en forma de laberinto. Convertido en insecto, para luego ser objeto de proceso y penalización, termina por descender a un limbo, a una inercia fantasmal de donde no habrá de salir jamás.
"El mal conoce el bien, pero el bien no conoce el mal."... FRANZ KAFKA...
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Roderick Guzmán Meza


